El debate entre Mitre y López y la construcción del “mito de Mayo”

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El debate entre Mitre y López y la construcción del “mito de Mayo”

23 Mayo 2026

Cuando caminamos las calles de una patria que hoy cruje bajo el inefable relato del libre mercado y las recetas importadas, resulta indispensable volver los ojos a las trincheras del pensamiento nacional. No para refugiarnos en la nostalgia abstracta de un bronce que nada dice, sino para desmantelar, de una vez por todas, el andamiaje colonial que todavía nos coloniza la cabeza. Arturo Jauretche lo advertía con lucidez implacable: no se trata de desnudar a un santo para vestir a otro, sino de quitarle a los próceres los pesados ropones con los que la oligarquía los disfrazó para camuflar sus propios intereses de clase.

Ese disfraz, esa gran zoncera pedagógica de la "historia oficial", cuenta con un eslabón clave para su consolidación: el debate que mantuvieron Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López a finales del siglo XIX en torno a los orígenes mismos de nuestra identidad, la Revolución de Mayo.

Corría la década de 1880 y el proyecto de la generación del 80 necesitaba consolidar un relato que justificara la hegemonía porteña y agroexportadora. Mitre, el vencedor de Pavón y sepulturero de las autonomías provinciales, se erigió en el gran sacerdote de la "historia científica". Para don Bartolo, la verdad histórica sólo habitaba en los documentos públicos, los archivos oficiales y los papeles firmados. Su metodología, aparentemente fría y objetiva, escondía una trampa ideológica feroz: presentar a Mayo como una revolución pulcra, racional y predestinada a culminar en el centralismo ilustrado de Buenos Aires. La “Historia de Belgrano” de Mitre concentraba aquella necesidad de construir un relato teleológico que marcase la excepcionalidad argentina expresa en aquel “héroe de la civilidad”. 

Así, el Belgrano de Mitre se constituía como la expresión del volkgeist del proyecto liberal que se había delineado con la Generación del 37. La Historia nacional, según Mitre, era un juego permanente entre equilibrio y desequilibrio de fuerzas. De esta forma, la desaparición física de Belgrano en el año 20 también daba por finalizada la etapa revolucionaria erigiéndose la anarquía de la mano de “democracia bárbara” a manos de los caudillos federales. 

Frente a este proyecto de nación desarrollado por el “General y Presidente historiador”, se plantó la figura de Vicente Fidel López. López, imbuido de una interpretación romántica y filosófica, entendía que la verdad de un pueblo no se agota en los legajos oficiales, que muchas veces son redactados por los propios vencedores para ocultar sus verdaderas intenciones o sus pactos espurios. El historiador reivindicó el valor de la tradición oral, el pulso vivo de las memorias familiares y los testimonios de los protagonistas de la gesta, incluyendo los relatos directos de su padre, Vicente López y Planes.

Para López, la Revolución de Mayo no había sido un frío trámite administrativo guiado por el iluminismo jurídico; había sido un drama humano atravesado por pasiones, odios, internas político-familiares y, fundamentalmente, por la irrupción de las masas en la escena pública. Mientras Mitre buscaba la prolijidad del documento, López rescataba el calor de la hoguera popular.

“Todo lo que se dice del valor de los documentos es completamente inexacto; lo substancial es el valor y el enlace de hechos. Por eso es que Salustio, Tacito, Tucidides, Macaulay, son grandes historiadores, los más grandes historiadores; y sin embargo, no fueron archivistas, ni documentaron los hechos de enlace con que vinculan las series que vivifican su narración”. (Lopez, 1882)

El triunfo del sentimiento

Aunque solemos asociar a la denominada “Historia Oficial” de la que han abrevado desde Ricardo Levene hasta Halperín Donghi como la corriente historiográfica “liberal-mitrista”, lo cierto es que su legitimidad es inobjetable sólo en el ámbito académico y universitario. Para la etapa escolar, primó y prima la versión de López. Es decir, aquella historia filosofante denunciada por Mitre y sus seguidores. 

Es que López no sólo se ocupó en realizar un manual que fue una de las opciones más seductoras para los gobiernos de comienzos del siglo XX (en su afán de crear un sentimiento nacional sobre los sectores cuyas familias eran inmigrantes) sino que además en 1896, el hijo del creador de nuestro himno nacional había lanzado uno de los primeros best sellers históricos: “La gran semana de 1810: Crónica de la Revolución de Mayo”. La obra, a diferencia del Belgrano de Mitre, había alcanzado una popularidad masiva, duradera y profundamente polémica. Su impacto fue tan grande que logró moldear el imaginario escolar e identitario de los argentinos por más de un siglo. Paradójicamente, había sido mucho más útil una obra literaria basada en hechos históricos que el acopio documental que había ponderado Mitre para delinear al “ser nacional”.

López había presentado el libro bajo una premisa irresistible para la época: afirmó haber “encontrado” un fajo de cartas viejas en el baúl de una antigua esclava llamada Marcelina Orma. De esta forma, afirmando la ficción de los hechos como advertencia, López desplegaba una serie de cartas apócrifas que contenían los entretelones del día a día entre el 20 y el 31 de mayo de 1810. A pesar de ser un invento literario del propio autor, el contenido y carácter propedéutico de “La gran semana de 1810” era clave para aquel momento histórico: un discípulo de López, a cargo del Consejo Nacional de Educación (nos referimos al notable ensayista José María Ramos Mejía) ordenó la reedición de dicha obra formando parte de la bibliografía obligatoria para la enseñanza primaria para la celebración del Centenario de la Revolución de Mayo.

Es que aquella obra era dinámica, patriótica y sobre todo, fácil de leer para los niños. Gracias a la historia “filosofante” de López, se construyó el mito de Mayo en el siglo XX, encajando perfectamente en aquel momento histórico donde Ramos Mejia y varios funcionarios delinearon la importancia de los actos escolares, las efemérides patrias, la divulgación de los símbolos patrios: para la permanencia del sueño liberal reestructurado por la Generación del 80 era necesario construir ciudadanos que “se sientan argentinos”. El relato de López popularizaría la icónica imagen de los vecinos de Buenos Aires protegiéndose con paraguas bajo la lluvia frente al Cabildo, en tanto, los “chisperos” French y Beruti repartían cintas celestes y blancas. 

“La tarde ha estado lluviosa, y a la noche ha continuado lo mismo, pero la calle del Cabildo … y la plaza llena de gentes y hasta de señoras con paraguas y con piezas de cintas blancas y celestes, cuyos pedazos andan repartiendo a los jóvenes a la mozada de los regimientos de hijos del país”.

La reacción del mundo académico no se hizo esperar, reaccionando de una manera furibunda como sucedería años más tarde cuando surgiría el Revisionismo Histórico; así como también se desgarraría las vestiduras ante la aparición de populares relatos históricos como los que llevó a cabo Felipe Pigna. Con relación a la incidencia de aquella construcción de López, advertía Paul Groussac: “En general, ha sido la plaga de la historia argentina esa multitud de memorias personales, cartas y chismes particulares, debidos a personas orgánicamente inexactas y aceptados por escritores sin crítica, que vacían en sus obras ‘el baúl de la parda Marcelina Orma‘. Será el principal trabajo del futuro historiador argentino, rozar el terreno de toda esa maleza”.

Aunque López ya no estaría para defenderse, las acusaciones recibidas concentraban las mismas que había enarbolado Mitre mientras que consolidaba el Estado Nación en 1880. La respuesta de aquel exponente vigoroso y apasionado de la Generación del 37 aún sigue haciendo ruido cuando nos detenemos a reflexionar en torno a la misión de la Historia y la importancia de su enseñanza: en el propio prologo López afirmó que el legajo carecía de autenticidad material, aunque no carecía de verdad histórica. 

* Julián Otal Landi es Prof. de Historia, Docente del Instituto Joaquín V. González, Académico de Número del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

Para López, la Revolución de Mayo no había sido un frío trámite administrativo guiado por el iluminismo jurídico; había sido un drama humano atravesado por pasiones, odios, internas político-familiares y, fundamentalmente, por la irrupción de las masas en la escena pública.