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Cultura //// 09.05.2021
Hipocresía e indiferencia: la clase media en pandemia

Dani Mundo reflexiona sobre la crisis social y el impacto de la virtualidad en los comportamientos humanos, a su vez no deja de imaginar un mundo posible donde predominen la tolerancia, la solidaridad y la justicia.

Por Dani Mundo |​ Ilustración: Gabriela Canteros

A veces tengo pensamientos que no me gustan, pensamientos realmente malos, pero no porque no me gusten esos pensamientos dejan de iluminar lo que iluminan con su luz negra.

Estos pensamientos me hacen creer que nuestra sociedad es justa, generosa y tolerante, con intelectuales reflexivos que dudan de sus certezas, con políticos y empresarios solidarios que donan su sueldo para mitigar algo de la miseria y el hambre que nos flagela.

Los famosos viven como cualquier otro mortal, caminan por las calles y nadie les da bola.

Los que manejan automóviles son mirados con muy mala cara por el daño ecológico que están provocando. Nos movilizamos al ritmo de la bicicleta.

Se inventó una nueva disciplina científica que trata los casos patológicos de conexión a la red. Basta desear un mensaje para que estos científicos de vanguardia lo detecten y procedan a ayudar al teleusuario para resocializarse en la presencialidad. Ese problema se funda básicamente en los afectos.

Las noticias en la tele convocan a realizar trabajos comunitarios donde la ciudad más lo necesita.

En este universo generoso los países están hermanados y pujan por la prosperidad de todos, con una justicia global e implacable que castiga sin piedad a los que dificultan esta prosperidad.

La gente es razonable y lo que más le gusta es poner en cuestión sus creencias más profundas.

El amor es libre, es decir, no hay vínculos de propiedad o exclusividad. Las personas son amables y felices cuando perciben que a otros les va bien.

Todos los que actúan de buena fe son recompensados por el amor de sus conciudadanos.

Gente tolerante y solidaria que le da tanta bronca la injusticia flagrante que atraviesa nuestra epidermis social como una herida abierta, sale a la calle a solidarizarse con los que se mueren realmente de hambre, y todos juntos rompemos todo, destrozamos los autos relucientes, destrozamos las brillantes vidrieras, acabamos con una forma de vida que ya no se banca más.

Porque no se banca más.

Pero estamos en pandemia. Estamos casi en cuarentena. Este tipo de vínculos fraternos se virtualizan. Es una macana, porque de otro modo seguro que entre todos y todas sacábamos a este Titanic del fondo del pantano en el que nos hundimos.

Pero lo que hizo esta maldita pandemia fue naturalizar ciertos comportamientos que nadie debería naturalizar. Abro mis redes y encuentro gente que se desgarra las vestiduras por lo que miró hace un rato en la tele, o por lo que dijo el opositor político al que odia visceralmente, o se pone inconscientemente alegre por lo que le gritó el animador radial con el que siente empatía, y que sin que lo sepa es el que le ordena lo que debe pensar.

Cada uno de nosotros cree que sus pensamientos y sus arraigadas creencias nacen del corazón de su cerebro autónomo.

No por nada Nerón se hizo famoso con el gestito de levantar o bajar el pulgar: no hay matices.

¿Para qué queremos matices si los matices dificultan el juicio y problematizan todo? Es lamentable que nuestra sociedad esté tan sorda que necesite intelectuales que argumenten a los gritos para que se nos quede fijada la idea de lo que es el bien y lo que es el mal.

Tenemos otros periodistas más cool que rechazan los gritos por considerarlos actos pre-civilizados, y que tienen una audiencia que en cuanto escucha las palabras “violencia”, “corrupción” o “enriquecimiento ilícito”, entra en estado catatónico.

Nosotros y nuestros enemigos, cada uno a su manera y con su jerga, vivimos protegidos de las palabras envenenadas que emite el otro. Esto no significa que mi enemigo sea bueno, como podría creer un cerebro autónomo que invierte mecánicamente cualquier argumento. Nadie lo es.

Es lamentable que la pandemia haya creado un vínculo en el que estamos obligatoriamente aislados y virtualmente conectados todo el tiempo.

Sin quererlo, los clase-media sufrimos en carne viva las trompadas que están noqueando a nuestra sociedad, pero sobre todo nos volvimos espectadores involuntarios y entusiastas de la catástrofe social, económica y psíquica que están atravesando los más desguarnecidos y maltratados.

A este estado de cosas calamitosas hay que sumarle la desinformación profunda que vivimos al estar sobre informados como estamos.

Lo peor es la soledad devastante que atraviesa como un rayo helado la estructura familiar.

Tal vez no estamos ni social ni individualmente preparados para encarar el encierro, la soledad, el aburrimiento y la angustia ante la muerte. No por nada el informativo de las 20 lee la cantidad de muertos y contagiados como si se trata de la lotería nacional: nadie se hace cargo (salvo los que sufren, que no pueden hacerse cargo de nada porque sufren).

¿Y por qué nos haríamos cargo?

¿De qué deberíamos hacernos cargo?

¿Qué tenemos que ver nosotros con la realidad?