No hay denuncia directa, hay una incomodidad que persiste: la poesía en “La bondad del agua”, de Ariana Cabezas
Un libro sobre la vida, la familia, la crianza en un registro que el feminismo viene señalando hace tiempo: lo íntimo como territorio político. La bondad del agua (El Elefante Negro) habla de la casa pero también del entorno, de la comunidad, del país como materia que atraviesa la experiencia.
La propia Ariana Cabezas lo señala: “el libro nace del cruce entre el trabajo cultural en territorio, ciclos de poesía, talleres, encuentros, y la militancia, de haber sido interpelada por las luchas sociales y por el contexto en el que vive”. No hay una escena originaria, un episodio único: hay acumulación, capas, insistencias que punzan en el poema.
Los poemas parecen poner en práctica la idea de endurecerse sin perder la ternura y lejos de ser un cliché, es un trabajo obstinado el de este libro que se pregunta ¿Qué es ser madre? ¿Cómo se es una buena hija? ¿Cómo se resuelve el dolor que se hereda? Cierta idea de espanto lo recorre. Como bien mencionara Susan Sontag, “La belleza es parte de la historia de la idealización”.
La naturaleza aparece como metáfora y como sistema de sentidos: el agua actúa, arrastra, limpia, insiste como metáfora del paisaje cotidiano en el que se mueve la autora.
Así, La bondad del agua avanza y purifica. El cauce del río, la garúa fina que nos mantiene a salvo, hay algo baustismal que sucede cuando la poeta nos zambulle allí. En ese sentido, Ariana sostiene que “Esa interpelación también movilizó mi forma de ‘sentipensar’ el mundo, de habitar mi casa, mis vínculos, la genealogía familiar, la maternidad, el lugar de las mujeres en mi experiencia de vida. No nace de una experiencia específica, sino de múltiples atravesamientos”.
Pero, aunque el agua traiga movimiento, hay zonas de fijación. Aparecen las mujeres de la familia que sostienen estructuras, que niegan la contradicción, que no se dejan atravesar por ese cambio aún envueltas en una estructura rígida que no deja refrescarse por el viento, la lluvia, el movimiento que arremete para cambiar las cosas de lugar.
Ahí el libro produce tensiones porque, aunque no hay denuncia directa, sí aparece una incomodidad que persiste de forma ambivalente. La voz poética logra exponer los engranajes detrás de los patrones sin elevarse sobre ellos.
En ese punto, la escritura se vuelve también una toma de posición. Cabezas lo dice con claridad:
La decisión de mirar desde la poesía y la escritura, implica una forma de pausar la vida, y detenerme más allá de las lógicas de instrumentalización, cosificación, utilitarismo que plantea él sistema sobre las relaciones humanas, la experiencia humana, mirar sería apreciar y reivindicar el espacio de la escucha, la memoria compartida, los afectos, renuncias, el cuidado; también una pequeña decisión contra lo efímero y la productividad. Eso en lo que me detuve a mirar ¿qué me dice más allá de la forma habitual y natural en la que aparece?. Dejar que emerja la inquietud, la pregunta.
Hay en estos poemas un trabajo, podríamos decir, subterráneo: una atención sostenida a lo mínimo, a lo que apenas asoma. Desde ese lugar se construye una mirada sobre la familia que no es idealizada ni completamente crítica. No hay ruptura total, pero tampoco conciliación. Más bien una conciencia de pertenecer, de estar adentro, incluso cuando incomoda.
La bondad del agua no ofrece certezas. Más bien abre preguntas. ¿De dónde viene esa “bondad”? ¿Es algo dado o algo que se construye? En un poema, la autora escribe:
La luz sobre la ventana
llega de la misma forma.
Nada tiene real importancia
hasta que mirás
decidís mirar las cosas, tomar distancia.
Ese trabajo misterioso de la psiquis, un estado de alerta sostenido, en el que se observa desde el rincón. Esperar que acontezca la palabra singular, para nombrar lo subrepticio. Lo que es dado en estos poemas que nos muestran sutiles el lado íntimo y agridulce de la unidad mínima, la familia, que significa estar dentro, disputar, sostener un vínculo contradictorio que hace en el cuerpo lo que hace el tránsito de la vida con un otro disímil. En ese punto, el libro despliega un elemento propio de esta época: la construcción de la comunidad.
La autora propone una lectura, una mirada que sin dejar de ser crítica no aparece en las antípodas de lo propuesto. Ese es el valor: no un ser aislado, autónomo, independiente, sino que se reconoce como parte. Es por eso que el libro incorpora la complejidad de las contradicciones.
insiste en la posibilidad de cambio, pero no como una promesa vacía. Hay un “venir” que se enuncia, “los cambios son posibles”, pero que exige una pregunta previa: ¿qué hacemos con lo que la corriente remueve? ¿Qué hacemos con lo que aparece?
“La luz sobre la ventana/ llega de la misma forma./ Nada tiene real importancia/ hasta que mirás/ decidís mirar las cosas, tomar distancia”.
Ese cambio repentino, el ser conscientes del cuerpo de nosotros, del lugar que ocupamos en la vida y en las trayectorias familiares, deshacerse de ese peso o aceptarlo. Comprender. Preguntarnos, en definitiva, como dice Ariana ¿Qué hemos sido todo este tiempo?
La autora abre esa pregunta no solo como un punto de introspección suspendido en sí mismo, no como un diván en el que recostarse a reflexionar, nos propone un para qué “vení los cambios son posibles” dice en otro poema, porque ahora que la corriente nos sacude qué vamos hacer.
El autoconocimiento, el deseo y la afirmación del yo es importante, pero la autora nos recuerda sobretodo que el crecimiento nunca es individual, nos dice “Pronto vendrá/ una mañana -cambiante e incierta-/ y alguien nos buscará./ El otro es encuentro y partida./ Nos llama”.
Porque si algo queda claro es que el crecimiento no es individual. La subjetividad se construye en relación, en vínculo, en roce. “El otro es encuentro y partida”, escribe Cabezas para hablar de esa doble condición que tiene la experiencia: llegada y pérdida.
La memoria, en ese sentido, no es archivo sino movimiento. Avanzar no es dejar atrás, sino cargar con lo que vuelve: los nombres, las historias, los cuerpos. El río no olvida. Un país tampoco debería y es eso lo que nos tiene que ayudar a construir un mejor presente.
Finalmente, el proceso de escritura acompaña esa lógica: comienza en soledad, pero se abre al intercambio. Talleres, lecturas, correcciones colectivas. Aparecen nombres: Sabrina Barrego, Marina “Marva” Coronel, Diana Bellessi, que acompañan sino que configuran el libro.
También la interdisciplinaridad: filosofía, sociología, antropología, la pluralidad de La bondad del agua no cierra. Se mueve. Insiste. Pregunta. Y en ese movimiento, deja algo abierto: una forma de mirar, quizás, o la sospecha de que todavía estamos a tiempo de hacerlo distinto.