El futuro ya pasó: IA, estética y placer
Acabo de leer un libro que no puedo asegurar que sea bueno, pero tampoco puedo asegurar que sea malo, ni que sea las dos cosas o ninguna. Debería preguntarle a mi IA. Se llama Estética artificial. IA generativa, arte y medios visuales (Akal) —yo hubiera puesto “medios audio-visuales”, ya que no solo se ocupa de videos sino también de música, pero bueno. Lo escribieron Emanuele Arielli y Lev Manovich (leí un par de libros de Manovich y me gustaron).
El libro se publicó el año pasado y fue escrito entre 2023-24. Estas fechas son importantes porque cualquier cosa que se diga sobre la IA tiene una fecha de vencimiento acelerada. Este libro aún parece actual, aunque algunas de sus problematizaciones, para nosotros, sean antiguas y no tengan sentido.
Hipotetizar lo que ocurrirá con la IA es casi tan útil como debatir sobre el sexo de los ángeles, que supo organizar bibliotecas enteras. Lo único que sabemos es que no sabemos la deriva que tomará la IA —como tampoco sabemos la deriva de nuestra propia vida. Si me fuerzan, diría que hay una única posibilidad de atisbar algo de lo que ocurrirá, y es a partir de los datos que producimos y de su análisis probabilístico. Nadie ni nada mejor para llevar a cabo esa tarea que la misma IA. O sea…
Lo que está muy bueno en el libro es la cantidad de información sobre aplicaciones que hay, y la profundidad de su estudio —de hecho, Manovich confiesa que las usa en su perfil de artista, y exhibe varias de sus obras.
Si tuviera que sintetizar en un enunciado todo lo que se plantea y discute minuciosamente en el libro escribiría esto: cada vez se hace más complejo discriminar qué hacemos los humanos y qué hacen las IA. El embrollo es tal que pareciera que solo una IA tiene posibilidades de realizar esta discriminación.
El tema central, como anuncia el título, es la estética artificial. Para Arielli la estética “hace referencia a experiencias placenteras mediadas por nuestros sentidos”. Es una definición estrecha, pero en líneas generales, correcta —habría que preguntarse qué significan palabras como “experiencias placenteras”, placer, “mediadas”, “nuestros sentidos”; cada una de ellas tiene una significación densa.
Cita innumerables cuadros, canciones y novelas producidas o creadas por IA+humanos (o al revés), y se pregunta sobre la cuestión peliaguda de la intención o la intencionalidad en el acto creador, etc. ¿Es obra humana? ¿(No) es obra humana? La discusión está por llegar a un empate técnico.
Sobre lo que se interroga muy al pasar es sobre lo único que todavía podemos asegurar algo sin pedirle interpretación a una IA, y es precisamente el placer que lo embarga al oyente, espectador o lector de una obra —aunque es probable que en la actualidad ese placer intransferible esté muy condicionado por algún tipo de algoritmo.
En esta línea de pensamiento, nos podríamos desviar del objeto que estudian estos autores, que es la obra de arte, para interrogarnos sobre lo que podría ocurrir más acá de ella, por ejemplo en géneros menores y despreciados cuya función principal es producir placer, como el porno, por ejemplo. El porno, el terror, un mundial de fútbol, etc., lo que persiguen es producir placer por el placer mismo —el sufrimiento, ya sabemos, es una forma de placer.
Del “arte por el arte” pasamos al placer por el mismo placer. De la práctica de exhibición a la experiencia inmersiva de consumo. De la distancia inefable, por más cerca que se esté, a la inmediatez más cercana, por más lejos que virtualmente se encuentre.
Pocos géneros se ocupan tanto del placer como el porno. Imaginemos una sociedad en la que la IA podrá representar literal y materialmente los deseos masivos de sus individuos hasta el punto de que no se pueda diferenciar si lo representado existe por sí mismo o es solo una proyección de nuestra fantasía más íntima. El problema radica en lo que deseamos, no en la potencia de la IA.
La espectacularización del sexo cruzada con la virtualización de los placeres a demanda da una imagen de futuro que ninguna mente hasta ahora vislumbró, una sociedad entregada al hedonismo compulsivo entremezclado con un individualismo total.
Cada clase social con sus miserias y sus placeres. Incluso esas clases distintas y enfrentadas terminan con-fundidas en la virtualidad de los gustos, en los deseos mediados, en los placeres concretos, reales y virtuales, que la IA producirá respondiendo a nuestras fantasías y nuestros gustos.