Nicolás Gueilburt: del cine a la literatura
AGENCIA PACO URONDO conversó con Nicolás Gueilburt a propósito de Un soldado siempre está solo, su primera novela publicada en Ediciones B.
Gueilburt cursó la carrera de Letras en la UBA, es profesor del taller de guion de la Universidad del Cine y uno de los escritores claves del llamado nuevo cine argentino, que irrumpió en escena a principios del siglo XXI. Fue guionista de los films El bonaerense (2002), Los paranoicos (2008), La araña vampiro (2012) y La fiesta silenciosa (2020), entre otras. Tiene, además, una larga trayectoria como escritor para televisión, que incluye Los días de Ayotzinapa (2019), Vilas, serás lo que debas ser (2020) y Los Ladrones (2022), entre otras.
Su trabajo ha resultado nominado tres veces a los premios Emmy. Como editor, publicó las colecciones de poesía Musarisca, y Nave Madre, de ciencia ficción, policial, horror y fantasía, con autores jóvenes y otros consagrados
AGENCIA PACO URONDO: ¿Cuál fue el punto de partida para el argumento de Un soldado siempre está solo?
Nicolás Gueilburt: El punto de partida del argumento fue una nota que leí en el periódico hace muchos años: un árbitro de fútbol de primera una noche en una cancha había cantado una canción de una de las parcialidades y una cámara lo había registrado. Me llamó la atención que un personaje al que tan poca atención le dedicamos, rodeado de pasión como ocurre en el futbol, que no puede expresar ningún sentimiento (un árbitro tiene que ser imparcial, no?), haya cantado una canción, algo del orden de la pasión. Eso me pareció particular y me quedó en la memoria por alguna razón misteriosa...Tiempo después, investigando para un guion, me topé con la historia de los excombatientes de la guerra de Malvinas y llegué a una información que me impresionó: los soldados cuando volvían del frente fueron llevados a Campo de Mayo para ser alimentados y curados y no “devolverlos” a la sociedad en ese estado, en realidad que la sociedad no los viese en el estado en el que realmente había regresado, y ahí les hicieron firmar una nota donde les prohibían revelar lo que habían vivido en el frente de batalla.
Me pareció atroz que alguien tan joven, que había vivido esa experiencia traumática, no pudiera ni siquiera hablar de ello. Estas dos ideas en algún momento se juntaron y me pareció que ese personaje, que era un árbitro que no podía expresar nada, que le había empezado a brotar en ese canto esa noche en una cancha, pudiese ser la misma persona que había tenido reprimido durante tantos años esa experiencia que no había podido contar a su regreso de la guerra. Esa grieta que se abría en el personaje se empezó a agrandar cada vez más con el devenir de la novela, el relato de esa fractura interior es Un soldado siempre está solo.
APU: Durante muchos años trabajaste como guionista de cine y televisión. ¿Creés que esa experiencia moldeó de alguna manera la escritura de tu primera novela?
NG: En realidad la novela la escribí siguiendo el fluir de las palabras. Tenía ganas, y eso hice, de experimentar con diversos registros como la poesía, los diarios personales (que yo mismo escribo), sueños, vivencias, entregarme a la intuición sin un plan determinado, cosa que a veces por los tiempos de producción propios de la industria cinematográfica es difícil. No es que trabajé como en general se trabajan los guiones, desde el argumento, o las escenas, sino que el impulso estuvo dado por la escritura misma. Fue siguiendo esa experiencia que la historia y la estructura se fue abriendo paso en la novela. Por lo que me cuentan la lectura “atrapa”, esa es la palabra que vuelve, esa conjunción de elementos amalgamada en la reescritura, seguramente sí fue llevada por mi trabajo de guionista. Pero claramente partí desde un lugar diferente. La emoción, diría. Eso es lo que más me interesa.
APU: A más de 40 años la guerra de Malvinas ¿Qué dificultades encontraste para tratar un episodio histórico y político que está lejos de cerrarse?
NG: No leí literatura de ficción sobre Malvinas. Quise dejarme el espacio para la imaginación. Sí investigué, leí crónicas, testimonios, libros de relatos en primera persona de excombatientes. Quise encontrarme personalmente, charlar con ellos, pero finalmente no se dio. La guerra en principio era un pasado de Burgos, el personaje principal, que estaba incluido en la historia del presente, es decir, en tercera persona, pero en un momento sentí la necesidad de trabajar en una escritura diferente, y ahí surgió el diario de la guerra, que inicialmente era un diario escrito por el protagonista durante la guerra. Después, reescribiendo el diario, me pareció más interesante trabajarlo como un diario de convalecencia, es decir, cuando el personaje ya había vuelto y escribe intentando recordar la guerra para poder sacarse de adentro todo el trauma que acumuló en el frente de batalla.
En ese sentido, escribir la guerra en primera persona me dio un registro más lírico, si se quiere, y también diferente de la novela negra que sigue la aventura de Burgos ya más grande, cuando es árbitro de fútbol. El diario alterna entonces la narración en presente, dándole pausa y a la vez profundizando las emociones del personaje. Recordando un poco la experiencia de la escritura, ahora, creo que el diario narrado por un joven Burgos desde el regreso, desde su casa en Buenos Aires, me permitió acercarme más a la subjetividad del personaje y lo escribí desde la evocación de mi infancia, que fue durante la guerra de las Malvinas, escuchando los partes de guerra en la televisión, lo que decían los taxistas o en la escuela las maestras, escuchar Yendo de la cama al living de Charly García… y entonces traje los sentimientos, las percepciones, el miedo que yo tuve siendo niño, la paranoia, el encierro; la fantasía que me despertó la guerra.
APU: ¿Tomaste alguna otra representación como referencia, quisiste hacer o evitar alguna en particular?
NG: No creo que haya nada que esté bien o esté mal a la hora de contar la guerra. En mi caso, lo que quise, o lo que apareció, fue una historia particular. La historia de la amistad de Burgos y Trejo, dos jóvenes que se conocen en el tren yendo al frente y atraviesan juntos un montón de experiencias límites que los van constituyendo como hombres, les van dejando marcas que los acompañan a cada uno de modo diferente durante su vida. Y esa historia la escribí, claro, también desde el presente, atravesado por una perspectiva (la propia) de pensar y de vivir hoy esa experiencia tan potente para la historia del país. Sí tuve muy presente la figura del excombatiente que regresa y vive en una sociedad que, de alguna manera también recrea la guerra, porque las guerras creo son expresiones de las sociedades, de las instituciones, del poder, y esas fuerzas siguen librando sus poderes contra el humanismo, algo que hoy día está en crisis en la sociedad misma, más allá de lo que se representa de manera desesperada en las guerras.
APU: El personaje secundario pero esencial de Mario Trejo lleva el nombre de un poeta real, con quien vos tuviste una relación de trabajo y amistad. ¿Qué recordás de él y qué aspectos de su personalidad incorporaste en la ficción?
NG: A Mario Trejo lo conocí cuando yo trabajaba como editor de una colección de poesía que hicimos en Colihue con Jorge Boccanera, amigo, poeta extraordinario, verdadero maestro. Muchos querían publicar nuevamente la poesía de Trejo, que hacía años no se reeditaba, pero tenía fama de ser “difícil”. Entonces me mandaron a mi, que era joven, para hacer el trabajo que nadie podía o quería hacer. Trejo era un hombre vital, con mucha personalidad, un poeta maravilloso. Iba a visitarlo a un departamento que ocupaba en Belgrano cuando venía a Buenos Aires con su mujer, Rochelle, que creo recordar era hermana del Gato Barbieri. Y mientras se tomaba unos gin tonics enormes, trabajaba sus poemas delante mío: qué quitar, agregaba versos, tachaba cosas... Era muy intempestivo.
Había vivido muchas cosas extraordinarias que me fue contando; me transmitió una manera diferente de habitar el mundo. La presentación del libro finalmente la hicimos en la Librería Hernández, en Avenida Corrientes. Él estaba feliz, elegante. Luego yo me fui a vivir a España, él también en ese mismo momento; nos escribimos cartas, aún tengo algún fax que me envió (y conservo como un tesoro) con palabras muy significativas para mi; me marcó un camino. Y bueno, un poco toda esa experiencia fue aflorando a lo largo de la escritura, se fue imponiendo un modo poético de mirar el mundo en la novela y muchas cuestiones de su personalidad, mezcladas con otras que fueron apareciendo, se cristalizaron y se hizo inevitable ponerle su nombre al personaje, que es el compañero del protagonista, quien lo impulsa a no perder, justamente, su pulso vital. Es un río de verdad que fluye a lo largo de la novela. Por eso incluí poemas suyos. A él está dedicada la novela. El fútbol aparece como objeto pasional pero en el relato da pie para tratar cuestiones complejas como la violencia y la corrupción.