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Cultura //// 09.01.2022
La palabra y la acción en las vidas de Rodolfo Walsh y Paco Urondo

En la columna semanal Informe de un día, un recorrido por las obras y acontecimientos de dos grandes intelectuales y militantes argentinos en un nuevo aniversario de sus nacimientos.

Por Inés Busquets |​ Ilustración: Gato Nieva

Para nosotros, Paco, la alegría eran muchas cosas de cada

día; la compañera, el hijo y el nieto, un truco, un verso, una

ginebra. Pero más que nada era una certidumbre

permanente, como una fiebre del día y de la noche que nos

hace creer que vamos a ganar, que el Pueblo va a ganar…

(Rodolfo Walsh, carta a Francisco Urondo, 1976. Publicada en Rodolfo Walsh, los años Montoneros, de Hugo Montero e Ignacio Portela, Sudestada)

 

Rodolfo Walsh nació en Choele Choel, Río Negro el 9 de enero de 1927.

Francisco “Paco” Urondo nació en Santa Fe, el 10 de enero de 1930.

Los dos escritores, intelectuales, poetas, periodistas y militantes. Ambos perseguidos y víctimas de la última dictadura militar.

Paco fue asesinado el 17 de junio de 1976 (su hija Claudia en diciembre del mismo año).

Rodolfo fue asesinado el 25 de marzo de 1977 (su hija, Vicky el 29 de septiembre de 1976).

Rodolfo inició su carrera de escritor con cuentos policiales y su obra cumbre fue Operación Masacre, entre otras obras de no ficción. Además de su participación en Prensa Latina (Cuba), Diario Noticias, fundador de ANCLA, entre otras actividades periodísticas.

Paco era poeta y participaba activamente junto a otros poetas de espacios relacionados. Escribió la novela Los pasos previos, libros de poemas, ensayos, también fue a Cuba con intelectuales argentinos en plena revolución y fue parte de Diario Noticias junto a Rodolfo, Miguel Bonasso, Juan Gelman, Horacio Verbitsky y Alicia Raboy (la última esposa, mamá de Ángela, secuestrada el día de su asesinato y desaparecida).

Rodolfo en la infancia ya discutía con las instituciones desde los dos colegios irlandeses en los que estuvo, mientras asimilaba la crisis agropecuaria del 30 que afectó la economía familiar.

Paco, según cuenta su hermana Beatriz, jugaba a empuñar el arma de juguete y salir a defender a los pobres, a los 18 años se fue de la casa de sus padres para independizarse.

Ambos sentían la injusticia, sus vidas parecían signadas al destino de la época, a una coyuntura que iba en consonancia con los sucesos personales. Los dos desde muy chicos empezaron a vivir la historia en sus cuerpos.

El libro de Editorial Sudestada, Rodolfo Walsh. Los años montoneros de Hugo Montero e Ignacio Portela, cuenta como punto de partida el primer encuentro de ellos (según Lilia Ferreyra) una noche de fines de 1967 cuando Paco visitó el departamento de Rodolfo en la calle Cangallo 1671: “Primero en su pequeño departamento, después cruzando la vereda y compartiendo un café en el viejo bar Politeama de Corrientes y Paraná, Walsh y Urondo se enredaron en una conversación que no podía eludir el influjo de ciertos acontecimientos centrales en la vida política del continente: la muerte reciente del Che en Bolivia, las consecuencias que esa derrota provocaron. La flamante conformación de la Organización Latinoamericana Armada Socialista en La Habana, la gestación de nuevos movimientos rebeldes a lo largo del continente y, sobre todo, la chance de elaborar con paciencia una construcción política de perspectiva revolucionaria en la Argentina , donde todavía imperaba desde 1966 la dictadura militar de Onganía y sus esbirros. ¿Era posible la revolución en Argentina? ¿Cuál debía ser la participación de los intelectuales? ¿Podrían llegar a ser, ellos mismos, militantes revolucionarios?, fueron algunas de las preguntas que sobrevolaron ese encuentro, según la propia Lilia.”

Quisiera encontrar las palabras para definirlos. Divago en determinaciones que escucho, que leo, que investigo. Aun así siento que no alcanza. Pienso en una palabra punctum que los incluya a ambos y me sale compromiso: ¿Con la palabra? ¿Con la vida? ¿Con el pueblo? Tal vez ese compromiso reúna un poco de cada cosa.
Paco y Rodolfo fueron compañeros de organización en un momento determinado. Personas disímiles con distintos puntos de vista en situaciones puntuales pero unidas en la idea, la convicción y sobre todo en este gran dilema del vínculo entre la escritura y la vida. Desafiaron las leyes que separan la obra del artista para encarnizar la palabra y convertirla en acción.
Los dos fueron primero intelectuales, luego militantes, sin embargo tuvieron un destino parecido, lucha, persecución, clandestinidad, pérdidas familiares y muerte en combate.
Ya ante eso todos los detalles que los separan parecen nimiedades.
A la hora de recordarlos son múltiples los matices y las aristas para abordarlos, me quedo acá: en la vida de riesgo, en la combinatoria perfecta entre la palabra y la acción. En las palabras de Paco: “Empuñé un arma porque busco la palabra justa.”
El arte suele ser testigo social de la historia. Las sociedades producen intelectuales de vanguardia que no existiría manera de imitar justamente por eso, porque pertenecen a un momento dado, único e irrepetible. En ese contexto la influencia de la revolución cubana y la expresión popular del peronismo y otras organizaciones en la Argentina dieron sus frutos.

Por su parte, injusticia, la desigualdad y los gobiernos de facto en Latinoamérica incidieron también en la necesidad de ser activo cada uno desde su lugar, oficio o profesión.
El periodismo que aun era solo de oficio dio paso a la manifestación de grandes pensadores que quizá no encontraban la forma de difundir las ideas de un movimiento.
De esta manera, política, periodismo y poesía derribaron los diques para darle cauce a un río caudaloso y desbordante de militantes e intelectuales.

Paco y Rodolfo se encargaron siempre de exponer su postura al respecto, hay ensayos, reflexiones y papeles personales que lo afirman más allá de sus obras. En Veinte años de poesía argentina y otros ensayos de Paco Urondo, de Mansalva y recopilados por Osvaldo Aguirre, Paco reflexiona: “Los hechos históricos que estamos viviendo, y que están siendo bien registrados y expresados por su natural protagonista-el pueblo-, todavía no han sido bien captados por nuestros artistas e intelectuales. No se ha producido todavía una inmersión de estos grupos en la realidad cabal que se vive en el pueblo. Hay trabas, dificultades objetivas, para esta identificación, y solo la práctica, la imaginación y la capacidad creativa de estos artistas e intelectuales irán encontrando los caminos, superando las dificultades, hasta que sean suyas las alegrías y las preocupaciones del pueblo. Pero la superación de estas dificultades objetivas solo puede darse en la medida en que encaren simultáneamente los problemas ideológicos. El individualismo, el descompromiso, toda la sintomatología del liberalismo, estarán sumándose a las dificultades objetivas que intelectuales y artistas tienen para aportar su tarea a la causa del pueblo.” (Crisis, septiembre de 1974)

(Ilustración: Leo Olivera)

Por su parte Rodolfo Walsh expresa, en Ese Hombre y otros papeles personales de Ediciones de la Flor, la importancia del arte para la causa del pueblo: “Un libro no es solamente un producto acabado que se vende a determinado precio, por lo general demasiado caro para que un obrero pueda comprarlo. Un libro es además los efectos que produce, los comentarios que produce. Dentro de las limitaciones que existen para que cualquier obra literaria llegue a la clase obrera, creo que este material tiene una cierta penetración. Basta con que llegue a las cabezas del movimiento obrero, a los dirigentes, a los que tienen responsabilidad de conducción, a los militantes más esclarecidos. Ellos son los vehículos de las ideas contenidas en el libro.” (Entrevista publicada en Siete Días, junio de 1969.)

La palabra como arma

Es vasto e infinito el material para recorrer la vida de estos dos hombres que dieron su vida conscientemente por la causa, en todo poema, prosa, ficción o no ficción subyace el compromiso, lo colectivo, la mirada revolucionaria.

La inalterable decisión de aportar sus oficios en favor del pueblo, son quienes adherían a la idea de que en años agitados había que salir cada uno/una desde su oficio, profesión o lugar de trabajo para salvar al país de la dependencia. Lo escribieron, lo manifestaron, alzaron su voz mientras pudieron, luego desde la clandestinidad pero nunca dudaron, ni sacaron los pies del plato.

Ángela Urondo en el documental La palabra Justa dice: “Mis padres conocían el riesgo pero lo aceptaron, hubieran sido personas indignas si no hubieran sostenido su lucha. Si bien la muerte no es un ejemplo favorable, lo indigno genera hijos mucho más mutilados.” Una sensación única pero que se transfiere a lo que sentimos por ellos como pueblo. Nuestros artistas e intelectuales eligieron el riesgo pero no abandonaron la lucha.

Personas que escribieron hasta último momento y que rescataban sobre todo la alegría de la vida, menciones que aparecen en los textos y en los guiones de cine de Paco Urondo.

Paco dice en una entrevista (Así, 1973): “Después todo lo relacionado con estos últimos años, resulta conocido por todos. El periodismo y la militancia política son para mí las armas que posibilitan mi comunicación con la realidad. Sobre todo la experiencia militante que me ayudó y me ayuda a entender todo este proceso de lucha popular.”

Rodolfo, por su parte, escribe en su diario del 1972: “Todo lo que se escribiera debía sumergirse en el nuevo proceso, y serle útil, contribuir a su avance. Una vez más, el periodismo era aquí el arma adecuada.

Quedaba en pie sin embargo una nostalgia, la posibilidad entrevista de redimir lo literario y ponerlo también al servicio de la revolución. “

Escudriñar en la vida de estas personas refuerza la convicción y el poder de la palabra en todos sus usos. El lenguaje como comunicación, significación y demarcación como dice Julia Kristeva.

¿Cómo pensar un cierre cuando Paco y Rodolfo siempre abren puertas?

Me quedo con unas palabras de Juan Gelman en un prólogo del libro Poemas de Paco que editó para Visor: “Como Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la escritura”.