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Dossier //// 02.04.2021
Guerra de Malvinas: ¡Estamos ganando!

Quien escribe este artículo intenta reconstruir hechos y sensaciones que tuvo siendo un niño de 11 años durante el conflicto ocurrido en 1982, cuando la dictadura militar decidió la recuperación por la fuerza de las Islas Malvinas, usurpadas por los ingleses desde 1833. Una vivencia cotidiana y una aproximación al imaginario social imperante en la época a partir de la experiencia personal.

Por FerKan

Sin votos y con botas. Así transcurrían nuestros días en 1982. Con miedo a salir a la calle, con miedo a alzar la voz por si te escuchaban los vecinos, en especial los que eran policías. El del 4° B, justo arriba de mi piso, no parecía peligroso porque escuchaba a mi vecino del 4°A cantar la Marchita todos los sábados, a viva voz y con tocadiscos a todo volumen, y no pasaba nada. Seguro era peronista, arriesgábamos como hipótesis. Pero en la torre de al lado había un comisario bien bravo, que no dudaba en descargar su 38 a todo perro que osara alterar con aullidos su sueño de madrugada. Ni hablar del gendarme que abusaba de su poder, de los recursos del Estado, y lo contaba como una hazaña a mi viejo. La mujer y la hija eran sus víctimas más cercanas del maltrato psicológico, el más visible. Todos lo sabían. Pobres de ellas, la mujer tardó muchos años en abandonarlo y la hija enfermó de anorexia. 

En fin, no era fácil ser un ciudadano consciente de la represión en un contexto en el que tenías que demostrar inocencia de forma recurrente, porque el peligro acechaba en este país que simulaba ser derecho y humano. No había que ser un combatiente. Cualquier desliz en la palabra podía convertir a un apacible vecino en alguien sospechoso que podía ser delatado. En ese contexto no era fácil tener 11 años y crecer con tanta opresión, porque ya sabías lo que era una dictadura y vivías con el clima de terror. No podías decir bomba, justicia social, Perón, ni nada que se pareciera a ideales de pueblo libre, y en los medios adoctrinaban para detectar posibles subversivos. Un adulto podía ser discreto, pero para un niño en edad de expansión eso resultaba aterrador. Por ese tiempo mis pesadillas eran frecuentes: alguien me corría para matarme o moría de asfixia. Aunque despierto, también a veces sentía ahogo o sufría algo parecido al asma que no era asma. 
Cuando íbamos con mi familia a visitar a nuestros tíos en el conurbano Sur, saliendo de Capital y cruzando ese Riachuelo de olor fétido, se veían las imágenes espectrales de las fábricas. Un fenómeno que me conmocionaba y al que no podía encontrar explicación. Ya entonces quería un país industrializado. 

Un día de 1978 el tren se internaba en las localidades vecinas y de repente vi algo todavía más sorprendente. Un mundo nuevo para mí. Soldados jóvenes volvían en trenes desde el Sur, saludaban felices por el regreso, después de haber estado a punto de entrar en guerra con Chile. La imagen de un ejército se volvía tangible y la muerte algo más que un enunciado de la serie Combate, que tanto me gustaba. Porque aunque fuera contradictorio, con mis amigos todos queríamos ser como el sargento Saunders, un yanqui que parecía sensible y humano en lucha contra los nazis maléficos. Y la represión también se volvió cercana el 30 de marzo con la marcha de la CGT en la que casi se lo llevan preso a mi viejo que salía de trabajar. Usaba traje y llevaba un maletín, que en ese tiempo usaban los médicos, pero en el que él llevaba su almuerzo todos los días. Camuflaje perfecto para un trabajador textil. Eso lo salvó. El azar o el prejuicio clasista de los uniformados, que por su vestimenta tal vez imaginaron a un señor respetable, y no la realidad de un obrero peronista saliendo de su trabajo, que todos los días cuestionaba a la dictadura en la paz de su hogar. 

Lo cierto es que la dictadura, con Galtieri como jefe supremo, estaba en llamas y comenzaba a filtrarse la palabra Democracia. Y los partidos políticos se reorganizaban en una multipartidaria, y eso era muchísimo más de lo que conocíamos, la anciana Alicia Moreau de Justo que salía por TV recomendando a los obreros no tomar alcohol. 
Hasta que el 2 de abril amanecimos con la noticia de que nuestro país había desembarcado en Malvinas y recuperado las islas. ¡Qué emoción inmensa! Equiparable a un grito de gol. Esa tierra lejana y fría, usurpada por los ingleses, volvía a nuestro redil. La plaza de Mayo repleta parecía confirmarlo. El dictador, con su voz ajada por el whisky, aunque su alcoholismo no se conocía en ese momento, brindó con una parte del pueblo al que le había quitado la libertad. ¡Golazo! Gran confusión. 

Con mi entusiasmo de niño me preparé para la guerra con mis amiguitos. Tomé mi casco que usaba cuando andaba en bicicleta, compré chocolates por si escaseaba la comida, planifiqué la huida hasta debajo de un puente por si había bombardeos. Y la linterna, mi gran trauma infantil. Reclamé a mis padres que compraran una por si se producía un apagón y no hubo caso. Nunca supe el porqué. Ya sabía de apagones porque en mi barrio una vez vinieron los milicos, hicieron apagar todas las luces del complejo de edificios, prendieron sus focos y entraron a cada departamento. En mi casa escondieron algunos libros sensibles. En otro edificio se llevaron a una pareja joven y nunca más se supo de ellos. Como vivíamos en el sudoeste de la ciudad, en la línea de la ruta de la aviación en Ezeiza, mi pasatiempo era escuchar los aviones e imaginar combates ficticios. 

¡Estamos ganando! ¡Fuera piratas! La TV, las radios, los diarios y las revistas repetían ese único mensaje: la propaganda era infernal y eso que no había Telefonía móvil, TV por cable, Internet y Redes Sociales. En 60 minutos, el noticiero central de Canal 7-ATC, el conductor principal, José Gómez Fuentes entrevistaba casi todos los días al General Ramón Camps, como si fuera un intelectual reflexivo y no un genocida. No se entendía por qué tantos adultos tenían el ceño fruncido y no eran efusivos con la victoria. ¿Acaso no íbamos ganando? Mi tía, un poco paranoica, almacenaba comida en lata y la escondía en armarios ocultos a la vista de miradas indiscretas. Por si acaso, repetía. 

Sin embargo, detrás de la euforia inicial, algún tufillo raro comenzaba a sentirse y ni siquiera el comienzo del mundial de España, con Maradona como líder lo podía tapar. En especial porque desde Radio Colonia, en Uruguay, la voz del locutor Ariel Delgado, con su voz única, se empecinaba en no repetir la propaganda oficial del gobierno argentino, hablaba de combates y caídas. Trataba de romper el cerco informativo. Pero igual la confusión seguía. Malvinas, una causa justa manipulada. El sector del pueblo más consciente estaba en la disyuntiva entre apoyar a los pibes de dieciocho años que enviaron a la guerra o apoyar el gobierno militar. Prevaleció lo primero, aunque la dictadura se beneficiara con esa acción. Así fue que miles de personas donaron alimentos, ropa, dinero y hasta joyas, en campañas televisivas. Después se supo que eso fue una gran estafa política, moral y económica. 

Hasta el rock argentino, perseguido y silenciado, fue convocado y puso a sus mejores músicos a apoyar la causa en un Festival por la solidaridad latinoamericana, el 16 de mayo, con televisación para todo el país. Recuerdo la sensación indescriptible al escuchar a mis ídolos rockeros cerrar la jornada musical cantando Solo le pido a Dios, tema de León Gieco, y Algo de paz, de Raúl Porchetto, en medio de la guerra. Sabía decisión poco valorada a posteriori porque predominó el señalamiento a los que participaron. Yo banco a esos músicos que compusieron muchas de las canciones prohibidas que yo escuchaba cantar a escondidas en las voces de chicos y chicas de mi barrio. Esas canciones siempre trajeron vientos de libertad.  

De todos modos el concierto no se disfrutó. Para entonces, el estado de ánimo ya era sombrío, porque el 2 de mayo los ingleses habían hundido al Crucero General Belgrano produciendo cientos de muertes argentinas. Finalmente, el 14 de junio, el gobierno militar argentino, mediante el comunicado  164 anunciaba la firma del Cese del fuego. ¿Qué pasó? ¿No íbamos ganando? 

Esa vez no pude ver el regreso de los soldados en el frío invierno de 1982. Volvieron en silencio, la euforia futbolera había pasado. Los milicos los escondieron para engordarlos como si fueran ganado y, de paso, aleccionarlos para que callen sobre los vejámenes que sufrieron de sus superiores, más dispuestos a torturar a seres indefensos que a enfrentar al imperio inglés. El colmo de la cobardía fue cuando un periodista estrella del Canal 7-ATC, con apellido de origen ruso, fue a buscar con las cámaras a un pobre soldado correntino que se había atrevido a denunciarlo por vender en Malvinas los cigarrillos de las donaciones. Nunca olvidaré la cara de espanto del soldado que se vio obligado a negar todo. Fin de la guerra y el comienzo del fin de la dictadura. Aún faltaba para la llegada de la democracia. Oscuridad total. Pasaron muchos años, ya no me ahogo pero aún sigo pendiente de los aviones y comprando linternas para mi colección.