fbpx El empujoncito
Cultura //// 28.11.2013
El empujoncito

Segunda entrega de la sección Relatos sobre la marcha, escritas por Daniel Kaminszczik, que recupera “momentos y situaciones de aquel amanecer truncado”.

 

La década del 70, con su épica revolucionaria aplastada a sangre y fuego por el peso del terrorismo de estado y su saldo de 30.000 ausencias cuyo duelo aún no termina de ser elaborado, ocupan, más allá de toda discusión, crítica o autocrítica, una página emblemática en la historia de la larga marcha del pueblo argentino hacia la liberación. Estas crónicas buscan retratar momentos y situaciones de aquel amanecer truncado que permanecen, celosamente atesorados, en la memoria de sus protagonistas.

El empujoncito

“…El día o la noche en que por fin lleguemos

habrá sin duda que quemar las naves

así nadie tendrá riesgo ni tentación de volver…”

Mario Benedetti

La noche había caído de golpe, casi sin que se dieran cuenta, mientras ajustaban los últimos detalles de la operación. Federico, un sanjuanino que apenas superaba el metro sesenta, comandaba el grupo. Con voz calma y pausada repasaba una y otra vez el plan que era seguido atentamente por los demás compañeros.

Había sido una semana de marchas y contramarchas debido a las dificultades que se presentaban a cada paso en la organización de la acción pero, finalmente, Miguel consiguió el permanganato y el aluminio para el armado de las granadas que se utilizarían en caso de ser perseguidos por el enemigo. El rusito Roberto, un militante de la Juventud Peronista descolgado de su estructura en Capital, armó y fotocopió en su librería, que a la vez era el cuartel de operaciones, el volante que habría de quedar sembrado en el lugar y, a través de su amiga Mariana, una militante montonera de la columna sur, garantizó los “fierros” que faltaban, ya que el Ejército Revolucionario del Pueblo sólo había aportado una Colt 45 apenas operativa, una 38 Smith & Wesson y un puñado de municiones para ambas.

Por último, Koke, hijo de un matrimonio de floricultores japoneses, confirmó por teléfono la camioneta que garantizaría el plan de fuga. Rafi, que tenía familiares cerca del objetivo, se encargaría, desde la vereda de enfrente, de tomar las fotos que luego serían publicadas en la “Juventud Rebelde”.

Todo estaba listo y era la hora de partir. El objetivo del grupo era la concesionaria Chrysler de camiones de San Fernando. El objetivo del partido era distraer la atención de las fuerzas regulares para sacar del país a gente de la zona en peligro de ser “chupada” por los “grupos de tareas” de la dictadura.

Rafi partió con un Fiat 600 de su propiedad antes que los demás para tomar posición cerca del lugar en cuestión. Federico, Miguel y el rusito cargaron las incendiarias, las granadas y los volantes en un Renault 4 color habano que había sido “levantado” esa misma tarde en Avellaneda y arrancaron unos minutos después rumbo a la estación Virreyes del Mitre.

El viaje transcurrió en absoluto silencio. Era el bautismo de fuego de todos y cada uno de ellos aunque Roberto ya había participado en algunos actos de distracción con “paquetes” de Gamexane y cajas panfleteras; como también de guardias armadas en el local de la “orga” de la calle Chile antes del pase a la clandestinidad. No obstante, era el más preocupado por el éxito de la operación. No le gustaban las cosas resueltas a último momento e insistía en que el permanganato estaba húmedo y que las mechas eran demasiado lentas para usar en fuga. De todos modos se votó y Federico logró imponer que se siguiera adelante con un argumento irrebatible: la vida de los compañeros estaba por encima de toda otra consideración.

Unas cuadras antes de la estación abandonaron el Renault 4 y con los bolsos al hombro y las armas en la cintura, emprendieron la marcha hacia la parada de taxis. Los “fierros” se habían repartido por orden jerárquico. Federico  portaba una Browning 9 mm, Miguel la 38 y el rusito la Colt 45, Koke se había llevado una Browning 7.65 y Rafi una 6.35 que ocultaba dentro de una de sus botas de media caña.

El único taxi en la parada era, paradójicamente, un Valiant 4 blanco conducido por un hombre de unos cuarenta años con cara de pocos amigos. Subieron los tres en el asiento trasero y le indicaron una dirección en Carupá. Una vez alejados de la estación, Federico deslizó su mano con la 9 mm por el respaldo del asiento delantero y dijo: “Disculpá hermanito, somos el Ejercito Revolucionario del Pueblo y necesitamos el auto”. La respuesta del “tachero” los dejó con la boca abierta de asombro: “Era hora hermano...años esperando que aparezcan...díganme que hago.” Detuvieron el auto junto a un terreno baldío y se despidieron del chofer con el puño izquierdo en alto y con la  recomendación de este último: “Ojo que a veces se traba la segunda...pasala despacio.”

El rusito tomó el volante y comenzó la marcha al tiempo que Federico y Miguel sacaban de los bolsos las “incendiarias”, las granadas y los volantes. La concesionaria era un local monstruoso con frente a la Avenida del Libertador y en su interior se podían ver los camiones de todo porte allí expuestos. Una vez detenido el Valiant junto a la puerta principal, Federico y Miguel descendieron del mismo y arrojaron las botellas incendiarias que atravesaron limpiamente las vidrieras de Blindex por efecto del doble golpe producido por el vidrio primero y por la mezcla incendiaria después y Roberto sin detener el motor y parado junto a la puerta del auto arrojó los volantes al aire al tiempo que el flash de Rafi destellaba desde la vereda opuesta.

Fue en ese preciso instante cuando vio llegar a los dos patrulleros de la bonaerense que se detuvieron a unos cincuenta metros de ellos y de los que bajaron ocho policías vestidos de fajina y armados con escopetas Itaka y ametralladoras PAM. El rusito, casi sin pensar, tomó de su cintura la obsoleta Colt y suplicando en su interior: “por favor, funcioná” disparó al aire parapetado detrás de la puerta del Valiant. El tiro atronó partiendo al medio el silencio de la medianoche y los ocho policías al unísono se arrojaron cuerpo a tierra lo cual les dio tiempo a los tres milicianos de subir al auto y emprender la fuga por la transversal que desembocaba en una plaza donde Koke debía esperar con la camioneta.

La calle era un plano inclinado ascendente muy empinado y Roberto puso la segunda y aceleró. No habían recorrido aún cincuenta metros cuando, al intentar cambiar de velocidad, la caja de cambios se trabó y, en la desesperación del momento, el motor se detuvo. Bajaron del auto y mientras sus dos compañeros disparaban a los policías que recién asomaban calle abajo, Roberto encendió las mechas de las granadas de pólvora y bulones, comprimidos en tarros de aluminio y las dejó rodar por el asfalto hacia la posición de los “patas negras” que, de inmediato, se refugiaron detrás de las ochavas permitiendo al grupo emprender la carrera rumbo a la plaza. Las granadas, tal como el rusito temía, jamás explotaron pero aportaron el tiempo necesario para la fuga.

Al llegar a la plaza, la expresión de terror fue una en los tres rostros. La camioneta no estaba. No tardó más que unos segundos en aparecer pero para ellos fue una eternidad. Koke abrió la puerta trasera y tomando con ambas manos una pila de “bonsái”, tiró con fuerza hacia afuera y la caja de la camioneta dejó ver un hueco preparado entre las pequeñas macetas en cuyo centro descansaba un F.A.P. montado sobre un trípode fijado al piso de la caja. Allí se acomodaron, Federico y Miguel a ambos lados y Roberto en el centro detrás de la ametralladora.

Koke volvió a colocar en su lugar la falsa carga  y tras cerrar la puerta puso rumbo hacia la Autopista Panamericana a velocidad de paseo haciendo gala de una sangre fría propia de su raza. Rafi, aprovechando la confusión, ya había abordado la “bolita” y había desaparecido del lugar con el rollo colmado de fotos.

El grupo en la camioneta no la estaba pasando nada bien. No terminaban de entender por qué la persecución policial no había continuado y temían lo peor: que hubieran pedido apoyo a las fuerzas armadas. De pronto, la camioneta se detuvo, se escuchó un portazo y a continuación unas voces. No se entendía lo que hablaban pero, ante la duda, el rusito echó mano de la “pesada” que apuntaba a la puerta trasera mientras Federico y Miguel recargaban las armas de puño. Un nuevo portazo y el arranque del motor los tranquilizaron.

Trataban de calcular su ubicación de acuerdo al tiempo transcurrido. La idea era tomar la Panamericana hacia el norte y retomar en el segundo puente poniendo rumbo a la Capital para, en caso de ser detenidos por algún control, no despertar mayores sospechas. En eso estaban cuando se percataron de que el motor hacía fuerza como si estuviera empujando a otro vehículo de porte bastante grande a juzgar por el esfuerzo. Apenas después la camioneta continuaba su marcha normalmente.

Una vez cruzada la avenida General Paz, Koke se detuvo y abrió la puerta. Descendieron dejando los “fierros” en el “embute” y tomaron un taxi con rumbo al bar “El Cóndor” de Caballito donde Rafi los debía estar esperando y al que se dirigiría el “japo” una vez que se deshiciera del vehículo y “encanutara” las armas.

Pese al frío de la noche, abrieron las tres ventanillas lo cual provocó un gesto de disgusto en el taxista que, de todos modos no se atrevió a decir nada.

Al llegar al bar vieron el Fiat estacionado junto al parque Rivadavia y a Rafi sentado junto a una  ventana revolviendo un café con una sonrisa en el rostro.

Pidieron café para todos y no entraron en tema hasta tres cuartos de hora después, cuando, finalmente, llegó Koke. Un gesto socarrón en los ojos rasgados del floricultor decoró la charla en la que se criticaron duramente los errores cometidos y se ponderó la suerte que los había acompañado para llevar a buen término la acción.

Entonces el rusito disparó las preguntas: “¿Qué pasó en el camino, Koke? ¿Por qué paramos? ¿Con quién hablabas? ¿De que carajo te reís?” Koke esbozó una sonrisa aún más amplia y comenzó el relato: “Cuando retomé la Panamericana en el segundo puente para volver a Buenos Aires, me paró una F350 del ejército con una docena de soldados, un teniente primero y dos suboficiales. Paré el motor y me baje con mi mejor cara de japonesito bueno y el oficial se acercó y me explicó que iban de operativo a San Fernando, donde había ocurrido un ataque guerrillero y que se les había parado el motor de la camioneta.”

“Cuando ya estaba por manotear la pistola escucho que el tipo me dice: ‘¿No nos das un empujoncito?’.”

Bs. As., 28/11/1982