El triunfo de Perón y el drama de la democracia liberal
La victoria electoral del 24 de febrero de 1946 que consagraba a la formula Perón-Quijano a la presidencia no sólo significaba el fin de una época que José Luis Torres bien supo denominar como “década infame” sino que además se ponía en crisis el único modo de percibir la democracia hasta entonces: la irrupción de las masas en la vida publica argentina recuperó el viejo concepto que fuera resistido por la oligarquía y el liberalismo. La democracia de masas (como supo titular Tulio Halperin Donghi a esta época) era una continuidad de la democracia inorgánica o barbara que había definido Bartolomé Mitre cuando sostuvo la preexistencia de nuestra civilización. Había un ethos argentino que se encontraba atravesado por elementos civilizatorios pero también barbáricos, resabios tanto de la tradición hispánica como de nuestros paisanos indios.
Ante esta emergencia, un (por entonces) historiador medievalista argentino José Luis Romero decidió abordar el estudio de las ideas políticas en Argentina a los efectos de explicar el fenómeno que significaba para él (activo militante del Partido Socialista) como una expresión amenazante.
Casi en simultaneo que Perón arrasaba en las urnas, venciendo a la “operación Braden” y a la “retorica uniondemocratica” publicaba “El drama de la democracia argentina”.
“… es innegable que no podemos esperar más y que tenemos que realizar el esfuerzo de reconstruir, con los pocos materiales con que contamos, el curso de nuestra existencia institucional y ciudadana, ese extraño curso que nos ha conducido a la situación que hoy debemos afrontar tomando una u otra actitud. El historiador es, quizá, quien más reparos tiene para esta labor porque es quien mejor conoce sus limitaciones y los peligros de las generalizaciones prematuras. Pero el historiador es ciudadano también y no puede negarse a contribuir con su esfuerzo a esta labor —hoy urgente— de aclarar la conciencia política nacional y de aclarar su imagen para quienes nos contemplan más allá de nuestras fronteras. Este sentimiento del deber me mueve —con humildad y con temor— a esbozar este cuadro del drama de la democracia argentina”.
Esta publicación que anticipara el venerado trabajo que contó con varias ediciones (“Las ideas políticas en Argentina” de FCE) apelaba a la necesidad de comprender el drama democrático que había detonar en el periodo de entreguerras en Europa y avanzaba de manera amenazante en nuestro país. Tanto para Romero como para gran parte de la intelectualidad la democracia solo podía ser concebida como sinónimo de la expresión de la defensa en los derechos del ciudadano, y no de la expresión de las mayorías.
“Bajo ese signo se produjeron las circunstancias que favorecieron o determinaron el movimiento emancipador y bajo él se formaron las conciencias de los hombres que lo realizaron. Desde ese momento, el espíritu democrático quedó fundido en el alma argentina —como en la del resto de América— y le proporcionó uno de sus matices peculiares”
La democracia había sido la expresión de la línea Mayo- Caseros. La defensora de los intereses de la elite y de las instituciones liberales. La otra democracia (la que expresaban los caudillos federales) era expresión barbárica.
“Durante la época de los proscriptos y de la dictadura de Rosas, el programa de la democracia consistía en demostrar que las instituciones republicanas y representativas permitían su ajuste a las necesidades económico-sociales que surgían de la realidad, siendo, al mismo tiempo, la mejor garantía de las conquistas obtenidas y la más elevada forma de convivencia social. Hoy, el panorama es muy semejante, y nuestro esfuerzo debe consistir en realizar un nuevo ajuste entre la realidad y el orden jurídico que cierre el ciclo de la Argentina aluvial”
La Argentina aluvial era el ciclo, para Romero, que se había establecido luego de la afirmación de las instituciones bajo el roquismo en 1880, dejando atrás la Argentina criolla. La aluvial se encontraba en el desafío de enfrentar una nueva realidad étnica y social, cuyas instituciones se encontraban en proceso. Esa visión de la historia de carácter evolutivo iba en sintonía con las posteriores especulaciones sociológicas que traería consigo Gino Germani. Ambos, en definitiva, abrevaban del Alberdi de las bases que especulaba con la necesidad de sostener una Argentina posible. El punto de llegada sería la “modernización”. Dentro de ese sistema de ideas, la irrupción de una nueva democracia instaurada bajo la egida justicialista rompía con ese orden virtuoso que alentaba el liberalismo.
Es que triunfo electoral de Perón era doblemente doloroso para el liberalismo porque había triunfado siguiendo sus propias reglas del juego. La revolución justicialista nacía a partir de la legitimidad alcanzada en los comicios de 1946. A lo que un desesperado Romero reconocía:
“La captación de esta masa de ideales flotantes e imprecisos constituye (nuestra) más inmediata preocupación; es necesario formular con claridad cuáles son las soluciones a que deben aspirar y cuáles son los ideales políticos que están indisolublemente unidos a las grandes conquistas sociales. Mientras esta labor no se realice, los caudillos demagógicos tendrán siempre una base política para su acción contra las instituciones republicanas y representativas. Esos partidos, por otra parte, deben demostrar la posibilidad de afrontar los problemas sociales acomodando el régimen institucional a las nuevas realidades: solo así se podrá vencer el escepticismo que anida todavía en el espíritu de esa masa amorfa que perdura todavía como resto no evolucionado de ese complejo social; solo así podrá restablecerse, entre la realidad social y los esquemas institucionales, el nuevo equilibrio que requiere la Argentina aluvial, de cuya democracia virtual no podemos dudar”