Carta abierta sobre el derecho a la medicación oncológica
Mi nombre es Ayelén García Allende. Soy paciente oncológica desde el año 2020 y me atiendo en los hospitales públicos Argerich y Durand. Escribo estas líneas porque necesito acceder a mi medicación y porque siento la responsabilidad ética de visibilizar una realidad que hoy está siendo ignorada.
En plena pandemia, allá por el 2020, cuando recibí mi diagnóstico de Cáncer de Ovarios, noté que los bancos de sangre estaban vacíos, como bien es sabido, la sangre no se fabrica; quienes la necesitamos dependemos exclusivamente de la empatía y la voluntad de otros; ante esa situación inicié una campaña pública para fomentar la donación voluntaria destinada a pacientes del Hospital Argerich y de todo el país. Participé en canales de televisión, radios y acciones públicas que incluso contaron con figuras políticas. Fui consciente de la exposición mediática; sin embargo, mi objetivo era uno solo: que las personas donaran sangre y que quienes no tenían voz pudieran ser escuchados.
Y funcionó. Las donaciones llegaron.
Desde aquel año convivo con este cáncer, enfermedad dura como cualquier otra que te lleva al límite en cuerpo, mente y espíritu. Actualmente atravieso mi segunda recaída; tengo una mutación genética, como mi madre, quien este año también debió operarse por lo mismo; esto agrava mi situación. Contextualizo un poco la situación a fin de hacer saber que allá por el 2020, tan controversial e incierto, y en 2022 recibí mis drogas oncológicas sin inconvenientes. Pero desde octubre de 2025 estoy esperando que el Banco Nacional de Drogas Oncológicas entregue la medicación correspondiente. No ha sucedido.
He tenido que comprar las drogas por mis propios medios, mi familia y amigos me han ayudado para poder continuar con la quimioterapia. Otras personas no tienen esa posibilidad. Cuando la medicación no llega, el mensaje implícito es brutal: es como si el sistema estuviera decidiendo quién accede a una oportunidad de vida y quién no.
El derecho a la salud es un derecho constitucional; no debería depender de la capacidad económica individual ni de la visibilidad pública de un caso. Sin embargo, muchas veces siento que, para esta sociedad, yo debería haber muerto en 2020, ya que no existe un lugar real en el sistema para quienes sobreviven a lo que yo sobreviví. No puedo superar un preocupaciones; no puedo insertarme laboralmente con normalidad (y ni me detuve a pensarlo aún con la nueva Reforma Laboral). Dependo del sistema público y de la Cobertura Porteña de la Ciudad de Buenos Aires. Y no soy la única. Somos muchas y muchos.
A pesar de la enfermedad, o quizás atravesada por ella, he transitado los lugares más oscuros de mí misma y también me he transformado en una versión más consciente y comprometida. Actualmente soy alumna tesista de la Universidad Nacional de las Artes, Prilidiano Pueyrredón; provengo de una familia de docentes. He participado en marchas y espacios de debate porque no puedo mirar hacia otro lado frente al sufrimiento ajeno.
Mi último proyecto artístico (2025) se llamó “Monstruos que me sostienen”, en aquel momento aludía a lo que experimenta una persona cuando escucha las palabras “tu cáncer volvió”. Hoy esos monstruos tienen otros nombres: desabastecimiento, burocracia e indiferencia.
Para cerrar me gustaría compartir la siguiente, llamémosla “anécdota”: en 2020 iba a dar una charla sobre la importancia de la donación de sangre en una escuela, de manera virtual, pero antes de dar la misma, me pidieron que lo hiciera con la cámara apagada porque estaba pelada y los chicos se pueden impresionar. Me negué. Me indigné. Si fuera hombre no me lo hubieran pedido. Un hombre pelado es común; una mujer pelada es “diferente”. Estupefacta, indignada, enojada me decía a mi misma (y escribía) “Hay mucho más atrás de una pelada” y coloqué una foto mía junto a esa frase. Hoy comprendo con profundidad que lo que hay detrás de las personas calvas por quimioterapia son personas intentando sobrevivir en un sistema que las considera prescindibles.
Esta carta no es un privilegio personal, es un pedido de responsabilidad institucional. Es un llamado a quienes tienen capacidad de decisión, a quienes legislan, gestionan y administran recursos públicos. La medicación oncológica no puede convertirse en una variable burocrática.
Yo quiero y puedo ponerle voz a esta realidad. No puedo permanecer indiferente. Pero también necesito que la sociedad, los medios y quienes ejercen representación pública escuchen y actúen.
Porque detrás de cada demora hay una vida.
Y detrás de cada silencio, una injusticia.
*IG de autora de la nota: @mag_allende