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Fractura //// 30.01.2022
Oliverio Girondo: la vigencia de un vanguardista

El 24 de enero fue el 55 aniversario de la muerte del poeta argentino y este año se celebra el centenario de la publicación de su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), que marcó el nacimiento de la vanguardia literaria en Latinoamérica.

Por Analía Ávila

Douarnenez,

en un golpe de cubilete,

empantana

entre sus casas como dados,

un pedazo de mar,

con un olor a sexo que desmaya.    

(De “Paisaje bretón”, Oliverio Girondo)

El 24 de enero se cumplieron 55 años de la muerte del poeta argentino Oliverio Girondo (1891-1967) y este año se celebra el centenario de la publicación de su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), que marcó el nacimiento de la vanguardia literaria en Latinoamérica.

Nuestro poeta y periodista Francisco “Paco” Urondo escribió en la revista Leoplán el artículo “Girondo” (1962) donde recorre la vida del poeta y cita además el valioso testimonio de su amigo Ramón Gómez de la Serna, el escritor español creador del género de las greguerías y con una influyente obra.

Paco recuerda que Oliverio nació en la calle Lavalle 1035, donde pasa hoy la porteña avenida 9 de Julio, y se refiere a los viajes que Oliverio realizó en su juventud por Europa, América y África que contribuyeron en su formación literaria. Además se recibió de abogado, profesión que nunca llegó a poner en práctica. Urondo afirma que fue el escritor “más importante del grupo Florida, tal vez el más consistente de su generación”. También comenta que, sin embargo, hay otros escritores de aquella época que son más conocidos. Y concluye: “Girondo no es un figurón (…), no le ha interesado el éxito, las alabanzas (…) Comienza a ocupar el lugar que le corresponde, a pesar suyo, merced a la natural gravitación de su obra poética, a su presencia irreversible”. 

Gómez de la Serna cuenta en Retratos contemporáneos algunas anécdotas que pintan el perfil del poeta, como cuando Oliverio estuvo en París en una carpa instalada en el Palais Royal, en una feria a beneficio de los huérfanos y viudas de los artistas teatrales, junto con Ricardo Güiraldes, bailando durante tres días danzas flamencas y tangos.

El poeta era también ilustrador y todo un performer, para promocionar su tercer libro, Espantapájaros (1932), hizo una escultura en papel maché y se paseó con ella por las calles en una carroza fúnebre tirada por caballos.

Su esposa, la escritora Norah Lange, dijo que Girondo “nunca conoció un hastío”. Y la poeta Olga Orozco lo llamó “el arcángel negro” de la literatura argentina.

“Veinte poemas para ser leídos en el tranvía”

La primera edición de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía fue lanzada por el propio autor, con diez ilustraciones realizadas por él mismo, con una tirada de 850 ejemplares, en una imprenta de Francia.

Gómez de la Serna cuenta que comenzó a leer el libro en un tranvía de Madrid, y que como cuando terminó el recorrido todavía no lo había terminado, sacó nuevamente boleto y pidió “hasta el último poema”. El mismísimo artista español Pablo Picasso se mostró entusiasmado con los dibujos de Oliverio de esta edición.

En 1925 se publicó la segunda edición a cargo de la revista Martín Fierro con el agregado de un Prólogo: una carta al cenáculo literario de La Púa. Fue rotulada como “Edición tranviaria a 20 centavos”. En esa carta-prólogo Girondo manifiesta: “Lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una manifestación admirable y modesta de lo absurdo?”. Así el poeta marca el rumbo elegido y su cosmovisión.

El verso libre y el poema en prosa de tono sarcástico, pinceladas de grotesco, esperpento y humor negro marcan un estilo que sigue en sus libros posteriores. El poeta y editor Rodolfo Alonso destacó la vigencia de la lectura de los Veinte poemas, afirmó que “provoca sensaciones encontradas en un lector desprevenido”, que “la realidad se mueve, se descoloca” y que “genera una absoluta desconfianza acerca de lo real”. Oliverio se anticipó así a los existencialistas y a la literatura del absurdo, entrevé algo angustiante en toda realidad.

En Veinte poemas hay miradas, apuntes del poeta sobre las ciudades que recorrió, como Douarnenez, Brest, Mar del Plata, Buenos Aires, Río de Janeiro, Venecia, Sevilla y París, entre otras. En la vanguardia la tradición del viaje es una búsqueda de belleza de la vida moderna. También hay una búsqueda de imágenes y el uso de la fragmentación y la técnica del collage.

“En el fondo de la calle, un edificio público aspira el mal olor de la ciudad.

Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para fornicar en la vereda.

Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil”. (fragmento de “Pedestre”).

Ilustración de Oliverio Girondo para "Pedestre"

También se intercalan los “nocturnos” donde la tristeza y la melancolía dan rienda suelta a la ternura del poeta:

“Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón”. (fragmento de “Nocturno”).

El trabajo de experimentación con el lenguaje está desde el primer poema de Oliverio y llega a su punto más alto en su libro En la masmédula (1954) que es su obra consagratoria, la que fue nutriendo y reescribiendo durante toda su vida, aún después de publicada.

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Para finalizar volvemos al entrañable recuerdo de Paco Urondo: “Cuando conocí a Girondo me impresionó su espíritu conversador, su imaginación para hablar, su simpatía y su presencia”. Y concluye: “Siempre ejerció aquello que tanto valoraba Ibsen; aquel asunto de ‘la alegría de vivir’”.