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Cultura //// 01.08.2021
Buscar la cultura en nuestras raíces latinoamericanas

Una mirada sobre el pensamiento del filósofo Rodolfo Kusch en su libro América profunda y en torno a la voz de la cantora mapuche-tehuelche Aimé Painé que expresó: “Saber quién es uno es el principio de ser culto”.

Por Felipe Melicchio |​ Ilustración: Matías De Brasi

Por decisión del autor, el artículo contiene lenguaje inclusivo.

América es profunda, como expuso Rodolfo Kusch en el título de su libro. Profunda porque guarda dentro verdades, creencias, una prehistoria, una identidad relegada a la profundidad, es decir, a lo oculto. Esta profundidad no la advertimos la mayor parte del tiempo mientras habitamos la ciudad, el trabajo, el estudio, pero unos pocos tropiezos nos demuestran que sencillamente hay algo más que nos está faltando, algo más que, en palabras de Kusch, “nos impide ser totalmente occidentales aunque nos lo propongamos”.

El siguiente ejemplo es uno de esos tropiezos. En los alrededores del lago Titicaca (Perú) se intentó practicar las modernas técnicas de cultivo que predominan en todo el mundo por su exacto e innegable grado de efectividad: maquinarias pesadas, cosechas importadas, fertilizantes químicos, etc. Sin embargo, las ásperas condiciones climáticas de esa zona andina (suelos pobres a casi 4 mil metros de altura, precipitaciones irregulares, heladas y sequías constantes) arruinaron todas las cosechas intentadas.

Las tierras, en consecuencia, fueron clasificadas como de escaso potencial agrícola. Irónicamente, por debajo de ese mismo terreno, dormían vestigios de campos elevados precolombinos con que los pueblos originarios, en un pasado remoto y olvidado, practicaban sus cultivos. Así fue como el equipo de Proyecto Agrícola de Campos Elevados (PACE) limpió y restauró —únicamente con herramientas tradicionales— diez hectáreas de campos elevados abandonados en la localidad de Huatta, Perú.

Plantaron papas y otros tubérculos tradicionales. El resultado fue extraordinario. Los campos elevados produjeron grandes cosechas y resistieron sequías (1982/83) e inundaciones (1983/84 y 1985/86) que destruyeron las cosechas de otras tierras trabajadas en la misma zona con técnicas modernas. 

Quizás, como supo decir Aimé Painé, “saber quién es uno es el principio de ser culto”. Ella arribó a esa idea luego de retomar sus raíces mapuches y luchar por la visibilización de una parte de la Argentina oculta(da). A viva voz expuso al mundo los cantos sagrados mapuches y entendió que no se puede ser cultx si partimos del olvido. Que ni ella ni la Argentina podrán llegar a ser cultas si no saben primero quiénes son: una mujer, un país, con raíces originarias.

Lo mismo interpretó el equipo de PACE ante la ineficacia de las técnicas de cultivo modernas en aquella región andina, cuya soberbia no dejaba espacio para pensar otros métodos. Lo culto radicaba en no replicar una técnica occidental sino en buscar y aplicar una técnica adecuada que, tristemente, era la de los campos elevados: la misma que las raíces originarias habían diseñado tiempo atrás y la modernidad se había empeñado en olvidar.

Así, olvidando quienes somos, emprendemos el camino de la ignorancia. Para ser cultxs debemos profundizar en América, animarnos a rastrear esos campos elevados que subyacen, ese canto sagrado mapuche, eso Otro que incomoda nuestras estructuras de pensamiento “occidentales”. Por el contrario, viviremos negando nuestra identidad. Como expresa la idea de Perón, nadie se realiza en una comunidad que no se realiza, porque pretender realizarnos individualmente más allá de la comunidad, requiere olvidar la suerte del resto, la del desposeídx, reforzar nuestra burbuja, vivir disimulada y simuladamente.

Pero si no olvidamos e integramos al otrx a nuestra concepción de vida, sabiendo que está aquí y no allí, que es parte de mi realidad y no un tropiezo en forma de mendigx, de limpiavidrios, de índice de pobreza, emprenderemos por fin el camino de ser cultxs. 

Una forma de pensar

El ejemplo de equipo PACE del Perú desborda sus fronteras. Llámese campos elevados, técnicas modernas de cultivo, o lo que sea, esos elementos no importan; lo que sucede dentro del ejemplo, y lo que verdaderamente importa, es el tipo de pensamiento que se da. El que prioriza primero lo occidental, como verdad única, y no da lugar a la otredad; eso que, vimos, tiene poco de culto. Al menos aquí en América, donde la profundidad nos llama a afinar nuestros esfuerzos intelectuales.

Kusch brinda una idea que sintetiza lo dicho: “la primera solución para los problemas de América apunta siempre a remediar la suciedad e implantar la pulcritud”. Es decir, en oposición a Aimé, no importa primero quién soy (pues eso en América nos llevaría a encontrarnos con la suciedad) sino que directamente procuramos instalar la pulcritud, la historia oficial sin indios, el rascacielos, la innegable máquina pesada para el cultivo, etc.

Hay una imagen que demuestra esto de una manera hasta absurda: la entrada al palacio presidencial de Bolivia por parte de la golpista Jeanine Añez, levantando una biblia gigante. En un país donde la mayoría de la población es indígena, el acto es absurdamente inculto en el sentido que venimos analizando: pretende olvidar el sustrato de su pueblo e intentar plantar sobre el olvido otra realidad. Ya no la subyacente pluriculturalidad, la profundidad boliviana, sino una ortodoxia católica entrada por la ventana.

Al cabo de las elecciones, volvió a gobernar el MAS en Bolivia por amplia mayoría. Añez insistía con que el gobierno de Evo era autoritario, populista, que atentaba contra la democracia: y sin embargo volvió a ganar las elecciones. Parece que la suciedad de América en nuestro tiempo se lo llama populismo. Y el envío de municiones y gases lacrimógenos por parte de Argentina a Bolivia en 2019, es evidencia de hasta qué punto se puede llegar para extirparlo de la realidad regional.

Instalar la pulcritud a toda costa: más allá de que subyazca un campo elevado que aprovecha mejor las condiciones de mi geografía y más allá de lo que quiera el pueblo. En esta terquedad, podemos entrever algo similar al Plan Cóndor, a las dictaduras latinoamericanas que buscaron barrer la suciedad a través de exilios, desapariciones, quema de libros, censura; a través, justamente, de olvidar porciones de quiénes somos para dejar solo un resto, el resto conveniente.

Cultura

En este sentido que estamos construyendo, lo culto, la cultura, no es algo que se tiene más o menos, como entiende Yanina Latorre. “El problema no somos los que volvemos de viaje, que tenemos la cultura suficiente como para quedarnos en casa siete días”, explicó refiriéndose a los cuidados frente al COVID y luego señaló el otro polo, quienes serían el verdadero problema: “Los piquetes, las manifestaciones, los lugares más humildes que la gente toma mate, lo comparte, no usa barbijo”.

De sus dichos podemos advertir la comprensión que muchos sectores tienen de la cultura. La cultura es, de esta manera, algo ligado a lo cognitivo, que algunxs tienen suficiente y pueden entender las cosas y otrxs no: naturalmente carecen de la condición para descifrar el mundo, no lo entienden de la manera que “hay que entenderlo”. Tienen prácticas extrañas, distantes, como eso del mate, de la birra en la plaza, de los planes sociales, que le impiden percibir bien la realidad y actuar responsablemente.

Vemos lo peligroso de esta concepción. A través de definir qué grado de cultura tiene alguien, podemos discriminar y asignar posiciones sociales: aquel no habla con la “s”, es decir, es inculto; aquel parece un intelectual, entonces, es muy culto. Así la cultura se vuelve un concepto mezquino y acumulable. Sin embargo, teniendo en cuenta los campos elevados y la frase de Aimé, podemos pensar la cultura desde otro lado.

Siguiendo a Kusch, “cultura supone entonces un suelo en el que obligadamente se habita”  y está poblado de gente que toma mate, humildes, peronistas y macristas, mal que nos pese. Es el quienes somos, en plural, que puede ser tomado o eludido: pero que existe, aunque lo neguemos. No se tiene más o menos; se lo comprende o no.

Cultura significa etimológicamente cultivo: queda en nosotrxs cultivarnos con técnicas modernas por sobre nuestra verdad latinoamericana o recobrar aquella profundidad que, como ocurre con los campos elevados, nos hará más fecundos.

Bibliografía

Renfrew, C. y P. Bahn. 2011. Arqueología. Teorías, métodos y prácticas. AKAL. Madrid.

Kusch, R. 1999. América Profunda. Biblos. Buenos Aires.

Kusch, R. 2012. Esbozo de una antropología filosófica americana. Fundación Ross. Rosario.