Arsenal
There's a killer on the road
His brain is squirmin' like a toad
Riders on the storm, The Doors
1
Jueves húmedo y caluroso de principios de abril.
Era consciente de mi ubicación temporal, a pesar del vacío en la cabeza que giraba más veloz que la locomotora. Respiré más tranquilo cuando bajé al andén, las cosas volvieron a moverse a su velocidad usual y el vacío se evaporaba como si le hubieran inyectado morfina. Me senté en el café del hall de la estación a fumar, tomar dos latas de cerveza y ver pasar a la gente. No es que me desviva la gente, pero por lo menos eran caras distintas a las que había estado obligado a ver en los últimos tiempos.
Al Ruso lo conocí en ese café. Al poco tiempo me propuso que trabajáramos juntos. Nunca nadie se había fijado en mí. El Ruso había estado en la caldera de un pesquero en el Mar Rojo, preso en Lima por discutir con una madama, de novio con la ex de un actor casi famoso.
–Necesito sangre nueva –me bendijo–, yo te puedo enseñar muchas cosas.
Creí en él, mi primer y último amigo. En esa época Nani me perseguía, día por medio, diciéndome que no podía seguir no estudiando ni trabajando. Jamás se me habría ocurrido decirle que la casa donde ella vivía, al fin de cuentas, era mía, y, en cambio, le pedía tiempo. Si Nani se iba, además de perderla, me moría de hambre. Estoy leyendo una guía del estudiante y mirando las vidrieras de los negocios buscando un cartel pidiendo mozo o vendedor, le respondía. Mentiras.
Salí de la estación y caminé las cuatro cuadras a casa. Otra vez en la calle, en el aire, debajo del cielo, respirando los olores de los árboles sucios y de las cicatrices quemadas del asfalto. Golpeé la puerta y Nani preguntó quién era. Como supuse, todavía no se había ido al trabajo. No le respondí. Me tenté y me tapé la boca. Ella venía a visitarme todos los domingos. Me preguntaba si estaba bien, yo decía que sí, pero no estaba bien, era imposible ahí estar bien, y ella se daba cuenta de que le mentía. Venía con comida y cigarrillos y golosinas y revistas de historietas. Antes de entrar al patio techado dos mujeres policías, la hacían desnudar y la revisaban con linternas en una oficina de la antesala de la guardia. No sabés cómo te tocan las tetas esas hijas de puta, se indignaba Nani.
Cuando preguntó por segunda vez quién era, dije, afinando la voz:
–Policía Federal.
Abrió, ajustada en el mismo vestido corto y marrón de lunares blancos con el que había venido a verme la última vez. No le había avisado que salía ese jueves porque quería darle la sorpresa.
Yo me reía, y ella, petrificada, lloraba, las manos apoyadas en las mejillas redondas. En el comedor nos abrazamos, le besé la frente, después la boca. En la cárcel recordaba todo el tiempo su boca. Me llevó de la mano al dormitorio, nos acostamos, me montó sin sacarse el vestido ni las sandalias, se levantó la falda, se corrió la tanga contra la ingle y me cabalgó mientras yo le agarraba las caderas y ella se arqueaba hacia atrás y hacia adelante, enloquecida.
Mientras protestaba suavemente desde el baño porque llegaría tarde al trabajo, me dormí mirando el techo. Desperté cuando atardecía y salí al fondo. Rondé entre las plantas, desnudo bajo la lluvia. Después me duché. Una hora en la ducha, solo, sin estar mirando hacia atrás o hacia los costados. Miré mis revistas de historietas y algún que otro libro de Nani. Novelones románticos de mil quinientas páginas cada uno.
Yo tenía diez años cuando Nani vino a vivir a casa. No hacía mucho había desaparecido mi padre. Mamá y Nani dormían juntas, miraban la televisión abrazadas y se besaban cuando que creían que yo no las veía. Al principio no me gustaba verlas tan juntas, pero después no me molestó. Es más que una hermana, les decía mamá a los vecinos. Mamá no lloraba en los rincones y nunca la había visto feliz hasta la aparición de Nani. Los años pasaban, encarrilados, sin complicaciones. Pero Mamá se enfermó de leucemia y en menos de seis meses nos dijeron en el hospital que ya no había nada que hacer. Mamá volvió a casa en silla de ruedas y dijo que quería morir mirando el sol. Nani había sido la manicura de mamá. Por eso es lógico que mamá muriera una mañana de verano, sentada el fondo, agarrada de la mano de Nani.
–La economía de esta casa debe cambiar –dijo Nani pocos días después de la muerte de mamá, mirándose en el espejo las tetas apretadas por un corpiño rosa.
Nos quedábamos sin la plata que mamá cobraba por la licencia por enfermedad de su trabajo en el banco.
–Tengo mis contactos –decía Nani, enigmática, y agregaba, nada enigmática–: Y vos terminás la escuela sí o sí.
Nani consiguió rápidamente otro trabajo y yo terminé la secundaria, algo que fue bastante parecido a un milagro. Nani se dejó el pelo más largo, se lo tiñó de rubio dorado y empezó a maquillarse. Trabaja de lunes a viernes en la capital, desde las doce del mediodía hasta las ocho de la noche.
Cuando vuelve lo primero que hace es sacarse los tacos y acostarse media hora en el sofá con los ojos cerrados. Luego se levanta como de una siesta de cuatro horas, y se busca, desnuda frente al espejo del baño, sobre todo en las piernas, moretones que ella llama gajes del oficio. No es nada raro que algunas veces vuelva los sábados a la mañana o al mediodía. Clientes especiales, dice. De mi padre Nani sabe muy pocas cosas. Quizás sabe más y mamá le pidió que nunca me las dijera. Mamá no hablaba de él conmigo. Nunca. Esta noche puedo hacer un buen paquete, como para ir a la costa azul, dice Nani que dijo mi padre la última noche que estuvo en esta casa. Lo vieron cargar nafta en una estación de servicio frente a la rotonda que ya no está más y no volvió a aparecer.
Nani más llegó temprano.
–Poca clientela –se quejó-. La crisis, siempre la puta crisis, vivimos en este puto país siempre en crisis.
Cenamos un pollo al spiedo con papas fritas que compré en la rotisería frente a casa.
–Hablemos de tu futuro –dijo ella mientras lavaba los platos y los cubiertos y yo los secaba.
–¿Puede ser mañana?
–Mañana o pasado mañana. Pero no quiero volver a verte en la cárcel. Hacés una, una solita, y no me ves más. Vas a cumplir veintitrés años y estuviste preso casi dos. Pensá, la concha de mi madre. Pensá o no me ves más. ¿Está claro?
–Más que claro.
2
Al otro día me despertó el ritmo aterciopelado de una cumbia. El único vestuario de Nani era una toalla roja anudada a la cabeza. Bailaba despreocupadamente al tiempo que buscaba un perfume o una crema sobre la cómoda. Con el último acorde se desanudó la toalla y me la tiró encima.
–Vas hoy sin falta al lavadero. El canasto está en el baño, lo cambié de lugar, me rompía las pelotas en la cocina. Esta noche hablamos de tu futuro. Puede ser que un amigo te ubique de cadete en un laboratorio.
–¿Un amigo de quién?
–Mío, de quién va a ser.
–Tenés buenos amigos.
–No como los tuyos.
–Gran verdad. Cadete en un laboratorio. Suena bien.
–Sí, todavía no está vacante el puesto de gerente.
Vestida, maquillada, perfumada y peinada, me besó la mejilla y se fue.
Tomé dos cafés en la cocina mirando las plantas del fondo. Las regué, me vestí, dejé la ropa sucia en el lavadero y enfilé para el arsenal. Lo había extrañado. Quizás más que a Nani.
Crucé las vías y la ruta por el puente. Tras la demolición del arsenal corrió la voz de que la municipalidad concesionaría el terreno para un circuito de karting. Llegaron dos excavadoras que sacaron toneladas de tosca durante varios días. Luego se fueron y las lluvias llenaron la fosa. Al verano siguiente, una tarde de calor fatal se ahogaron dos pibes. La municipalidad prometió rellenar la fosa. No la rellenaron ni la van a rellenar. Vino otro verano y entraron los remolques y convirtieron el terreno en un cementerio de carrocerías. La tosquera permaneció como un lago artificial adornada de un aura de muerte. Nadie nadó en ella desde entonces.
Caminé por uno de los pasillos que desembocaba en la tosquera. En la mitad del pasillo, a menos de cinco metros de la orilla, la vi. Desnuda, de cara al sol, con la espalda apoyada contra el guardabarros oxidado del esqueleto de una camioneta. Me acerqué como si hacia el borde de un abismo. El sol se le reflejaba en las uñas de los dedos de los pies pintadas de verde como las de sus manos. En un empeine se delineaba el tatuaje medio desdibujado de una S. Hola, dije. Nada. Dormía, muy drogada. El pelo corto, muy corto, teñido de naranja con unas pocas vetas azules. Me arrodillé frente a ella. No era linda ni fea, y tendría mi edad o un poco menos. Los ojos entrecerrados y la boca apenas abierta le daban un aire de paz. Los dientes eran blancos, largos. No se le divisaban heridas ni moretones. Era morocha, la piel suave, con vello rojizo en los brazos. Me arrodillé frente a ella. Ella, nada. Acerqué mi cara a su cara, mis labios a sus labios. La besé. Nada. Acá no hay bellas durmientes, me dije, menos morochas. Le tomé el pulso en la muñeca y en la yugular. Me lo habían enseñado los putos de los boys scout, cuando mamá, contra la opinión de Nani, me mandó a dos campamentos de esa manga de idiotas que se creían el ejército de no sé qué rey. Se lo tomé dos veces más. Me levanté. Fumé. Me había acercado y había caído en un abismo. Me arrodillé y le pasé la lengua por los labios. Por la nariz. Por los pezones. Se oía el agua moviéndose pesada en la tosquera. Más que agua, barro. Se le habían pegado pedazos de tierra seca tierra en algunos mechones de pelo. Le abrí la boca y le metí la lengua. La dejé ahí uno, dos minutos. La abracé. No estaba tan fría. Le acaricié la S azul del empeine. Se la chupé. Me asustó un pájaro que salió de la carrocería y levantó vuelo. No podía más. Me bajé pantalones. Le abrí las piernas. Cuando empecé a pujar salieron más pájaros chillando y volando. Oí ladridos no tan lejos cuando me cerré la bragueta. Perros, ratas, gatos. No iba a dejar que la mordieran.
La alcé en mis brazos y fui a la orilla. Manchones de sol se agitaban en la tosquera como chispas de una fogata encendida debajo de la capa rugosa y grisácea que recubría la superficie como la piel de un elefante muerto. Mientras me agachaba sin soltar el cuerpo casi caigo junto a ella. En vez de arrodillarme, me senté con ella en mis brazos. Me levanté lentamente mientras la soltaba también lentamente. El cuerpo, liviano y blando, rodó al agua y se hundió dibujando una costura burbujeante en la capa rugosa.
Llegué a casa y di vueltas por el fondo. Pensaba en ella. Ella. Imaginaba su voz. O sus voces. Las voces. No las quería en mi cabeza, pero no podía matarlas. Se lanzaban en mi cabeza como balas trazadoras. Por qué. Qué. Qué había hecho. ¿De quiénes eran las voces? Me miré en el espejo del baño. Yo seguía siendo yo. Yo estaba ahí, era real. Todo el alrededor también. ¿Pero importa el alrededor? ¿Existe? Unos dicen, otros dicen que no. Nani dice que existimos nosotros y la realidad infinita. No sé de qué mierda habla. El problema es que ella tampoco lo sabe. Es una lorita. Yo no quiero rodear el alrededor, yo quería estar adentro de algún círculo, un anillo magnético protector y eso tampoco existe. El Ying y el Yang, según Nani, nos gobiernan, no se oponen, se complementan: de esto se trata la armonía secreta del mundo. Nani, la filósofa. No sé si lo leyó en alguna parte o lo escuchó en la tele. Cualquiera dice cualquier cosa, todos quieren parecer transparentes y ahí nacen las mentiras. Algunos lo harán a propósito, otros no tendrán de dónde agarrarse. Como Nani. Mejor agarrarse de uno, aunque uno no sea la mejor soga para subir a ninguna parte, aunque no sea la soga más resistente ni para ahorcarse.
La tarde se iba por una cloaca. Estaba perdiendo demasiado tiempo. Me duché, me vestí con la misma ropa, desenterré la 9 del fondo, junto a una palmerita que huele a bosta y a Nani le encanta, como el cuadrito del payaso triste que cuelga en el living. Odio la cara de ese imbécil pintarrajeado. Lo veo y me dan ganas de matarme, aunque lo haya comprado mamá.
Antes de salir di más vueltas por el fondo fumando hablándome en voz alta.
Eran nada más que unas pocas instrucciones.
3
Pedí una medida whisky con hielo en el café del hall de la estación. Después pedí dos más. Pagaba Nani.
Salí de la estación cuando ya era de noche. Las ruedas de los autos chirriaban doloridas sobre el empedrado. Algunos negocios cerraban las persianas.
El Ruso me había asegurado que él y yo nos complementaríamos a la perfección. El Ying y el Yang. Depende quien lo analice, tal vez haya sido así. Pero no nos complementamos ni él funcionó como círculo protector.
–Quedate tranquilo –decía el Ruso minutos antes de mi debut–. La atienden dos pendejas, es fácil, muy fácil.
Cuando salimos de la farmacia un rati de civil que pasaba en bicicleta nos dio la voz de alto. el Ruso le disparó, el rati respondió. Caí con el muslo perforado como esos conejos de chapa de un puesto de kermés. El Ruso subió a la moto y se fue. Yo me arrastré por la vereda hasta que el rati que me puso la pistola en la nuca y me desarmó.
Tomé el tren y bajé dos estaciones después, al sur de casa. Caminé por las calles medio vacías. El cielo era de petróleo con una enorme luna llena. Me apoyé detrás de un árbol en la esquina más lejana de la casa. Una hora. Dos. Tres. Tres y media. Nani ya habría llegado a casa hace rato y se preguntaría por donde andaría yo. Estoy acá, Nani. Fuera del Ying y el Yang. Adentro del mundo, cortándome las uñas del destino con los dientes más afilados que nunca. Soy otro filósofo sin una sola idea clara en la cabeza.
Esperé y salió de la casa. En ese momento la calle estaba vacía. No necesité perseguirlo porque vino en dirección al árbol caminando con ese porte de seguridad y seriedad que usa como disfraz de alguien leal y respetable.
Saqué la 9 y fui a su encuentro.
–Qué hacés –dijo, sorprendido, estirando la mano para saludarme.
No me moví.
–Metete la mano en el culo –dije.
Miró la pistola.
–Dejate de joder. No hagás una boludez.
–No, ya pasó ese tiempo. Las boludeces te gusta hacerlas a vos.
–No fue así.
Le disparé a la cara. Cayó fulminado. Me di vuelta y enfilé hacia la estación.
Sí, había sido así, y ahora era de otra manera.
4
Era casi medianoche de viernes. Nani no había llegado. Un cliente especial. O más de uno. A veces eran dos o tres a la vez, en una casa o en un departamento de alguno de ellos.
Comí una pata de pollo fría y tomé dos latas de cerveza. Enterré la 9 en el mismo pozo de donde la había sacado, detrás de la casillita de herramientas, y me acosté en la reposera a mirar la luna. Me la había regalado el Ruso para que la tuviera como arma suplementaria. Sólo escuchaba mi respiración en mil kilómetros a la redonda. Me acordaba de mamá cantando las canciones de Gilda o de esa tarde de domingo cuando Nani y yo pasábamos por la plazoleta de los predicadores hacia la feria de ropa usada.
–Mirá los labios de la enana –decía Nani–, si te la agarra con esos labios te la corta, mirá cómo agarra el micrófono, garganta profunda es la enana.
Sonaba una música espesa de órgano en un parlante sobre el suelo. El hombre, alto, con cara de esqueleto, el pegado blanco pegado al cráneo, miraba al cielo con los brazos alzados. La mujer, mucho más baja que él, gritaba Oremos, hermanos, oremos. Nani se metió entre la gente, se sacó las ojotas y empezó a bailar. Movía las caderas e invitaba a bailar a los tipos y las mujeres, y todos la miraban recelosos o molestos, como a una loca. Nani bailaba arrimándoles el culo a los tipos, que se alejaban de ella como del diablo. También me lo arrimó a mí, pero miré hacia otro lado como si no la conociera. El predicador llamó a un policía que daba vueltas cerca y tuvimos que irnos.
–La próxima vez que no bailás conmigo –Nani me agarró de un brazo mientras nos alejábamos–, te cago a bifes.
Lo decía en serio. Le dije que como no sabía bailar me dio vergüenza.
–Yo te voy a enseñar –dijo.
Esa noche empezamos a dormir en la misma cama.
Me levanté de la reposera. Nani continuaría en lo suyo. Cerré con todas las trabas y tomé otras dos latas de cerveza en la cocina. Después caí vestido en la cama, ni me alcancé a sacarme los zapatos. Me dormía y al rato me despertaba. Alguien subía o bajaba el volumen de voces desconocidas adentro de mi cabeza. En algún momento me rebotaron en las sienes, nítidos, ruidos en la cocina. Nani había vuelto. Pero los ruidos se fundieron en un silencio demasiado profundo y la luz de la cocina no se reflejaba en la pared frente a la puerta abierta de la habitación. Salí de la cama. Todo, excepto el fondo, brotaba en una oscuridad que escondía más sombras de las que podían verse. Entré a la cocina, encendí la luz, grité y me apoyé en la heladera para no caerme.
La boca casi cerrada con una leve sonrisa. O no. No, no era una sonrisa. Era un estiramiento algo extraño de una mejilla. Vestía una remera blanca con rombos rojos y un jean azul, limpios, y como recién planchados. Una pierna cruzada sobre la otra. Los pies descalzos y limpios. La S azul en el empeine, brillante como retocada con tinta nueva, se balanceaba en el aire. Los ojos serenos. Almendrados.
Abrió la boca sin que se alterara ese estiramiento:
–Tenemos que hablar.
–Esto no es real –dije sacando un cuchillo del cajoncito de la mesada.
La mejilla se estiró más.
–No se juega con los cuchillos –dijo–. Quiero un café. Sin nada. Solo.
Guardé el cuchillo. La controlaba de reojo mientras calentaba la cafetera. Ella se mantenía en su postura. Se lo serví en una taza grande que le puse delante de las manos anudadas. Bebió de a sorbitos. No tenía los pedazos de tierra seca en el pelo, parecía que se lo hubieran lavado y peinado en una peluquería.
–Muy rico –dijo.
–No entiendo qué hacés acá –dije, intentando no mostrar miedo–. No entiendo nada.
–¿Un cigarrillo?
Saqué el encendedor y el paquete del bolsillo de la camisa. Los dejé sobre la mesa. Las uñas verdes brillaban más que bajo el sol. Todas. Encendió el cigarrillo, aspiró y me echó el humo a la cara. Enseguida vi que su cabellera se alargaba, flotaba como algas en un acuario, incrustándose en las paredes azulejadas. Una cuerda de acero me paralizó la garganta. No podía moverme ni hablar, apenas respiraba. Ella salió de la cocina como si pisara un manto de seda. Sus pelos ocupaban las paredes, el techo, el piso, mis ojos.
No pasó ni un minuto desde que ella se había ido que alguien abrió con una patada la puerta de calle, corrió hacia mí y el culatazo en la sien me derrumbó.
5
Volví al mundo con las manos esposadas detrás del respaldo de la silla en una habitación iluminada por una bombita biliosa colgada de un cable lleno de pelusa.
No había más que una mesa vacía y tres o cuatro sillas desperdigadas sin ningún orden. Sentía que no faltaba mucho para que los brazos se me desgajaran del cuerpo como dos palos de escoba. Es psicológico, es la suma del abandono falso y la espera real. El tiempo corre y no corre, choca de frente contra sí mismo en tu cabeza y te vuelve loco.
Tal cual como fue la primera vez por la farmacia, entraron dos. Se alternaron en reventarme el estómago a trompadas. No pegan en la cara. Hay que gritar, gritar mucho –uno de los consejos del Ruso–, por más que estés en el sótano más profundo del planeta. Al final me amordazaron. Después me golpearon varios minutos más. Pararon y antes de salir apagaron la luz. Quería vomitar, pero si lo hacía con esa mordaza podía ahogarme. La luz se encendió sola. Había alguien conmigo. Veía un fragmento de sombra humana derramándose sobre los listones del piso.
Tardé en alzar la cabeza.
En un rincón, ella, sentada igual que como en la cocina de casa, dijo:
–Tenemos que hablar.
Bajé la cabeza. Ya está, me volví loco, pensé. No me preocupaba demasiado.
Ella se levantó, me desató la mordaza y vomité, sin querer, en sus pies descalzos. No le importó.
–Sacame las esposas –dije–. Hacé algo. Por favor.
–No tengo las llaves. Ninguna llave. Tenemos que hablar.
–De qué.
–Sabés bien de qué.
–Entonces si vos también lo sabés, hablá vos.
–Quiero escucharte a vos.
–No, no quiero hablar.
Me volvió a amordazar y la luz se apagó.
No dormía del todo por el dolor en los brazos y en las muñecas.
Después de un siglo la bombita relampagueó e iluminó la cara al tipo rubio de mandíbula cuadrada. Olía a espuma de afeitar. Era alto, de espaldas anchas, pantalón negro, camisa blanca, corbata gris con líneas verticales púrpuras.
Miró el vómito.
–Lo vas a limpiar la lengua.
Dije que sí con la cabeza. Me apresó una mitad de la cara con dedos de acero.
–Mataste al Ruso, negro hijo de puta.
–No, señor, le juro que no.
–Decime la verdad o la vas a pasar peor.
Respiré hondo.
–Sí. Lo maté.
Él también respiró hondo y me soltó.
–Lo mataste a sangre fría.
–Sí, señor.
Pensó durante unos instantes rascándose la barbilla. Me sacó las esposas, agarró una de las sillas y se sentó frente a mí.
Me costaba mirarlo a los ojos.
–¿Y por qué lo mataste?
–Me abandonó herido cuando robamos una farmacia. Se olvidó de mí. Se llevó el botín y no le mandó ni un peso a mi tía.
–Qué tía.
–La que vive conmigo.
–Esa no es tu tía.
No dije nada.
–¿Y vos qué hubieras hecho en su lugar?
–No lo hubiera abandonado. Jamás.
–Tengo mis dudas.
–Le juro que no, señor.
–Es cuestión de probar a la gente, ¿no?
Asentí presintiendo de qué hablaba.
–Usted –me animé a decirle– ya tiene una prueba.
–¿Cuál?
–No delaté al Ruso.
–Otra prueba es que lo reventaste.
–Supongo que sí.
Mandíbula Cuadrada encendió un cigarrillo y me convidó otro. Los encendió con un Dupont de oro.
–El Ruso trabajaba desde hacía dos meses para nosotros. Era un buen elemento. Hacía cositas, nada importante. Pero era medio bocón. No era para este juego. Acá se juega en serio. Nos necesitamos unos a otros y tenemos que ser responsables. Vos tenés pasta para cosas importantes. Tenemos que hablar.
Un fluido de hielo me recorrió la médula espinal y temblé.
–¿Te pasa algo?
–No, señor.
–Bien. Esto tenés que entender desde ahora mismo: No estamos hablando de la moral. Estamos hablando de una relación con el mundo. No qué mierda está bien o está mal. Es probable que no todo lo que uno hace esté mal o tan mal que no pueda ser curado o arreglado. O sí, quizás ya todo está perdido. Todo. Pero, en fin, una mierda. Esto es otra cosa. Una relación con el mundo. Y en la cima del mundo para vos estoy yo. No vos. Yo. Pero los dos vamos a ser parte del mismo mundo. Suena religioso. No es la intención. Igualmente, ni acá ni afuera hay dioses. Hay mucho trabajo para hacer. ¿Me explico?
–Sí, señor.
–Ahora te van a dejar a una cuadra de tu casa. Esta noche no existió para vos. Mañana me llamás a este teléfono –me dio una tarjetita con un número manuscrito que sacó de algún bolsillo–. A nadie le decís de esta conversación ni de este teléfono porque te fumigo. A vos y a la que fue pareja de tu mamá. Me llamás desde un teléfono público entre las seis y las seis y media de la tarde. Me llamás y te voy a citar a un lugar para hablar más distendidamente. ¿Alguna duda?
–No, señor.
Se levantó y salió.
La luz no se apagó.
Ella no apareció.
Nani me encontró desparramado en la puerta de casa. Le dije que habían querido entrar a robar y había peleado con dos tipos en la vereda.
–Qué raro que no te pegaron en la cara.
–Aprendí a defenderme en la cárcel.
No terminó de creerme. Nunca me cree del todo. Hace bien.
6
Pasó un mes desde aquella noche y estoy en el andén. No espero el tren, espero que pase el tiempo. Todavía faltan treinta y cinco minutos. No conviene merodear por el lugar antes de la misión.
Mandíbula Cuadrada me ordenó que aceptara el trabajo de cadete. Para qué se lo habré comentado. Es una buena cobertura, dijo. Le faltó hablarme del Ying y el Yang. No creo en el Ying y el Yang ni en círculos protectores. No hay más que un fuego adentro de uno que construye y destruye. Destruye y construye tanto a uno como al alrededor.
El aire es helado. En un rato estará por pasar el último tren de la noche. Me levanto para mover las piernas antes de que se me congelen. Alguien se acerca. Cada pisada es una torsión de tobillos sutiles, de pies descalzos que estarán más calientes que los míos.
Se sienta. Me siento a su lado. La misma ropa, los mismos pies descalzos. La S y las uñas cada vez brillan más, un día se encienden y me queman vivo.
–Tenemos que hablar –dice.
–Ahora no –digo–. Estoy trabajando.
–Te felicito –no sonríe, es ese estiramiento de la mejilla.
–¿No tenés frío?
–No.
–Qué raro.
–No, no es raro. Es cuestión de acostumbrarse. Como vos te estás acostumbrando a mí.
–¿Yo? No. No me acostumbro a nada.
–Te estás acostumbrando.
Se levanta. Se aleja.
Me acaricio la culata debajo de la campera. No es mi 9. Me dieron un Smith & Wesson 329. La probé en el arsenal, contra la tosquera. Es una joyita. En minutos rindo mi primer examen. Como en el colegio. La diferencia es que esta vez no puedo corregir el boletín si la nota es mala. Si la nota es mala acá me corrigen a mí, y para siempre.
Cuando su sombra se pierde por un extremo del andén hacia los baldíos, salgo al hall. Un ciego ofrece billetes de lotería a sus propias tinieblas y un chico lustrabotas lee una revista sentado en su taburete. Dos rehenes de la agonía de un perro sarnoso que resiste a morir. Fumo en la escalinata. Me pongo en marcha. Desde acá tardo cinco minutos. El objetivo estará sentado detrás de la vidriera de un café. No necesito entrar, me detengo un segundo y le disparo.
Alguien me sigue. Me doy vuelta. No hay nadie. Ella aparece cuando quiere, no al revés. Tampoco me atacará por la espalda. Yo, no sé.
Pero, aunque le vacíe el cargador, no desaparecería.
En algún momento hablaremos, sí, y todavía no sé qué decirle.