Tres masacres argentinas
En junio de 1956 el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez corre de un lado a otro con sed de vampiro, solo quiere beber sangre. Ya ordenó el fusilamiento de los detenidos en Florida, esos que escuchaban una pelea de box por radio y que detuvieron antes de la medianoche. Los llevaron a la comisaría de San Martín y decidió que, fueran o no conspiradores, merecían la pena de muerte. Si no eran conspiradores contra el gobierno, seguro eran peronistas y eso ameritaba la descarga de balas en el basural de José León Suárez. Esa noche, y las siguientes, habrá más detenciones y fusilamientos en otros escenarios: Lanús, Avellaneda, La Plata, Campo de Mayo, la cárcel de avenida Las Heras.
En agosto de 1972 el oficial Luis Sosa entró al pabellón de la base Almirante Zar fuera de si, cansado de vigilar y con toda la intención de castigar. Lo acompañaban otros oficiales de la Armada que no iban de manera iracunda sino que cargaban sus fusiles como asesinos que iban a concretar su obra más famosa. Era la madrugada y los gritos se mezclaban con los sueños, y la orden a los prisioneros era salir de sus celdas. Cuando los marinos vieron a todos parados en fila, dispararon sus armas automáticas a quemarropa. Diecinueve detenidos recibieron el golpe de la metralla, empujados al interior de sus celdas, heridos de muerte. Tres lograron sobrevivir, e insistieron con la práctica política.
En agosto de 1976 el comisario Carlos Gallone, de uniforme impecable y mirada fría, ordena bajar a treinta detenidos del tercer piso de Coordinación Federal, para trasladarlos a un descampado en las afueras de la ciudad. Otros oficiales participan en la selección de entre numerosos secuestrados alojados allí. Veinte hombre y diez mujeres fueron adormecidos luego de una inyección, bajados a la planta baja, subidos a un camión y trasladados al campo, a sesenta kilómetros. Los bajaron en un descampado cerca de la localidad de Fátima, y rompieron el silencio de la noche con un tiro en la cabeza a cada uno, y si quedaban dudas sobre la intención de ejecutarlos, los dinamitaron. Fernández Suárez ascendió a coronel, Sosa se escondió muchos años en el exterior, y Gallone se hizo famoso con una foto donde abrazaba a una Madre de Plaza de Mayo. Tres masacres ordenadas desde la cúpula del poder, con sus ejecutores implacables que pasaron a la historia como los encargados de cuidar el orden de la civilización occidental liberal y capitalista. En las tres matanzas gobernaban dictaduras, con presidentes de facto, militares de triste fama por su capacidad de entrega del país a potencias extranjeras: Pedro Eugenio Aramburu, Alejandro Agustín Lanusse y Jorge Rafael Videla. Las tres masacres no fueron el capricho de un oficial desquiciado, de un loquito suelto, de un comisario psicópata. Las masacres fueron parte del plan de eliminación que en los tres casos aplicaron los dictadores, los hombres del poder, un plan sistemático para imponer el orden de los cementerios. No eran las primeras masacres, ni serían las últimas. El hilo rojo Entre los numerosos civiles que se levantaron junto al general Juan José Valle contra la dictadura de Aramburu estaban Héctor Juan Pirilo Carnaghi, obrero ferroviario quien, junto a su esposa Haydeé Cirullo, formó parte de la resistencia peronista hasta su muerte. Aunque Carnaghi fue detenido y torturado, esa noche no murió sino que lo mantuvieron un mes preso. El ferroviario y su esposa participaron de diversos marchas, pintadas y actos de sabotajes contra las distintas dictaduras. Carnaghi cayó preso varias veces, sufrió en carne propia los vejámenes en cada cárcel que estuvo y, como consecuencia de esos maltratos a su cuerpo, murió en la década de 1960. Antes tuvo a Carmen, su hija con Haydeé, niña que desde siempre vio a sus padres enfrentarse contra las dictaduras. Carmen era adolescente y participó de la campaña Luche y Vuelve, por el regreso de Perón del exilio. Haydeé empezó a rodearse de jóvenes, entre ellos Dardo Cabo y su grupo, quienes por verla más grande la llamaban Tía Tota. Las dictaduras de Aramburu, Onganía, Lanusse y Videla la persiguieron, pero no la pudieron atrapar. Con la desaparición de compañeros, durante la última dictadura, y cansada de huir de una casa a otra, decidió quedarse en una vivienda de Villa Martelli, esperando a que la buscaran. Carmen, que ya tenía 25 años, era docente y estudiante de abogacía, no pudo convencerla de esconderse y decidió quedarse junto a su madre. Ambas fueron secuestradas por una brigada de la Policía Federal, llevadas al centro clandestino que funcionaba en el tercer piso de Coordinación Federal, y por fin fusiladas en Fátima, el 20 de agosto de 1976. La Tía Tota, que logró eludir el cerco de los fusiladores del ‘56, cayó bajo la nueva generación de terroristas estatales del ‘76.
Carlos Pargas, nació en Gualeguaychú, a orillas del Uruguay, y allí aprendió a querer el río y navegarlo con su velero Vagabundo. Después del secundario fue a La Plata, a estudiar, después se casó y se instaló en Buenos Aires donde consiguió trabajo en el Banco Nación, en Paraguay y Pellegrini, pleno centro. Pronto fue elegido delegado sindical, a la vez que militaba en la JTP. Su hermana menor, Rosa María, también entrerriana, era poeta y heredó de la familia el fervor por la política. Viajó a la gran ciudad para estudiar y a la vez se enroló en el peronismo revolucionario. Por su militancia política, la llevaron a la cárcel de Rawson, bajo la dictadura de Lanusse, donde conoció y novió a la distancia con otro detenido: Alberto Camps. Nunca se tocaron, solo se miraban y mandaban cartitas todos los días, para acortar la distancia, hasta que un día estuvieron cerca y se rozaron los dedos. El 15 de agosto de 1972 Alberto formó parte del contingente que se fugó de la cárcel, aunque no llegó a subir al avión que despegó del aeropuerto de Trelew. A los diecinueve fugados los llevaron a la base almirante Zar, donde una semana después los fusilaron en la puerta de sus celdas. Sobrevivieron tres, entre ellos Alberto, quien quedó herido, se recuperó, y salió en libertad el 25 de mayo de 1973. María Rosa escribió un poema muy sentido cuando supo lo de los fusilamiento. La supervivencia de Alberto le abrió las puertas a una nueva vida, y al quedar libres se casaron. La militancia del matrimonio Camps-Pargas continuó, y a la vez ampliaron la familia con dos hijos: Mariano y Raquel. Cárcel y exilio fue parte de sus vidas en tiempos de democracia y, antes que se instalara la dictadura, volvieron al país de manera clandestina. Él, un FAR que integraba Montoneros, fue uno de los responsable de la Columna Sur.
Carlos Pargas nunca pensó que iba a estar frente a un pelotón de fusilamiento como el que enfrentó su cuñado. La brigada que lo fue a buscar a las oficinas del Banco Nación se lo llevaron frente a la mirada asombrada de todos sus compañeros, quienes no supieron más de él con vida. Primero a Coordinación Federal, y días después a la localidad de Fátima, donde lo ultimaron. La familia Pargas tuvo su primera víctima en agosto de 1976, pero la dictadura se encarnizó con el matrimonio Camps – Pargas, y un año más tarde los secuestran en Lomas de Zamora. Otra vez dos dictaduras, la de Lanusse y Videla, se enlazan a través de un hilo rojo sangre.
Un método sencillo
Sin querer hacer un racconto preciso, a lo largo de más de dos siglos las balas se impusieron a la inteligencia y a la política. Muchas veces olvidamos el fusilamiento de Santiago de Liniers, el hombre que encabezó la reconquista de Buenos Aires un 12 de agosto de 1806; y también echamos al desván de la memoria a Manuel Dorrego, fusilado por los que firmaron de manera secreta la entrega de la Banda Oriental al capitalismo británico. Y ya en el siglo XX podemos mencionar la semana trágica de 1919, las masacres de Santa Cruz en 1920 o la represión en los quebrachales del norte santafesino. En el siglo XX se siguió masacrando a los primeros pobladores de esta tierra con ataques en Napalpí de 1924 o Rincón Bomba de 1947, ambos con uso de aviones para coronar el exterminio. Las armas del Estado al servicio de una represión violenta contra los que el poder señalara como enemigo interno. Y en el siglo XXI, en gobiernos elegidos de manera democrática, tenemos a los 38 asesinados en la rebelión popular en la Plaza de Mayo en diciembre de 2001, o los asesinatos en la Patagonia de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, estos últimos defendían la tierra de los argentinos.
Para que la memoria no sea un cementerio, recuperamos nombres de víctimas, a la vez que no hay que olvidar quiénes son los victimarios de las masacres argentinas, porque hay un hilo que las une. Ese hilo tiene un color antipopular, antinacional, con la oligarquía que actúa como gerentes de colonia, y que responde la orden de los imperios extranjeros que busca la eliminación de todo aquel que luche y se resista.
* El autor escribió El secreto de Fátima. Memoria para treinta olvidos. Pilar. Editorial Sol y Tinta. 2023
Ilustración de Gabriel Assad.