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Dossier //// 21.10.2021
El amor, el odio y el abrazo, por Jorge Giles

Armada del amor por su pueblo contra el odio de sus enemigos, Evita supo crear el ala protectora del peronismo para todos los tiempos. Esta es la historia de la Fundación Eva Perón.

Por Jorge Giles | Fotografía: Archivo personal de Roberto Baschetti

El amor

Alguna vez el amor supo tener un domicilio real: la Fundación Eva Perón. 
Sucedió entre 1948 y 1955, cuando Juan Domingo Perón transformaba la Argentina como nunca antes. De país agropecuario, productor de materias primas por mandato del imperio de turno, a país industrial e inclusivo. Y mientras esta transformación sucedía, Evita contenía con su inmenso amor a todo un pueblo descamisado con el trabajo incansable de la Fundación. 

“Donde hay una necesidad hay un derecho”, decía Evita en el preludio de su obra integradora. Sabía que la causa que proclamaba no podía esperar un minuto más para responder a las necesidades de ese pueblo que era su origen y su destino. 

Armada del amor por su pueblo contra el odio de sus enemigos, supo crear el ala protectora del peronismo para todos los tiempos. 
Es muy ilustrativo leer a Roberto Baschetti pasando revista a la obras de la Fundación en su maravilloso libro “Los días más felices del pueblo argentino siempre fueron peronistas”: 

“Se crearon los Hogares Escuela, la Ciudad Infantil, la Ciudad Estudiantil, los Hogares para Ancianos, los Hogares de Tránsito, el Hogar de la Empleada, Hospitales, Clínicas y Policlínicas para los más humildes, el tren sanitario, el turismo escolar, colonias de vacaciones para todos los pibes y pibas del país”. 

“Para 1951 la Fundación lanzó el Tren Sanitario por las vías férreas del país para poder llegar a los lugares más apartados e inhóspitos. Allí se ofrecían en forma gratuita servicios médicos que comprendían: vacunación, médicos clínicos, radiografías, oftalmólogos, ginecología, enfermeras y otorrinolaringólogos. Si se detectaba algún necesitado se lo derivaba al centro asistencial correspondiente para concluir el tratamiento, e inclusive en caso de ser necesario, se lo trasladaba a algún centro de alta complejidad en Buenos Aires. En un solo año (1953) el Tren Sanitario recorrió 412.295 km.”

“La Fundación Eva Perón socorrió con víveres y ropas a los hijos de los obreros franceses, a los judíos pobres de Israel, a las clases sociales más carenciadas de EE.UU (los negros) y a casi toda Latinoamérica.  11.000 niños argentinos eran alimentados regularmente por la Fundación”.

También Croacia, Egipto, España, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Honduras, Japón y Chile recibieron ayuda humanitaria de la Fundación. 
3.000.000 de libros, juguetes, máquinas de coser, bicicletas y prendas de ropa distribuía anualmente la Fundación. 

La Fundación repartía todos los años para las Fiestas 1.500.000 sidras y unidades de pan dulce. Pero si hay un signo mayor en el contenido y la expresión dramática de la obra, ese fue el despliegue de amor de Eva Perón trabajando día y noche junto a sus descamisados y descamisadas. 

Allí consumió toda la energía de su pasión solidaria y revolucionaria. Allí dejó su vida por los más humildes. 

El odio

Si el amor de Evita generó tanto amor y gratitud en los humildes, el odio de clase y revanchista, luego del golpe cívico militar de 1955, fue directamente proporcional  a la magna obra solidaria del Estado: se quemaron toneladas de vestimentas, ropas de cama, instrumentos quirúrgicos y todo lo que llevara el sello de la Fundación, incluso pulmotores, en momentos que el país padecía una epidemia de poliomielitis. 

Es interesante detenerse en el siguiente dato que nos agrega Baschetti.  

La autodenominada “Revolución Libertadora” que derrocó a Perón y encarceló y fusiló a decenas de militantes peronistas, conformó una “comisión especial” para investigar los presuntos ilícitos cometidos por la Fundación. Y los “encontró” y así los denunció en el siguiente párrafo de su informe: “…varias irregularidades fueron encontradas que constan de observar que el vestuario de los niños es cambiado cada seis meses y que en las comidas se incluye ave y pescado, por lo que desde el punto de vista republicano y material, es suntuoso, excesivo y no se ajusta a la formación austera de los niños”.  

Saque usted sus conclusiones. 

Nos interesa exponer el reverso de ese amor peronista para tratar de entender el odio que Evita generaba en las clases dominantes y en sus cancerberos.  No podían tolerar tanto despliegue de afecto colectivo. No podían disimular el resentimiento que les despertaba esa mujer abrazando a los miles de desamparados que concurrían a su encuentro, mientras el país crecía de la mano de un proyecto de nación justa, libre y soberana. 

Cuando  el 16 de septiembre de 1955 la “revolución fusiladora” derrocó al gobierno democrático de Juan Domingo Perón, la primera acción violenta de los golpistas fue precisamente intervenir, destruir y disolver la Fundación Eva Perón. Evita ya había fallecido (el 26 de Julio de 1952) pero su obra seguía en pie.  Su amor también.

Entonces había que desaparecerla y hacer desaparecer todo vestigio que vinculara su nombre con los más humildes de esta tierra. 

El odio de clase no tiene, ni tuvo nunca, límites en la historia argentina: se rompieron centenares de frascos de bancos de sangre de los hospitales sólo por tener inscriptos el nombre de la Fundación. 
Al frente de los atacantes fue designada una tal Marta Ezcurra, fundadora de la juventud de la Acción Católica en 1931. 

Cuenta la memoria de esos días que a cualquier hora estacionaban los grandes camiones del ejército sobre los playones de los Hospitales, de los Hogares Escuela, de los Centro de asistencia de la Fundación Eva Perón y uno o varios pelotones de comandos civiles y agentes uniformados ingresaban con el único fin de llevarse todo mobiliario que tuviera impreso el nombre de la Fundación. Las maestras y maestros, las enfermeras, los y las trabajadores de cada lugar, miraban horrorizados la quema de los libros de lectura, de sábanas, de colchones, de juguetes, de pelotas de futbol y de básquet en los patios internos. Lo más triste de aquellas escenas “libertadoras” era asistir al llanto silencioso de los niños y las niñas que observaban el despliegue de odio de los atacantes. 

Los pulmotores fueron destruidos, la cristalería y vajillas arrojados al río o robadas por los golpistas, los niños y niñas alojados fueron trasladados o “devueltos” a algún familiar, demolidos los bancos de sangre. El odio reaccionario y clasista en la Argentina se demuestra por su anti peronismo, en particular, pero por extensión, por su odio a toda la humanidad.

La propia Evita definió y previó con palabras sencillas y certeras las consecuencias de la vida que eligió: “Ostento dos honores: el amor de mi pueblo y el odio de los oligarcas” 

El abrazo 

Estas historias épicas del peronismo, en verdad, ya son patrimonio político y cultural del pueblo argentino todo. O debieran serlo si aún no lo son. Nos interesa refrescarlas no con el ánimo de nostalgiar un pasado imperfecto pero glorioso para los destinos de las clases sociales más humildes, sino para que nos interpelen y alumbren en este tiempo que corre en pleno siglo XXI. 

Tomemos de espejo algo de lo escrito por Eva Perón en su memorable “La razón de mi vida”. 

En el capítulo 29 nos cuenta que Perón le dijo alguna vez, reflexionando sobre el rol que cumplía Evita: 
“Los pueblos muy castigados por la injusticia tienen más confianza en las personas que en las instituciones. En esto, más que en todo lo demás, le tengo miedo a la burocracia. En el gobierno es necesario tener mucha paciencia y saber esperar para que todo marche. Pero en las obras de ayuda social no se puede hacer esperar a nadie”. Fin de la cita. 

Es toda una tesis política. Mientras el país se construía al calor de las decisiones que tomaba Perón y su gobierno, mientras crecía la industria, el empleo, la cultura, la educación, el sistema de salud pública, mientras se enfrentaban a los golpistas que preparaban y ensayaban desde muy temprano el zarpazo criminal que luego efectivamente asestaron contra el pueblo, mientras se hacía todo eso, la Fundación Eva Perón le daba un abrazo de cercanía y solidaridad a ese pueblo irredento que protagonizaba una revolución. Es el abrazo definido en las 20 Verdades, en la verdad número 10, cuando Perón expresa que con la Justicia Social y la Ayuda social “damos al pueblo un abrazo de justicia y amor”

La tarea hoy es volver a mirarnos en aquel hito fundacional de nuestra propia historia. 

Y abrazarnos al pueblo. Siempre.