fbpx Augusto Munaro: “Escribir para mí es una operación de búsqueda ante una realidad progresivamente absurda” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 11.07.2021
Augusto Munaro: “Escribir para mí es una operación de búsqueda ante una realidad progresivamente absurda”

AGENCIA PACO URONDO conversó con el autor sobre el lanzamiento de sus dos nuevos libros: Ficciones supremas y La casa flotante.

Por Gito Minore |​ Foto: RM

En estos últimos meses, el escritor Augusto Munaro ha publicado Ficciones supremas (Griselda García editora) donde compila una serie de ensayos sobre poesía, y La casa flotante (Editores argentinos) una novela instalada en el Japón del período Edo. Dos libros que, aunque con diferentes enfoques, comparten la experiencia de la escritura como exploración incansable.

En un interesante diálogo, el autor comentó ambas obras y reflexionó sobre un tema que nos apasiona: la poesía.

Agencia Paco Urondo: Hace unos pocos meses publicaste el libro Ficciones supremas, el cual reúne una porción significativa de reseñas y pequeños ensayos en torno a la poesía que venís haciendo para distintos medios ¿Cuál es el origen de este proyecto?

Augusto Munaro: Ficciones supremas fue el producto de una selección de 43 reseñas y ensayos escritos a lo largo de dos décadas para varios diarios y revistas especializadas en literatura argentina y latinoamericana. En dicha compilación descarté, junto con Griselda García (la editora) mucho material, pero más importante aún, vi que las lecturas correspondían a libros de autores un tanto marginales, un poco fuera del canon. Comprendí que había estado años comentando obras que cuestionaban, digamos, ciertas zonas de la escritura convencional. Eran propuestas alternativas. Autores como Roberto Piva, Mario Santiago Papasquiaro, José María Eguren, Josely Vianna Baptista, Marosa di Giorgio, Rosamel del Valle Rodrigo Lira, poetas que apostaban por el quiebre ante el sistema de normas tradicionales. Libros explorativos que ampliaban el campo de discusiones. El infierno de Wall Street, de Joaquim Sousandrade; Altazor de Huidobro, o Paterson, del poeta norteamericano William Carlos Williams, vienen a reformular nuestros modos de lectura. Y no hay nada más estimulante que eso. La experiencia iluminativa de las posibilidades. Las señas particulares de una experiencia tan legítima como única. Esto ocurre al encontrarnos ante las ficciones supremas, para seguir con la cita de Wallace Stevens. Ojalá que los textos reunidos en mi libro transiten (y transmitan) esa emoción en el lector. Generen un despertar, claro.

APU: Siendo la poesía un género bastante relegado dentro de la literatura actual, en tu opinión ¿Cuál debería ser el aporte de la crítica?

A.M.: Yo creo que no está tan relegado, más bien todo lo contrario. En los últimos años han proliferado muchos sellos de poesía. Juana Ramírez Editora, Editorial Lisboa, Ediciones en Danza, Del Dock, La yunta, Caballo Negro, El vendedor de tierra, Barnacle, Iván Rosado, La Carta de Oliver, Cien volando, El jardín de las delicias, Editores Argentinos, Paradiso, Griselda García, Hilos editora, Viajera, Ediciones Arroyo, Neutrinos, Mansalva, Huesos de Jibia, Añosluz Editora, Zindo y Gafuri, Tanta ceniza editora, Leviatán, El Mono Armado, Caleta Olivia... la lista sigue, es abundante. A su vez, se han establecido cantidades importantes de certámenes, talleres y recitales, claro que con la pandemia, ahora con sus limitaciones. En síntesis, existe un circuito inobjetable, pero claro, corre en paralelo, casi secretamente para algunos, en relación a la de las obras narrativas (cuento, o novela). En cuanto al aporte de la crítica, creo que debe apuntar a ser didáctica, pero a su vez placentera al leerla. Alcanzar ese equilibrio constituye el desafío (pienso). Que el lector tenga la ilusión de iluminarse un poco sobre lo que lee, y querer leer siempre un poco más. Entusiasmarlo. Trazar nuevas analogías, vincular ciertas tradiciones de la lírica argentina con otras latinoamericanas. No olvidar nunca el amplio panorama de Latinoamérica. Su contexto. Impulsar la lectura y edición de autores de nuestro continente, es un buen y saludable síntoma. De a poco se viene editando, siguiendo ese sesgo de integración. Ocurre con Paulo Lemiski, Rodrigo Lira, Álvaro Ojeda, Eduardo Espina, Óscar Hahn, Reynaldo Arenas, Circe Maia, Lucía Delbene, Roberto Echavarren, Tatiana Oroño, Alfredo Fressia. En lo personal, nunca me agradaron las reseñas demasiado abstractas, o en donde hay un regodeo explícito por cierta forzada erudición. Busco, en lo posible, unir conceptos para despejar ciertos mecanismos. Con un vocabulario transparente, atravesar zonas oscuras, y despertar en ellos, cierto interés en el lector. Que él experimente por su cuenta, la aventura de la poesía. Veo, además, que ciertos sectores de la producción poética nacional (o latinoamericana, inclusive), aún no son lo suficientemente visibilizados por una crítica deficiente que a veces prefiere repetirse y canonizar a ciertas figuras consabidas. Volver al concepto de la tradición. Los clásicos. Discusiones bizantinas, algo autistas, que solo les incumbe a los académicos. Personas que cumplen con roles funcionales a un sistema. No digo que esto esté mal, sino que debería orientarse la búsqueda hacia otros horizontes también. Ampliar el campo de mira. Descubrir nuevas zonas. Explorar poéticas alternativas. De a poco lo están haciendo.

No hay descripción disponible.

APU: Con posterioridad a Ficciones supremas, lanzaste por otro sello La casa flotante, una novela corta que transcurre en Japón. ¿Qué te lleva a escribir un texto de esas características?

A.M.: En principio, mi absoluta admiración por la literatura japonesa y la sensibilidad extraordinaria que hay en dicha cultura. Ya desde Genji Monogatari, de la exquisita Murasaki Shikibu, escrita allá en el lejano siglo XI, la novela más antigua y bella de la historia, claro, hasta Akutagawa, Denji Kuroshima, Masuji Ibuse, Yasunari Kawabata, Natsume Soseki, pero también el kabuki, ese tipo de drama estilizado tan particular. Hay una mirada muy valiosa en el ritmo de las descripciones, en la paciente construcción de las escenas, casi como coreografías. Ese supuesto minimalismo cerebral con que se tejen los capítulos, es hipnótico en ciertos pasajes de algunos libros arriba mencionados. Otro tanto ocurre con su cine, por ejemplo, el de Yasujiro Ozu. Pero también me llevó a querer escribir la novela, tal vez, y ahora que lo pienso, cierto plan de evasión. Un deseo de querer retraerme de la realidad inmediata. Es algo que vengo ensayando con mis libros en general, que se van articulando como cajas chinas, un sistema minúsculo, un mapa subjetivo de una poética atravesada por varios temas y formas sobre todo (obsesiones, quizás). Y la evasión, bien podría ser una de ellas. Los procesos de la imaginación en estado de apertura permanente, también. Y el sueño y la ensoñación como sus motores, que atraviesan escenas, situaciones; novelas enteras. Acaso mis libros sean, a su vez, algo así como los capítulos de una única larga novela, la “novelización”, si se quiere, de una persona que pasó su vida imaginando. Lo cual es literalmente cierto. En este caso ocurre en una casa de tolerancia en Japón, durante el período Edo (1603-1868). Adictos al opio, ellos sueñan, o desean, o todo en simultáneo, y, tal vez, esperan darse a la fuga. Cambiar de vida. Huir. Pienso que Editores Argentinos ha sabido adecuar esta sensibilidad a la edición del libro. Quedó muy bien.

APU: En La casa flotante se puede percibir la presencia de vestigios de tu trabajo poético. ¿Cómo fue el proceso de escritura del mismo?

A.M.: No sabría decirte si hay cierto atisbo poético. Te agradezco la observación. En todo caso, intenté reducirlos a su mínima expresión. Es uno de mis libros más descriptivos. No hay metáforas, y está narrado en tiempo presente. Hay un estado de ambigüedad a través de toda su duración. Los personajes deambulan en una situación de somnolencia permanente, y es bajo ese estado de etérea confusión, en que entretejen sus deseos más íntimos. No tengo procedimientos a la hora de escribir. Tampoco cuento con un esquema, por lo que este libro se fue escribiendo de a tramos, muy lentamente. Es breve, como casi todo lo que escribo. Esa brevedad es deliberada. Al igual que Joan Didion, creo que todo buen libro debería leerse en una sentada. Algo así como unas 60 o 90 páginas, cuanto mucho. “El trabajo del artista es siempre profundizar en el misterio”, como cierta vez comentó Francis Bacon. Decir menos, a veces, es más. Insisto, cuestión de gustos (y estilos). Hay lectores para todos los gustos. Y eso es lo interesante.

APU: A lo largo de estos últimos años editaste una gran cantidad de libros de diversos géneros en distintas editoriales. ¿Hay alguno de esos géneros en el que te sientas más cómodo? ¿Por qué?

A.M.: Me siento incómodo en cada género, por eso me voy desplazando. No sé bien si por ignorancia o tedio, o la sumatoria de las dos cosas. No es esto una respuesta soberbia, sino cierta incapacidad por identificarme con un modo determinado y avanzar todo un libro en ese único registro. Cualquier sistema me resulta opresivo a la hora de escribir, entonces rompo y comienzo de cero con cada libro, y en algunos casos, cada capítulo, o página, o hasta renglón. Simulacros derivativos. Libros breves, que van mutando entre sí (o al menos, lo quiero creer así). Tras los avances de Kafka, Joyce, la nueva novela francesa, y Borges; ¿cómo se puede continuar? ¿debemos continuar? Creo que, a veces, deberíamos centrarnos más en los efectos de lectura por sobre la trama de los libros (léase: la anécdota). Escribir para mí es una operación de búsqueda ante una realidad progresivamente absurda. Tal vez mi simpatía por Ionesco o Beckett, venga de ahí. No tengo respuestas, sino preguntas. Y a mi entender, la literatura es una herramienta más que digna para hacerlas. A veces, en mis nouvelles casi no hay argumentos, ni personajes. Y si los hay, se los encuentra por casualidad.

APU: Como contamos anteriormente, este año sacaste dos libros ¿se viene un tercero en breve?

A.M.: Estoy con varios proyectos, Gito, que esperemos se concreten. Tampoco debemos olvidar el contexto que nos acompaña, pero hay que continuar, claro, siempre. Sobre todo, por aquellos que ya no pueden. Debemos honrarlos. Levantar la vara un poco más alto. No temer ante la originalidad, y dar un paso más allá (o al costado) del Mercado (con mayúscula). Uno no escribe por prestigio (vanidad solapada) ni por ventas, uno escribe para hacer explícita la experiencia de búsqueda. Nuestra innata desorientación. La vida es, ante todo, misterio. Ojalá lo que llevo escrito sea un intento de síntesis de esa pulsión. Tanteos, indagaciones en un mar de posibilidades misteriosas.