“Crudo”, de Olivia Laing: una novela donde ocurre todo y nada a la vez
Crudo (Alpha Decay, 2018) es la primera novela de la escritora inglesa Olivia Laing (Reino Unido, 1977). Antes de incursionar en la ficción, Laing había publicado To the River: A Journey Beneath the Surface (2011), un libro de viajes inspirado por Virginia Woolf; The Trip to Echo Spring: On Writers and Drinking (2013), un ensayo sobre un grupo de autores estadounidenses y su relación con el alcohol; y The Lonely City: Adventures in the Art of Being Alone (2016), un ensayo que analiza la expresión de la soledad en la que vivimos a través del arte.
Tal vez por eso, en Crudo, la autora construye una escritura atravesada por la sensación de que todo sucede al mismo tiempo. La novela transcurre durante el verano de 2017, mientras Kathy, una mujer de cuarenta años a punto de casarse, atraviesa unas vacaciones en la Toscana que deberían funcionar como una pausa, pero terminan convirtiéndose en el escenario de una ansiedad que parece provenir de todas partes: el matrimonio inminente, el paso del tiempo, el propio pasado y, sobre todo, el estado del mundo.
La intimidad nunca consigue separarse del exterior. Las preocupaciones personales conviven con elecciones políticas, guerras, catástrofes ambientales, noticias y discusiones que llegan a través de las redes sociales. El mundo entra constantemente en la conciencia de la protagonista y no parece haber una forma efectiva de cerrarle la puerta.
La novela trabaja, de este modo, con una experiencia muy contemporánea: la hiperaceleración de la información. Cada vez que Kathy abre Twitter, se encuentra con nuevas señales de un mundo en crisis: el deshielo de un glaciar, peces muertos, decisiones políticas, movimientos militares. Los acontecimientos aparecen acumulados, sin una jerarquía que permita distinguir aquello que merece atención de aquello que puede esperar.
La información deja de ser una herramienta para comprender el mundo y comienza a producir, paradójicamente, una forma de aturdimiento. Kathy es consciente de ese agotamiento, pero tampoco logra escapar de él. La conexión permanente con lo que sucede produce una sensación de urgencia constante, como si desconectarse significara también dejar de participar de la realidad.
El título Crudo parece condensar, precisamente, esa experiencia. La novela no procesa el presente hasta volverlo tranquilizador ni intenta transformar el caos en una narración ordenada. Lo deja entrar en estado casi bruto: noticias, recuerdos, pensamientos, referencias culturales, acontecimientos políticos y pequeñas escenas de la vida cotidiana aparecen unos junto a otros. La escritura reproduce la lógica de un presente saturado, en el que una experiencia íntima puede ser interrumpida en cualquier momento por algo que sucede al otro lado del mundo.
Esta decisión formal resulta fundamental. La novela se construye mediante fragmentos, cambios abruptos de foco y asociaciones que funcionan casi como un collage. La escritura imita el ritmo de internet, el movimiento del scroll: una cosa conduce a otra antes de que la anterior haya terminado de ser procesada. La fragmentación constituye una manera de representar una experiencia. El mundo contemporáneo tampoco llega a nosotros como una totalidad ordenada; llega en fragmentos, notificaciones, titulares, imágenes y opiniones que compiten constantemente por nuestra atención.
"El verdadero interés de Crudo está en que esta saturación exterior termina afectando directamente la construcción del yo".
Pero el verdadero interés de Crudo está en que esta saturación exterior termina afectando directamente la construcción del yo. Kathy no aparece como una conciencia estable que observa el mundo desde afuera. Por el contrario, su subjetividad está atravesada por todo aquello que consume, lee y piensa. La novela incluso complejiza la relación entre autora, narradora y personaje: Kathy lleva el nombre de Kathy Acker y, al mismo tiempo, Laing introduce elementos de su propia experiencia. La frase “Kathy, y por Kathy me refiero a mí misma” condensa esa operación. No se trata de un yo completamente autobiográfico ni completamente ficticio, sino de una identidad deliberadamente desplazada, performática, que pone en duda la posibilidad de establecer una frontera clara entre experiencia y representación.
Ese desplazamiento resulta especialmente interesante porque evita que la novela pueda leerse simplemente como un relato autobiográfico. La experiencia personal funciona, más bien, como un punto de entrada hacia algo colectivo. Kathy está atravesada por discursos políticos, culturales y mediáticos que exceden su propia vida. Su ansiedad no es únicamente individual: está producida también por un presente que exige estar informado permanentemente, tomar posición, reaccionar y mantenerse disponible frente a acontecimientos que no dejan de sucederse.
En este sentido, el cuerpo de Kathy queda en una posición diferente a la que ocupa el cuerpo en otras escrituras del yo. Aunque el cuerpo y el deseo están presentes, no constituyen el centro absoluto de la narración. Lo que domina es el mundo exterior y la manera en que ese mundo invade la subjetividad. La novela construye una subjetividad que no puede pensarse de manera aislada: el yo aparece siempre atravesado por la política, los medios, la cultura y la velocidad de la información.
La crisis personal de Kathy, su resistencia al matrimonio, su irritación, su dificultad para aceptar la dependencia o la cercanía funcionan en paralelo con una crisis mucho más amplia. El casamiento no constituye solamente el conflicto narrativo de una mujer que está a punto de comprometerse, sino una situación que activa preguntas sobre el tiempo, la identidad y la posibilidad de construir una vida estable cuando el mundo alrededor parece encontrarse permanentemente al borde del colapso. Lo privado y lo político dejan de ser espacios separados. La ansiedad frente al matrimonio y frente al estado del planeta forman parte de una misma sensibilidad desbordada.
Quizás por eso, Crudo resulta menos interesante como novela sobre una mujer a punto de casarse que como novela sobre la imposibilidad de experimentar el presente de manera aislada. Kathy no puede simplemente estar de vacaciones. Tampoco puede limitarse a casarse, descansar o disfrutar del paisaje. El presente global irrumpe constantemente en el presente íntimo. La realidad parece no conceder ningún espacio de silencio.
Laing tampoco intenta resolver esa contradicción. Su escritura funciona como una forma de sostener la experiencia del desorden. La acumulación de estímulos termina produciendo una lógica propia: el exceso deja de ser solamente un tema y se convierte en una estructura narrativa. La novela encuentra una forma de producir sentido precisamente a través de la saturación. No organiza el caos hasta hacerlo desaparecer, pero tampoco se limita a reproducirlo sin intervención. Selecciona, yuxtapone, repite y desplaza. En ese gesto construye una perspectiva sobre el presente.
La ansiedad frente al matrimonio y frente al estado del planeta forman parte de una misma sensibilidad desbordada.
Hay algo particularmente potente en esa negativa a ofrecer una síntesis tranquilizadora. Frente a un mundo que exige respuestas rápidas, posiciones claras y explicaciones inmediatas, Crudo se demora en la contradicción. La protagonista puede sentirse comprometida políticamente y, al mismo tiempo, agotada por la política; puede querer escapar de la información y continuar buscándola compulsivamente; puede rechazar la dependencia y encontrarse, sin embargo, frente al deseo de construir una vida con otro. El yo no aparece como una identidad coherente que necesita ser descubierta, sino como un espacio en permanente disputa.
Por eso, la fragmentación de Crudo puede entenderse, además, como una forma de honestidad. Una experiencia atravesada por la hiperconexión, la ansiedad y la acumulación de acontecimientos difícilmente podría representarse mediante una narración completamente estable. La discontinuidad no es solamente una elección estética: es la forma que encuentra Laing para dar cuenta de una subjetividad que ya no puede separarse del flujo incesante de información que la rodea.
En última instancia, Crudo no parece preguntarse tanto cómo ordenar el presente sino cómo vivir dentro de su desorden. La escritura no promete comprender completamente lo que sucede, pero sí construir una forma de atención frente a eso. Laing escribe desde la saturación y hace de esa saturación una materia literaria. El resultado es una novela que no busca domesticar la incertidumbre, sino encontrar una forma para permanecer dentro de ella.
Quizás ahí radique su mayor potencia: en convertir el desborde en una forma. Crudo no explica el caos contemporáneo ni pretende ofrecer una salida. Lo observa desde adentro, lo incorpora a la intimidad de su protagonista y lo transforma en ritmo, fragmento y pensamiento. Frente a un presente que parece exigir que todo sea inmediatamente comprendido, clasificado y respondido, Laing propone otra posibilidad: demorarse en la confusión, aceptar la contradicción y escribir desde ese lugar. No ordenar el mundo, sino encontrar una manera de habitarlo cuando ya no parece posible hacerlo de otra forma.