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Fractura //// 26.12.2021
“Viaje a la luna”, libro de poemas de Alejandro Hugolini

Un desplazamiento por las estaciones de la infancia, tratando de volver a asir aquello que se trastocó cuando la pérdida de la madre marcó su final.

Por Marcelo Costa

El arte es hijo de lo que no está, es hijo de la ausencia, de lo perdido. No existe el gran arte satisfecho. No encontraremos un poema acerca de las ventajas del correspondido, o de lo bueno que está envejecer, o sobre las ventajas de prosperar económicamente.

Alejandro Hugolini (Ibarlucea, 1965) perdió a su madre, que es una ley de la vida. Dolorosa, claro, pero es la ley de la vida, es una cuestión biológica que enterremos a nuestros mayores. Y ese es el disparador para la escritura de su primer libro de poemas, Viaje a la Luna, el decimoséptimo de la colección Alfa de la mítica Biblioteca Vigil. Ahí viene a engarzarse con autores como Saer, Riestra, Vila Ortiz y siguen las firmas ilustres. Pavada de mochila.

Como se señala acertadamente en el prólogo, todos volvemos a tener dos años cuando se muere nuestra madre, que es decir, cuando se muere un pedazo nuestro. Muchos andamos años tratando de ver qué pedazo se murió. Otros andan otros tantos años tratando de pegarlo, o de ver qué se hace con él. Otros, como es el caso de este libro, lo escriben bellamente, de modo tal que nos permite identificarnos.

Hugolini, a pesar de venir de la narrativa (la nouvelle Llueve sobre los rieles, Baltasara Editora; y más acá en el tiempo, La montaña y la noche, Ed. Casagrande) sabe de lo inasible y a su vez, de lo inefable de la poesía. La palabra escala la realidad hasta llegar al borde del silencio. Su poesía es como la huella de un gato. Tengo para mí que la poesía es algo que no se puede definir, pero que se reconoce. Y uno la reconoce, junto a la voz, esa voz personal que es testimonio. Muestra, indica, pero a veces se va borrando para que, al borrarse, aparezca la ternura, el dolor que no se vuelve condescendiente en lágrima o reproche.

El autor nos presenta una especie de brújula en cuatro divisiones, cuatro etapas de su libro, Tiempo, Mujer, Niños, Aire, que van precedidas, con un epígrafe en cada una de ellas, por lo que se podría llamar su canon: Leopoldo Marechal, Haroldo Conti, Vasco Pratolini, Rogelio Barufaldi.

Y desfilan allí los años de la infancia y la estación se termina en la pérdida del ser querido, esa pérdida que se asume cuando volvemos y vemos las cosas de vivir que ya no tienen sentido porque su dueño ya no está, y se abre un futuro de orfandad, no importa la edad que tengamos. Y entonces nos preguntamos si se termina el niño cuando muere la madre.

La buena poesía no podría existir si el poeta no fuera poroso a la realidad que lo circunda, porque entonces no podría nombrar de otro modo.

A Hugolini le gustan los trenes, viene de una familia de ferroviarios orgullosos. Y uno puede leer este libro como si de un viaje en los trenes de la infancia se tratase. En las primeras estaciones se lee

 

Pienso en vos,

luna sobre el cielo

desfondado de Ibarlucea,

nuestra pequeña patria,

donde los abuelos

se doblaron

sobre el surco,

sobre la tierra

ancha y ajena.

 

El humo espeso

del tractor

hilvana el horizonte,

y se eleva

en el aire cargado de la tarde.

 

Y cuando se refiere a los que vinieron antes, I nostri antenati:

 

no tenían más

que la fuerza de sus brazos

y el mandato

de hacer hijos y patria

y trabajar y morirse

sin hacer ruido.

 

Todavía puedo

cerrar mis manos

sobre el alambrado.

Puedo ver 

el campo arado, la luz

anaranjada y dulce,

y la precisa hilera de árboles

donde los tordos se acomodan

en las manos del crepúsculo.

Y más adelante

 

Cada vez que te nombran

me desprendo

como un pájaro de un cable

de alta tensión.

 

Los poemas de este libro están hechos de una materia pura, que es la cadencia de una voz, el tono hondo y luminoso de la ternura.

Y nuestro imaginario tren sigue viaje, casi para terminar.

 

Salió por una puerta lateral

fuera de cuadro,

como corresponde

a las primeras señales

del olvido.

Nos abrazamos los tres

en la salita vacía.

La infancia regresó con fuerza,

como el Ludueña

después de las lluvias.

 

Y ahora sí, llegamos a la estación final

 

Crece la oscuridad

Sube el silencio,

La luna alcanza su cenit.

 

Una garza blanca aletea

En el aire espeso

De la noche

Cruza el cielo con empeño

Hacia el oeste

Y pronto es un punto leve

Que se disuelve

En la transparencia del aire.

 

Párrafo aparte para la hermosura del libro, además, en tanto que objeto, una delicadeza hecha con costura japonesa; y también para el prólogo de Julieta Lopérgolo.

Digan que soy muy proclive al sedentarismo, pero si fuera otro, alguien que batallara por las causas nobles, iría por la ciudad con un balde de pintura y escribiría en las paredes Lean Vieja a la luna. En cambio, escribo en este espacio generoso, pensando que sonará un tiro para el lado de la justicia, que no es poco.