No a la Paz en Colombia: con más fuerza en las ciudades que en las zonas de conflicto

  • Imagen

No a la Paz en Colombia: con más fuerza en las ciudades que en las zonas de conflicto

04 Octubre 2016

 

Por Sergio Lanzafame

El resultados del plebiscito en Colombia sorprendió, y no sólo al Gobierno. El triunfo del No al acuerdo de paz con las FARC no figuraba en los cálculos de nadie, ni siquiera en los del bando triunfador, que esperaban una derrota honorable para agitar en adelante los defectos del tratado.

Mucho menos lo esperaban las milicias desmovilizadas del grupo guerrillero que acariciaban la posibilidad de volver a la vida civil, al reencuentro con la familia. También sorprendió a la comunidad internacional, que estupefacta ante el resultado, comenzó a balbucear algunas respuestas, para más tarde casi al unísono decir que acompañarán al gobierno de Colombia en su esfuerzo por lograr otro acuerdo.

Sin embargo, el principal dato político de la jornada del domingo no fue sorpresivo, pero si se transformó en una amarga realidad. El abstencionismo fue el gran ganador. El protagonista principal del plebiscito fue la indiferencia del pueblo colombiano.

Aunque desde hace años los electores optan por no ir a votar (en las últimas presidenciales la abstención llegó al 59,93%) esta vez logró que sólo el 37,43% de los electores se acercaran al cuarto de votación. Es decir, que el 62,57% no sufragó. Muestra clara del nivel de conciencia política desarrollado por la población.

En resumen, sólo el 19% de todos los electores votaron a favor del “no” y nada más que el 18% lo hizo por el “si”. A juzgar por la relevancia que el acuerdo alcanzó en todo el mundo, parece que fue mucho el ruido, pero pocas las nueces.

La escasa participación política en una consulta que necesitaba de la participación masiva para que no diera lugar a dudas de la voluntad popular, hizo que la diferencia de sólo 54.000 votos (50,2% a 49,8%), sean sólo el corolario de una derrota para la paz que va más allá del resultado.

El neoliberalismo, imperante en Colombia desde hace varias décadas y sin amenazas en el frente, se coló en todos los intersticios de la sociedad. El discurso único, con el apoyo incondicional de los medios de comunicación concentrados, bombardearon durante años cualquier intento de politización de la población que apunte a la rebeldía frente al modelo impuesto. Y la Cadena Caracol y las demás empresas de medios de comunicación, fueron para ello un vehículo privilegiado.

Una de las estrategias más utilizadas fue la de asociar a dos peligros: el narcotráfico y la guerrilla. Desde el Gobierno, sobre todo con Álvaro Uribe a la cabeza, se logró poner a las FARC en el lugar del demonio declarado.

No sorprende entonces que el rechazo al plebiscito se haya paseado durante la corta campaña por los grandes medios y las redes sociales en forma de preguntas acusatorias: ¿Por qué le dan una banca y le pagan un sueldo mensual a un asesino y a mi me pagan mucho menos por trabajar? ¿Por qué si yo cometo un delito me ponen preso y a esos los dejan libres?

Así, la política quedó archivada y se impuso el sentido común construido por los medios masivos de comunicación. Las clases media y alta de ese país votaron con la cabeza entretenida por las cadenas de televisión. La prueba es que fue en los grandes centros urbanos donde se expresó el rechazo al acuerdo.

En cambio, entre el pobrerío del interior, allí donde las balas dejaron un tendal y la urgencia impone la solución política, el resultado fue abrumador hacia la paz.

El presidente Santos, poco después de conocer los números finales aseguro que ya “no habrá guerra” y que el cese del fuego sigue. Lo mismo dijeron las FARC. Y todos los partidos políticos colombianos, menos el uribismo, dieron su apoyo al gobierno de Colombia en su esfuerzo por reparar el daño del plebiscito.

Este sacudón tal vez haga que la sociedad colombiana, despolitizada y apática, luego de años de los espejitos de colores neoliberales, se despabile.

Desde distintos rincones del mundo, llegaron mensajes de ánimo para los que quieren la paz. La ex presidenta argentina Cristina Kirchner también los dio, aunque no se privó de dar su punto de vista. Dijo que “los centros urbanos a salvo del fuego de la guerra pero sometidos al bombardeo de medios y mentiras” se pronunciaron por el “no” a los acuerdos de paz, pero la periferia de Colombia, escenario territorial donde se sufre la tragedia y devastación de la guerra, lo hizo por el sí”. Dijo que “encuestas, medios y mentiras ponen a prueba no sólo a la paz sino también a la representación política y social”.

Cristina instó, sin embargo, a los colombianos a que “no se rindan” y que crean que “la paz no sólo es necesaria sino que todavía es posible”.