Corazón anónimo

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Corazón anónimo

16 Octubre 2026

La humedad del delta se pegaba a las cosas y sus delirios como un sudario caliente. En el comedor de aquella vieja casa desterrada en una esquina oscura, el aire se consumía entre el olor a madera podrida, los azulejos rotos de la cocina y el polvo que flotaba denso, casi sólido. Afuera, estacionado bajo la sombra de los sauces, el Audi negro esperaba en silencio. La noche no traía alivio, sino el chantaje invisible de las jaurías del calor.

Valdivia, bajo y macizo, barajaba las cartas para un solitario sobre la mesita cubierta por un hule grasiento. El sudor le empapaba la camisa de seda negra y la cicatriz morada y fibrosa que le recorría el esternón. Al otro lado del comedor, confinada tras unos biombos gastados por orden del Jefe, se adivinaba la silueta de la Colorada. Augusto, un carnicero de Berisso, se la había comprado a la madre cuando apenas era una niña de catorce años; no mucho después, Augusto, de casi sesenta, murió, y la chica salió a fumar a la vereda de la casa funeraria y desapareció. Tenía entonces dieciocho años.

Hasta llegar a esa casona sombría había vivido y andado por muchos lugares, con muchos hombres, hasta que el Jefe, cuando ella tenía veintidós, la vio en un cabaret del bajo. La sacó del brazo, como a una novia, mientras Gamboa le apuntaba con un .32 a la cabeza del dueño del local. Sin embargo, dos o tres veranos después, la sumisión de la Colorada se había transformado en carne y traición junto a Gamboa, el segundo del Jefe.

—¿Me traés agua? —rogó la Colorada—. Me estoy cagando de calor.
Valdivia resopló. La orden del Jefe era tenerla ahí atrás, desnuda y sin recibir nada, pero cedió.
—No te muevas —le avisó.

Minutos después, regresó de la cocina y deslizó la botellita de agua fría por debajo del biombo. Ella bebió y esperó unos instantes para interrumpir el solitario de Valdivia. Entonces las palabras de la mujer se volvieron sutiles. Le habló de Gamboa, a quien el Jefe ya había mandado a despedazar por meterse en su lecho. Le habló de Cruz, el sicario que los había delatado. Nada que Valdivia no supiera.

—Así funcionan las cosas —dijo Valdivia, casi paternal—. Lo tendrías que haber pensado antes. Te equivocaste fiero, pendeja. Igual, ¿quién no se mandó una macana? ¿Querés la verdad? Esto es puro teatro. A él le gustan estas cosas; que uno lo espere. Para eso es el Jefe. No va a pasar nada.

Está caliente, nada más. Se enamoró de vos ni bien te vio. Yo estaba ahí. No sé si te acordás.

—Tenías puesto un saco de lino blanco y un pañuelo azul que te salía del bolsillo.
—«Parecés un fiolo panameño», me jodía Gamboa. El Jefe, también. «Dejate de joder, gordo, es mucha pilcha para este cabaret de cuarta».
—Eso es cierto, que me la mandé, me la mandé —dijo la Colorada y viró la conversación, con aparente descuido—: ¿No sabés de quién era el corazón que te pusieron hace diez años cuando el tuyo dijo basta?
—No me importa de quién era —dijo automáticamente Valdivia—. Ahora es mío. Y por ahora funciona.
—Tu Jefe quiso tenerlo —continuó ella, como sumergida en una cadencia hipnótica.
—No mientas, por favor.
—No, no miento. Él guardó tu viejo corazón. Lo pidió y se lo dieron. A él le gusta poseer los pedazos de todos nosotros. Me corta mechones de pelo, los quema en un cenicero, los huele. Me corta las uñas y se las come. Le gusta tomar mi pis.
—No seas asquerosa, che. Basta.
—Tu corazón está afuera.
—¿Afuera dónde?
—En el jardincito del fondo.
—No. No me jodas con eso.
—No te jodo. Él me lo dijo. Tal vez los perros ya lo encontraron.
—Por qué no me dejás tranquilo. Por favor…
—Él dice que lo que no se puede cortar no es real. Tampoco lo que no se puede penetrar, arrancar o romper. Estamos rodeados de cosas reales y cosas imaginarias.

A Valdivia no se le ocurría qué pensar. Estaba cada vez más confundido.
Dos golpes secos impactaron en la puerta principal. Valdivia preguntó quién era, le respondieron, pero igual abrió con la pistola en la mano. Cruz entró. El aire cambió con el frío de la muerte. Venía de ejecutar a Gamboa por órdenes del Jefe. Con sadismo, Cruz describió cómo el Jefe le había arrancado la lengua con una tenaza al traidor antes de que él le pegara un tiro en la nuca.

—No hace falta hablar de esas cosas —dijo Valdivia.
—Es lo que acaba de pasar —dijo Cruz, abriendo una lata de cerveza que había sacado de la heladera.
—No hace falta —insistió Valdivia.
—No sé —dijo Cruz, casi divertido—. Hablemos de los agujeros negros.
—No tengo ganas de hablar de nada —dijo Valdivia.
—Hablemos de los agujeros de esta pendeja puta —dijo Cruz—. «Coge como para matarte», decía el viejo.
—Mientras que vos, maricón, me querías coger a mí —escupió la Colorada desde las sombras—. Me dio la copia de la llave de su departamento la noche antes de delatarnos. Buscá en mi cartera, Valdivia. Un llavero con un osito blanco.
—En tu cartera habrá decenas de llaves —se rió Cruz—. Eso pasa por enamorarse de una puta. ¿No, Valdivia?
—¡Basta! —gritó Valdivia.
—Estamos en democracia, se puede hablar de lo que uno quiera —dijo Cruz.
—Yo estoy acá para esperar la llamada del Jefe —dijo Valdivia.
—El Jefe ya decidió —Cruz se sentó y liquidó la lata—. Debe estar ocupado con otras cosas.
La Colorada empezó a llorar.
—Hay que esperar lo que él diga —dijo Valdivia—. La palabra que vale es la de él, no la tuya.
Hubo un silencio. La Colorada no paraba de moquear.
—Antes la voy a agarrar yo —dijo Cruz.
—Vos no vas a agarrar a nadie —dijo Valdivia.
—¿Quién sos, gordo? ¿El Papa?
—La próxima vez que me decís gordo te cago a trompadas.
Cruz encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo de vigas.
—Cómo te llegaste a juntar con todos estos, Valdivia —le preguntó la Colorada.
—Por lo mismo que te juntaste vos —respondió fríamente Valdivia—. Hay que vivir.
Sonó el celular de Valdivia.
—Sí, Jefe —dijo Valdivia y cortó.
Cruz miró a Valdivia, que asintió. El sicario derribó los biombos de un golpe y la Colorada quedó expuesta bajo la luz mortecina, completamente desnuda; con un brazo intentaba cubrirse los pechos y con la otra mano el pubis, pero sus ojos fijos en Valdivia eran una llamarada indomable. Cruz ya había sacado su pistola.
—No —le dijo Valdivia—. Yo me encargo.
Miró el cuerpo de la Colorada, la respiración agitada que hacía subir y bajar el pecho.
—¿Y? —lo apuró Cruz.
Valdivia amartilló el arma, la levantó, giró el caño y disparó a la sien de Cruz, que se derrumbó sin darse cuenta del último segundo que medió entre su mirada lasciva y la oscuridad total.
La Colorada ya no se cubría.
—Si me vas a matar, que sea acá —dijo avanzando un paso, dejando que la mirada de Valdivia recorriera cada línea de su vientre húmedo.
En la penumbra de su cabeza, Valdivia se descolgó de un trampolín hacia la nada.
—¿Dónde está mi corazón? —preguntó con la voz rota.
—Al costado derecho del único árbol, junto al alambrado —contestó ella sin parpadear—. Él me dijo que lo había puesto en un frasco con formol, dentro de una valija vieja.
—Ni se te ocurra salir, porque entonces sí te mato —le dijo Valdivia.

Salió al jardincito. Tomó una pala oxidada apoyada contra la pared de una pequeña casilla de madera y cavó en el lugar señalado. Encontró una bolsa de consorcio negra. Sus manos, torpes por la fatiga y el repentino dolor en el pecho, rasgaron el plástico. Adentro había una valija vieja. La abrió y descubrió una jaula metálica que resguardaba un envase de vidrio vacío. Arrancó la puertita de alambre y tomó el recipiente. Le quitó la tapa, olió e inmediatamente apartó la cabeza; la mezcla a podredumbre y formol le quemó las fosas nasales. Regresó a la casa, le mostró el objeto a la Colorada, que lo esperaba estática, de pie, magnífica y terrible en su desnudez, y luego lo estrelló contra la pared.

—Qué hizo con mi corazón —le preguntó.
—No sé.
—¡Qué hizo!
—¡No sé, te juro que no sé!
El calor de la habitación parecía haber alcanzado su punto de ebullición.
—Yo me voy —dijo él.
—Voy con vos —respondió ella sin dudar.
Valdivia dudó.
—¿Adónde? —le preguntó.
—A cualquier parte con mar —dijo ella.
—Y después, más lejos —dijo Valdivia, sintiendo por primera vez una libertad asfixiante—. Hay un monstruo ahí afuera y es más peligroso de lo que parece.

Encendió un cigarrillo. 

La Colorada le pidió otro con un gesto. 

Él se lo dio y se lo encendió.

La extraña serenidad que los unía se trizó de golpe. Los celulares de Valdivia y Cruz sonaron a la vez. El Jefe y alguno de sus sicarios llamaban desde la mesa de póker. Valdivia estrelló ambos teléfonos contra la misma pared donde había estrellado el frasco.

—Vestite, nena. Ya vienen por nosotros. ¡Rápido, carajo!

La Colorada corrió hacia la silla y se puso la ropa que Valdivia le había ordenado quitarse horas atrás: la bombacha, la remera, los jeans y las ojotas.

Recogió la cartera de un rincón en el piso, sacó el llavero y lo tiró contra el cadáver de Cruz. 

Antes de salir a la vereda, Valdivia tomó su viejo saco de lino blanco y lo echó sobre los hombros de ella para protegerla de un frío inexistente.

—Nadie nos va a encerrar de nuevo —le siseó Valdivia mientras arrancaba el auto.

La Colorada le apoyó una mano en la mejilla. El calor de su piel contrastaba con el frío helado que empezaba a envolver al hombre.

Las calles oscuras parecían estar esperando los faros del Audi. Hundió el acelerador y el vehículo, más que vibrar, devoró el empedrado. Ella cerró los ojos, entregada al viaje, mientras el viento del delta borraba el olor a pólvora y sangre de sus cuerpos. Subieron a la autopista y continuaron el viaje bajo un cielo espeso, desprovisto de estrellas. El rugido del motor era el único latido que gobernaba el vacío del mundo.

—¿Tenés miedo? —le preguntó la Colorada.

—No —respondió Valdivia sin desviar la mirada de la ruta.

Fumaban en silencio. El aire acondicionado adormeció a la Colorada, que se quedó con la boca entreabierta y el cigarrillo aún en los labios. El viento caliente que entraba contra la cara de Valdivia por la ventanilla baja era un contraste extraño. Una frontera entre una dimensión y otra de la realidad.
Una hora después, el indicador de combustible parpadeó en el tablero. Valdivia aminoró la marcha y desvió el auto hacia las luces mortecinas de una estación de servicio solitaria. El lugar parecía suspendido en el tiempo, una isla de cemento rodeada por la oscuridad del campo y el zumbido sordo de unos pocos fluorescentes parpadeantes asediados por los mosquitos. Detuvo el coche junto al surtidor. Un playero adormecido se acercó arrastrando los pies.

—Lleno, Jefe —dijo Valdivia con la voz ronca, sin terminar de bajar la ventanilla, manteniendo las manos cerca del acero oculto bajo la ropa.

El ruido del líquido fluyendo hacia el tanque se convirtió en una cuenta regresiva. La Colorada abrió los ojos y miró a Valdivia de reojo. A la luz blanca y cruda del playón, su piel y el saco de lino manchado cobraban un matiz fantasmal. Para ella, esa parada técnica no era un contratiempo; era la confirmación de la libertad. El tanque se llenaba para empujarlos hacia afuera del mundo conocido. 

Valdivia pagó con unos billetes arrugados, sin esperar el vuelto. El playero guardó el dinero con desgana. Valdivia arrancó y el Audi volvió a la negrura de la autopista, dejando atrás la última luz en varios kilómetros a la redonda.
Apenas una hora después, dos focos brotaron en el espejo retrovisor. Un motor ajeno taladraba la noche tras la cola del Audi. A medida que se acercaba los focos más los enceguecían.

—Nos encontraron, gordo —dijo la Colorada.

Valdivia no contestó. Hundió el acelerador a fondo. Pero el otro era un modelo nuevo. Los impactos y sus fogonazos impactaron la luneta trasera perforaron la chapa. Adelante surgió la rotonda como un animal esperándolos. Valdivia intentó rebajar la marcha, pero su Audi impactó de perfil, coleó y quedó enfrentado a los perseguidores. Tres sicarios bajaron tirando. Se mezclaron enseguida el estrépito de hierros retorcidos, el humo del radiador y la balacera ensordecedora. Un proyectil pesado dio limpio en la frente de Valdivia, lo congeló inmediatamente, soltó el volante mientras sus ojos apagados y a la vez abiertos parecían mirar fijamente el tablero.

La Colorada se agachó. Se desabrochó el cinturón de seguridad, le arrancó las dos pistolas a Valdivia y se deslizó por el asiento abriendo apenas abrió su puerta. Se encogió todo lo que pudo y se arrojó liviana al asfalto. Los esbirros avanzaron confiados. Creían que ella estaría doblado sobre Valdivia. Pero la Colorada emergió de la sombra del costado del auto y disparó por pura intuición, con un rencor de años madurado en la sangre que le dio precisión a los disparos.

El tirador que encabezaba el grupo cayó con un agujero en la cara. El segundo se arrodilló para responderle, pero las balas de la Colorada lo alcanzaron en la axila y el cuello. El último, con la femoral partida, suplicó clemencia arrastrándose y retrocediendo por el asfalto. Ella lo ejecutó con un tiro en el pecho. Después vació los cargadores contra el motor del coche enemigo.

No tardó en caer un silencio infinito sobre la carnicería. Solo se desplegaba en el aire el siseo de los radiadores rotos, el goteo constante de los fluidos sobre el asfalto, grillos a lo lejos, el canto quebrado de un pájaro volando hacia el norte. Nada más.

Ella miró durante unos instantes la cabeza destrozada de Valdivia. Lloraba mientras dejó caer lentamente, como si se estuviera desprendiendo la capa de piel principal, el saco de lino manchado. Luego se desvistió por completo y su piel pálida resplandeció bajo las estrellas.
Sin mirar atrás, dando la espalda a los muertos, la Colorada empezó a caminar por el medio de la autopista desierta.