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Cultura //// 13.09.2020
"Lovecraft country": entre la pasión y el espanto

"Sin duda hay motivos ideológicos por los cuales la industria eligió esta versión domesticada que proviene del libro de Matt Ruff, con el mismo nombre, en lugar de construir la atmósfera oprimente propia de los relatos (o los deseos) de Howard Phillips Lovecraft".

 

Por Daniel Mundo | Ilustración: Nora Patrich

Post mortem

Hay autores que tuvieron suerte (buena o mala, difícil decidirlo) y su obra creció desproporcionadamente una vez que murieron. Howard Phillips Lovecraft es un caso paradigmático en este sentido compite con el depresivo Franz Kafka y el indomable Friedrich Nietzsche. Por absurdo que suene, un individuo que murió en la miseria, que fue enterrado en la fosa común de su ciudad, a cuyo entierro concurrieron tres personas, se volvió un objeto de culto tan grande que casi un siglo más tarde termina concretándose en una serie televisiva producida por HBO: Lovecraft country, de la que por ahora salió un solo episodio.

Para una persona creyente como yo, la serie es un fraude. Es cierto que hacía 15 días que venía leyendo todo lo que conseguí de y sobre HPL, lo que puede distorsionar el juicio de cualquiera. Es cierto también que tengo prejuicios hacia las series, todas, incluso las que me gustan y miro como un adicto, porque me parecen dispositivos peligrosísimos que la clase media progresista consume con fruición. Protestamos por Facebook por la forma algorítmica en que Netflix fabrica los productos que nos gustan, algo funciona mal. Lovecraft country confirmó mis prejuicios malsanos: es una mercancía de entretenimiento que no respeta al genio que invoca.

Ya la primera escena me causó nauseas. Para que la serie te guste, es necesario que no tengas ningún conocimiento, ni de la vida, ni de la obra de HPL. De hecho, invierte algunas cuestiones fundamentales de nuestro autor, y convierte en una historia de suspenso lo que tendría que provocar un terror pánico. Un terror que un creyente como yo presiente palpitando en cada uno de los gestos serviles de nuestra vida cotidiana. HPL odiaba la civilización.

La dificultad, la-im-po-si-bi-li-dad de representar los monstruos lovecraftianos es otro argumento válido como para descalificar esta serie. Pero cuidado, esto no significa que no haya comics o películas basados en sus relatos o mitos que transmiten ese sentimiento básico que es el miedo cósmico (pienso en los dibujos de Breccia ilustrando Los mitos de Cthulhu en la década de 1970, o en películas como La boca de la locura, de J. Carpenter, o la trilogía Cloverfield, de J. Abrams, por nombrar un par). Aclaro esto porque no creo que exista otro autor en la historia de la literatura universal que haya escrito más veces que lo que está viendo y debe, como testigo presencial, describir, es irrepresentable e incomprensible. No solo esto, también suele decir que es tan atroz que nadie desearía conservarlo en su memoria. Es decir, no es tan fácil traspasar a la pantalla monstruos hechos con una materia que no es de esta tierra y con colores que no pertenecen a nuestro arco cromático, cuya mejor definición o representación proviene de su olor nauseabundo. Sin embargo, estos entes lovecraftianos son los más y mejores representados de la literatura (tal vez solo superado por Tolkien). En este equívoco reside uno de los mayores secretos de HPL y su obra.

La serie

Primero, sin duda hay motivos ideológicos por los cuales la industria eligió esta versión domesticada que proviene del libro de Matt Ruff con el mismo nombre, en lugar de construir la atmósfera oprimente propia de los relatos (o los deseos) de HPL. La serie, además, invierte tópicos controvertidos clásicos de nuestro autor, que no solo era un ateo racionalista sino también un racista consumado, un solitario irreconciliable y un caballero. En la serie de HBO, el héroe (Jonathan Majors) es un hombre de color actuado por una figura de fuste en el bando del bien, que lucha contra la discriminación y está acompañado por una bella e inteligente amiga, también de color (Jumee Smollett). Ya en la primera escena, que ocurre en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, de un plato volador desciende un extraterrestre con forma de mujer. A un devoto lovecraftiano le dan ganas de agarrar la pantalla y revolearla contra la biblioteca: ¡las mujeres no tienen lugar en las historias de HPL! ¡¿Un plato volador!? Cualquiera.

La siguiente escena es en un autobús dividido en una parte para blancos y otra para negros. El héroe fue a la guerra y luchó valerosamente. Arriesgó su vida por un país que lo despreciaba. Dice eso, lo que es verdad. Estamos ahora en la década del 50. A la vez, es un lector apasionado de HPL que saca de la biblioteca de su tío un libro editado por Arkham House, la editorial fundada un año después de la muerte de nuestro autor. Es la editorial que publicará toda su obra, ya que en vida aquél solo había publicado un libro: El horror en la literatura, donde analiza la enorme biblioteca de la que se nutrió. Arkham, por las dudas, es una de las ciudades apócrifas inventadas por el numen de Providence. Evidentemente, éste es un guiño “inteligente” para satisfacer a los lovecraftianos. La industria cuida todo.

Esto dura tres cuartas partes del episodio. No hay que ser muy astuto para olfatear que de HPL no va a haber mucho. Ni siquiera los monstruos que atacan al final dan miedo, más bien parecen hechos para vender como peluches. Los guionistas de la serie tal vez leyeron la novela en la que se basa la historia, pero no se molestaron en leer a nuestro autor. Ahora, esto, ¿es una falta imperdonable tratándose de HPL? Debo rendirme y aceptar que no.

La muerte del autor

Me explico. Más allá de si en otro episodio aparece o no algo del terror orgánico que cultivó HPL, lo que éste hizo, sin saberlo, fue acabar con una figura que en el campo de la literatura sigue siendo importantísima. Se llama autor. No es que HPL haya renegado de su nombre o no haya firmado los cuentos que publicaba, pero toda la máquina de producción que puso en funcionamiento atentaba contra lo que pregona la figura del autor: autenticidad, originalidad, unicidad. También hay que decir que HPL no sabía lo que estaba poniendo en funcionamiento. Posiblemente le resultaría siniestro enterarse que todo su material, su misma figura de hombre desgarbado y solo, hoy forma parte de la industria de los videojuegos, y que compite con DC.

En su vida, HPL trabajó de una sola cosa además de escribir: corrección de estilo. Es decir, en los términos que nuestra sociedad entiende por trabajar, él nunca trabajó. Nunca cumplió un horario ni fue a una oficina. Vivió lo más alienado que pudo para no caer preso de la normalidad norteamericana. Habría que calibrar el valor de una decisión como ésta, de la que HPL fue víctima más que artífice. Su padre (que murió enajenado) le había dejado una herencia minúscula que él administró con tanto celo a lo largo de su vida que la agotó recién unos meses antes de morir. La única vez que buscó trabajo fue cuando su mujer perdió el suyo —sí, el solitario de Providence estuvo casado un tiempo—. El sueldo de Sonia Green era el único ingreso de la familia. Esto ocurrió unos años antes del mítico crack del ’29. HPL envió cientos de currículums para conseguir empleo. No tuvo ni una entrevista. Aseguraba que le bastaba con que le pagaran 10 dólares a la semana. Pero es posible que escribiera sus cv tal como imaginaba sus ficciones. Cuando se casó fue feliz por un tiempo, el tiempo suficiente como para advertir que eso que creemos felicidad es un subterfugio que nos condena a la normalidad. Y la normalidad es el infierno.

HPL no entendía porque la sociedad elegía la racionalidad periodística y no la alucinación colectiva. Su gran miedo era perder la capacidad de soñar, porque HPL era un oniromano, un adicto al sueño, en los que se basan muchos de sus relatos.

Como corrector le pagaban dos mangos. A HPL le parecía una traición cobrar un sueldo por escribir, escribía esto cada vez que podía. Pero lamentablemente todo ocurría en el siglo XX, no en el XVIII, como le hubiera gustado a él. Corregía los textos que le mandaban con tanto celo que en algunos casos terminaba reescribiendo todo el relato. Acá hay otro desplazamiento de esa figura tan deseada del autor, que conlleva algunos problemas, por ejemplo: ¿dónde termina el corpus de la obra lovecraftiana? Escribió más de 100.000 cartas, algunas a adolescentes. Publicó un periódico durante 8 años. Llevó, también, un diario con ideas sueltas para desarrollar alguna vez. Hoy, hay juegos en red patrocinados con su nombre. En fin, los especialistas no se ponen de acuerdo. Además, se la pasaba quejándose de que su obra estaba mal escrita, y que si alguna vez pensara en recopilarla en un libro, tendría que reescribirla de cero. Como corrector o escritor, cuando no le pagaban lo convenido, que era con lo que sobrevivía, y que era una miseria, no se quejaba, no era digno de un caballero andar lloriqueando por un dólar.

Pero no solo corrigiendo trabajos de otros HPL destruyó la figura del autor, también lo hizo con sus historias y mitos. Entabló algunos vínculos de amistad y creó una descendencia tal como no lo hizo nunca nadie ni antes ni después de él. No solo con August Derleth, que empezó a hacerlo famoso al otro día de haberse muerto, sino con todos los que integraban el Círculo de Lovecraft trabó una filiación única (algunos de los que ingresaron a esa logia apenas si tenían 15 años). A todos esos amigos les inventó seudónimos, varios de ellos fueron personajes en sus relatos, lo mismo que le ocurrió a Ech Pi El (uno de sus sobrenombres) en los relatos de sus amigos. Varios de estos amigos aportaron dioses a la mitología inventada por HPL, o precisaron características para algunos de esos seres que habitan la tierra desde antes que el ser humano apareciera, y que sobrevivirán a su desaparición. Crearon una genealogía. Sumaron antecedentes. Continuaron los mitos que había creado HPL mientras otros inventaron más libros apócrifos, como ya había hecho nuestro autor. De hecho, uno de esos libros apócrifos, el famosísimo y maldito Necronomicón (en griego: Nεκρονομικόv; en árabe; العزيف), escrito en el siglo VII por el árabe loco Abdul Alhazred (otro de los seudónimos de HPL), superó la fantasía de HPL, y se encontró una ficha suya en los archivos de la Biblioteca Nacional, cuando aún no se había mudado de la calle México. De hecho, en los mercados virtuales se puede comprar un ejemplar, por absurdo que suene. Es como hacerse de un mapa de Tlön.

El genio argentino

En verdad, el campo cercado de la literatura supo negarle la entrada a nuestro autor hasta hace poco tiempo, y si cedió, lo hizo porque ya no podía contener y rechazar toda la industria literaria que se había puesto en marcha a lo largo y ancho del siglo XX. Eran productos populares y masivos. En los años 1960-70 era muy difícil seguir negando esos productos. El mercado se ampliaba. Gran parte de sus cuentos, sino todos, habían sido publicados en revistas pulp, como Weird Tales, que hoy son valoradas como objetos preciosos (como capital simbólico y en miles de dólares), pero que en su momento, la década de 1920, daban cabida a esos géneros despreciados como los relatos de terror y la ciencia ficción. El país de Lovecraft tal vez no esté ubicado en el continente de la literatura, sino en el de los fandoms, los juegos en red y la cultura de masas. ¿O esto también es literatura?

Me extendí mucho, pero se me hace necesario aclarar una cosa que atañe a nuestro escritor emblema, el gran Jorge Luis Borges. En su último libro de cuentos: El libro de arena, JLB le dedica un cuento a HPL. Para un lector de JLB esto resulta incomprensible. La adjetivación y las descripciones proliferantes del norteamericano tenían que resultar intolerables para el parco argentino. JLB nombró 7 veces a HPL en toda su vida, 3 por escrito, 4 en entrevistas. Hay contradicciones entre las citas, no se puede saber exactamente qué relatos leyó JLB. Siempre lo nombró (casi) despectivamente. Pero en el prólogo del libro confiesa que “el destino lo obligó” a escribir ese cuento. Encuentro una única razón por la que “el destino” haría algo así: porque una de las genialidades de JLB, sino su mayor genialidad, fue erigirse en Jefe Supremo del campo de las letras mientras al mismo tiempo escribía en diarios masivos y amarillistas, y se aprestaba en cuanta entrevista quisieran hacerle, en la tele, en la radio o en un club de barrio. JLB fue el escritor argentino que mejor construyó su doble perfil en el siglo XX, siendo por un lado el más exclusivo y complejo de los poetas y narradores argentinos, y por otro lado convirtiéndose en el producto de masas más renombrado de nuestra cultura. Como dato de cierre cabría decir que JLB se casó una vez más que HPL.

Tal vez esta traición a la obra y los principios de HPL que lleva adelante HBO sea el mejor tributo, el más fiel, el que cumple con los legados dejados a su pesar por el norteamericano: la distorsión, la amplificación, la falsificación, el fraude, la alucinación. Es posible que la ironía de JLB cuando dijo que los monstruos de HPL son “horribles”, pero no dan miedo, sea insuperable.