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Dossier //// 27.07.2021
Eduardo Astiz, del Movimiento Villero a la Contraofensiva

Eduardo Marcos Astiz Mones Ruiz, artista plástico y escritor, fue combatiente montonero y formó parte de la Contraofensiva haciendo frente a la dictadura genocida en Argentina. El autor de esta nota nos cuenta sobre su vida, su militancia y su obra literaria

Por Leandro Andrini

“Iba juntando los papelitos, las “mariposas” que, arrojadas al viento, eran como las semillas que debían fructificar, como prueba de aquellas luchas” dice Roberto Perdía en Roberto Baschetti, el cuidador de la resistencia peronista. Y a Roberto Baschetti lo conocí a través de sus “mariposas”, en sus Documentos editados por De la Campana. Llegué a él, en el desierto de los noventas, habiendo llegado a esta librería-editorial platense en busca de dos autores que un compañero/amigo estudiante de periodismo me recomendó: Rodolfo Walsh y Francisco Urondo. Y en la librería Raúl o Cristina –ya no recuerdo quién fue– me indicó que comenzara leyendo a Walsh a través de Rodolfo Walsh, vivo. Hoy, que la memoria se ha borroneado, pienso que debió ser una trampa de buenxs librerxs que no me dejaron con las manos vacías ante la ausencia de libros publicados de estos dos autores en la sequía y aridez de esa década.

Con Raúl y con Cristina (instalada hace muchos años ya en Mar del Plata) nos fuimos conociendo en charlas de libros y de política, y ello nos llevó a la estima mutua. Desde aquellos desiertos ‘90 De la Campana ha sido un refugio (interrumpido por la pandemia), y este conocimiento/estima derivó en muchas oportunidades (las más de las veces) en recomendaciones de lecturas que están muy por fuera del mercado, y en lo que sigue escribiré sobre una de estas tantas recomendaciones.

Me permito escribir en una extraña primera persona para lxs compañerxs que, como dice Perdía, juntan papelitos-mariposas para arrojarlas al viento en prueba de aquellas luchas y van editando dossiers en la necesaria calidez de la primavera; quizás como prueba o quizás para que no nos gane nunca el invierno del olvido, a pesar de algunas derrotas políticas en este largo camino de la historia.

«Mi nombre completo es Eduardo Marcos Astiz Mones Ruiz, fui guerrillero durante más de 10 años. Formé parte de Montoneros, siempre fui El Pelado, me pusieron José y fui el Pelado José, luego me pusieron Carlos y fui el Pelado Carlos, y ahí sí me dejaron de joder y quedé como El Pelado. Desde 1974 fui integrado al Ejército Montonero y desde 1978 formé parte de las “Tropas especiales de combate”, durante ese año fui asistente del comandante Raúl Yäger, Roque, número tres en la estructura montonera.
 

En 1979 participé de la Contraofensiva Estratégica con las Tropas Especiales de Agitación II, las TEA II, desde fines de enero (entrenamiento) y hasta fines de octubre. Realizamos transmisiones con el RLTV, el aparato que interfería la onda portadora de los canales de televisión.
En 1980 formamos en México la organización Montoneros 17 de Octubre: Silvia Bergman, Olimpia Díaz, Susana Sanz, Jaime Dri, Miguel Bonasso, Daniel Vaca Narvaja, Ernesto Jauretche, Goyo Levenson, Pedro Orgambide, algunos compañeros más y yo.

 

Muchos años antes milité en la zona Este de Capital, en el Movimiento de Villeros Peronistas –Villa del Bajo Belgrano y Colegiales–, en el Movimiento de Inquilinos Peronistas, MIP, en el Ateneo Evita de la Calle Amenabar. Y mucho, mucho antes en “pensiones” de San Telmo y villas miseria de Olivos, en Pcia. de Buenos Aires, concretamente en La Cava.
Comencé mi práctica en 1958 en la lucha “Laica o Libre” y luego en varios grupos universitarios de la Facultad de Filosofía y Letras, ya que estudié Psicología y luego Historia del Arte.
Efectivamente –seguro que se lo están preguntando–, sí, soy primo segundo del Ángel de la muerte y, como se puede comprobar, siempre estuvimos en veredas enfrentadas.

 

Tengo 64 años y vivo en Tepotzotlán, un pueblito de tipo colonial a 45 Kms. del Distrito federal, es decir la Ciudad de México. Soy pintor y muralista, siempre lo fui, dado que comencé a dibujar y pintar en 1955.
El libro lo escribí en 1989. Todo lo narrado es cierto, ocurrió (son, como se dice por acá, “datos duros”), pero es un relato autobiográfico, es decir, no todo me pasó a mí. Es lo que en plástica llamamos un collage. Los hechos son verídicos, las fechas y lugares de las acciones también.
Durante muchos años pensé que este tema, si bien importante, ya estaba un poco lejano, pero finalmente decidí transcribirlo desde mi vieja Olympia, único bien que me quedaba de era montonera a esta computadora, y acá estamos.
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En la contratapa del libro se lee la presentación anterior, porque no voy a hablar de la contraofensiva sino plantear apenas algunas indicaciones de un libro que cuenta una historia de la contraofensiva montonera. También en la contratapa, marginal, aparece la aclaración “Carta con que Eduardo Astiz se presentó a nuestra editorial”.

El libro del que escribo es Lo que mata de las balas es la velocidad (una historia de la contraofensiva montonera del 79).


“Ya llegamos al fondo y llamamos a todos los miedos por su nombre. Lo que aterroriza es lo innombrable”, dice Astiz en este libro inclasificable, de una belleza inaudita, porque tiene que ser inaudito el hecho de ponerle belleza a tanto dolor. “Yo, que he vivido y amado tanto, siempre pensé que a lo que le tenía miedo era a la vida y a las mujeres pero ahora sé que también le tengo miedo a la tortura y a la traición” nos revela el autor.

¿Qué se puede decir de este libro? Sólo, y apenas, que hay que leerlo. De manera imprescindible, me atrevo a sugerir. Sus páginas están repletas de historia, de nombres, de lugares, de humor, de ironía, de sutilezas y no tanto, de poesía, de desasosiego y de esperanzas. Y sobre todo de política, y de políticas de una época. Leerlo es leer una historia de la contraofensiva montonera en un contexto que la supera ampliamente. No falta la crítica, la mirada retrospectiva, que no es ni condenatoria ni absolutoria. Y me tomo el atrevimiento de citar a Astiz (sacándolo de contexto) porque este libro busca entrometerse en los intersticios de los silencios que las derrotas deparan, es decir “lo grave de los fracasos, lo verdaderamente grave es no saber qué hacer con el fracaso”.

Raúl Campañaro me dijo, cuando me recomendó este libro recién salido, que las primeras 15 ó 20 páginas no fueran impedimento para el avance, porque están dentro del orden de lo que podríamos decir convencional en cuanto a lo que se está contando. Sigo suscribiendo a este principio. Y con Raúl considerábamos (seguimos haciéndolo) que este libro es un gran guion cinematográfico, dentro de lo inclasificable que es, porque se puede decir todo lo que no es, pero no lo que es propiamente: no es un ensayo, no es una biografía, no es una novela, no es un relato, no es un libro de historia, no es un libro de análisis político, pero es todo eso a la vez, y muy en especial es un gran guion cinematográfico. Por esos días fantaseábamos en transformarlo en una película, porque tiene todo lo que gusta de esos tanques hollywoodenses: acción, suspenso, amor/sexo, historias de espías y delaciones, y en cierto punto hasta puede decirse que tiene un final feliz, y, además –o lo más importante– es parte de nuestra historia y de nuestras tradiciones político-ideológicas.

No sé si es el recuerdo, o la fantasía del recuerdo, que me lleva a decir que Raúl le había propuesto al autor ir pensando en un texto para cine. Lo que sí sé que no es fantasía es que Astiz era de una generosidad extraordinaria, quien como autor no estaba involucrado con su nombre propio, sino que le interesaba compartir opiniones con cada lector/a de su libro.

En las páginas en blanco finales, que tienen en general todos los libros, tengo anotado “el domingo 24/09/2006 volví a tomar este maravilloso libro para transcribirle a tres compañeros una cita, y al buscar en internet algo referido a la misma leo que Eduardo falleció el 17/09/06”. Fue un duro golpe. Haber escrito “Eduardo falleció” denota la cercanía que tenía para mí su nombre, la presencia que tenía su escritura, por esos días. Y dado que entonces vivía a muy pocas cuadras de la librería-editorial, ese lunes mismo pasé a conversar sobre la tristeza… Unos días más tarde Raúl me entregó un correo electrónico impreso –el que conservo dentro del mismo libro– en el que Santiago Coco Plaza le escribe a Roberto Bardini “SOBRE EL PELADO JOSÉ” para enviarle esto que le envió Ernesto Jauretche, y que seguidamente me tomo la licencia de transcribir, porque como dice Coco “me tocó bien esta prosa poética”. También para que el lúcido y bello homenaje de Ernesto Jauretche a Eduardo Astiz se extienda a todas/os las/os compañeras/os que protagonizaron la contraofensiva en las convicciones que el “Pelado José” preservó hasta el último de sus días.

ASCENDIERON A EDUARDO ASTIZ

«Por decisión de la peor de las tiranías, la del tiempo –“se va y no vuelve”–, el Pelado José fue ascendido a la esfera más prominente del parnaso de los héroes de la causa del pueblo.
Allá estará ahora, disfrutando como siempre, de su nueva y esta vez eterna vida, junto a sus musas, Perón y Evita y una inmensa legión de camaradas de lucha que lo recibirán con un ron ámbar del mejor, el que se cultiva con el azúcar de las famas decentemente conquistadas. Eduardo Marcos Astiz Mones Ruiz milita ahora en el cielo de la memoria.

 

Un epitafio del Pelado debería decir: “Hizo y deshizo con el don de la libertad lo que le dio la gana”. Y más. Que vivió para honrar la vida con la insobornable lealtad a sus ilusiones.
Gastó su cuerpo todo el tiempo, impiadosamente, con apuro, desde que salió del conservatorio de bellas artes pinchón de pintor y plástico para no dejar jamás esa vocación hasta que en un lejano vale de la sierra mexicana dibujó entre roncas carcajadas su última pirueta. Quiso ser pintor, creador de cuadros, de acrílicos, de tablas de arcilla, de murales, de vitraux, de faxtangos, con imaginación febril nunca exenta del estímulo de las diosas de las artes, el sexo, el alcohol y el tabaco. Y lo fue, contra viento y marea. Y pintó con su vida la parábola del compromiso de su generación. Lo acompañaron la privación y la alegría de la indigencia. Y la riqueza de su entrega al mejor de los servicios: la política.

 

Entre tanto, reflexivo y experto en activismos juveniles, casi infantiles, militó en el Bajo Belgrano –áspero territorio de Dardo Cabo y “el huevo” Carrozo– y en Colegiales, cuando el Movimiento de Villeros Peronistas que luego conduciría Valenzuela era una utopía de amor. Y allá por aquella era mitológica de los orígenes de la JP, porque sí o porque se inspiró en las lecturas de Fray Mocho, se metió en los conventillos de San Telmo, rescatando una práctica de organización política que en 1907 hizo trepidar a los conservadores, y fue fundador del Movimiento de Inquilinos Peronistas. La hora gloriosa del 25 de mayo de 1973 lo miró trasponer los confines del barrio a la cabeza del Ateneo Evita, de Amenábar y Juramento. Tanguero, bailarín de patio y poeta, allí encontró a Silvia, la única mujer que le conocimos, con la que con avatares inverosímiles crio a tres hijos.
 

Él lo dice en un libro casi premonitoriamente recién editado cuyo título lo pinta por entero, “Lo que mata de las balas es la velocidad”: se incorporó al ejército Montonero en 1974. Mezcló los óleos de mil colores con la pólvora y encontró la íntima síntesis entre lo más tierno del ser humano y la feroz desnudez del combate. Se implicó en el Chile revolucionario de Allende y, como tantas veces, zafó con las boleadoras enredadas en una pata.
 

Viajó en misiones sediciosas y hasta perforó “la boca del tigre” con un cargamento de armas y misiles para los compañeros de las Tropas Especiales de Agitación que libraban incierta pelea de la Contraofensiva Estratégica de 1979. Dudó como dudan los convencidos de su destino revolucionario. Y en 1980, alejado de “la organización”, eligió la amistad de los sencillos vecinos de Cuernavaca, de los artistas y artesanos del DF, de los últimos argenmex, de Modesto López, de Marta Decea, Pepe Candia y “Maldonado”, y fue borrando su rastro hasta recalar en Tepoztlan, la aldea de una iglesia sincrética y prodigiosa.
Reapareció, insólito, en el monitor de nuestra computadora, como piloto de autos eléctricos de carrera que diseñaba su hijo, recibió la bendición de los nietos y publicó por fin un libro de género inasible donde cuenta algunas de las innumerables aventuras, amores, pensamientos y reflexiones que dilatan su existencia más allá de la efímera muerte.

 

Algún día, quizás en 1989, escribió: “Yo soy hombre, hijo de mujer y hombre, entre muchas otras cosas eso incluye querer ganar, saber perder y comerse, de vez en cuando, algún garrón. Pero excluye arrugarse, agacharse y olvidarse. Yo no tengo retorno. No, no podría parar y regresar. Asumo que construyo mi destino metro a metro, minuto a minuto, además ya no tengo dónde volver, todo lo puse adelante. No hay que llorar por mí sino por los que no me respetan”.»