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Opinión //// 12.12.2020
El jardín de la razón cínica

"El mundo Asís, mal que le pese a Asís, es el mismo de Feinmann, Novaresio y tantísimos pequeñitos dinosaurios más. El mundo de los que mandan y de sus defensores, los que quieren mano dura para los pibes chorros y exención impositiva para los fugadores de divisas, un sitio ordenado bellamente por las relaciones jurídicas, que son más importantes que las relaciones humanas, aunque estas últimas sean de explotación y agresión contra los más débiles." Por Rodolfo Cifarelli

Por Rodolfo Cifarelli

Para Jorge Asís el presidente Alberto Fernández es «este muchacho» o «el poeta impopular», la vicepresidenta Cristina Fernández, «la doctora», Macri, fue «el superpibe», hoy «el angel exterminador», Rodríguez Larreta es «geniol», Axel Kicillof, «el gótico» y el jefe de gabinete Santiago Cafiero, «el nietito». Esta ironía, de la que Asís hizo uso y abuso en una obra profusa y al final fastidiosamente costumbrista, hace tiempo que coaguló como la cobertura de un negro cinismo.

Las intervenciones de Asís de los miércoles a la medianoche en el show ideológico televisivo Animales Sueltos (un título que bien podría haber puesto nuestro dandy lenguaraz) tuvieron durante este año pandémico algunos momentos singularmente memorables. Uno fue cuando con su habitual tono paternalista y canchero Asís aseguró que «hay gente idónea para consultar sobre temas económicos como López Murphy o Domingo Cavallo». Otro, cuando llamó a la cordura «por la cuarentena exagerada» a los «muchachos epidemiólogos», a quienes también, para divertimento de Luis Novaresio, «mi amigo rosarino», Asís denominaba «odontólogos» o «podólogos». Esto, entre aumento de contagios y muertes.

Espoleado en apariencia por las preguntas de Novaresio, Asís sigue su propio guión, desenrolla confusos atlas analíticos o anécdotas supuestamente reveladoras, y lo hace encogiendo los hombros, alzando la voz y las cejas, abriendo desmesuradamente los ojos y hasta agitando los brazos, conectándose así con una gestualidad entrañable que aún puede verse por el canal Volver cuando dan alguna película con Pepe Arias o Enrique Serrano. E invariablemente, aunque Novaresio pregunte por «los próximos pasos de la doctora» o por la posibilidad de vida en Saturno, Asís deduce de sus propias ficciones analíticas que la política argentina es un chiquero infectado de malas artes, de devastación y perros de la guerra. Novaresio ensaya cara de sobrino embelesado que no sabe nada ante un tío que lo sabe todo. Y lo que transmite el tío, apuntalado en sus fuentes «probablemente malas» (sic), es puro sentido común, que, como alguna vez se dijo, es el menos común de los sentidos.

Asís no impreca ni moraliza, hace algo todavía más efectivo: infantiliza. Por eso su mundo es un jardín de infantes, con consignas y señuelos entendibles para cualquiera, incluso para alguien como Novaresio o, en su momento, Fantino. El santo grial de este mundo jardín de infantes se compone básicamente de una causa y un efecto: la caída del muro y su paraíso consiguiente, la democracia neoliberal, cuya principal desgracia sería no tener más creyentes entre nosotros. Basta de infantilismos, seamos adultos, nos dice el mago infantilizador, ¿para qué gastarse en ideologías si lo que realmente vale es la supervivencia de las especies más aptas? De ahí los constantes elogios de Asís a la real politik menemista que plantó bandera de rendición antes de empezar el partido y se sometió (se adaptó, en el idioma oficial del mundo Asís) a Bunge & Born y a la embajada de EEUU. Eso es «política grande», ese es nuestro camino, nada de conflictos, que son pérdida de tiempo y chicanas de resentidos.

El mundo Asís, mal que le pese a Asís, es el mismo de Feinmann, Novaresio y tantísimos pequeñitos dinosaurios más. El mundo de los que mandan y de sus defensores, los que quieren mano dura para los pibes chorros y exención impositiva para los fugadores de divisas, un sitio ordenado bellamente por las relaciones jurídicas, que son más importantes que las relaciones humanas, aunque estas últimas sean de explotación y agresión contra los más débiles. Para entender el funcionamiento de este mundo en su nivel comunicacional masivo hay que escuchar sus diatribas y operaciones diarias contra un gobierno que según Asís «no arranca». A pesar de haber inyectado miles de millones de pesos con los ATP y los IFE, de proveer ayuda a cada provincia, incluida la ciudad autónoma de Buenos Aires, de la negociación exitosa con los fondos buitres. Pero no, «estos muchachos» no pueden, no saben. Palabra de Asís y de sus compañeros de ruta. 

Todos ellos están en pantalla para decirnos que la política no es la dimensión de prácticas múltiples y colectivas que pueden transforman la realidad. Al contrario: toda participación de las masas en la política deriva en los peores crímenes (que en esta imaginería cada vez más alucinada rebotan desde los cometidos por Stalin hasta el del fiscal Nisman, suicidado por ya sabemos quién). ¿Entonces? Muy fácil. Son las elites de poder quienes hacen la Historia. Al resto nos queda la noble labor de ser buenos ciudadanos, que traducido al lenguaje de la derecha es obedecer sin rebelarse al destino. La tragedia griega se prolonga en la mano invisible que guía al mercado. Política no, administración de las cosas, como quería Rousseau ayer y quieren los libertarios hoy, sí. A este cóctel darwinista punitivo, Asís lo salpica con toquecitos de soberbia arrabalera y nos lo sirve en un abrir y cerrar de ojos, con una sonrisa de vendedor de autos usados.

Y sin embargo vale reconocer que mientras algunos sobreviven a la sombra de teorías que leyeron en comentaristas de segunda o tercera mano y otros defienden sus novelitas o ensayitos con una autopercepción que oscila entre la falsa humildad y la más pomposa estupidez, Asís, comparado con ellos, es nuestro auténtico intelectual posmoderno, el que al fin pudo inyectarse el neoliberalismo en las venas para convertirse en el mejor personaje de su comedia humana, sin ningún complejo de culpa. Nunca tuvo que recurrir a Lyotard o Baudrillard, le basta con citarse a sí mismo. Y conste que ya en Flores robadas en los jardines de Quilmes, publicada en 1980, plena masacre, nos advertía: toda sangre derramada deberá ser negociada.

Al revés de Respiración Artificial de Ricardo Piglia, también de 1980, Flores robadas en los jardines de Quilmes no interpretaba las razones que desde el fondo de nuestra historia vinieron a confluir en el abismo de 1976, sino que narraba, con una mezcla de ramplonería, encanto y calculado cinismo, hacia donde estaba yendo (y huyendo) una parte de esta sociedad a partir de 1976. Y porque lo narraba desenfadadamente era un canto vital y también contradictorio: estaba lleno de muerte.

Asís no es un producto de los ´90, es un adelantado que encontró en los ´90 los espejos para contemplarse como lo que siempre más o menos había sido y proyectarse en los nuevos campos después de la batalla. Tampoco necesitó travestirse como Sebreli o Sarlo, porque antes de que ellos aburrieran en TN o La Nación +, él fue best seller, periodista de Clarín, despedido de Clarín, perseguido y ninguneado por Clarín, funcionario y apólogo de Menem, polemista en el bar con Sofovich y candidato a vicepresidente de una fórmula encabezada por Jorge Sobisch, ex jefe de la policía que asesinó al maestro Carlos Fuentealba. Todo un palo.