La noche negra de los ceramistas

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    Foto: mural de Eva Gómez

La noche negra de los ceramistas

03 Noviembre 2026

La caravana de autos y camiones que circulaban por la Ruta 26, a diez cuadras de la estación Del Viso, al norte del Gran Buenos Aires, dobló de manera intempestiva en la calle 9 de julio. Uno de los camiones se quedó en la esquina, otro siguió de largo y se apostó en la siguiente, y un tercero se detuvo a mitad de cuadra. El cuarto auto era un Ford Falcon, que paró frente a la casa que llevaba el número 930. Primero se acercaron dos hombres, se pusieron a cubierto y el que estaba de civil golpeó la puerta bien fuerte y de manera insistente, lo que obligó a Rosendo Abadía a levantarse.

- ¿Quién es?

- Policía. Abra ahora mismo -, respondió el de civil quien, apenas se abrió la puerta exhibió un carnet mientras, con un arma corta, apuntaba la cabeza de Rosendo y avanzaba hacia el interior. Detrás ingresó un hombre de uniforme, con un fusil en ristre, y se dirigió a uno de los dormitorios. En la cama estaba Baltasara Crespo, la esposa de Rosendo. Le ordenó levantarse, que fuera junto a su esposo, se tiraran en el piso y se quedaran boca abajo. El de civil abrió la puerta de un segundo dormitorio donde estaban las hermanas Dominga y Felicidad, que hacía un rato se habían acostado y ahora estaban asustadas por el procedimiento.

- Levántense y vístanse. Vienen con nosotros -, fue la orden de quien comandaba el operativo. El hombre, con el arma en su mano, recorría la habitación, revisaba los armarios, abría los cajones, hurgaba en los alhajeros y se metía cosas en los bolsillos, mientras las chicas se vestían a la vez que lloraban.

- ¿Qué me miran tanto? ¡Parece que nunca lo han visto a uno! -, escuchó Rosendo que decía el hombre. Dedujo que una de las chicas, o ambas, lo reconocieron. Ellas no terminaron de vestirse cuando las encapucharon, las esposaron y las llevaron afuera.

- Voy con ellas -, alcanzó a decir Rosendo, pero el que lo vigilaba le piso la espalda, le ordenó que se callara y le apoyó la boca del fusil en la nuca. Cuando las chicas estuvieron en la vereda, llevadas a los vehículos, el de uniforme le dio una última revisada a la casa y se llevó algunas pertenencias más de valor. Todo ocurrió en cuestión de minutos. La noche estaba templada, pero la oscuridad generaba un frío de terror. Como en una pesadilla circular, el matrimonio vivía en carne propia lo que desde 1939 ocurría en España con la dictadura franquista, de la que escaparon en 1951, buscando un futuro mejor. Al rato escucharon cómo se alejaban los vehículos, aunque en sus oídos resonaban el llanto de Dominga y Felicidad. Eran las 23.45 de la noche del 2 de noviembre de 1977.  Concluida la faena, la caravana siguió su raid de miedo y espanto a otras localidades cercanas, donde vivían obreros de la cerámica Lozadur y que trabajaban junto a las hermanas de Del Viso.

De Zamora a Del Viso

El matrimonio Abadía - Crespo era oriundo de la provincia española de Zamora, del pueblo Folgoso de la Carbellada, ubicado al noroeste de España, casi en límite con Portugal. Folgoso no es un gran pueblo, hoy parece en extinción pues en los últimos 20 años nunca superó los 100 habitantes ni bajó de los 50. En la década de 1940, después de la Guerra Civil, tenía cerca de 500 pobladores, cifra que bajó en las décadas siguientes. En ese poblado minúsculo nació Dominga, el 9 de marzo de 1950. No eran buenos tiempos para España, que estaba gobernaba, desde 1939, por el dictador Francisco Franco, quien con su rebelión de 1936 sumió al país en un baño de sangre. Los libros dicen que la Guerra Civil terminó en 1939, pero el mismo dictador dijo en 1946 que llevaban una década de guerra, y que acabarían con todos los revolucionarios. 

Las nuevas investigaciones, estudios e interpretaciones, como la de los historiadores Jorge Marco y Mercedes Yusta Rodrigo, sostienen que la Guerra Civil terminó recién en 1952, cuando se rindieron los últimos focos rebeldes en los poblados montañosos. Se sostenían a través de la guerra de guerrillas, muchas veces amparados por campesinos, quienes ponían en riesgo sus vidas. Fue un período de gran violencia, que se cebó con las zonas rurales, lejos de los ojos de la comunidad internacional, que prestaba atención a la Segunda Guerra Mundial y no miraba a España. Los que resistían se escondían en los montes y atacaban por sorpresa y guardaban la esperanza de la llegada de tropas de los aliados para derrocar a Franco, pero eso jamás pasó. Por eso la represión se encarnizó al finalizar la guerra pues, más allá del exterminio de las guerrillas, el franquismo encaró con mayor virulencia la limpieza política. La represión fue cruel, y los sistemas de torturas de españoles contra españoles, previo al fusilamiento, mostraban el odio desparramado por la península.

La diáspora española fue una sangría nacional, muchos se refugiaron en América Latina, de manera especial México y la Argentina, otros huyeron a la Unión Soviética, y gran parte de ellos a la vecina Francia. El matrimonio Abadía Crespo y la niña no la pasaron bien en su propio país, por la represión, el hambre y la pobreza así que, al no ver perspectiva de futuro, decidieron emigrar y llegaron en 1951. Estaban seguros que en este país de paz y concordia no vivirían una situación como la de España de la Guerra Civil, pero se equivocaron. Un cuarto de siglo después, vivirían en carne propia la represión, la persecución y la desaparición de sus seres más queridos.

Rosendo y Baltasara, a quien todos llamaban Sarita, lograron respirar aires de paz. La familia se instaló en un barrio alejado de la estación Del Viso, sobre la calle 9 de Julio (hoy Santa Eulalia). El barrio, con muchos terrenos baldíos, era conocido como “La Tierrita”, porque la Sociedad de Fomento tenía su piso de tierra apisonada y era un polvaderal los fines de semana, cuando se armaban fiestas y bailes. De manera oficial ese barrio es conocido como William Morris. La pequeña Dominga pronto tendría una compañera: el 1 de septiembre de 1952 nació Felicidad, nombre simbólico, por la alegría que encontraron en el territorio adoptado. Aunque se llevaban dos años, en algunos ámbitos las llamaban “las mellizas”. Del Viso era por entonces un pueblo del distrito de General Sarmiento, nacido en la primera década del siglo XX a través de la escuela N°10, adonde concurrían los hijos de los peones de los tambos de la zona.

La primaria la hicieron en aquella escuela histórica, y en 1962 las chicas se trasladaron a la primaria Nº28, más cerca de su casa. Por entonces Dominga, de 12 años, cursaba 6° y Felicidad, de 9 años, 4°. Apenas terminaron el primario ayudaron en sus quehaceres domésticos a su madre y luego, al finalizar la década, ingresaron a la fábrica de cerámicas Lozadur.

La lucha de los hornos

Algunos recuerdan a Dominga como extrovertida, con un espíritu adolescente, alegre, jovial, bromista, dicharachera; a la vez que veían a Felicidad más seria y reservada. Ambas eran buenas trabajadoras y tenían mucha participación interna en la fábrica en cuanto a ser activistas, estar en cada asamblea, o en las movilizaciones que se impulsaban. “Si uno revisa las fotos de los momentos históricos de Lozadur en la década de 1970 siempre las vamos a encontrar a ellas entre tantos otros ceramistas”, escribió Bernardo Veksler, en su libro “La batalla de los hornos”, sobre las luchas obreras de los ceramistas. El autor, que además era operario, recordó que cuando él se incorporó a la fábrica, a principios de la década de 1970, las chicas ya estaban en la sección “Clasificación”, área compuesta por mujeres, donde recibían las vajillas, los platos, y las tazas para revisar que estuvieran en condiciones para salir a la venta, una especie de control de calidad a gran escala.

La empresa Lozadur, de capitales franceses, se instaló en Villa Adelina en la década de 1930, y el modelo de sustitución de importaciones que impulsó el ministro Pinedo en un principio, y acentuó el presidente Perón después, permitió que la fábrica creciera de manera considerable. Desplegada en 10 hectáreas, con áreas de trabajo muy diversas, en su mejor momento llegó a contar con 5000 trabajadores. La estación Villa Adelina y las localidades a la vera del ferrocarril Belgrano fueron el territorio de donde se nutría Lozadur de mano de obra, tanto masculina como femenina. Platos y tazas permitieron que pronto los modelos Festival, Kent y Marly fueran un clásico de la vajilla en la Argentina y Lozadur líder en el mercado. 

También tenía un sector donde se fabricaba “venecita”, revestimiento celeste muy usado en piletas y en la construcción en general. Toda la combinación de secciones, personal y expansión territorial permitió decir que era la fábrica de cerámica más grande de América Latina. Dentro, nada era feliz, pues el sistema de explotación del personal era salvaje, con condiciones de trabajo muy precarias, y con esfuerzos sobrehumanos que dejaban consecuencias de por vida. Entrar allí era entrar al pasado por el túnel del tiempo, con un sistema de explotación de las peores épocas de la primera revolución industrial, sin la ropa adecuada, con los hornos a temperaturas inhumanas y una dirigencia sindical que acompañaba y apoyaba a los patrones, y permitía la denigración de los cientos de trabajadores.

Las excelentes ventas de Lozadur al empezar la década de 1970 obligaron a la empresa a contratar más empleados para satisfacer la demanda. Llegaron trabajadores jóvenes y combativos, quienes se dieron cuenta de la explotación patronal y de la complicidad del sindicato. De a poco se fueron encontrando con los mismos reclamos y quejas, y plantearon la estrategia de hacerse fuerte de a poco, y de no salir a enfrentar de entrada al gremio porque serían despedidos sin más, como ocurría cuando algunos proponían mejoras. Las chicas Abadía Crespo eran parte de esos jóvenes que entraron, y al poco tiempo se integraron a la agrupación Evita que formaba parte de la Juventud de Trabajadores Peronistas (JTP), con estrechos vínculos con la organización Montoneros.

La creación de “Lista Marrón” dentro del sindicato fue para enfrentar a los dirigentes que no apoyaban las luchas gremiales, sino que acordaban con las patronales empresariales. En 1972 empezaron las primeras manifestaciones de disconformidad y la organización para desplazar a la conducción tradicional, que llevaba más de dos décadas al frente y se agrupaba en torno a la “Lista Celeste y Blanca”. La reacción no se hizo esperar y desde el oficialismo gremial se logró que la fábrica despidiera a los primeros ceramistas díscolos, confirmando la connivencia. En 1973 la situación se agravó, con despidos en Lozadur y Cattáneo, una fábrica cercana. La reacción de los obreros se manifestó el 23 de mayo de 1973: a dos días de asumir como presidente Héctor J. Cámpora, los trabajadores dejaron sus puestos de trabajo y tomaron la fábrica. La agrupación Evita, en coordinación con otros sectores, llevó adelante la medida y logró la reincorporación de los despedidos. 

La nueva agrupación gremial generó espacios de discusión. El playón de la fábrica, donde estaba el gran tanque de agua, era el espacio de debate cuando la sirena convocaba. La “Lista Marrón” reclamó elecciones, pero los sindicalistas tradicionales se dieron cuenta que se trataba de una ola imparable, y que iba a ser difícil retener la conducción. Se dilató la fecha, la lista tomó el edificio el 25 de junio de 1973, designó una comisión provisoria y solicitó al Ministerio de Trabajo que la convalidara hasta normalizar. Cuando en agosto el oficialismo desplazado intentó recuperar la sede por la fuerza, hubo piñas, patadas, muebles rotos, disparos y un muerto: Juan Carlos Barche. En octubre la “Lista Marrón” ganó con el 60% de los votos, y entre las propuestas estaba la apertura de un comedor obrero y una guardería para los hijos, la eliminación del trabajo a destajo, el pago igualitario para varones y mujeres, convocatoria a paritarias con actualización trimestral, de acuerdo a los costos de vida, y mejorar las condiciones de trabajo en cuanto a seguridad e higiene.

En 1974 los trabajadores de Lozadur recibieron mercaderías que Montoneros consiguió del secuestro a los hermanos Born, propietarios de la empresa Molinos Río de la Plata, y eso marcó el futuro de algunos delegados. En 1975 los ceramistas, como muchos trabajadores de la zona norte, salieron a la calle a reclamar en contra de la hiper-devaluación conocida como “Rodrigazo”. Avanzaron hacia CABA y fueron detenidos en la General Paz con una fuerza represiva impactante. Un año después los militares aprovecharon el desgaste del gobierno de la viuda de Perón y dieron un golpe de Estado.

La empresa entregó la conducción de la fábrica a un comandante de Gendarmería: Máximo Milarck. La fábrica vivió en clima de tensión durante todo 1976, a tal punto que en noviembre el pedido de aumento salarial fue más fuerte que otras veces. Un año más tarde, en agosto de 1977, las tensiones seguían por diversas razones: aumentos no liquidados, salarios mal pagados, obreros manifestándose en el playón, y militares irrumpiendo para reprimir. La inflación provocó que en octubre los trabajadores pidieran un aumento del salario básico, pero el 8 de octubre el espiral de conflicto tomó otras dimensiones. En ese momento la fábrica contaba con 1.300 empleados, pero al ver la caída de ventas por las medidas económicas de la dictadura, que favorecían la importación, decidió despedir 350 obreros: un ajuste salvaje. La resistencia fue inmediata, con asambleas y medidas de fuerza. Los obreros no se enfrentaban con la patronal sino con las fuerzas represivas que no tenían un marco legal para someter, sino que aplicaban una política de exterminio como lo demostró en otras fábricas cercanas como Bendix, Grafa, Astarsa, Mestrina, Colorín, entre otras, donde sus cuerpos de delegados fueron asesinados o secuestrados.

Se planteó llevar la discusión dentro del ámbito legal, y la delegación Vicente López de la secretaría de Trabajo fue donde se reunieron algunos delegados con el representante de la empresa, el comandante de Gendarmería Máximo Milarck. Al terminar la reunión, el oficial dejó flotando una amenaza contra los delegados.

El secuestro de los ceramistas

“De Lozadur se llevaron siete la misma noche. La mayoría los fueron a buscar a sus casas, y creo que las primeras que cayeron fueron las hermanas”, cuenta Rosa Samaniego, obrera de la empresa en la década de 1970. A su vez, Lorena Lescano, directora de Derechos Humanos de Pilar, que investigó la trayectoria de las hermanas, sostiene que en la misma noche secuestraron a un grupo de siete obreros, pero que con el correr de los días la cifra sumó un total de once, la mayoría integrantes de la Comisión Directiva.

El 27 de octubre de 1977 se realizó el primer procedimiento, cuando secuestraron trabajadores de la empresa Cattáneo, dentro de la misma fábrica. Juan Carlos Panizza, Faustino Gregorio Romero y José Agustín Ponce fueron los que se llevaron de la empresa, mientras que a Juan Carlos Ozeldín lo fueron a buscar a la casa. La situación laboral no era distinta a Lozadur y los obreros estaban en conflicto con la patronal. Cuando todo parecía volver a la calma, la noche del 2 al 3 de noviembre, se realizó un gran operativo donde secuestraron a siete obreros de Lozadur: Sofía Cardozo, Elba María Puente Campo, Pablo Villanueva, Ismael Notaliberto, Francisco Palavecino y las hermanas Abadía Crespo. 

Las especulaciones permiten pensar que los grupos de tareas salieron de Campo de Mayo, y arrasaron localidades a la vera del ferrocarril Belgrano. Primero fueron a Del Viso, donde secuestraron a las hermanas; la siguiente parada fue Adolfo Sourdeaux, donde se llevaron a Pablo Villanueva, y su hermano Ramón, que presenció el secuestro por vivir en el mismo terreno, era uno de los despedidos en el conflicto de octubre; la tercera parada de la noche fue Boulogne, de donde se llevan a Ismael Notaliberto, diciéndole a la esposa que lo llevaban a la comisaría para identificarlo, pues se lo acusaba de robar un camión de una empresa láctea, argumento que esgrimieron varias veces en la redada; la cuarta estación fue Don Torcuato, en la casa de Francisco Palavecino, con el sol a pleno y los vecinos curiosos asomados a la vereda para presenciar el procedimiento, que se dispersó cuando uno de los secuestradores tiró cinco o seis tiros al aire.

La búsqueda de los familiares fue inmediata, con denuncias policiales, presentación en los juzgados de la zona y armado de recursos de habeas corpus. Ramón Villanueva recuerda que se reunió con Rosendo Abadía y fueron a la policía, donde les dijeron que todo estaba bajo control de Campo de Mayo, pero que no se metieran porque les iba a pasar lo mismo. Luego recurrieron a embajadores, a representantes del Vaticano y a organismos oficiales, pero la respuesta siempre fue que desconocían el paradero de sus familiares. Fernando Herrera, novio de Dominga, tenía un familiar que era militar, subinterventor del sindicato de Luz y Fuerza, pero con él no pudo averiguar mucho. Junto al padre de las chicas y el novio de Felicidad recorrieron comisarías, cuarteles y otros lugares donde podían tener información. Para entonces se dieron cuenta que estaban siendo vigilados, y Fernando decidió alejarse de Del Viso. Por su parte Juan, novio de Felicidad, participó de la búsqueda, pero cuando no obtuvo resultados se entristeció y el alcohol le sirvió su refugio. “Creo que se fue apagando de a poco. Acompañó a muchos lugares a Rosendo, pero al no tener resultados entró en una melancolía, pienso que murió de tristeza”, dice Ana Bringas, vecina del barrio y docente que recuperó parte de la memoria a través de testimonios.

Un documento desclasificado del Departamento de Estado de Estados Unidos postula que hubo “entre 15 y 20 desapariciones de trabajadores de Lozadur en noviembre de 1977 y de 5 a 10 de otras plantas de cerámica en el área, durante el mismo período. La fuente cree que las desapariciones son el resultado de una operación de seguridad en el área, posiblemente por elementos de la inteligencia operando desde la Escuela de Comunicaciones en el cercano Campo de Mayo”.

En octubre de 2014, en la megacausa de Campo de Mayo, en el tramo del juicio por los obreros, el máximo responsable del lugar, el general Santiago Omar Riveros, fue condenado como responsable por el secuestro de las hermanas Dominga y Felicidad Abadía Crespo, de numerosos ceramistas y una gran cantidad de trabajadores que estaban bajo el área de influencia de la guarnición militar. En cuanto a la responsabilidad empresarial, recién en 2024 se procesó a dos gerentes de los ocho que solicitó la querella. Alfredo Katzenstein, jefe de producción de Cerámica Cattaneo, y Miguel Luis Puigdevall, subgerente de relaciones industriales de Porcelana Lozadur, fueron considerados partícipes necesarios del secuestro y desaparición de un grupo de ceramistas por parte de la juez Amelia Vence. La Cámara Federal de San Martín revirtió los procesamientos, y la causa sigue a paso lento.

El fin de semana pasado el Centro de Investigaciones Educativas de Pilar y “Vecinos por la Memoria” de Del Viso recordaron en la Plaza Independencia a las hermanas Abadía Crespo y a otras catorce víctimas del terrorismo de Estado en la localidad. En el acto estuvo Eva Orifici, compañera de la primaria de las hermanas, y también secuestrada durante seis años por la dictadura junto a su esposo. La Escuela Secundaria N°36 recuerda a las chicas llevando sus nombres, un hecho poco repetido con la imposición del nombre de dos vecinas, mujeres y obreras que caminaron por las calles del pueblo. Los vecinos las siguen recordando y reclaman saber dónde las enterraron a ellas y a los otros ceramistas.