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Dossier //// 22.08.2020
Masacre de Trelew: un ensayo previo al genocidio

Se cumplen 48 años de aquella masacre en el sur del país en la que fueron fusilados 19 militantes revolucionarios. Esta nota pretende dar una introducción al dossier que dedicamos en  este día a uno de los sucesos más dolorosos en la historia de nuestro país.

Por Miguel Martinez Naón | Ilustraciones: Nora Patrich y Gato Nieva

¿Acaso no esta corriendo la sangre de los fusilados en Trelew?
¿hay algún sitio del país donde esa sangre no este corriendo ahora? (Juan Gelman)

En pocas horas se estarán cumpliendo 48 años de aquella fatídica noche del 22 de agosto de 1972 en la que fueron fusilados 19 militantes, combatientes de las tres organizaciones político-militares más importantes de Argentina: FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y Montoneros. Esta tragedia es considerada un ensayo previo al genocidio perpetrado el 24 de Marzo de 1976.

¿Qué sucedió en Trelew?

Todo comenzó un 15 de agosto de aquel año en la cárcel de Rawson, a 1500 kilómetros de Buenos Aires, donde se encontraban alojados 82 presos comunes y alrededor de 200 presos políticos.

El país era azotado por la feroz dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, un general antiperonista que en aquel momento intentaba negociar una salida democrática donde participara el peronismo sin que Perón pudiese ser candidato. Una maniobra militar, proimperialista, denominada Gran Acuerdo Nacional (GAN) en un contexto en el que el movimiento peronista ya estaba cumpliendo 17 años de proscripción y los cuadros políticos más importantes de estas organizaciones se encontraban presos.

Dentro de la cárcel, un comando revolucionario conformado por miembros de las tres organizaciones guerrilleras y con apoyo del exterior, comenzaron a reunirse y organizarse para concretar un gran plan de fuga, una operación de gran envergadura que permitiría la libertad de más de 110 cuadros políticos para seguir combatiendo a la dictadura. Consideraban que el poder militar era imponente, que las posibilidades de recuperar la libertad por vía legal eran muy remotas y tal plan era imprescindible para continuar la estrategia de guerra popular y prolongada.

Tal como cuenta Alberto Camps (uno de los sobrevivientes de la masacre) en el libro “La patria Fusilada” de Francisco Urondo, el copamiento del penal fue uno de los aspectos en que más se trabajó, de varios planes que había se eligió el de copar el Aeropuerto y tomar un avión comercial. Tal como cuentan los tres sobrevivientes en la entrevista plasmada en ese libro, fue imprescindible la unidad de acción, la disciplina, la organización y los principios de conducción militar.

La fuga

Es 15 de agosto y la fuga comienza a efectuarse a las 18 hs. Primero se toma la sala de armas y luego de desarmar a 25 carceleros, ocupan todo el resto de las instalaciones.

En el transcurso de la operación suceden hechos confusos que producen demoras, los dos camiones pequeños que debían esperar a una gran parte de los prófugos no se hacen presentes en la puerta de la cárcel. Hubo un grave error en la señal que debían dar los presos (una frazada colgada de una reja).

25 guerrilleros distribuidos en dos vehículos y tres taxis se evaden en dos tandas y los primeros en llegar ocupan militarmente el aeropuerto local. Son seis, logran huir primero, llegan al Aeropuerto y suben a un avión secuestrado por compañeros que formaron parte del grupo de apoyo. En el avión había 96 personas entre pasajeros y tripulantes. Vuelan a Chile primero y en los días venideros, tras una tensa relación diplomática entre el gobierno de Salvador Allende y los dictadores argentinos, vuelan a Cuba. Ellos son: Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo, Domingo Mena, Fernando Vaca Narvaja, Marcos Osatinsky y Roberto Quieto. Y entre los colaboradores se encontraban Víctor Fernández Palmeiro, Ana Weissen, Alejandro Ferreira y Carlos Goldenberg.

El segundo grupo conformado por 19 compañeros, llega al aeropuerto con retraso, sin posibilidad de despegar, y son obligados a rendirse. Se entregan luego de acordar públicamente, en conferencia de prensa, las garantías para su integridad física.

Violando el compromiso asumido por el Capitán Luis Emilio Sosa (condenado en 2012 a reclusión perpetua) no los devuelven al penal sino que los trasladan a la Base Almirante Zar donde estarán recluidos siete días hasta el desenlace final.

(Iustración de Nora Patrich, Gato Nieva e Itzel Bazerque)

La masacre

El 22 de agosto a las 3:30 de la mañana los despiertan y los obligan a salir de sus celdas, a sacar los colchones, a pararse en fila y mirar el piso. Comienzan por humillar a Mariano Pujadas obligándolo a repetir varias veces: “Yo no soy un guerrillero, yo amo a las fuerzas armadas de mi país”. Lo provocan para que reaccione violentamente, pero éste mantiene la calma.

Los verdugos de la Armada comienzan a disparar con ráfagas de ametralladoras. Los sobrevivientes hacen cuerpo a tierra y se refugian en sus celdas. Se escuchan gritos de horror, llantos, quejidos, puteadas. Después de un silencio se comienzan a oír disparos aislados, donde se sabe que están rematando compañeros. Se oye decir a uno de los asesinos: “Éste todavía vive”.

Todo esto lo escuchan Mario Delfino y Alberto Camps desde su celda, hasta que llega Bravo, los obliga a poner las manos en la nuca y les dispara a ambos. El primero morirá, el segundo conseguirá sobrevivir, igual que María Antonia Berger, herida de balas en el estómago y en la cabeza; y Ricardo René Haidar. Los tres serán asesinados años después durante la última dictadura genocida.

El gobierno golpista explicó después que se había tratado de un intento de fuga. El dictador Lanusse asumió, como comandante en jefe, la responsabilidad de lo actuado por la Marina. La versión oficial la difundió el jefe del Estado Mayor Conjunto, contralmirante Hermes.

La noche del 22, el gobierno sancionó la ley 19797 que prohibía la difusión de informaciones sobre o de organizaciones guerrilleras. Durante esos días hubo manifestaciones en varias ciudades, y fueron colocadas más de 60 bombas en protesta a lo sucedido.

Los muertos son 16: Ana Villarreal de Santucho (embarazada de meses), Carlos Astudillo, Eduardo Capello, Carlos del Rey, José Mena, Clarisa Lea Place, Humberto Suarez, Humberto Toschi, Jorge Ulla, Mario Delfino, Alfredo Kohon, Miguel Angel Polti, Mariano Pujadas, Susana Lesgart, Maria Angelica Sabelli y Rubén Bonet.

El comisario de la Policía Federal Alberto Villar desocupó violentamente, con sus tanquetas, la sede del Partido Justicialista en la Capital Federal, donde se velaba a algunos de los combatientes, que posteriormente tuvieron que ser enterrados clandestinamente.

Gracias a la lucha popular y al camino bregado por el presidente Néstor Kirchner, desde el 2003 fueron juzgados por estos crímenes los ex Capitanes Luis Sosa, Emilio Del Real, Ruben Paganini y Jorge Bautista, y el ex cabo Carlos Marandino. Roberto Bravo sigue en libertad; vive en Estados Unidos, de donde no han querido extraditarlo.

A 48 años de la masacre recordemos a estos 16 mártires y a los sobrevivientes, y abracemos a sus familiares, amigos y compañeros, como así también al pueblo de Trelew que se movilizó y mantuvo en alto su memoria.

María Antonia Berger estando herida en aquella celda escribió con su propia sangre en la pared: LOMJE.

Gritemos una vez más con ella, en este día y cada día: Libres o Muertos ¡Jamás Esclavos!