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Cultura //// 10.01.2021
Cuento breve: "Mar borrascoso"

Relato ficticio basado en la obra de Gustave Courbet perteneciente al patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina.

Por Gabriela Canteros | Foto: Obra Mar Borrascoso de Gustave Courbet.

Cada mañana iba temprano a buscar el pan. Sus favoritas eran unas roscas bien morenas. Llegaba temprano al trabajo, realizaba la limpieza de las galerías internas en un antiguo espacio de arte. Barría lento, casi acariciando el suelo. Durante las noches se entregaba a su amor por la lectura. Se había leído completa la historia del arte de Gombrich y también los tomos de Hauser. Su pasión era una pieza en particular. Aunque en realidad, la pieza original estaba en un museo de Argentina, que nunca había visitado. Eran las pinceladas sueltas del paisaje borrascoso de la obra, de un maduro Courbet, las que lo atrapaban cada mañana. Nadie sabía por qué barría de esa manera. Lo que hacía en el suelo era replicar con el cepillo las sinuosas pinceladas de aquella pieza singular. Cada noche soñaba, sus fantasías de barrendero, las llevaba disfrazadas en él, vestido elegantemente para retirar las finas masas de la panadería.
Se engaña a sí mismo, en sueño de bohemia, al que accede en sus lecturas en profundo trance. Como esa obra que vio una vez, tan vívida, en un viaje onírico a Buenos Aires, un escenario que sintió real. Llegaba en avión, después había una visita guiada por el museo principal de ese país y la sonrisa de la joven de informes. La seriedad y sentencias del educador pequeño, poético y apasionado en sus descripciones y la obra. Las borrascosas de agua manchada que parecen escaparse del marco. Las letras pequeñas en el nomenclador citan la fecha de creación, los años que describen el momento exacto en el que Gustave Courbet se plantó frente a las olas para realizar cientos de bocetos hasta lograr el mar en tormenta.
Duerme el personal de la limpieza para despertar en la galería cada mañana y barrer el polvo alrededor de una réplica. Cada noche en los sueños el mismo escenario, el viaje, la sonrisa de la joven de informes, las serias palabras del guía, las letras chicas del nomenclador. Cuando está concentrado en las olas, los guardias de seguridad le señalan que no puede estar allí con un perro, mira sus pies y descubre que lleva un pequeño can, blanco, gris, azul, y tierra, con un pelaje que es del mismo color que la obra. Entonces despierta. Otra noche soñó que ingresaba con una bebida en las manos. Pero cada noche los guardias le señalan que debe salir del museo.