Desaparición de Darío Jerez: la playa de la doble impunidad

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    Darío Jerez
    Foto: Memoria Activa Darío Jerez

Desaparición de Darío Jerez: la playa de la doble impunidad

22 Octubre 2026

Darío no murió. Darío no se fue. Darío desapareció en una calle de Santa Teresita, cerca de su casa y muy próximo a la playa. Viviana, su esposa, lo buscó apenas se dio cuenta de su ausencia, siguió pistas plantadas, creyó datos falsos, caminó senderos con callejones sin salida, se enfrentó a testigos ladinos, y soportó una justicia esquiva. Un Ford Fiesta, estacionado en contramano en la esquina de 23, entre 29 y 27, sobre el asfalto caliente del mediodía, quedó como testigo mudo del momento en que Darío bajó y no se supo más de él. Hace 25 años que la impunidad impera sobre el caso.

La desaparición de una persona es el paso al abismo, a un agujero negro donde la incertidumbre, la angustia y la desesperación invaden a sus familiares y amigos que quieren saber dónde está ese ser querido. La última dictadura dejó el reguero de 30.000 desaparecidos, los suficientes para que medio siglo después el trauma siga en la conciencia de los argentinos. Esa situación de desaparición forzada se repitió en democracia, siendo algunos casos emblemáticos los del estudiante de periodismo Miguel Bru, los del testigo en juicio de lesa humanidad Jorge Julio López -quien había sido secuestrado en dictadura-, y el adolescente Luciano Arruga, entre otros. 

En la costa bonaerense el caso testigo, que sigue impune y con un reclamo constante por parte de la familia y la comunidad, es el de Darío Jerez, desaparecido en una esquina de Santa Teresita el 25 de octubre de 2001. La sospecha rondó en la estructura municipal de entonces, y la impunidad impera desde el primer momento. La nueva instancia que impulsa la familia para saber dónde está y qué pasó con Darío es ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

La tormenta sobre la rutina

La mañana del 25 de octubre de 2001 estaba soleada y los movimientos de la casa de la calle 46, entre 6 y 7, fueron rutinarios. Julián y Joaquín, los hijos mayores del matrimonio Jerez- Zubiaurre, desayunaron con sus padres y se fueron al colegio. La pareja organizó el día hasta media mañana, luego Darío se fue, con su camisa blanca con rayitas celestes y un pantalón gris claro. En la mano llevaba un pullover beige, por si refrescaba. En el portafolios tenía el registro de conducir, documentos de la empresa de tarjetas de crédito Comprar SRL, donde trabajaba, y los papeles para levantar pedidos para Arcor, su otra fuente de ingresos. Viviana se quedó con la limpieza de la casa, ordenó habitaciones y, hacia el mediodía, preparó el almuerzo. Él visitaba comercios, anotaba los pedidos y regresaba después de las 12, para llevar al colegio a Germán, el más chico, y a Viviana al jardín de infantes donde trabajaba como maestra jardinera.

Darío no llegó y Viviana lo llamó pasadas las 12:30. Del otro lado solo respondía el contestador automático. Ella imaginó que estaba con algún cliente, esperó un rato y probó otra vez, pero no atendió. Trató de tranquilizarse, se puso el guardapolvo, llevó a Germán al colegio y fue al jardín. Todavía el sol estaba a pleno. Hacia las 14:30 se levantó un viento fuerte que preanunciaba la llegada de una tormenta. Los pájaros levantaron vuelo alarmados cuando sopló, desde el mar, un viento fuerte y salado, luego el sol quedó oculto detrás de nubarrones violetas. Viviana le pidió permiso a la vicedirectora para llamar a su casa y avisarles a los chicos que cerraran las ventanas y bajaran la ropa del tendedero. Julián, el hijo mayor, atendió y le dijo que Darío no estaba en la casa.

Las primeras gotas caían en el mar, en las arenas de la costa y en el asfalto de la ciudad. Viviana se preocupó por la suerte de su marido, porque era muy ordenado y metódico, y antes de las 15 dictaba los pedidos a Arcor para no retrasar las entregas. Las compañeras del jardín le dijeron que Darío era muy solidario y ayudaría a alguien en apuros. La insistencia con el celular fue frustrante, seguía con el contestador. A las 16, llamó a Félix Ramírez, amigo de Darío, para confirmar si pasó los pedidos. Le contestó que no y ella le pidió que la pasara a buscar para averiguar qué había ocurrido. A la lluvia le siguió una tormenta torrencial.

Cuando Ramírez llegó, Viviana estaba con su compañera Elizabeth Latorre. Encararon la calle 42, y pararon en la comisaría para informar la situación, aunque sin hacer una denuncia formal. Fueron al barrio del Golf, donde Darío tenía el recorrido esa mañana. La dueña de un mercadito confirmó que lo vio. La lluvia seguía cayendo y la calle parecía un arroyo. Al doblar la calle 2, Viviana se acercó a la oficina de Carlos Subirol, el hombre que llevó a Darío a Comprar SRL, para preguntarle si sabía algo. Comprar SRL era una financiera ligada a la gestión del intendente radical Guillermo Magadán (1995-2003). La entidad pertenecía a los hermanos Roberto y Ricardo Sampietro, militantes radicales. Silvia del Palacio, la esposa de Ricardo, era la presidenta del Concejo Deliberante. Los nexos partidarios ayudaron a crear la tarjeta de crédito Comprar SRL y ofrecerla como servicio a los empleados municipales. 

Darío Jerez y Viviana Zubiaurre eran amigos de Alejandro Muñoz y Carlos Subirol, y eso los ayudó a entrar a la empresa: ella con las tarjetas de crédito y él con los créditos comerciales. Les dijeron que ese día no vieron a Darío, así que ella volvió. Antes pasó por la escuela a retirar a Germán, lo dejó en lo de una vecina y fue a su casa. Recibió la llamada de Graciela Randone, esposa de Subirol y amiga íntima. Le pidió que llevara las llaves del auto, y encontraron el vehículo abandonado en las cinco esquinas, Diagonal 23 y calle 3. Viviana estaba desesperada, con un dolor en el pecho, como golpeada por una ola, y no pensaba con claridad. Llegó y vio el auto gris, un Ford Fiesta, chapa CLA 593, estacionado en contramano, al lado de un kiosco de revistas. En el asiento del acompañante vio el pullover beige de Darío, el cargador del celular tirado en el suelo de adelante, un estuche de anteojos junto a la palanca de cambios y una caja de galletitas en el asiento de atrás. No estaba el maletín negro de Arcor que él siempre llevaba, donde guardaba toda la documentación. Miró alrededor, observó los edificios a ver si se asomaba Darío y, al no encontrarlo, empezó a llorar.

La búsqueda

El dueño de un lavadero vio a Jerez por la mañana, y su esposa se sorprendió que estuviera estacionado en contramano y permaneciera tanto tiempo dentro del auto. Un rotisero confirmó que estuvo mucho tiempo en el vehículo, en contramano, y al mediodía bajó, entró a su local, donde él le hizo un pedido y le pagó una parte. Subirol estaba junto a un grupo de personas que Viviana no conocía. Se acercó a ella y le pidió que abriera el auto. Uno de los presentes dijo de avisar a la policía y no tocar nada del interior
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- Tranquilo, yo me hago cargo-, dijo Subirol. Viviana lloraba, pero el hombre de Comprar SRL la tranquilizó y le recomendó que se fuera a su casa. Aturdida, volvió a obedecer, sintió sus labios salados, por las lágrimas, o por el viento del mar. Elizabeth Latorre la llevó. No terminaron de entrar en la casa de la calle 46 cuando, en medio de la lluvia, asomó el auto familiar y estacionó frente a la casa. No manejaba Darío. Miguel Lasalle llevó el auto por orden de Subirol, a pesar de alterar la posible escena de un crimen.

Viviana volvió a insistir con el celular, y en el 02257 156 3 7979 quedaron registradas las 124 llamadas que hizo ese día. La última vez que Darío usó el celular fue la noche anterior. Viviana llamó a su suegra y a su cuñado, que estaban en un campo del distrito de General Lavalle. Cortó y fue a la comisaría de Santa Teresita para denunciar la desaparición. Era tarde y una mala ráfaga apagó el ocaso de los mares. Varias amigas se le unieron en la dependencia, luego la acompañaron a su casa, donde llegaron familiares, vecinos y conocidos. Muy tarde llegó el intendente Guillermo Magadán, habló un rato con ella y luego fue a la comisaría para ordenar que se investigue. El jefe comunal nunca más llamó a Viviana.

Darío era oriundo de Maipú, criado en campos de General Lavalle, donde se hizo baqueano y aprendió el oficio de nutriero. Se conocieron con Viviana en una fiesta y se casaron cuando terminaba la dictadura. Tuvieron tres hijos. Ella no dejó de trabajar. Él era muy buen vendedor y tenía tres trabajos para llegar cómodo a fin de mes. Los dos eran radicales, ella no militaba, y él empezó a hacerlo en 1985, pero sin aspirar a cargos, sino que llevaba estadísticas, carpetas, fichas de afiliación, todo lo burocrático dentro del comité. Siempre vivieron en Santa Teresita. Ambos conocían muy bien las playas, cada uno de los pueblos del distrito y las calles del mar. A su vez, los vecinos los conocían y tenían el mejor de los conceptos sobre ellos.

Subirol llevó a Viviana a la fiscalía, a la Departamental de Investigaciones y a los lugares que él creía necesario. Desde la comisaría la hacían ir todos los días, a veces dos o tres veces. Declaraba, la volvían a interrogar, le mostraban cuerpos para que identificara, incluso algunos cadáveres morenos, corpulentos o con tatuajes, a pesar que ella había dicho que Darío era blanco, pequeño y sin señas particulares. Subirol la ayudaba, la acompañaba siempre, incluso se quedaba en su casa para escucharla, aconsejarla y lanzar las más diversas hipótesis. Visitaba la casa de cada testigo que declaraba. Iba con el abogado Laurenzano y se hacía pasar por el fiscal para indagarlos.

Pasaron días, semanas y meses, y Viviana fue bombardeada con cientos de teorías: que Darío se fue con otra mujer; que se hizo homosexual y se fue con un hombre; que había visto o escuchado “algo” y lo eliminaron; que había salido del país, a Brasil o Chile; que lo tiraron a la ría de Ajó; que se suicidó. La policía se entusiasmó cuando desde Comprar SRL alguien les pasó el dato de un camión asaltado por un tal Darío Jerez, y siguió la pista sin darse cuenta que se trataba de un homónimo. Otro día un muchacho, con una discapacidad mental leve, llamó a Viviana para decirle que él había asesinado a Darío, y en este caso la policía confirmó que el muchacho fue inducido a semejante declaración a cambio de materiales que necesitaba para su casa y se lo llevaron desde el municipio. La marejada de conjeturas la planteaban amigos íntimos, y en un momento se dio cuenta que estaban encubriendo algo grande.

El abogado Ramiro Gutiérrez le dijo a Viviana que detrás del asunto estaban los Magadán. Ella no le creyó: esa familia formaba parte de su vida. Manuel Magadán fue tres veces intendente de Lavalle, tanto en democracia como en dictaduras (1962, 1973 y 1982). Era un médico reconocido en San Clemente y atendió el parto de sus tres hijos. Guillermo, el hijo abogado del clan Magadán, fue elegido intendente en 1995 y en 1999. Diez días antes de la desaparición de Jerez, el 14 de octubre de 2001, fue elegido concejal el médico Alejandro Magadán, hermano del intendente.

Mientras Viviana masticaba los rumores, su hijo Julián tuvo fiebre y llamó a su pediatra. El doctor Magadán viajó de San Clemente a Santa Teresita. Atendió al chico, se sentó en el living con la confianza que tiene un médico de familia y sacó el tema Darío. A Viviana se le llenan los ojos de impotencia cuando recuerda la escena. 

- ¡Basta ya Viviana! Agarrá a los chicos y andate de vacaciones - le dijo, y ella empezó a ver las cosas de un modo distinto.

Doble impunidad

Muchos conocían a Darío, y sabían de la lucha de Viviana por su aparición. Las marchas del silencio se sucedieron aquel año, y al siguiente, y hubo una gran manifestación al cumplirse el primer aniversario de la desaparición de Darío.

- Vasquita, te guias por tus amigos y no hablás ni escuchás a tu familia. ¿Qué te pasa? El reproche venía de Raúl Caballo Medina, un boxeador muy conocido en La Costa y hermano de Viviana por parte de madre. Pero ella volvía a subir al auto de Subirol, su amigo, para ir a la comisaría, para ver cuerpos NN o los huesos que aparecían en las playas y verificar si eran de un animal o de Darío. El giro total fue cuando su mamá la llevó a la playa para hablarle. Le enumeró punto por punto las situaciones y las hipótesis con que era engañada. Le nombró a quienes la manipulaban y la manera en que la alejaban de su familia: cada nombre era de un amigo de su círculo íntimo. Para Viviana fue como si se le cayera una venda y viera la luz. Contrató a una abogada nueva y comenzó desde cero.

Pasados los años Viviana Zubiaurre pudo reconstruir los últimos pasos de su marido en las cinco esquinas de Santa Teresita: Darío estacionó en contramano, permaneció en el auto un rato largo, luego bajó, entró a una rotisería, levantó el pedido, cobró parte de una deuda y se retiró. Cuando iba a subir al Fiesta gris se cruzó en la vereda con un hombre alto, con un portafolio negro. Charlaron un rato, el hombre sacó un celular y se lo dio a Darío para que hablara. Cuando cortó los dos se fueron caminando. Era mediodía, el sol brillaba a pleno. El auto quedó allí, sobre la Diagonal 23, en contramano.

“Si bien el golpe para nosotros fue fuerte, muy fuerte, siempre tuvimos claro de debíamos aprender a vivir con esta pena. Por este motivo traté, o mejor dicho tratamos, de continuar la vida hacia adelante con los altibajos que el dolor, la impotencia y la incertidumbre te permitan”, deslizó, en diálogo con AGENCIA PACO URONDO, Viviana Zubiaurre.

El juicio por la desaparición de Darío Jerez se realizó en la ciudad de Dolores en marzo de 2013. Hubo cuatrocientos testigos y los fiscales Diego Torres y Diego Bensi acusaron a cinco personas por encubrimiento: Carlos Subirol; el ex concejal Daniel López; el ex director de Inspecciones Gerardo Ibarra; el chofer y custodio del secretario de Gobierno, Gastón Leandro Alzugaray; y Alejandro Muñoz, socio de Comprar SRL, jefe directo de Jerez y amigo personal. Según testigos, fue el último hombre que vio y conversó con Darío en la vereda. El sexto hombre sentado en el banquillo fue Jorge Grande, mano derecha del intendente Magadán, acusado de negar conversaciones telefónicas con el encargado de la morgue del Hospital de Mar de Ajó. El 12 de abril de 2013 el Tribunal en lo Criminal Nº2 de Dolores, integrada por los jueces Analía Ávalos, Jorge Tamagno y Carlos Colombo, absolvió a los seis imputados. La impunidad total.

Viviana apeló a Casación de La Plata y el 16 de junio de 2014 el fallo se anuló, y la Suprema Corte bonaerense confirmó el criterio de Casación. Se debía juzgar a los absueltos otra vez. La esposa de Jerez educó a sus hijos, quienes, llegados a la adultez, lograron uno o dos títulos profesionales: Julián es diseñador en Comunicación Visual y abogado, Joaquín es profesor de Educación Física y de Historia, y Germán es docente de Historia. Cada uno de ellos formó su familia, se sumaron nueras y nietos. A su vez, Viviana logró una licenciatura en Servicio Social, actividad que ejerce.

Algunos años más tarde uno de los acusados reclamó que se declare el caso como prescripto. En octubre de 2017, a días de cumplirse 16 años de la desaparición de Darío, se reveló que los jueces de Dolores, integrantes del Tribunal en lo Criminal Nº2, decidieron declarar en ese sentido y por lo tanto cerraban la causa, sin realizar el segundo juicio ordenado desde La Plata. El texto dictaba: “Declarar extinguida la acción penal por prescripción de la misma en fecha 21 de febrero de 2017, y en consecuencia sobreseer en esta causa a Alejandro Gustavo Muñoz, Carlos Subirol, Daniel Claudio López, Gerardo Cristian Ibarra y Jorge Eduardo Grande”. Alzugaray murió tiempo antes, y se llevó secretos a la tumba, como lo que escuchó en una conversación en el Palacio Municipal donde confirmaban que los autores materiales de la desaparición habrían sido tres personas apellidadas Sarraillé, Bin y Ríos. La apelación de la familia no prosperó. La impunidad otra vez se impuso en la justicia.

“Pasaron 25 años y todavía no sabemos qué fue lo que hicieron con Darío. Lo mucho o poco que hizo la justicia es insuficiente. El tribunal de la ciudad de Dolores absolvió a los acusados con el argumento de que no se probó la desaparición. La Cámara de Casación y la Suprema Corte bonaerense lo consideraron un argumento irrisorio y ordenaron que el juicio se realizara nuevamente. El paso del tiempo en todo ese recorrido burocrático hizo que los acusados pudieran pedir la prescripción. Y aquí estamos, todavía sin que ningún responsable pague por sus actos”, sostuvo Zubiaurre.

En octubre de 2021 la Comisión Provincial por la Memoria se presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para solicitar que declare el caso como desaparición forzada y exija al Estado argentino que investigue para cortar con dos décadas de impunidad. La comunidad del partido de La Costa no olvida, pinta murales, hace canciones, arma páginas web, organiza maratones y, como cada 25 de octubre, vuelve a la calle como un martillo constante en la conciencia del Estado. Los ojos de Viviana se humedecen cuando mira a sus nietos y sabe que su esposo no los puede disfrutar. “A Darío lo recordamos cada día de nuestras vidas, y cada 25 de octubre realizamos actos u eventos culturales donde contamos con la participación de diferentes grupos y personas que nos acompañan y muestran su arte con un fin específico: mantener vivo el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia”, finalizó.