Vacunas en tiempos de anti-ciencia
El mundo está viviendo momentos de grandes trasformaciones. En particular, en el área de la salud humana, se han producido enormes avances que hoy impactan con mayor precisión y oportunidad en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, mejorando también la prevención y la rehabilitación.
No es objetivo de esta nota avanzar sobre cuestiones como la equidad con la que las diferentes poblaciones acceden a estos avances de la ciencia, sino una consideración en general de como están impactando en el campo de las enfermedades crónicas no transmisibles, las agudas transmisibles, poco frecuentes, entre otras. Tampoco haré mayor mención a los cuestionamientos sobre el rol de la industria farmacéutica, desde hace tiempo definitivamente abocada a moverse como empresas cuyo principal objetivo es obtener rentabilidades extraordinarias que rozan lo obsceno, situación que no sería tan dramática si no fuera que estamos hablando de bienes que pueden marcar la diferencia entre la vida o la muerte o una mejor o peor calidad de vida.
Pero hay avances que ciertamente y gracias a políticas sanitarias a escala global, estaban llegando a la mayoría de las poblaciones, independientemente del mayor o menor nivel de desarrollo económico y humano de los países en los que habitan. Las vacunas eran un claro ejemplo de esto y existe un consenso generalizado en el mundo de la salud sobre que su impacto en la prevención de enfermedades ha sido tremendamente beneficioso para la humanidad, evidencia que se manifiesta en claros resultados de disminución de la morbimortalidad que se miden por millones.
Junto a los antibióticos y las sales de rehidratación oral, las vacunas han impactado de modo masivo en la salud de los pueblos, pero por estos tiempos, estas últimas sufren un fuerte ataque por parte de diferentes grupos y sectores sociales enancados también en diversas fundamentaciones. No es un fenómeno reciente, pero se fue incrementando paulatinamente desde hace unos veinte años, siendo por entonces patrimonio de grupos marginales pero que, desde la pandemia del Covid 19, amplificó notablemente su penetración en el ideario de la sociedad generando duda y desconfianza y desalentando su aplicación.
Nuestro país, con una vasta historia de adhesión a la utilización de vacunas y que cuenta con uno de los mejores Programas Obligatorios y Gratuitos de inmunización, no quedó exento de este fenómeno, con la consecuente caída en las coberturas.
Los movimientos anti vacuna
Ninguna conducta que se masifica en la sociedad reconoce una sola causa. Seguramente son varias las que determinan esos fenómenos, algunas más determinantes y otras menos. Y es altamente probable que, además, estén conectados con otras transformaciones críticas que se están produciendo en las poblaciones en estos últimos años de la modernidad.
Los movimientos antivacunas son una de las causas que está incidiendo negativamente en la pérdida de confianza representan un desafío complejo de salud pública con múltiples dimensiones. Para abordar la pregunta de manera integral, es necesario considerar tanto los efectos directos como indirectos, así como las variaciones regionales.
En este sentido, y solo por mencionar un tema específico, resulta impactante un dato sanitario poblacional: la caída estrepitosa de la tasa de natalidad en apenas una década no prevista por ningún estudio prospectivo, por lo menos en la dimensión de hasta más del 40 % como está sucediendo en Argentina. Se menciona este dato como mero ejemplo, pero podríamos listar decenas. Habrá que profundizar en los estudios para determinar la conexidad o no entre estos cambios de conducta trascendentales que se están produciendo a escala global aunque, como es de esperar, con particularidades por región o país.
El impacto más inmediato que estamos observando es la disminución de las coberturas vacunales, pero esto no ocurre de manera uniforme. En algunos países desarrollados con altas coberturas históricas, reducciones no tan grandes pero constantes en el tiempo pueden tener consecuencias debido a la pérdida de inmunidad colectiva mientras que en regiones con sistemas de salud frágiles y con peores índices de desarrollo humano, la difusión masiva contra las vacunas mala puede acrecentar con mayor velocidad problemas preexistentes.
La prédica creciente en contra de la confianza en las instituciones de salud y en las acciones de salud científicamente comprobadas están produciendo el resurgimiento de enfermedades previamente controladas lo que representa retrocesos significativos en décadas de avances en salud mundial.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica la "vacilación vacunal" como una de las 10 principales amenazas para la salud global. A la fecha, el resurgimiento de enfermedades evitables es palpable: entre 2016 y 2019 los casos mundiales se triplicaron, con brotes graves en Europa, EE.UU., Filipinas y América Latina y reaparecieron casos de enfermedades como la difteria y la tos convulsa en países donde estaban casi eliminadas. En Pakistán y Afganistán, la desconfianza hacia la vacuna contra la polio asociada a teorías conspirativas, está dificultando avanzar en su erradicación.
La predica de los movimientos anti vacunas no solo contribuyen a bajar las coberturas sino que también introducen grandes dudas acerca de cómo responderían las poblaciones ante posibles futuras pandemias ya que sus posiciones pseudocientíficas minan la credibilidad de la ciencia, la evidencia médica y los organismos de salud pública. Resulta tremendamente dañino que estas prácticas se hayan instalado en las máximas esferas del poder mundial, como es el caso del Secretario de Salud y Servicios Humanos de EEUU de Norteamérica Robert Kennedy por la enorme capacidad de divulgación que tiene su palabra, reproducidas y avaladas por el propio presidente de ese país, Donald Trump o del de Argentina, Javier Milei, que repite y replica en nuestro país todo lo que dicen tanto Kennedy como Trump. Indudablemente todo este desquicio tendrá mayor impacto en los sistemas de salud por el aumento de casos de enfermedades que estaban erradicadas y, concomitantemente, habrá un aumento en la demanda de servicios de salud con su correspondiente costo económico. Algunos estudios ya ponen una cifra al costo extra de atender esta problemática, situándola en el orden de los 7 mil millones de dólares.
Por lo pronto, según datos de la Sociedad Argentina de Pediatría, la caída de cobertura afecta de forma transversal a todas las edades pediátricas, pero es particularmente alarmante en los niños menores de 18 meses, embarazadas y en la adolescencia y ninguna de las vacunas alcanzó la meta deseable del 95% que asegura inmunidad colectiva siendo muchas las que están muy lejos de ese objetivo: por solo mencionar ejemplos, la Triple Viral (Sarampión, Paperas, Rubéola) aplicada a los 5 años muestra una cobertura del 46% cuando entre 2015 a 2019 era del 90% y en ese mismo grupo de edad, el refuerzo de la vacuna antipoliomielítica cayo del 88 al 47%. Niveles de caída similares registra la Triple Bacteriana Acelular que contiene la vacuna contra la Tos Convulsa (Coqueluche), enfermedad que ya se cobró siete víctimas fatales durante 2025.
¿Cómo responder?
Indudablemente las respuestas deben ser multidimensionales, y los principales actores deben ser el Estado y la Comunidad, incluyendo este espectro, a funcionarios gubernamentales, trabajadores de la salud y en general, instituciones de la ciencia y la academia, organizaciones libres del pueblo, sector empresarial, líderes y actores de la comunicación en todas sus versiones, población en general. Es indudable que elaborar las mejores respuestas requerirá no sólo de una visión médica sino de un gran espacio de interdisciplinas, en el que deberán estar presentes, además de las incumbencias vinculadas a las ciencias de la salud, la sociología, la politología, la antropología y hasta la filosofía, porque es muy probable que lo que está pasando con las vacunas (y los anti vacunas), sea un emergente más de una crisis de alcances civilizatorios.
Como respuestas inmediatas y reactivas, por estos tiempos la OMS y UNICEF están proponiendo estrategias para contrarrestar la desinformación, como la promoción de educación científica y la colaboración con plataformas digitales para frenar noticias falsas. Algunos países han implementado medidas legales (ej. eliminación de exenciones no médicas para vacunación escolar) para mantener coberturas adecuadas. Otras medidas aisladas o desarticuladas se están llevando a cabo, pero nada parece indicar que tengan posibilidades de un gran impacto positivo que revierta la situación, mucho menos en países con gobiernos que alimentan y promueven estas ideas anti científicas, como es el caso de la Argentina que ha llegado al extremo de permitir reuniones de grupos anti vacuna en el mismísimo Congreso de la Nación, en las que se vieron presentaciones y escenas vergonzantes, totalmente reñidas con la más mínima racionalidad. Está claro que en estos casos, poco o nada podrá hacerse si no hay un cambio total en la mirada obscurantista del actual gobierno sobre la salud, los derechos y la ciencia. Es muy difícil que esto suceda, por lo que será el pueblo el que deberá corregir esta triste realidad con la mejor herramienta que tiene, el voto.