¿El fin de la literatura?: reseña de "Última fila", de Daniel Böhm
¿Para qué sirve la literatura? No somos los primeros que nos formulamos semejante pregunta —aunque tal vez (¿por qué no?) seamos de los últimos. Ahora me explico.
Última fila (Paradiso), de Daniel Böhm, es un libro de cuentos. Y es literatura en el sentido que a mí me gusta darle a esta palabra borgeana.
¿Para qué sirve la literatura?
La literatura sirve para que en las tardes ardientes del verano, en vacaciones, el tiempo pase más amablemente.
La literatura sirve para que especialistas en muchas disciplinas (letras ((no me atrevo a llamarlos críticos literarios, como se hacía en mi juventud)), sociología, psicología, filosofía, etc.) la investiguen y estudien y lleguen a conclusiones muy importantes —para ellos.
Sirve para que militantes de otras épocas la utilicen como un arma para derrocar al capitalismo u otros totalitarismos existentes.
Sirve para engalanar nuestra casa con imponentes bibliotecas.
Pero para mí la respuesta es otra. Para mí la literatura, para ser literatura, no tiene que servir para nada. Convertir a la literatura en una fuente de información o de entretenimiento convierte a ese lector en un filisteo que pretende sacar ganancia hasta de los actos más gratuitos e inútiles que existen –el filisteo es peor que el abogado o el psicoanalista, y eso que estos personajes son bastante siniestros en sí mismos.
Leer es un lujo.
Leer no debería servir para algo.
Y esta es la extraña sensación que me embargó cuando terminé los veintiún cuentos que conforman este libro, que se lee en una tarde.
En una sociedad dominada por la electricidad y la velocidad demorarse en unos cuentos breves que no provocan ninguna enseñanza ni dejan moraleja, pero generan intriga, es una gran victoria contra el utilitarismo reinante.
Una victoria en rescate de la inutilidad y de ese estúpido placer que nos lleva a perdernos en historias de otras y otros que, según creen los lectores literales, nunca tuvieron vida.
Un escritor no puede colaborar de ninguna manera a que esta sociedad se reproduzca, porque es una sociedad que ni siquiera sabe cómo leer, ni siquiera tiene tiempo para leer a un autor. Ah, no hay más autores, hay pymes auto-gestionadas.
Buenas y malas.
Acá estamos ante una de las buenas.
Cuando leí los cuentos me quedó la impresión de que en los relatos se tramitaba algo de la sexualidad y del género del narrador: un bailarín que transmuta en bailarina, un padre húngaro que vuelve a su tierra y cambia de género, hombres que escapan a la madrugada de la casa de su amiga, etc.
Ahora bien, en la novela que Böhm publicó en 2019, Fuera de cuadro (Cienvolando), nos enteramos de que el narrador se iba a llamar Daniela: por esas cosas de las cábalas los padres se decían que había que nombrarlo como mujer —y habían comprado toda la ropita para una beba— porque de ese modo lograrían que nazca hombre, que era lo que querían. El primogénito. Se terminó llamando Daniel el protagonista.
En esa novela también hay una pista sobre el estilo de su escritura. Se refiere a los cuentos que contaba su madre: “Eran relatos simples, casi en la región del chisme, pequeñas o grandes desventuras protagonizadas por ella o por personas conocidas … Heredé de mi madre su manera de contar”.
Cuentos inútiles, chismes, habladurías, literatura.