fbpx El día en que la tierra tembló, por Paula Aguilera | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Sociedad //// 09.02.2021
El día en que la tierra tembló, por Paula Aguilera

"El Abanico es una pequeña comunidad al pie del Cerro Rinconada, en la provincia de San Juan. Cada mañana la resolana sanjuanina refulgía sobre las casas de paredes de adobe gruesas y a la tarde iluminaba sus calles regadas para bajar el tierral. Pero el lunes 18 de enero a las 23:46 la tierra tembló". Por Paulina Aguilera

Por Paulina Aguilera

El Abanico es una pequeña comunidad al pie del Cerro Rinconada, en la provincia de San Juan. Cada mañana la resolana sanjuanina refulgía sobre las casas de paredes de adobe gruesas y a la tarde iluminaba sus calles regadas para bajar el tierral. Pero el lunes 18 de enero a las 23:46 la tierra tembló y sanjuaninos y sanjuaninas recordaron las historias que contaban sus abuelos sobre el terremoto del 44 o de sus madres sobre el terremoto del 77. Y en ese movimiento que trajo recuerdos muchas casas se cayeron. Estas construcciones, que habían sobrevivido de forma estoica a terremotos anteriores ahora decían basta. El adobe ya no está permitido en la construcción de casas en San Juan. La provincia que vivió los peores terremotos del país lleva adelante desde hace años una política de viviendas provincial con casas sismo-resistentes que de a poco van desterrando las casonas de adobe. Pero como siempre hay rendijas en las historias.

Pocha está sentada en un living improvisado afuera de su casa. Por la disposición de las sillas y muebles pareciera que todo siguiera  igual, un living sanjuanino clásico, pero este se ubica en la vereda, al lado de la calle. Un grupo de mujeres la rodea. Se nota que se protegen entre sí, que son aguerridas aunque nos cuenten que para ellas, es difícil pensar en levantar una cosa nueva de cero que reemplace ese caserío herido de grietas que parece un elefante herido . Pocha nos mira pero en realidad mira hacia atrás: “Me dio mucho miedo porque yo viví el del 77 y en ese falleció mi hermano”, nos dice con un sollozo que ahoga casi en susurro. Las mujeres a su alrededor enseguida saltan y la instan a calmarse, cierran filas sobre ella, es hora de irnos pienso, con ese matriarcado ya tejiendo  los conjuros protectores para que amaine el dolor.

Ricardo es un músico reconocido. En su casa siempre se armaron guitarreadas hasta altas horas de la noche. Lo conocí mientras ambos estábamos sentados en una canchita de futbol, apenas pasó el sismo el lunes a la noche. Se había improvisado un campamento para que nadie durmiese en esas casas frágiles y peligrosas. La casa de Ricardo sin embargo no se entregó a esa letanía y se cayó enseguida, sepultando los recuerdos familiares. Días después Ricardo forma parte de las brigadas solidarias de demolición. El y varios vecinos, han puesto a disposición sus conocimientos de albañilería y como una cuadrilla, recorren el barrio ayudando a demoler las casas inhabitables. “Todos para uno y uno para todos”, dice sonriente, al convocar a quién quiera sumarse a colaborar con ese grupo variopinto.

Germán me cuenta que la única víctima en su casa ha sido el televisor nuevo, pero que podría haber sido mucho peor ya que la cama en donde descansaba terminó con un ropero encima. Lo que salvó a la gente es el horario, me dicen y Germán agrega: muchos estaban viendo la final de Master Cheff y eso los salvó.

Los niños y niñas del Abanico son un grupo aparte, una pequeña tribu con reglas propias que se mueven por las calles como lo que son: sus dueños. La noche del terremoto durmieron afuera, como un campamento le decían los grandes. Pero el pequeño Maxi no podía dormir. Me contó que se cayó debajo de la mesa por el temblor y que ahí abajo con la luz cortada, fue su tío quien lo vio y pudo manotearlo para salir de la casa que tambaleaba. “Y ahí fue el momento en que casi nos morimos” me dice con una certeza desconocida para sus 4 años.

Ceferino va y viene, contesta mensajes, recibe gente con donaciones, prende el fuego para hacer la merienda, el está a cargo del merendero Diego Armando del Club Atlético Juventud del Abanico y está acostumbrado a trabajar para que los chicos tengan aseguradas sus comidas diarias. El merendero ahora amplió su público y se ubicó frente a la radio comunitaria La Lechuza. Sin importar la hora hay alguien trabajando, como Cristian el vecino abaniquero que recorrió el mundo en un viaje solidario y desde el primer día juntó donaciones, como las mujeres cocineras como María, que van cambiando el menú para que nadie se aburra y sacan suntuosos platos de arroz con pollo y tallarines con estofado. Ceferino me cuenta una anécdota emotiva en este país que le da mucha importancia al futbol a veces incluso fogoneando la rivalidad entre hinchadas contrarias. Aquí el clásico se da entre Atenas y Aberastain. Imagínense cuando representantes de ambas hinchadas se cruzaron en la olla popular y dejando las diferencias futbolísiticas de lado, hicieron una chocolatada juntos que repartieron entre el piberío.

Para llegar a la casa del Chato, hay que adentrarse en un callejoncito de tierra angosto y largo. En ese laberinto, cuesta creer que cada montaña de ladrillos de adobe era una casa. Aun así las familias saludan amablemente nuestro paso. El Chato reniega, han pasado días y aún no ha podido ni asegurar el nylon necesario para cubrir las pertenencias que han rescatado de su casa. “Si estuviese solo podría resolver”, me dice, “me iría unos días a vivir al campo, pero y mis nietos? Doy la vida por ellos” asegura mientras un grupo de pibitos pasan corriendo a su lado en una catarata de risas. “Yo nací en el Abanico, y solo muerto me sacarán de aquí.”

El Gringo es un cuadro de la organización civil Retamo. Todos lo conocen de cuando era niño y andaba haciendo travesuras por ahí. Se ríe cuando me cuenta que de adolescente tuvo que hacerle de operador a un vecino en un programa de La Lechuza los domingos a las 7 de la mañana, algo que un Gringo adolescente bancó casi dos años a pesar de muchas veces tener que pasar de largo. El Gringo se formó en la escuela campesina que armó la UST en Mendoza. Ahí llevó adelante proyectos de chacras agroecológicas colectivas y también conoció a su compañera Carla. Ambos vivían en una casa lindante a la radio, hoy solo escombros. Pero el Gringo y la Carla no descansan, charlan con vecinos, organizan el laburo comunitario, cuidan a sus hijos. El Gringo, ese niñito quilombero se ha transformado en un hombre que incluso encuentra tiempo para contar anécdotas graciosas que nos hacen reír a carcajadas. El, está convencido que de esta se sale todos juntos o no se sale, y está dispuesto a ponerle el cuerpo a esa apuesta.