María Luisa Bemberg: una mirada feminista del cine argentino
La columna mensual de cine en "Enfurecida y Tranquila", programa de APU en FM La Patriada (domingos de 9 a 11 h), se centró en el repaso y análisis de la filmografía de María Luisa Bemberg. Nacida el 14 de abril de 1922 en el seno de una familia de clase alta (propietaria de la Cervecería Quilmes, entre otras empresas), fue directora de cine, guionista y una activista feminista empedernida: fue una de las fundadoras de la Unión Feminista Argentina. Su formación estuvo marcada por el cine de Ingmar Bergman, la nouvelle vague, y la literatura de Julio Cortázar, entre otras influencias de la época.
Inició su carrera en el mundo del espectáculo como empresaria teatral: fundó el Teatro del Globo junto a Catalina Wolf. En esos años se volvió guionista y escribió los guiones de dos películas que se hicieron muy famosas, dirigidas por varones: Crónica de una señora (1971), por Raúl de la Torre, basada en una obra de teatro escrita por ella misma, y Triángulo de cuatro, con dirección de Fernando Ayala. Ese fue un punto de inflexión. Empezó a sentir que la mirada feminista que quería imprimirles a esas historias se diluía en el proceso y fue entonces cuando decidió que su lugar no era solo escribir, sino también dirigir.
Antes de dirigir, fundó junto a Lita Stantic —otra figura clave del cine argentino— la productora GEA Cinematografía, que con el tiempo pasó a llamarse Lita Stantic Producciones, y que trabajó con directores como Adolfo Aristarain, Alejandro Doria, Pablo Trapero, Israel Adrián Caetano, Diego Lerman y, más adelante, Lucrecia Martel.
Bemberg estuvo casada con el arquitecto Carlos Miguens, con quien vivió en España y en Francia y tuvo cuatro hijos. Para cuando dirigió su primera película ya tenía 59 años, cuatro hijos y seis nietos. Sobre esa etapa de su vida dijo alguna vez: “Hay que tener hijos para saber que no nos bastan”.
Su ópera prima fue Momentos (1981), la historia de una mujer que siente que su vida —el matrimonio, la maternidad, las expectativas cumplidas— no la satisface del todo. Sobre el estreno, consciente del lugar incómodo que ocupaba como una de las pocas directoras del país, señaló: “Sabía que si mi película salía mal no iban a decir ‘qué bestia la Bemberg’, sino ‘¿no ven que las mujeres no sirven para hacer cine?’, y ahí caían millones de mujeres inocentes”. En total, a lo largo de su carrera dirigió seis largometrajes.
En 1965, Bemberg y Miguens se separaron. Ella solía decir que había dejado de ser “la señora de Miguens” para convertirse en “la señora de nadie”, frase que dio título a su segunda película, estrenada en 1982. Señora de nadie está protagonizada por Luisina Brando y narra la historia de una mujer que descubre la infidelidad prolongada de su marido y decide, a partir de ahí, ser la señora de nadie. La película también incluye uno de los papeles más recordados de Julio Chávez, en el rol del amigo homosexual de la protagonista.
Con dos películas centradas en mujeres en crisis con la pareja y el matrimonio, buena parte de la crítica cinematográfica de la época concluyó que Bemberg no creía en el amor. Fue Lita Stantic, su socia, quien le hizo notar esa lectura y la desafió a filmar una historia de amor. La respuesta fue Camila (1984), basada en el romance real entre Camila O’Gorman, una joven de clase alta, y el sacerdote Ladislao Gutiérrez, perseguidos y fusilados durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Bemberg dirigió y coescribió el guion, y convocó a Susú Pecoraro y al actor español Imanol Arias para los papeles protagónicos. La película, filmada con altísima producción para los estándares del cine nacional de la época, fue vista por unos tres millones de espectadores y coincidió con el clima de entusiasmo por el regreso de la democracia. De las ocho películas argentinas que fueron nominadas al Oscar a mejor película extranjera, Camila es la única dirigida por una mujer.
En 1990, Bemberg estrenó Yo, la peor de todas, que se aleja del universo argentino para narrar la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana que en el siglo XVII ingresó a un convento porque esa era, en la práctica, la única vía que tenía una mujer para acceder a los libros y dedicarse al conocimiento. Tanto Camila como Sor Juana son mujeres con un relato histórico oficial construido, en general, sin una mirada feminista y, en este sentido, Bemberg llegó a decir que “Camila pierde la vida como Sor Juana pierde su espíritu: no la queman a ella, pero le queman las alas”. La película, que contó con Félix Monti como director de fotografía, buscó imitar el lenguaje pictórico de la época a través de un uso marcado de claroscuros.
Antes de sus seis largometrajes, Bemberg realizó dos cortometrajes que hoy son mucho menos vistos. El primero lo filmó en 1972, cuando logró entrar con una cámara y un camarógrafo a La Rural, a una convención de venta de artículos para la mujer: Femimundo. Tomó imágenes de esa exposición y las editó junto a Miguel Pérez. A través del montaje, cuenta con imágenes y sonido cómo las mujeres están todo el tiempo bombardeadas para cumplir un único mandato, hay referencias constantes a todo lo que se vendía alrededor de la belleza. Para narrarlo, Bemberg intercala fragmentos del cuento de Cenicienta con pasajes de notas de la revista Para Ti que proponían cómo conseguir un hombre y mantenerlo. Una de las escenas más irónicas muestra a un grupo numeroso de mujeres en La Rural, billetera en mano, comprando una y otra vez, a la vez que otras mujeres, presentadas como objetos, son utilizada para promocionar distintos productos. El material sorprende, sobre todo, por su vigencia, ya que tiene un tono que podría pensarse casi de internet, por la manera en que contrasta lo que se le exige a una mujer con la presión que ese mandato termina ejerciendo sobre ella.
El segundo corto, Juguetes (1978), fue filmado también en una exposición de La Rural. Allí entrevistó a niños y niñas de entre 9 y 10 años sobre las conductas impuestas por los juguetes: mientras ellas soñaban con ser maestras o enfermeras, ellos querían ser técnicos, pilotos o policías. El corto cierra con una escena de su nieta Bárbara, a quien le pregunta qué quiere ser de grande. La respuesta de la nena —que se saca un saco y muestra una remera con su propio nombre— es contundente: Bárbara quiere ser, simplemente, Bárbara.
Sobre su trabajo Bemberg dijo alguna vez: “Hice una introducción acerca de la manera en la que yo podía, de alguna forma, intentar modificar la conciencia colectiva de mi país” y también: “El día que tomé la decisión de ponerme detrás de la cámara no era para agradar, sino para convencer”.