Más allá de Trump: la cuestión Geonlandia mirada desde el debate público norteamericano
El Nuevo Orden Internacional más allá de la lectura globalista: un breve punteo de las últimas manifestaciones del pensamiento nacionalista estadounidense sobre la cuestión de Groenlandia y la vinculación con Europa.
La estrategia de negociación de Trump no es lo que se dice discreta. Su campaña internacional habla por sí sola. Ahora bien, ¿hay una directiva intelectual detrás? Pensemos el caso de Groenlandia. ¿Qué motivaciones impulsan su acción? ¿Es realmente, como lo pintan algunos comentaristas, un mero acto de brutal improvisación imperial?
La orquestación del Nuevo Mundo, según leemos en los últimos documentos de seguridad nacional del gobierno estadounidense, está en marcha. En el marco de una explícita resistencia, algunos portavoces del “multilateralismo y la apertura económica” encuentran significativo señalar la bravuconada, y explican así, desde el viejo e insuficiente argumento de la irracionalidad, el proceso geopolítico que lleva adelante Trump.
Ahora bien, salvo excepciones, no es muy común en la Argentina, como lector de medios, toparse con interpretaciones “alternativas”, ni siquiera las que surgen de los círculos de pensamiento afines a Trump, que es, parece necesario aclarar, el presidente de la mayor potencia del mundo. Es, digo, importante, para sacar sentido de lo que sucede, conocer los argumentos que sostienen su accionar.
Para empezar, las intenciones de Trump en Groenlandia no son ni novedosas ni, por lo demás, invención suya. Como señala Ted Galen Carpenter, la situación debe pensarse, en principio, en el marco de los cambios que propone en la relación de Estados Unidos con Europa.
“El pueblo estadounidense necesita una genuina política de “Estados Unidos Primero”. Washington puede hacer los cambios políticos necesarios sin comportarse como un bully internacional. La postura dura de Trump ha sido completamente contraproducente e innecesariamente abusiva. Sin embargo, es tiempo de orquestar un divorcio estratégico transatlántico gestionado de forma más madura y amistosa”.
Cambiemos las formas, no el contenido. “La cuestión no es si debemos fortalecer nuestra integración defensiva con Groenlandia, sino cómo debemos hacerlo”, agrega Warren Davidson.
Davidson, congresista republicano y partidario del “America First”, da por sentado que el modelo global posterior a la Guerra Fría está agotado:
“Durante décadas, Europa dependió de los Estados Unidos como su fuerza de defensa de facto, expandiendo la Unión Europea bajo la protección del ejército norteamericano, mientras invertía crónicamente poco en su propia seguridad. Sin embargo, cuando EE. UU. intenta promover su propia seguridad, especialmente en el Ártico, los líderes europeos se oponen repentinamente, incluso cuando la influencia china y rusa se arraiga en la política y las instituciones comerciales de Europa. Este es el estatus quo que los críticos están intentando preservar, pero es precisamente lo que Trump tiene razón en desafiar”.
La urgencia por repensar la relación con Europa lleva, por cierto, varios años en el tablero de la política e inteligencia nacional estadounidense. En 2019, el analista político Codevilla ya planteaba, con un marcado pragmatismo, que "la idea de que europeos y estadounidenses eran socios de pleno derecho en la OTAN y que esto “mantenía lejos a los rusos, etc.” siempre fue una ficción, aunque útil. Hoy en día es disfuncional y obstaculiza la comprensión de todas las partes sobre la posibilidad de una cooperación útil”.
La Europa decadente que describe este autor ya no es la que originó la alianza con EE. UU. luego de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, se trata, en sus términos, de una entidad política que “está decayendo demográficamente, está dejando de existir culturalmente y está muerta políticamente, para no volver jamás”.
Europa, insiste Codevilla, es un bloque continental carente de cohesión interna y conducido por autoridades “que solo se representan a sí mismas”, cada vez más alejadas (y enfrentadas) de los pueblos cuyas voces, en los papeles, encarnan. Todo ello, indica, se puede advertir en el tratamiento (ineficiente, según él) del fenómeno migratorio:
“Si los miembros de la OTAN no pueden ocuparse de algo tan esencial para ellos y tan mecánicamente sencillo, para lo cual disponen de abundantes recursos, ¿qué podrían hacer por nosotros?”.
La cuestión del Ártico, en el marco de este escenario, si bien se presenta como un camino sinuoso y abierto, cobra otro sentido, uno más profundo que el de la mera bravuconada imperial.
Para Estados Unidos, considera Agnia Grigas, la situación actualmente es crítica. La crisis ha sido, vale aclarar, anticipada hace tiempo ya que, como anota, los intereses norteamericanos en Groenlandia preceden a Trump y perdurarán más allá de su presidencia. Esta autora, en efecto, sitúa este conflicto en el derrotero histórico del interés nacional estadounidense. El primer acercamiento data del siglo XIX y la cuestión resurgió en distintos períodos, sobre todo durante la Guerra Fría. En palabras de la autora: “el Presidente Trump simplemente ha planteado abiertamente tanto en su primer como segundo mandato lo que muchos estrategas estadounidenses han entendido durante mucho tiempo”.
El Ártico, advierte, rápidamente se está convirtiendo en una arena central en la competencia geopolítica. “Mientras el hielo se derrite y nuevas rutas marítimas se abren, Rusia y China se están movilizando agresivamente para asegurar sus influencias a costa de Estados Unidos y sus aliados”.
“Moscú –explica– ha expandido su infraestructura militar sobre el Ártico ruso, ha reabierto antiguas bases soviéticas y ha desplegado nuevos sistemas misilísticos. Beijing, por su parte, a pesar de carecer de territorios en el Ártico, se ha declarado a sí misma como “Estado cercano al Ártico”, ha invertido fuertemente en investigación polar y ha impulsado proyectos de infraestructura y minería en toda la región, incluyendo Groenlandia”.
Por otra parte, indica la isla como un territorio “rico en minerales” y que no solo es “difícil de defender” sino que el propio pueblo de Groenlandia no posee la capacidad defensiva para proteger el Ártico.
De allí la urgencia, finaliza, de generar lazos de cooperación entre EE. UU. y Groenlandia. La iniciativa norteamericana, entiende la autora, debería abandonar la retórica explosiva de Trump y ser más amistosa, pensar en acuerdos, “seducir”. La bravuconada, al fin, es un detalle circunstancial –corregible– más que la motivación última e impostergable que empuja los acontecimientos.
La agenda nacionalista estadounidense, como vemos, sigue un principio de acción realista. La contundencia con la que se descuidan las viejas formas es, en todo caso, una alerta de lo que sucede y, como tal, debería dar paso al entendimiento y la reflexión. La indignación por las muecas circunstanciales es impostura y pura impotencia. Los análisis, las declaraciones y las acciones están ahí, solo hay que leerlos y pensar.
Volviendo al artículo de Davidson, ya para concluir, leemos allí un diagnóstico lapidario que sintetiza lo expuesto líneas arriba sobre la disputa por Groenlandia en el marco de la reconfiguración de la relación con Europa. Este conflicto es uno de los indicadores –Venezuela es otro– de los cambios que lleva adelante EE. UU. en el marco del emergente Nuevo Mundo y en el reordenamiento de sus zonas de influencia:
“Los Estados Unidos no pueden defender Norteamérica con un modelo de seguridad diseñado para priorizar a Europa. Reparar ese desbalance comienza con una nueva arquitectura ártica anclada en Groenlandia”.
Las cartas, como vemos, están echadas. La velocidad de los acontecimientos exige una lectura atenta de los argumentos que los motivan. La risa irónica y el juego ideológico de surfear el presente son riesgosos. Urge adoptar una posición de análisis que contemple un panorama más amplio y evitar así que la Argentina se ahogue en los remolinos de las relaciones internacionales.
La crisis ha sido, vale aclarar, anticipada hace tiempo ya que, como anota, los intereses norteamericanos en Groenlandia preceden a Trump y perdurarán más allá de su presidencia.