Sparring
Sábado, once y media de la mañana, entro al bar y el oso Barsi me saluda con la inclinación de cabeza de siempre. Duarte, cosa rara, todavía no ha llegado, pero los imperturbables Pracánico y Guzmán, jubilados y casi gemelos, juegan al dominó en un rincón oscuro, cerca de la entrada a los baños.
Existe un pacto implícito con Duarte: todos los sábados le pago un café y un par de copitas de ginebra y él me cuenta peleas que no vi. Locche/Barrera Corpas, Alí/Bonavena, Monzón/Benvenutti, primera y segunda, Galíndez/Kates, la primera, en la que Galíndez peleó con una ceja abierta y el árbitro terminó con la camisa ensangrentada. Duarte las cuenta como si hubiera visto cada una de esas peleas desde el borde mismo del ring.
El sábado anterior me había propuesto:
–Podríamos dedicarnos a un solo round, a un solo golpe.
–Te entiendo. La vejez nos vuelve minimalistas.
Duarte me miró como si lo hubiera acusado de estupro.
–¿Qué cosa es eso? –preguntó.
–Para qué te lo habré dicho. Es un virus que afecta a ciertas áreas del cerebro y su secuela principal es la limitación de la imaginación.
Ahora que todo pasó, a pesar de mi frágil sarcasmo, pienso que él sabía a lo que estaba refiriendo y eligió hacerse el tonto. Era, en cambio, claramente honesto con sus dotes como boxeador.
–El secreto es resistir los golpes, y ahí fallé –solía decir.
Su carrera había sido demasiado breve. Perdió por nocaut sus seis peleas como profesional, y la Federación, en un acto de irreprochable sensatez, le quitó la licencia evitándole seguir recibiendo mazazos en la cabeza. Tras vagabundear por muchas rutas, un año y medio atrás había llegado a nuestra ciudad. Consiguió trabajo en la fábrica de garrafas y después en la ladrillera.
Un sábado frío y lluvioso, en la pecera cálida del bar, Duarte me reveló el hecho de su vida que juzgaba más importante. Narraba minuciosamente el plan de Alí contra Foreman en Zaire y en un momento de la conversación, de repente, calló, embargado súbitamente por el recuerdo, y luego dijo:
–Una vez tiré a Bonavena.
–¿Sí?
–¿No me creés?
–Cómo no te voy a creer –dije, sin creerle.
–Nadie me cree. La verdad es que le puse un gancho de derecha en la mandíbula como para voltear una casa. Estuvo treinta segundos sin poder levantarse –buscó en el interior del bolsillo del saco raído que siempre olía a lavanda, extrajo un sobre rectangular, de papel madera, y me lo dio–. Mirá lo que hay adentro.
Metí los dedos en el sobre ya abierto y saqué la foto cuadrada con leves arrugas en los ángulos. En blanco y negro, en el centro de la foto se veían los contornos de las dos siluetas, casi fantasmales por la potencia del flash. Una, Bonavena, arrodillado con los guantes y los ojos clavados en la lona, y la otra, Duarte, joven, erguido casi en puntas de pie, contemplando la lente de la cámara con los guantes alzados y el rostro marcado por un destello de asombro o temor.
–Once de septiembre de 1970 –dijo Duarte–. Bonavena entrenaba para la pelea contra Alí en el Madison. Yo era uno de los tres sparrings contratados y en el gimnasio del Luna había un fotógrafo de Crónica. Bonavena en la lona derribado por un sparring era una mala noticia para los lectores, la foto no se publicó y el fotógrafo me la regaló.
Antes de sentarme Barsi me llama:
–Compañero Vicente, moléstese por acá un minutito.
Me da el sobre de papel madera, rigurosamente cerrado.
–Lo dejó el compañero Duarte para usted hará una hora.
Tardo en abrirlo. Primero saco la foto, me alejo de la mirada invasora de Barsi, y recién después saco la esquela. La letra es prolija y, no sé por qué, se me hace que fue escrita con elaborada lentitud.
Vicente querido:
Te dejo la foto de recuerdo. ¿Viste que parecido soy al sparring? Nunca tiré a Bonavena. No me llamo Duarte. Duarte es el nombre del sparring que tiró a Ringo. No sé quién es, en mi vida lo vi más allá de la foto. Es una gran foto, ¿no? Bueno, qué sé yo, para mí sí.
¿Quién es uno? (¿importa tanto, después de todo?).
Es todo lo que tengo para decirte.
Abrazo peronista.
Por un instante nos miramos con Barsi. No nos decimos nada, salgo del bar y corro por las calles ardidas.
***
Elizabeth, la dueña de la pensión, baldea el pasillo. Me detengo antes de que me moje los zapatos.
–Lo venís a buscar –dice con una mueca dolorida.
–Sí.
–Pagó todo lo que me debía.
–¿No le dijo adónde iba?
–No. Tampoco se lo pregunté. Salió con la valija, dijo adiós señora, me dio un beso en la mano. Un caballero de verdad. ¿Le viste las manos? Ese hombre no era boxeador.
Traté de recordar en las manos de Duarte, pero nunca había reparado en ellas.
–¿No? ¿Qué era para usted?
Elizabeth entrecierra los ojos y alza la cara al sol encogiendo los hombros.
–Ese hombre no vuelve. Escapa de algo o va en busca de algo. Tal vez sea lo mismo. Vaya a saber qué le pasó en la vida.
Voy corriendo las seis cuadras hasta la estación de micros. Espero encontrarlo en el hall. Sólo están el ciego que vende billetes de lotería y el chico lustrabotas que lee una revista, ambos hieráticos en sus taburetes. Le doy la descripción de Duarte al chico, que apenas me presta atención, y me dice que no, no lo vio.
El sol se desfigura en manchas enceguecedoras contra los vidrios que separan al hall del playón. No hay un solo micro ni una vaga sombra humana en el desierto de asfalto de rayas blancas y charcos de aceite.
Por un instante creo que todo el alrededor es irreal, y que Duarte y yo éramos lo único real de la ciudad.
Pero Duarte jamás volvería a la ciudad.