Redundancia y sordera: una crítica tardía a "Black out", de María Moreno

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OPINIÓN

Redundancia y sordera: una crítica tardía a "Black out", de María Moreno

08 Marzo 2026

No me gusta escribir esta nota. Pero alguien tenía que hacerlo.
Porque admiro a María Moreno. De hecho, la considero uno de nuestros referentes más importantes en el campo nac&pop. Y lo más raro: una buena persona.
Pero me voy a valer de ella, o mejor dicho, de su tan laureado libro Black out, para elaborar lo que considero un síntoma de nuestra época desquiciada —porque nosotros, los intelectuales, los que tratamos de reflexionar sobre nuestra sociedad, somos cómplices de este desquicio.

La élite intelectual de nuestro país (considero que pertenece a la élite intelectual todo el que lee 500 páginas de papel por año, o no sepa lo que es tick tock) perdió los marcos y los criterios con los que juzgar no solo los fenómenos del mundo, sino también lo que lee y estudia, e incluso lo que mira en el cine o en una app —consumos estos que caracterizan a la élite intelectual.
Leemos libros y miramos películas con el mismo espíritu consumista con el que otras clases sociales compran ropa en un shopping (no sé cómo escribir esto para que se entienda la gravedad del caso).
¿Será un caso terminal, o tendremos alguna oportunidad de salir de este atolladero redundante y ruidoso, sordo y parlanchín en el que nos hundimos? ¿Este buen-compañerismo que nos hace perder toda crítica y cualquier reflexión independiente vino para quedarse? Y nuestros sueños libertarios de la juventud, ¿adónde fueron?

Tardé muchos años en leer Black out.
¿Por qué?
No porque dudara de la calidad de la escritura de María.
Es que se habló tan bien de este relato de memorias “infames” que me dio miedo leerlo: ¿y si después no podía escribir más? Peor aún: ¿y si luego se me iban incluso las ganas de beber y emborracharme? 
¿Qué persona que piensa y escribe, es decir, que no está en su sano juicio, no querría poder contar su costado nocturno y adicto, su fantasía patológica, su placer inconfesable?
Pero es muy difícil contar esa experiencia. Y todo lo que leí sobre el relato de María colaboraba en colocar a este libro entre los pocos que lo habían logrado.
Pero es mentira.

Es cierto, María se autopercibe alcohólica —hasta que dejó de beber. Y cuenta con lujo de detalles diferentes contextos y diferentes momentos en los que bebió hasta los codos y más allá. Pero… algo falta.
Empezó de chica. Mucha ginebra. Compartía borracheras con la crema del campo intelectual, que se nuclearían alrededor del diario Página/12 (Briante, Guebel, Feiling, etc.), el estandarte del pensamiento crítico, cínico, moderno y reflexivo en la infame década menemista.
La trampa que tiende el libro consiste en un doble movimiento. María es cruel pero certera y verosímil con sus amigos muertos, aunque nunca los deja solos en el fondo del pozo al que ellos cayeron por sus propios (des)méritos. Es decir, parece un relato crítico de sus amigos y de ella misma, aunque en realidad funciona como una especie de autojustificación y autoexculpación.

Si la crítica consensuada repite monocorde que un libro es genial y su autor o autora un genio, el libro nos termina gustando y lo promocionamos con el mismo énfasis con el que lo promocionó la (a)crítica complaciente.

Pero no es este movimiento lo que más me irritó.
Nosotros, que somos la clase social que lee y piensa críticamente, ya no podemos leer y pensar con autonomía. Y como me hizo notar la escritora Virginia Cosin: si la crítica consensuada repite monocorde que un libro es genial y su autor o autora un genio, el libro nos termina gustando y lo promocionamos con el mismo énfasis con el que lo promocionó la (a)crítica complaciente.
Estamos frente a uno de estos casos (hay miles, entre los que también incluiría las reseñas de mis propios libros, y alguna de las reseñas que escribí de otros).

Si bien María termina borracha en muchas de las páginas del libro, el libro no logra construir esa sensación de vacío y resaca y placer y culpa que provoca cualquier adicción.
Vuelvo a repetir: es muy difícil de recrear esa experiencia de enajenación en la que de lo que se trata es de perder las formas tanto como la consciencia. Perder el control. Difuminar los límites de lo real. Y dejarse ir. Dejarse ir hasta que se termina en algún inodoro vomitando el alma.

Voy a transcribir lo que considero el talón de Aquiles de esta falta.
María contrata un chongo con el que ya se había acostado alguna vez. Dan unas vueltas por el departamento como dos animales que se van conociendo. Sale el tema del sadomasoquismo y María, ilustrada, aclara: “En Argentina no hay dominantes profesionales; al S/M se lo ofrece como un servicio más en el rubro 59” (solo las personas de nuestra edad pueden recordar el rubro 59).
Allí empieza un ritual de violencia y degradación que llega hasta que Boby le exige que le lama las botas.
Y unos renglones más adelante María escribe: “De lo que pasó en el medio tengo un blanco”
Si estas “memorias” deberían relatar algo, es ese lapso en blanco donde María fue reducida a su ser ínfimo, menospreciada y exaltada, agotada de un lado y del otro, ese momento que constituye para nuestro ser plenitud y bajeza al mismo tiempo, y que al otro día, cuando una vez más volvemos a nosotros, ya no recordamos si lo vivimos o lo fantaseamos.
Lo que nunca sucede es que nos olvidemos de ESO (que no es lo mismo que pensar que efectivamente nos gustaría olvidarnos).
Este recurso pobre para obviar el acto más desesperado de una vida (que imagino no sucedió una sola vez), y a la vez el acto en el que esa vida se consuma, este “olvido” injustificable en una “memoria” minuciosa, este blanco o este negro sin fin, es lo único que justifica el nombre del libro.