Yo, adicto: una nueva esencia de la normalidad

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Yo, adicto: una nueva esencia de la normalidad

11 Abril 2021

Por Dani Mundo |​ Foto: Agus Serratore

“Yo soy un vicio más,

en tu vida soy solo un vicio más”

Ch.G.

 

Vivimos en una sociedad cuya estructura de vinculación básica es la adicción. Tal vez para el siglo XX la adicción fuera una patología que perturbaba la normalidad y había que curarse de ella, hoy es normal. Hípernormal. Somos adictos que hacemos todo lo que está a nuestro alcance para negar sistemáticamente nuestra adicción, como hacen todos los adictos, por otro lado. No importa el objeto de la adicción, desde una inocente serie en el cable hasta las selfies programadas que subimos todos los días a una red social, desde la rayita que esnifeamos cuando empieza a caer la tarde hasta mirar un rato porno antes de dormir, no importa el objeto, lo que importa es la forma del vínculo —los proveedores de series lo saben, por eso ahora lanzan todo el paquete junto y no como antes, que apelaban a nuestro recuerdo semanal y subían un episodio por semana—. Nos machacan y machacan que la adicción es mala mientras se predisponen todos los dispositivos para volvernos reclamantes, demandantes, adictos. ¡Quiero más! Nos dicen que hay algunos objetos que son más dañinos que otros —el porno es más dañino que los mensajes que consumimos por Instagram, por ejemplo—, falso. No porque los mensajes de IG sean lo mismo que el mensaje porno, no. Lo que pasa es que en el fondo no importa este mensaje, este nivel de mensaje. Casi no hay nada que deteste más que los juicios de las consciencias bien-pensantes. Que juzgan, condenan o absuelven y listo. Si nos fijamos un poco, comprobaremos que está es la única forma de “comprensión” que alientan las redes virtuales. Dirán: pero el porno hoy se tolera. OK. Se tolera… pero se tolera hasta cierto punto. “Beber con moderación”. “Fumar es perjudicial para la salud”. Desde la perspectiva que estoy pensando las cosas hoy, toda nuestra vida está tejida de vínculos adictivos. Somos adictos a los mensajes de Whatsapp y a las redes sociales que visitamos asiduamente. Somos adictos a nosotros. El smartphone es el dispositivo hegemónico de vinculación contemporáneo, el núcleo de nuestros deseos adictivos. Se me ocurre relacionarlo con otras prácticas y objetos emblemáticos que aparentemente no tienen ninguna relación con él, pero que eran muy, muy importantes hasta hace poco tiempo, como el cigarrillo o el automóvil, por ejemplo. ¿Qué tiene que ver un cigarrillo o un auto con un smartphone? Las cosas cambiaron. Hace un poco más de una década atrás una consigna progresista aconsejaba controlar las horas que pasaba un niño estupidizándose frente a la tele. Hoy el iPhone me avisa una vez por semana la cantidad de horas que paso mirándolo e interactuando con él. Esto no puede ser inocuo. Atraparon nuestra atención. Se me ocurre que el vínculo que ahora mantenemos con el smartphone es semejante al que en la década de 1950 teníamos con el cigarrillo o con el automóvil. Fumar era vivido como un hecho liberador. Los autos tenían el tamaño de una nave trasatlántica, gastaban nafta a lo loco, uno navegaba con ellos por las calles como el magnate que había visto en la serie enlatada norteamericana. No habíamos detectado que el cigarrillo causa masivamente cáncer. El petróleo que necesitábamos para mover esos mastodontes retro parecía un regalo ilimitado de la naturaleza, como hoy nos lo parece el silicio, el galio, el antimonio, el litio, etc., elementos materiales imprescindibles para montar un teléfono inteligente. Cada vez más nuestros aparatos se consumen como cajas negras cuyas partes constituyentes ignoramos. Se rompe, se cambia. Lo importante es que prenda y apague. Si no prende, se reemplaza. Hoy somos conscientes que el petróleo se extingue y que el cigarrillo causa cáncer. Mi papá y mi mamá fumaban dos atados de cigarrillos por día cada uno. En el siglo pasado se encontró una fibra íntima del deseo, que desea siempre la repetición. Tuvieron que poner la imagen de un moribundo cancerígeno monstruoso en el paquete de cigarrillos para controlar o aminorar nuestra adicción. No lo lograron, pues ya habíamos consumido imágenes semejantes a esas en las películas de terror clase B. En nuestra fantasía realista, esas imágenes terroríficas remiten a la ficción, no a la realidad. En la realidad nadie se enfrenta o ve esos cuerpos putrefactos (salvo, tal vez, los oncólogos). Los autos se fueron empequeñeciendo todo lo posible y convirtiéndose en cápsulas ideales para el individualismo narcisista. En el auto todo está diseñado para satisfacer los deseos y necesidades del conductor, con el menor esfuerzo posible. No era nada fácil estacionar un Torino. Todo está calculado para que en el accidente inevitable al que está destinado todo auto, lo único que sobreviva sea el conductor, mientras todo el resto se destruye en el acto. “Todo el resto”, es decir, el conductor también es un engranaje del auto que fantasea que tiene el control porque es dueño de la llave con la que enciende o apaga el motor. Falso. Es como el televidente que con el control remoto en la mano hace zapping convencido de que es él el que pulsa el botón… ¿o acaso no es él el que en última instancia puede apagar e irse a dormir? ¿No tenemos acaso el poder de no-chequear el whatsapp? Conozco gente que solo puede dormirse mirando cualquier cosa en la tele. Recuerdo a una persona muy querida que se dormía mirando La ley y el orden. Cuando era chico o no tan chico, los aviones se dividían en dos zonas, una para fumadores, otras para no fumadores. Hoy causa gracia esa separación, porque todos viajábamos en la misma cápsula, hasta la fila 20 los que fumaban, desde la fila 20 hasta la 40 los que se contaminaban pasivamente. Hasta hace muy poco tiempo se fumaba en las aulas de la facultad o en los ómnibus de larga distancia o en los colectivos urbanos. Fumaban los docentes y fumaban los alumnos. Fumaban los choferes y fumaban los pasajeros. En la tele fumaba todo el mundo. Muchos de mis amigos, algunos personas que considero muy inteligentes, toman “relajantes” para conciliar el sueño. No pueden dormir. Nuestra sociedad necesita que no te duermas. Mis padres tomaron durante los últimos 20 años de sus vidas Trapax, que fue una de las primeras armas de destrucción psíquica que desembarcaron en nuestro país para lograr dormir. Lo tomaban todas las noches como aspirinetas. Mi papá y mi mamá murieron los dos de cáncer de pulmón. Hoy casi ni se puede fumar en la calle, ya no digo en un bar. Lo importante no es el cigarrillo o el súper Chevy o el resplancediente celular, simples fetiches. Lo importante es la estructura de comportamiento que el capitalismo genera para garantizar su reproducción. ¿Qué hacen las redes sociales sino confirmar el ego de cada usuario? Se nos dio la posibilidad de generar mensajes, cosa casi imposible en la era de los medios broadcasting, en la era del cigarrillo y de los automóviles transatlánticos. Con cada mensaje que compartimos en una red no hacemos otra cosa que reafirmar nuestro ego, el valor de nuestro yo. No importa lo que compartamos. No importa el contenido de lo que consumimos o compartimos. Nos repiten una y otra vez que todos los datos que volcamos en la red son materia prima para los hackers, que vaciarán nuestras cuentas bancarias. No importa. A mí no me va a pasar. Si no confiáramos que a nosotros no nos va a pasar nada (aunque fumemos como escuerzos, así se decía en otra época), que somos tan insignificantes que nadie se va a fijar en nosotros, no podríamos participar en ninguna red social. No tenemos idea ni de los elementos que integran un smartphone ni de la función del chip. Seguimos explotando a destajo a la naturaleza. ¿De dónde se extraen los materiales que se requieren para producir un chip? ¿En qué condiciones sociales y económicas se ensamblan esos materiales para producir ese aparato brillante que es lo último que vemos antes de dormir, y que es lo primero que revisamos cuando nos despertamos? Negamos nuestras adicciones mientras al mismo tiempo multiplicamos nuestras actitudes adictivas. Tal vez tuviera razón Guattari cuando aconsejaba que en lugar de renunciar o controlar las adicciones, lo mejor sería liberarlas, profundizarlas hasta un límite en el que se ponga en peligro a ese ser insignificante (un número en una masa) que, sin embargo, tanto amamos: nuestro yo. Acabemos de una vez con esa creencia idiota y poderosa que postula que el yo, nosotros, cada uno de nosotros (sea lo que sea a lo que me esté refiriendo con estos conceptos), gobierna su vida. Decide lo que hará o no hará, qué comerá, qué mirará a la noche en la tele, cuándo entrará o saldrá de la red social, qué subirá o qué no mostrará nunca. ¡Por dios! Liberemos la pulsión. Destruyámonos. Solo de nuestros restos podrán surgir formas de vida dignas de ser vividas en un régimen político y económico que está abocado a hacernos creer importantes, valiosos, soberanos. Somos una cuenta virtual y nada más. Cuanto más neguemos nuestra impotencia (y la enmascaremos con fallidas omnipotencias), más impotentes seremos.