fbpx El mundo sindical y las mujeres
Sociedad //// 29.10.2014
El mundo sindical y las mujeres

¿Cuál ha sido la participación de las mujeres en la vida gremial? Una mirada histórica. El papel de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).

Por Estela Díaz (Secretaria de Género CTA Nacional)
Para pensar sobre las mujeres y la participación sindical es necesario comenzar por una breve descripción de la inserción femenina en el mundo laboral. Porque la división sexual y social del trabajo constituye el sustrato sobre el que también se asientan las experiencias sindicales.
Las mujeres siempre trabajamos. No sólo en lo que se conoce como trabajo reproductivo, del hogar, de los cuidados; aquel que nos dijeron que “naturalmente” nos correspondía. También trabajamos en el mercado laboral, con diferentes intensidades, visibilidad y niveles de participación. Especialmente a partir de los 70 comienza a aumentar de manera sostenida la tasa de participación de las mujeres, tendencia que se incrementa significativamente en los 90. Un poco debido a la crisis, que lleva a las mujeres a buscar formas de respuesta a la pauperización creciente de las familias. Pero también como parte de un fenómeno que obedece al incremento significativo de los niveles educativos femeninos, la búsqueda de autonomía y los cambios en las configuraciones familiares. El telón de fondo de estos cambios, es la persistencia de las desigualdades de género.  Cualquier indicador laboral que analicemos da en baja para las trabajadoras. Menor participación (25% promedio), significativa brecha salarial con los pares varones (35% promedio), jornadas a tiempo parcial, sobre representación en sectores informales y de bajos ingresos, como parte de los rasgos distintivos de la inserción laboral femenina.
La división sexual de trabajo – “productivo” remunerado valorado económica y socialmente y “reproductivo” de cuidados no remunerado e invisible- sigue estructurando el mercado laboral. La tensión entre trabajo y familia es una cuestión que se resuelve mayoritariamente dentro de las familias y de manera individual, interpelando en especial a las mujeres en la construcción de sus recorridos laborales, profesionales y de participación social. Esta división no sólo reproduce diferencias de género, también refuerza asimetrías socioeconómicas. Las mujeres de los sectores de más bajos ingresos y menores niveles educativos, tendrán menos posibilidades de ofrecer alternativas de cuidado y de ese modo se recorta las perspectivas de movilidad social ascendente y se acrecientan las brechas, incluso con sus congéneres.
Necesitamos explicar el porque de estas diferencias y asimetrías entre varones y mujeres, para reconocer también porque las grandes transformaciones económicas, políticas y sociales ocurridas en el país a partir del 2003, cabalgan junto a desigualdades resistentes a los cambios. Ya que esto no es un problema individual o del colectivo de las mujeres, es un problema para las mujeres y por lo tanto también para el acceso al trabajo digno y la justicia social. Y allí es donde nos acercamos a un tema que debería estar presente a la hora de mirar lo que pasa en el mundo laboral: la relación e interdependencia entre el espacio público y privado. Algo que aparece opaco en el cristal de las definiciones de trabajo, Producto Bruto Interno, Productividad y Presupuestos. Quiénes han medido el valor económico del trabajo en los hogares –denominada como economía del cuidado- estiman que representa entre un veinte a un treinta por ciento del PBI de los países. El INDEC acaba de realizar la primera encuesta de uso del tiempo, que con metodología científica, ratifica una realidad que sospechábamos. El 75% de las tareas de cuidado y sociales, no remuneradas, están en manos y cuerpos de mujeres.
Sindicatos y relaciones de género
Los sindicatos no son neutrales entorno a las relaciones de género, a pesar de presentarse como si lo fueran. Son reproductores del orden de género. La organización sindical nace al calor de la revolución industrial, a partir de la concentración de trabajadores en grandes centros de producción y como organización para la defensa de los derechos laborales. De manera temprana las mujeres se incorporaron al trabajo fabril, sin embargo el ideario del trabajo y los trabajadores se construyeron en la imagen del varón, adulto, joven, heterosexual, sin responsabilidades familiares a cargo. Esta enumeración deja en claro todo lo que queda afuera de ese “universal”, y no son sólo las mujeres.
El mundo laboral ha cambiado significativamente, la globalización impacta en los sistemas de producción y la organización del trabajo. Situación que ha puesto entre paréntesis las concepciones tradicionales del movimiento obrero-sindical y el rol central que supo tener en buena parte del siglo XX. No obstante esta realidad que es innegable, buena parte de los presagios de las usinas teóricas del neoliberalismo en relación al fin de la historia, de las ideologías y el trabajo, están más negadas que nunca. Cada vez hay más trabajo, aunque no sea en el sentido de la producción industrial tradicional, sino más bien en una amplia gama de servicios, trabajo intelectual de muy diverso orden y tipo. Si además incorporamos a la mirada del trabajo la intersección entre lo público y lo privado -la producción y la reproducción- como parte de los procesos de generación de las riquezas, nos encontramos con una enorme posibilidad de re-pensar y re-diseñar lo que se concibe como trabajo y por lo tanto también las organizaciones sindicales. Como defensoras de los derechos laborales, pero también desde una perspectiva política.
Llegando a este punto, no puede dejar de llamar la atención por qué en especial los sindicatos, más que otros ámbitos públicos, son tan resistentes a los cambios y a pluralizar sus estructuras. La política y las organizaciones sociales están nutridas de liderazgos femeninos. Sin embargo cuesta recordar figuras de mujeres sindicalistas con trascendencia nacional. No es casual que las más destacadas provengan del feminizado ámbito docente.
Acciones afirmativas en el camino de la igualdad
En noviembre del año 2002 se sancionó la Ley 25674 “de cupo sindical femenino” que estableció un piso del 30% de participación de mujeres en los cargos electivos de los sindicatos y en las mesas de negociación colectiva. Transcurridos más de 10 años de la sanción de la Ley nos encontramos con un balance bastante modesto a la hora de ponderar resultados. En las elecciones de los sindicatos es donde más se cumple con la ley de cupo, porque en muchos casos, no siempre, el Ministerio de Trabajo controla como autoridad de aplicación. Pero en las federaciones, confederaciones y las mesas de negociación colectiva lejos se está de respetar la normativa vigente. Incluso cuando las mujeres llegan a los lugares de conducción en los sindicatos, reconocen que tienen mucho menor poder que sus pares varones, además de la notoria segregación de tareas según género. Secretarias de mujer, actas o acción social suelen ser los habituales femeninos. A pesar del parcial cumplimiento del cupo sindical, no hay denuncias en curso sobre lo que está aconteciendo. Por el contrario, las mujeres de partidos políticos cuando no se cumplía con el cupo a cargos electivos, llegaron con denuncias hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Como resultado, hoy contamos con uno de los parlamentos del mundo con mayor presencia femenina. Estos logros no fueron por generación espontánea, por el contrario, fue concretado a partir de la constitución de alianzas políticas transversales, que favorecieron las estrategias contra las irregularidades.
La Central de Trabajadores de la Argentina tuvo desde sus orígenes una agenda inclusiva de las demandas por igualdad de género. Incorporando los temas de violencia, derechos sexuales y reproductivos, la despenalización y legalización del aborto, entre otros. Se incorporó en el año 2000 en una reforma estatutaria por Congreso Nacional un cupo mínimo de 20% de mujeres en las conducciones de todo el país. La CTA nace en un debate profundo respecto al cambio del mundo laboral y del sujeto trabajador, por esta razón se propuso una articulación con los movimientos sociales, que en muchos casos, contenían a trabajadores y trabajadoras, que se sentían más convocados e identificados con otro tipo de organizaciones y movimientos. Sabemos que estas discusiones se dieron en un contexto bien distinto que el actual. Fue de profunda defensiva  y retroceso en los derechos laborales. Pero de todos modos es un debate que sigue abierto y que interpela al conjunto del mundo sindical y que excede las fronteras nacionales. No sería exagerado decir que es más que eso aún, este debate atañe a todas las organizaciones políticas populares. Pensar la profundización del proyecto nacional, popular y democrático, en una perspectiva de integración Latinoamericana, requiere profundizar el modelo de desarrollo con inclusión, para avanzar en la distribución de la riqueza, la justicia social, la igualdad de género. Esto demanda necesariamente redefiniciones de las organizaciones políticas y sociales, que incluyen al sindicalismo. Recuperar la discusión política organizadamente, también nos interroga acerca de la revalorización de la organización sindical, que tanto como la política, es desprestigiada sistemáticamente desde el poder y sus instrumentos de propaganda mediática. Cuando pensamos los territorios para el desarrollo de la organización popular, los sindicatos tienen que empezar a estar más presentes.
A modo de cierre
Los cambios de los últimos años tienen dos ejes vertebradores: el rol del Estado y la política. Así se recuperaron resortes esenciales de la economía como YPF, la aerolínea de bandera, el sistema jubilatorio, por mencionar los más notorios. Esto ha  permitido impulsar medidas fundamentales para la inclusión social, con claro impacto favorable en las relaciones de género. Aunque no necesariamente sean presentados desde este enfoque los principales resultados. Es tal vez parte de la tarea pendiente poner en valor y hacer visible la relación entre proyecto político y avances para las mujeres. Para también contribuir a planificar en relación a lo que falta. Entre lo que se deberá contemplar una agenda de trabajo que contribuya de manera sustantiva a poner fin a la histórica discriminación laboral de las mujeres. Los temas de cuidado, responsabilidades compartidas, promoción de la participación de mujeres en puestos que trasciendan los estereotipos de género, políticas especiales de empleo y formación para las mujeres de sectores de menores ingresos, entre otros. Esta agenda será posible en la medida que también avancemos en un debate profundo acerca de la democracia sindical. Hoy la mayoría de los casi cinco millones de puestos de trabajo formal creados desde el año 2003 están ocupados por jóvenes y en gran parte mujeres. Tenemos el gran desafío de lograr que la dinámica de estas participaciones y presencias, que se hacen sentir en los lugares de trabajo, se traduzca en nuevos liderazgos y representaciones.