"La lengua argenmex es una forma de trabajar poéticamente con la migración y la doble pertenencia"
APU entrevistó al escritor mexicano Gerardo Montoya por su nuevo libro Papá Paki publicado por Ediciones Barnacle. También escribió el libro de poemas Teamogrupoclarin y Decálogo para la clase media, entre otros.
AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo nació la idea de escribir Papá Paki? ¿Sentiste que la poesía era tu única forma de procesar un divorcio y la crianza?
Gerardo Montoya: Papá Paki nació, en primer lugar, como un desafío personal de escritura. Me interesaba trabajar con escenas en las que fuera relativamente fácil reconocerse: una separación, un enamoramiento, los vínculos entre padres e hijos, la vida en pareja, la relación con una ciudad y también con uno mismo. Son experiencias singulares, pero también arquetípicas, y permiten que quien lee vuelque algo de su propia historia en la interpretación del texto. En ese sentido, el libro parte de una experiencia íntima —el divorcio, la crianza, la reorganización de la estructura de cuidados—, pero intenta convertirla en una pregunta más amplia sobre la paternidad contemporánea, la fragilidad masculina y las formas de familia que aparecen cuando el imaginario heredado no alcanza.
Pienso la poesía como un espacio de ensayo. Quizá, en otro momento de mi vida, me hubiera gustado desarrollar en el ámbito académico muchas de las preguntas que planteo en mis libros. La poesía me permite hacerlo escapando de la burocracia y de los rituales académicos: puedo proponer una reflexión, una crítica o una hipótesis sin tener que justificarla con citas ni demostrarla por completo. También permite doblar las reglas, improvisar y dejar que durante la escritura aparezca lo no previsto.
Tomo prestada la manera en que la escritora argenmex Martha Mega conceptualiza el poema: musicalidad, metáfora y misterio. Ese último aspecto es el que más me convoca, porque implica renunciar a una parte del control racional. La poesía se parece un poco al jazz: hay una estructura, pero también improvisación, escucha y apertura a lo inesperado. Escribir Papá Paki fue quizás una manera de procesar lo vivido, pero también de descubrir qué aparecía cuando dejaba de intentar explicarlo todo.
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APU:Generalmente hay mucha literatura sobre la maternidad, pero menos sobre el día a día de los padres. ¿Por qué creés que a los hombres todavía les cuesta tanto escribir sobre la crianza real?
GM: Creo que a los varones nos resulta más difícil escribir sobre la crianza real porque venimos de una historia muy larga en la que fuimos socializados como sujetos que no éramos responsables de las prácticas de cuidado. Como consecuencia, muchas veces llegamos a la paternidad con menos palabras para nombrar lo que nos pasa.
También existe muy poco aprendizaje colaborativo entre varones. Las maternidades han construido —por necesidad— redes, dispositivos de acompañamiento y saberes compartidos en torno al cuidado. Entre los padres, en cambio, muchas experiencias permanecen confinadas al ámbito privado, como si hablar de la frustración, del cansancio, del miedo o del desconocimiento implicara exhibir una debilidad. La masculinidad tradicional nos enseña a mostrarnos seguros y autosuficientes.
En el libro hay un poema que se llama «cambiar pañales siendo vato vol. I». Ahí cuento que envidiaba a los bateristas: cuatro miembros independientes moviéndose a la vez, que es más o menos lo que uno aprende cambiando un pañal con una mano mientras con la otra ataja una patada-espasmo que tira a la mierda el celular. Nadie habla claro de la usura que es el comprar pañales.
Al mismo tiempo, creo que estamos en un momento histórico en el que empieza a ser necesario diagramar y poner en palabras las distintas experiencias de las paternidades contemporáneas. Cuidar no es una capacidad genética ni pertenece naturalmente a un género: es una sensibilidad, una práctica y un saber que se aprende con otros y que, cada vez, conserva algo de novedad que resiste. Escribir sobre eso puede ayudar a normalizar los roles de cuidado, para que un padre que cuida no sea considerado excepcional ni admirable por hacer algo que debería estar presente en cualquier vínculo humano. Por eso no se trata solamente de que los hombres escribamos más sobre la paternidad, sino de que aprendamos a cuidar, a pedir ayuda, a compartir nuestras dudas y a construir entre varones un lenguaje para experiencias que en muchos casos siguen permaneciendo en silencio.
APU: Vivís en Buenos Aires, pero sos de México. ¿Cómo conviven esos dos mundos y culturas diversas en tu escritura?
GM: Esos dos mundos conviven en mi escritura a través de una contaminación cruzada. Que la diferencia aparezca, que no quede disimulada. Por eso uso de manera deliberada palabras del lunfardo porteño, expresiones mexicanas y, en particular, cierta jerga del norte de México. En Papá Paki, esa mezcla reúne también elementos del lenguaje digital. No busco unificar esas lenguas ni volverlas completamente transparentes, sino dejar que se rocen, se incomoden y produzcan nuevos sentidos.
El libro incluso termina con un glosario a dos columnas donde "vato" se cruza con "chabón", "chamba" con "laburo", "ahorita" con "vamos viendo". No lo puse como un servicio al lector distraído, sino como evidencia de que hay dos lenguas trabajando al mismo tiempo y de que ninguna gana. Quiero que cada quien encuentre ahí una pequeña ventana hacia otro lugar: una palabra desconocida puede interrumpir la lectura, obligar a hacerse una pregunta o descubrir un significado que modifique el poema. En ese sentido, la lengua argenmex no es solamente un rasgo autobiográfico: es una forma de trabajar poéticamente con la migración, el desarraigo y la doble pertenencia.
No pienso la identidad argenmex como una síntesis cerrada, sino como un puente que hay que seguir construyendo. Me importa poner en valor y abonar el vínculo cultural que existe desde hace mucho tiempo entre México y la Argentina. Pienso que el lugar de mayor impacto positivo que puedo generar está en sostener ese intercambio: hacer que las palabras, los imaginarios y las experiencias de ambos lugares circulen y se transformen mutuamente.
APU: Tu poesía tiene un equilibrio: por momentos es muy triste, pero también hay mucho humor. ¿El humor te sirve como escudo para poder contar las cosas que más duelen?
GM: No pienso el humor tanto como un escudo personal frente a lo que duele, sino como un recurso mnemotécnico. Funciona porque permite producir un impacto emocional en un cuerpo a través de un afecto que no siempre se asocia con la poesía, y con ello procuro generar una relación más cercana con quien lee. El humor puede volver un poema más recordable. También lo uso como el merengue con el que embadurno temas más densos, aunque a veces ese merengue lleve vidrio molido.
También me interesa que el humor desacomode, desencaje. A veces una imagen absurda, una exageración o un cambio inesperado de tono permiten mirar una experiencia conocida bajo otra luz. Al final, somos olvido.
APU: Los hombres necesitamos equilibrar nuestra parte masculina —la fuerza, poner límites— con nuestra parte femenina —la ternura, la vulnerabilidad— para sanar los conflictos familiares. Tu libro muestra a un padre que extraña y sufre la distancia, pero que a la vez se anima a cuidar y mostrarse sensible. ¿Escribir Papá Paki te ayudó a equilibrar esas dos partes y encontrar una nueva forma de ser hombre y padre?
GM: Sí, aunque no sé si lo pensaría exactamente como un equilibrio entre una parte masculina y otra femenina. Esa repartición me resulta estrecha: presupone que cuidar es femenino, y lo que el libro intenta es justamente discutir ese reparto. Me interesa más pensar Papá Paki como una exploración de todo aquello que los varones también podemos aprender a hacer: cuidar, mostrarnos vulnerables, pedir ayuda, tolerar el no saber y corrernos del centro para que otra personita tenga un lugar material y simbólico en el cual aparecer.
La paternidad me enseñó, sobre todo, a dar sin esperar necesariamente algo a cambio. Antes era una persona mucho más egoísta. Risas pregrabadas. Darle lugar a un otro implica restarle tiempo y protagonismo al yo, algo que puede resultar contraintuitivo para los varones porque somos socializados bajo la idea de que debemos tener las respuestas, representar la razón o hacer que el mundo gire alrededor de nuestro ombligo.
Escribí también para acercarme con mayor empatía a las maternidades y a quienes históricamente han sostenido las tareas de cuidado, y para intentar establecer un vínculo con otros vatos que cuidan o que quieren aprender a hacerlo. La crianza en soledad puede volverse muy difícil de sostener, independientemente del amor que uno sienta por sus hijos. Para cuidar bien se necesitan otros que sostengan, y un lenguaje compartido.
Papá Paki fue, sobre todo, un intento de registrar una experiencia que imagino poco narrada: la de una paternidad que no se define únicamente por poner límites, proteger o proveer, sino también por escuchar, acompañar, hacerse a un lado y reconocer su propia fragilidad.