"Tres pálidas hermanas": una casa detenida frente al tiempo

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CARTELERA TEATRAL

"Tres pálidas hermanas": una casa detenida frente al tiempo

11 Octubre 2026

Una historia contada en tres partes. Una historia sobre la muerte que, contra todo pronóstico, no cae en el dolor ni en la angustia, sino que encuentra en la risa una forma de mirar ese límite.

Titina, Marosa y Urania habitan una casona de la calle Paraná, de principios del siglo pasado, en pleno Recoleta. Allí sostienen sus rutinas como si nada pudiera alterar ese pequeño universo: Titina intenta hacer un regio flan; Marosa lucha con Aurora, la vaca que debería darles leche, pero que, por alguna extraña razón, no lo hace. Urania recibe mensajes que parecen llegar desde otro tiempo, y Damiana, la mucama cama adentro, las asiste y las padece. Hasta que un pianista entra en la casa y altera ese frágil equilibrio.

El orden de esas historias es aleatorio. Podés estar viendo el comienzo de la obra o el nudo, pero no lo sabés, porque al entrar a la casona, de manera imprevista, te dan un papelito con un color y eso determina por dónde va a empezar la narración. Lo cual la hace todavía más interesante. Pero no teman: al final, el orden de los factores no altera el producto.

Eso sí, en cualquier caso, hay algo que el espectador sabe antes que los personajes: que viven en un tiempo detenido, mientras el mundo que las rodea ya pertenece a otro momento. Dos temporalidades conviven, se rozan, se confunden. Ellas no parecen saber que algo ha cambiado. Y nosotros sí. 

Lo entretenido es justamente eso, que el espectador ocupa una posición: en el teatro infantil saber lo que el personaje no sabe, produce la risa porque el público conoce el objeto que el payaso busca y disfruta viendo cómo él lo busca desesperadamente delante de todos. Acá sucede algo parecido, pero con una diferencia fundamental: lo que no saben que perdieron es su propio tiempo, su propia realidad.

Las hermanas siguen haciendo lo que siempre hicieron. Preparan, esperan, discuten, reciben mensajes, intentan sostener sus pequeñas reglas. La vida cotidiana continúa con una naturalidad casi delirante y la insistencia de que eso persista. Ahí aparece el núcleo de la obra: hablar de la muerte sin convertirla en solemnidad. Las risas suceden en cada una de las historias que se despliegan por los cuartos de la casona, mientras poco a poco aparecen la emoción, la música, el verso y también el arte.

El absurdo no funciona aquí como un mero recurso cómico. Es una manera de mirar aquello que no podemos terminar de comprender. 

La filosofía y el psicoanálisis llevan siglos intentando rodear esa pregunta imposible que es la muerte. Epicuro sostuvo que la muerte no puede ser un mal para quien muere porque, cuando ella llega, ya no estamos allí para experimentarla. Heidegger, mucho después, pensó la muerte no solamente como un acontecimiento final, sino como una posibilidad que estructura nuestra existencia y nuestra relación con el tiempo.

Freud, por su parte, introduce una paradoja que parece especialmente cercana al universo de Tres pálidas hermanas: sostiene que, en el inconsciente, cada uno de nosotros se comporta como si fuera inmortal.
¿Y si eso fuera, en parte, lo que sucede dentro de esta casona? ¿Y si quienes la habitan no saben que el tiempo que conocían ya terminó? ¿Y si la muerte no fuera necesariamente una interrupción, sino la continuidad de una cotidianeidad que ya no pertenece al mismo mundo?

En Alicia a través del espejo, de Tim Burton, algo parecido ocurre cuando Alicia le dice al Sombrerero Loco que todo aquello no es real porque solo es un sueño. Él responde cuestionando justamente los límites entre realidad y fantasía: “¿Y quién te dice cuál es cuál?”. La pregunta también podría hacerse acá. ¿Quién decide cuándo termina una realidad y comienza otra? ¿Quién determina qué es real cuando los personajes continúan habitando su mundo como si nada hubiera cambiado?

En la obra, sin embargo, ese regreso no se presenta como una teoría psicológica, sino como una casa suspendida, atrapada en sus propios rituales, donde el tiempo parece haber perdido su dirección.

¿Tal vez el verdadero misterio no sea qué hay después de la muerte? ¿Tal vez la pregunta sea qué hacemos mientras todavía creemos que tenemos tiempo?

Y mientras ellas permanecen allí, nosotros circulamos. Esperamos, ansiosos, reír y descubrir qué tiene para contarnos cada personaje.

Ese es otro de los grandes aciertos de la puesta: la casona no funciona como una escenografía que simplemente reproduce un espacio. Es la propia casa la que se convierte en escenario. Se suben y bajan escaleras, se atraviesan habitaciones, se modifican las perspectivas y el público acompaña a Titina, Marosa, Urania y Damiana desde distintos lugares. No todos vemos exactamente lo mismo. La arquitectura interviene en la narración y las paredes, cargadas de época, parecen guardar el secreto que los personajes todavía no pueden ver.

El teatro abandona así la frontalidad del escenario clásico para construir otra relación con quien mira. Los cuerpos están ahí, cerca, atravesando una casa real, y el lapso histórico también parece estarlo. Entre risas y carcajadas aparecen vestigios de una Buenos Aires antigua, de sus formas sociales, sus jerarquías y sus modos de estar en el espacio. También emerge una crítica a la oligarquía, que la obra construye sin abandonar nunca su tono delirante.

Y en ese universo aparece el río. Un río que no es solamente argentino ni uruguayo, sino también histórico. Un río que conecta geografías, épocas y memorias familiares. Las tres pálidas hermanas parecen que habitan también una memoria que no saben que es memoria. 

El pianista funciona entonces como una presencia capaz de alterar ese equilibrio. Su llegada introduce otra temporalidad y hace visible aquello que hasta ese momento permanecía oculto. Dos tiempos que parecían imposibles de conciliar comienzan a encontrarse hasta que, finalmente, aquello que nosotros sabíamos desde el comienzo también puede ser visto por los personajes. Como cuando el payaso del teatro infantil finalmente ve aquello que buscaba y festejamos todos. Nadie quiere romper el hechizo: por un instante, todos aceptamos jugar a que verdaderamente el clown no sabe. ¿Con la vida y la muerte no hacemos algo parecido? Sabemos de la finitud, pero jugamos a no saber. 

En La casa de los espíritus, Isabel Allende construye también una casa habitada por distintas temporalidades, donde los muertos no desaparecen del todo y el pasado continúa interviniendo sobre el presente. Quizá por eso, como en esta obra, la casa deja de ser solamente un lugar para convertirse en una forma de memoria, un espacio donde quienes ya no están todavía pueden seguir estando. 

Ahí la obra vuelve a formular la pregunta principal aunque nunca la pronuncie de manera directa y solemne: ¿qué significa estar vivo cuando no sabemos exactamente en qué momento dejamos de estarlo?

Mafalda alguna vez se lo preguntó de esa manera tan sencilla: “¿Mamá, para qué estamos todos en este mundo?”.

Hay que ir preparado, entonces, para no esperar una obra convencional. Lo que propone es entrar en una ensoñación donde las categorías de realidad, vida, tiempo y muerte comienzan a volverse inestables. Lo esotérico aparece como una puerta de entrada, pero detrás de esa puerta hay algo: las formas en que construimos nuestras certezas. 

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Tres palidas hermanas

 

¿Tal vez el verdadero misterio no sea qué hay después de la muerte? ¿Tal vez la pregunta sea qué hacemos mientras todavía creemos que tenemos tiempo? ¿Y si aquello que aparece entre esas habitaciones, entre las risas, los recuerdos, la música y las pequeñas rutinas, fuera justamente la posibilidad de que la vida no pueda quedar siempre para después? ¿Y si aquello que deseamos, aquello que sentimos, aquello que todavía tenemos para decir, no debería esperar indefinidamente? 

A lo mejor no encontramos una respuesta acabada, pero sí podríamos encontrar pequeños vestigios en aquello que parece minúsculo, absurdo, repetido. En la simpleza. En aprender a amar la pequeñez de lo que somos: en ese flan que preparamos, en esas notas que suenan en el piano, en esa única lágrima que cae y que, al verla, cobra todo el sentido. Posiblemente el verdadero peligro no sea morir, sino pasar por la vida sin haber sabido dónde reconocerla. Un L’elisir d’amore. 

Ficha técnico artística

Autoría: Sebastián Suñé
Actúan: María Rosa Frega, Francisco González Gil, Javier Marra, Santiago Otero, Nacho Pérez Cortés
Caracterización: Uriel Cistaro
Diseño de maquillaje: Adam Efron
Diseño de vestuario: Uriel Cistaro
Realización de vestuario: Guadalupe Jaurena, Juan Pomilio
Diseño De Iluminación: Magdalena Berretta Miguez
Fotografía: Juan Pablo Caldarone
Comunicación Digital: TUCO Audiovisual
Diseño gráfico: Nacho Albani
Prensa: Prensópolis
Arreglos musicales: Santiago Otero
Producción ejecutiva: Marianela Dollera Albarracín, María Eva Moreno
Coordinación de producción: Raúl S. Algán
Coreografía: Valeria Narvaez
Dirección: Tatiana Santana
Duración: 60 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos

La obra se presenta en Milion, Paraná 1048, Recoleta, CABA, los lunes a las 20.30 h hasta el 26/10/26

Teléfono: 4815 - 9925

Web: http://milion.com.ar