Salud mental en Villa Soldati: del aislamiento a la comunidad organizada

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Salud mental en Villa Soldati: del aislamiento a la comunidad organizada

19 Agosto 2026

Hay experiencias que, aun siendo pequeñas y situadas en un territorio determinado, pueden aportar preguntas a debates más amplios. Contar cómo un grupo de instituciones y organizaciones fuimos construyendo una forma de trabajo común en Villa Soldati tiene ese propósito: compartir una experiencia concreta sobre las posibilidades y las dificultades de organizar respuestas comunitarias frente a situaciones complejas.

En tiempos en los que muchas veces se tiende a pensar los emergentes sociales como asuntos individuales, recuperar experiencias de organización territorial permite volver a poner en primer plano algo que parece evidente pero que no siempre se traduce en las prácticas: las personas formamos parte de una trama de vínculos, instituciones, organizaciones y condiciones de vida que también intervienen en aquello que nos sucede.

Por eso, asociarnos puede ser una forma de cuidado. No solamente para quienes atraviesan una situación determinada, sino también para quienes trabajamos cotidianamente en los territorios y para las propias instituciones, que muchas veces nos encontramos con demandas que exceden nuestras posibilidades.

Una experiencia situada

La Mesa Local de Abordaje Comunitario en Salud Mental de Villa Soldati y barrios aledaños tiene su origen en la antigua Mesa Local de Adicciones. Desde hace años reúne a instituciones y organizaciones que trabajamos en el territorio desde diferentes perspectivas y responsabilidades. Formamos parte de esta experiencia trabajadores y referentes de dispositivos de salud, desarrollo social, organizaciones comunitarias y otros espacios que, desde nuestras propias incumbencias, nos encontramos con situaciones vinculadas con la salud mental, los consumos problemáticos, las violencias y otras expresiones de la vulnerabilidad social.

La existencia de la Mesa parte de un reconocimiento sencillo: hay situaciones que ningún efector puede abordar por sí solo. Pero reconocer ese límite no necesariamente conduce a trabajar con otros. Para que exista una respuesta comunitaria hace falta construir vínculos, conocernos, establecer acuerdos y sostener espacios de encuentro. En ese recorrido fuimos pudiendo reconocer distintas formas de interacción entre los dispositivos. Podemos pensarlas en tres niveles: independiente, complementario e integrado.

Tres grados de integración

En un primer nivel, cada dispositivo trabaja de manera independiente, dentro de sus propias capacidades, recursos y responsabilidades. Cuando aparece una situación que excede sus posibilidades, se deriva a otro espacio. La derivación es muchas veces necesaria. El riesgo aparece cuando se convierte en la única forma de relación entre los dispositivos. Allí podemos volver a fragmentar una situación que requiere una mirada más amplia. Una persona puede terminar pasando de un lugar a otro mientras cada institución aborda solamente una parte de aquello que está atravesando.

Un segundo nivel es el complementario. Los dispositivos mantenemos nuestras funciones específicas, pero establecemos comunicación, continuidad y seguimiento. Compartimos elementos necesarios para comprender una situación, acordamos intervenciones y cada actor aporta desde su propia especificidad.

El tercer nivel es el integrado. Allí se produce un mayor acercamiento entre los actores: compartimos saberes, coordinamos acciones y construimos objetivos comunes. Ya no se trata solamente de que una institución articule con otra frente a una situación particular, sino de desarrollar proyectos y estrategias de manera conjunta.

Estos tres niveles no son compartimentos cerrados. Pueden coexistir y variar según las circunstancias. Pero nos permiten pensar una diferencia importante entre trabajar de manera paralela, complementar intervenciones y construir colectivamente una estrategia. La experiencia de la Mesa fue avanzando, no sin dificultades y esfuerzos, hacia formas de mayor integración.

Recorrer, acercarse y conocerse

Una de las experiencias que mejor expresa ese proceso fue el ciclo de las recorridas barriales realizadas durante la primera mitad de este año. Nos propusimos recorrer distintos sectores de Villa Soldati con una consigna común: identificar riesgos y factores protectores existentes en el territorio. No se trataba solamente de registrar aquello que faltaba o que podía representar un riesgo, sino también de reconocer recursos, vínculos, organizaciones, capacidades y formas de cuidado que ya estaban presentes en la comunidad.

Caminar juntos produjo una diferencia. Situaciones que desde una institución podían ser observadas de determinada manera adquirían otros sentidos al ser conocidas en el territorio y conversadas con quienes lo habitan.

Una construcción precaria puede presentar riesgos concretos. Un balcón sin baranda, por ejemplo, puede ser objetivamente peligroso. Pero al conocer la historia de esa vivienda aparece otra dimensión: puede tratarse del proyecto de una familia, del trabajo de un padre que durante años fue levantando su casa, del sueño de la vivienda propia construido junto a la madre de sus hijos.

La situación de riesgo sigue existiendo y puede requerir una intervención. Pero nuestra mirada cambia cuando podemos conocer aquello que hay detrás de ella. Ya no vemos solamente una construcción deficiente: vemos también una historia familiar, un esfuerzo, un proyecto de vida.
Ese conocimiento es importante para cualquier intervención comunitaria. No para negar las dificultades, sino para evitar que la mirada institucional termine reduciendo a las personas a aquello que necesitan resolver.

Las recorridas permitieron además identificar algunas de las cuestiones que aparecían como más preocupantes para el territorio. Esos temas fueron luego retomados colectivamente y dieron lugar a una nueva instancia de trabajo.

Nos propusimos recorrer distintos sectores de Villa Soldati con una consigna común: identificar riesgos y factores protectores existentes en el territorio.

Construcción colectiva de una jornada

La I Jornada de reflexión y trabajo comunitario sobre Violencias, Consumos Problemáticos y Suicidios fue una consecuencia directa de ese proceso. Construimos la jornada con la participación de cuadros técnicos y especialistas en las temáticas abordadas, profesionales de las instituciones que integramos la Mesa, trabajadores, vecinos y usuarios de los dispositivos. En el cronograma del encuentro ocuparon la centralidad los tres grupos coordinados por profesionales de nuestras propias instituciones para reflexionar sobre los temas propuestos. 

La diversidad de participantes no fue solamente una cuestión de cantidad o representación. Nos permitió poner en diálogo saberes diferentes: el conocimiento técnico, la experiencia institucional y aquello que surge de habitar cotidianamente el territorio.

El cierre contó incluso con la participación de una legisladora. Sin embargo, su presencia no modificó la dinámica que habíamos construido durante la jornada. Se mantuvo la horizontalidad del intercambio y el carácter participativo y asambleario que había atravesado el encuentro desde el comienzo.

La jornada fue, de este modo, una actividad concreta y al mismo tiempo una expresión del tercer nivel de integración. No se trató simplemente de que varias instituciones participáramos de una misma actividad, sino de construirla, organizarla y llevarla adelante de manera conjunta.

Miradas desde el territorio

Hay una diferencia entre trabajar en un barrio y construir una mirada desde el barrio. Las instituciones llegamos al territorio con nuestros saberes, responsabilidades y recursos. Pero también necesitamos poder escuchar aquello que no aparece en nuestros registros, que no entra en una ficha, que no puede ser comprendido solamente desde una disciplina.

Las recorridas nos permitieron acercarnos a esa otra dimensión. El territorio no es solamente el lugar donde se encuentran las situaciones sobre las que debemos intervenir. Es también el lugar donde existen recursos, relaciones, historias y formas de organización que pueden formar parte de las respuestas.
Esta perspectiva modifica también la idea de quiénes participan de una política comunitaria. Los vecinos, los usuarios de los dispositivos y los trabajadores no somos solamente destinatarios o ejecutores de decisiones tomadas en otros ámbitos. Podemos ser parte de la construcción de las estrategias.

En ese sentido, la organización comunitaria permite construir una identidad que tenga relación con el barrio, con quienes lo habitan y con quienes trabajamos en él. Una identidad que no se define desde afuera, sino que se construye a partir del encuentro.

Asociarnos como forma de cuidado

El trabajo intersectorial no es sencillo. Hay escasez de recursos, equipos sobrecargados, distintas formas de organizar el tiempo y diferentes criterios de trabajo. También existen diferencias entre las instituciones y organizaciones que participamos. La integración no elimina esas dificultades. Requiere sostener el espacio a pesar de ellas.

Por eso, una parte importante de nuestro trabajo consiste simplemente en encontrarnos. Compartir una situación, discutir una estrategia, organizar una actividad o recorrer juntos el territorio son acciones que van construyendo confianza y conocimiento mutuo.

Asociarnos puede ser una forma de cuidado porque permite que una institución no tenga que responder sola frente a aquello que la excede. También porque quienes trabajamos en los territorios necesitamos redes para sostener nuestra propia tarea. Una comunidad organizada no reemplaza al Estado ni a los dispositivos especializados. Tampoco resuelve por sí misma las desigualdades o la falta de recursos. Pero puede construir mejores condiciones para que las políticas y las intervenciones tengan una dimensión situada, integral y participativa.

La experiencia de la Mesa Local de Abordaje Comunitario en Salud Mental de Villa Soldati es una experiencia concreta, con sus logros y sus dificultades, que nos permite pensar que hay otra manera de relacionar instituciones, trabajadores y comunidad. Una manera en la que el otro no aparece solamente como aquel a quien derivamos lo que no podemos resolver, sino como alguien con quien podemos construir. Y quizás allí esté una de las claves del cuidado comunitario: entender que hay situaciones que no podemos abordar solos, pero que tampoco tenemos por qué hacerlo.
Nadie se cuida solo.

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