Kandinsky: mirar un cuadro es enfrentar un ser autónomo
La historia de las vanguardias visuales del siglo xx
es la lucha contra la obsolescencia tecnológica.
Eric Hobsbwan
Muchos pintores son pintores eximios, pero al fin y al cabo son nada más (ni nada menos) que eso, grandes pintores, pero hay otros pintores que además de pintar, piensan, son pensadores inigualables que reflexionan con colores y formas como los filósofos lo hacen con palabras y silencios: Rembrandt, Leonardo, Van Gogh, Kandinsky son algunos de ellos.
Este fanzine que ni siquiera es un fanzine lo hice porque quería que ustedes puedan apreciar la evolución del pensamiento de Kandinsky durante una década, hasta llegar al año 1913, que es el año fundamental en su pensamiento. El año clave. Si el año clave de Heidegger es 1927, año en el que escribe Ser y Tiempo y descubre la “diferencia ontológica”, el de Kandinsky es 1913, año en el que consuma su aporte abstracto a la pintura.
El pensamiento destruye cualquier representación (el concepto destrucción lo utilizan tanto Kandinsky como Heidegger, vale aclarar que de él proviene la famosa deconstrucción derridiana), solo quedan los colores, las formas vaporosas, un dinamismo desenfrenado y sus efectos anímicos: el “contenido” no es una “cosa”, es un afecto. Una “vibración del alma”, en palabras de Kandinsky.
El artista, el cuadro y el espectador son médiums de un mensaje que los atraviesa y que nunca terminan de apresar, aunque se conviertan ello. La verdad gira de la absoluta certeza a la incertidumbre radical.
No hay más historia, no hay representación, hay nada, pero esta nada está hecha de formas y colores que son seres que existen autónomamente pero que solo asumen significación cuando afectan a un espectador. No depende del espectador ser o no ser afectado.
Cuando comienza el siglo XX y los experimentos pictóricos se van emancipando de la obligación de reproducir lo que se ve, digamos: la realidad, en ese momento los pintores se arrogan la exclusividad en el uso y la investigación del color, desde los impresionistas hasta los fauvistas y más allá. Es (otro) comienzo del fin de la metafísica que comenzó con Nietzsche y llevó a Heidegger. La puesta en cuestión de los paradigmas griegos.
Un color —un color siempre está situado entre otros colores, no hay colores puros, porque todo color está influenciado por su contexto. Lo que sí hay es pintura pura, que es la pintura crítica, parangonable quizá con la razón pura kantiana.
El artista, el cuadro y el espectador son médiums de un mensaje que los atraviesa y que nunca terminan de apresar, aunque se conviertan ello.
Una forma —en Kandinsky hay un equívoco con respecto a la definición de forma, a veces da la sensación de que se refiere a las formas que organizan los colores, otras veces pareciera remitirse a la materialidad del medio pictórico —el mismo equívoco vamos a encontrar medio siglo más tarde en la obra del mediólogo Marshall McLuhan —hay que tener en cuenta que cuando Kandinsky piensa y escribe esto en Rusia nacía el gran movimiento del formalismo ruso.
Una vida pensada es una forma de vida, una vida formada de alguna manera.
No es que en ese año, 1913, se le haya ocurrido a Kandinsky una idea que no había tenido nunca, pero de alguna manera pudo descubrir lo que venía pensando y logró consumar en la tela lo que sería su aporte singular tanto para la pintura como para el pensamiento por venir.
En ese año, 1913, publicó, además, Mirada Retrospectiva, tuvo su primera muestra individual en Europa y también el primer debate acalorado sobre su obra, se expusieron por primera vez algunos cuadros suyos junto con otros genios modernos en Nueva York, en el Armony Show, y llegó al pico del develamiento del medio pictórico, inventando nada más y nada menos que un modo de ser de la abstracción pictórica —la abstracción en pintura tenía diferentes vertientes en aquellos años, Delaunay, Mondrian, Malevich, entre otros ejemplos. Los especialistas la llamaron “abstracción lírica”.
Pero lo más importante es que Kandinsky inauguró un modo de pensar inédito en el medio de la catástrofe que ya era Europa, un pensamiento postmetafísico donde el Ser ya no se opone a la Nada, sino donde Nada y Ser se fusionan, se con-funden, se complementan e inventan una nueva forma de pensar post-sustancialista, anti-identitaria, relacional. Usando una fórmula borgeana podríamos decir que el gran filósofo del siglo pasado, el controvertido Martin Heidegger, fue un precursor de Kandinsky, que había pensado todo, o casi todo, una década antes.
La cuestión es que Kandinsky no fue leído ni entendido, y cuanto más famoso se hizo, más difícil se volvió entenderlo, como si el mensaje de un pintor que combatió a las élites culturales solo pudiera ser comprendido por un grupo minúsculo de iniciados. Como si nuestra “alma” se hubiera atrofiado y estuviera incapacitada de vibrar.
La marca del fracaso de las vanguardias en general y de Kandinsky en singular reside en la incapacidad de apreciar y disfrutar sus pinturas sin una explicación lingüística, ellos justamente que pretendían acabar con la primacía de la racionalidad figurativa y la hegemonía del lenguaje verbal.
Por otro lado, lo que para ellos era el gran enemigo, lo que le imputaban sus críticos: el ornamento y lo decorativo, se terminó imponiendo, arrasando lo sensible y afectivo, el misterio y lo inconsciente.
La dificultad de su pensamiento, o mejor: su imposibilidad, es quizás su mayor victoria.