La única marginalidad que sirve es la que no se pretende: María Lanese, la poesía en lo imposible

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    María Lanese
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La única marginalidad que sirve es la que no se pretende: María Lanese, la poesía en lo imposible

26 Julio 2026

María Lanese publicó, recientemente, su nuevo libro El pulso de la piedra a través de la Editorial Mora Barnacle. Los andares de la escritora rosarina por la poesía son siempre una alegría. Es certera. A la vez que musical, profunda y conceptual.

La única marginalidad que sirve es la que no se pretende. Sólo así se puede construir una voz particular, única. Lanese es una voz del margen, que por su no pretensión se vuelve centro. Su poesía excede a los vicios actuales de la escritura. Hablamos de una voz que no transa con las convenciones de época, ni con los cánones autocompasivos de la poesía. Construye tal libertad que fuerza al lector contemporáneo a detenerse. Ese tal vez sea el mayor logro de un artista: desafiar.

En la contratapa del libro, Carlos Andrés Jaramillo advierte: “Poesía del preguntar es este libro. Poesía del ensimismamiento grave y gozoso. Yerra quien crea que estos poemas son ocurrencias del azar. Son meditaciones, vertientes de dónde nacen imágenes que tratan de nombrar las cosas (...) Libro que aspira a escuchar lo imposible”.

Podríamos decir que, en esa imposibilidad, se mueve nuestra autora. Poco más de una decena de poemas componen el libro. Uno nunca se imagina cuánto de lo imposible puede revelarse en tal composición. Cuánto de lo real puede decirse sin nombrar la realidad. Esa es la pregunta que encontramos a lo largo del poemario. La mirada se vuelve, entonces, una pregunta. Sólo así, el velo de la mirada se retira y la claridad aflora.

Desde el título se nos invita a este recorrido. Nos preguntamos, desconcertados ¿Cuál es el pulso de la piedra? Tal vez la mirada al infinito o la certeza de que en lo inanimado, incluso, se constituye una porción de lo vital que habita el mundo. Incluso de lo político. Hay una incorrección en la búsqueda de Lanese, que permite que la metafísica y lo real sean parte de lo mismo. En la metáfora ejecuta una sentencia que ordena la lectura: lo que aquí se busca es inasible. Y por inasible podrá ser revelado únicamente en comunión con el arte poético.

Cada uno de los poemas, está vinculado con los cuatro elementos: agua, tierra, aire, fuego. Sin embargo, también encontramos, entre estos elementos, la presencia de la poesía, del cuerpo y el cielo. Mucho de lo que nos falta en este mundo. Mucho de la ausencia que nos persigue. Mucho de lo que conforme pasan los años empieza a deteriorarse o a perder su esencia.

La voz poética se constituye en una fuerza en la que el “yo” es un espectador sutil, que rara vez se vuelve presencia, que rara vez se nombra a sí mismo, un pequeño errante (como diría Raymond Depardón) que pasa sin colonizar. No hay grandes tonos en estos poemas, sino un descubrimiento. Es un libro que se vincula con su época de modo lateral. Se vincula con su época porque no lo pretende. La imaginería que aquí aparece tiene una relación natural con la filosofía: son preguntas sobre el origen, sobre las quintaescencias, como pudo hacerlo tal vez Chantal Maillard.

El primer poema titulado “El fuego”, nos presenta la desolación. La naturaleza del conflicto bautismal del ser humano contemporáneo: ignorar todo lo que no se puede soportar. Así como lo diría Bacon “no hay belleza que no tenga una porción de rareza”, Lanese nos aborda con un lenguaje raro, que no admite espacio para el lector desprevenido. La autora dice: “componen el cuadro sonoro / de una tempestad/ de la que ya no sabemos/ o no queremos/ leer su partitura”.

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Tapa el pulso de la piedra

En este mundo en el que somos todos, o casi todos, cómplices en el gesto de naturalizar violencias y saqueos, Lanese con la poesía nos arrincona. Reginald Shepherd planteó acerca de la belleza: “Sin una concepción de belleza no hubiera llegado jamás a ser poeta”. Shepherd, desde luego, ubica a la poesía en un lugar único, en un lugar de congratulación que nuestra poeta honra, pese a sus implicancias. Así es que avanza hacia lo imposible, tocando esos temas que pese a su relevancia actual, parecen olvidados por las voces, o que, en su defecto, parecieran poder ser tratados únicamente con la lengua banal del enemigo

La metáfora en la poesía de María Lanese, se constituye como una casa de puertas abiertas que uno puede recorrer, llevándose la extrañeza de lo impropio: “Braman las olas/ mandíbulas atentas/ al llamado incesante/ de una lengua arcaica”. Ella misma lo enuncia en el poema “Las metáforas aguardan su momento de emerger”. No hay acá el fundamento de construir lo forzado, sino de darle a lo que existe la calma que requiere para ser dicho. Un trabajo que parece haber sido macerado lentamente.

En la lectura, todo parece ser un solo poema, o incluso, una gran metáfora. Este libro debió escribirse con paciencia desmedida. María Lanese mencionó, en la presentación del mismo, que podría ser un solo gran poema. Y lo es. Filosóficamente lo es, esencialmente. Sin embargo, no hay una disputa o una constatación intelectual, sino el reconocimiento de una naturaleza, el reconocimiento de lo más profundo de la naturaleza.

“Es preciso/ hablar entre nosotros/ con sonidos que crezcan, sentencia”. ¿Cuáles son esos sonidos?, ¿qué es lo que crece? De alguna manera este libro sutura la herida del pasado, mirando hacia el futuro. Una comunión que puede realizarse sólo a través de la palabra y su avance hacia lo sublime. Porque todo fluye en el mismo sentido.

El sentido de los poemas, requiere no sólo concentración, sino incluso, como diría Padeletti en relación con la poesía, “una mente vaciada”. Refiriéndose, claro, a la idea de permitirse la sorpresa. La mirada, tarde o temprano, desemboca en la belleza. La mirada de la poeta estará orientada a compartir un saber que hasta entonces no existía. Y cuando ese saber aparece, no creemos que aprendemos algo nuevo, sino que recordamos algo que parecía olvidado. La poesía necesita decirse, a veces, en carácter de verdad. Así lo expresa:

 

fundar para siempre el horizonte

               fin y principio

de nuestros puntos cardinales

 

es solo comparable a la irrupción

              de algún saber inesperado

 

al vértigo que siempre

               nos produce la belleza.

 

En el poema “La piedra”, nos adentramos, en las aguas del origen. En el único lugar donde se desestabiliza lo fundante. La piedra se vuelve el origen. Un elemento desprendido, al igual que se desprende el fruto del árbol y rueda. El único capaz de sobrellevar el fundamento de lo humano, el único capaz de registrar cuánto hemos sido antes de convertirnos en nuestros propios cazadores, antes de ser capaces de causar estragos tecnológicos y bélicos. Nuestra autora cierra el poema volviendo a la tónica del poema, con la recursividad que sólo la gran escritura puede dar:

 

en la oscuridad de las cavernas

           pone a resguardo

                      de nuestra devastación

                                    las primeras escrituras

las ampara

             en el silencio

                                    de los dioses.

Y cuando ese saber aparece, no creemos que aprendemos algo nuevo, sino que recordamos algo que parecía olvidado.

Por otro lado, los poemas “El cielo”, “La noche”, “La tarde”, “La mañana” tienen como característica principal las estrofas de tres versos. Durante largo tiempo me pregunté el porqué de esta decisión. Responden a una métrica de cinco, siete y cinco sílabas, a modo Haiku. No sólo en su formato, sino en su esencia, estos versos persiguen la naturaleza de otro modo. Como planteaba Saer “La poesía no es lenguaje, sino naturaleza. El lenguaje es su prohibición”. Leamos:

 

(...)
En el espacio

el vuelo del pájaro

es transparencia.

 

En el ocaso

la paz en los colores

recogimiento.

 

No es otra cosa

que sombra de la tierra

la noche oscura.

(...)

 

Podríamos seguir leyendo y analizando los poemas de María Lanese, pero lo que tengo para decir, merece ser dicho de manera contundente. Toda la destreza que se puede mostrar en un libro, la autora la muestra en El pulso de la piedra. No porque quiera mostrarnos de qué es capaz, sino porque su poesía es capaz de derribar un muro, de recoger el espíritu del primer encuentro entre el ser humano y la piedra. Lejos de las especulaciones, su poesía. Démosle la bienvenida a este libro que será recordado por su coherencia formal y por su contenido arriesgado que atenta contra el silencio fraudulento, y cínico, del mundo.