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22.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en el TiempoArgentino.com)
Soy una herida abierta. Pasaron 34 años y cinco meses desde que caímos en sus manos.

Mamá ahora tendría 62 años, tenía 28 cuando se la llevaron.
Papá tenía 46 y ahora tendría 80 pirulos, si no le hubieran arrebatado la vida de un golpe.
A mí me faltaban once días para completar el primer año cuando me torcieron el destino: fui secuestrada y pasé 23 días desaparecida. Conservo ese momento grabado en la memoria.
A través del vidrio blindado nos volvemos a ver, los años no atenuaron la maldad en sus ojos. ¿Sabrán quién soy cuando me clavan la mirada? ¿Se acordarán? Y enseguida me respondo: seguro, se acuerdan todo, saben bien qué y dónde. Tienen a mamá, y esa es su única ventaja sobre mí.
Al verlos no siento enojo, ni odio, ni nada por ellos, todos los sentimientos son hacia mis padres, es puro amor y dolor lo que me desborda. Con cada lágrima dejo ir el peso de una piedra. El primer paso post-impunidad parece reubicarme ante la vida con muchos menos dolores. Nada compensará el tiempo dolido, ni devolverá lo perdido, ni reparará lo destruido, pero este principio de justicia ayuda a ver al futuro de otra forma, anticipa una paz desconocida.
Están los jueces, el fiscal y los abogados para hacer de la justicia un hecho. Se siente la contención de la Corte Suprema y la presencia del presidente pingüino, a quien lamento no poder agradecerle su coraje para que estos juicios se llevaran a cabo. Sin estar, están los abuelos, mi hermana y tantas otras personas que hubiesen querido llegar a este momento pero se les fue la vida antes. Se siente la presencia de Alfredo Guevara (p), piedra fundamental de este juicio que tanto le pertenece. Se siente el calor de las antorchas de Puente de Hierro y el respaldo de las miles de personas que me abrazaron en la vigilia, y el cariño llegando de lejos, se siente todo ese amor en el cuerpo. Se siente que el futuro será más bello y justo, porque aunque cueste creerlo, nada es imposible, y podemos hacer del mundo un lugar mejor, empezando por evitarnos convivir con los delincuentes que llevaron a cabo esta masacre. Ojalá paguen tras las rejas las deudas que con sus propios actos adquirieron con la sociedad.
Mi más sincero deseo de Salud y Larga Vida PRESOS a todos ellos, para la salud de todos los demás.
 
 
(*) Ángela Urondo es hija de
Alicia Raboy y Francisco Urondo.

(Agencia Paco Urondo)
 

22.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Una tarde, en 1975, cuando tenía 4 años, salimos con mi viejo en el auto y creo que por Avellaneda nos empezaron a perseguir. Luego de unas aceleradas y frenadas bruscas abandonamos el auto y tomamos un tren. No tengo muy claro para dónde pero sí sé que esa noche en la galería del subte de Constitución llegó a mis manos un mecano. No lo había pedido o deseado, nunca había visto uno hasta ese momento en que lo tenía entre las manos, mientras iba a cococho de mi papá.
 
Luego de conocer de qué se trataba el juego, nunca más en la vida lo olvidé. Alrededor de ese juego nos reuníamos los hombres de mi familia; yo esperaba a mi hermano Héctor y a mi viejo con todas las piezas desparramadas en la mesa y con algunos proyectos armados que no eran más que unos muñecos tipo pata largas. Héctor con 19 años era el encargado de armar los modelos más complejos que el kit ostentaba: la avioneta, el helicóptero o la grúa móvil. Tantas horas me entretenía el juego, que para principios del año 1976, un día mi viejo me encontré en el comedor y me preguntó: “Che ¿qué nombre le pongo al taller?”. No caben dudas de qué fue lo que contesté. De esa forma, entre el juego predilecto del más chico y el motor de la camioneta del más grande de los hermanos Guede, “El Dante” compuso lo necesario para la cartelería y papelería del nuevo proyecto (un taller mecánico).
Los fierros nos apacinaban. No hay historias familiares de un Guede si un auto, camioneta, camión o cartin. Héctor aprendió a manejar a los 9 años, una camioneta que mi viejo le pidió que lavase para llevarla a carrozar. La anécdota cuenta que mi hermano entraba y salía con almohadones y que “La Tota” descubrió que la camioneta estaba estacionada pero en sentido contrario en el que estaba esa misma mañana. Cuando dejábamos la avenida Calchaquí, era mi momento, mi viejo me sentaba sobre sus faldas y las tres cuadras que nos conducían a casa, las hacía zigzagueando por la calle Los Andes hasta la puerta y lo estacionaba. O que “El Dante” cuando era pendejo se peleó con el padre, se rajó de la casa y el tío descubrió, después de muchos días, que dormía en el camión, por eso encontraba los puchos a la mañana cuando salía hacer el reparto.
El taller se inauguró el 24 de marzo de 1976, el mismo día de mi cumpleaños.
Héctor nos pasó a buscar para el brindis con el camión “la grúa móvil”. Ese día, de pulóver blanco, regresé a mi casa manchado de grasa hasta los ojos, rodeado de motores y herramientas. Mientras los demás comían sanguchitos, yo jugaba al mecano, pero en serio.Para octubre de ese año mi viejo y mi hermano estaban desaparecidos. Otra vez algo que no había pedido ni deseado entre las manos, sí se fue de mis manos, el mecano, que la patota se robó de casa.
Nunca más tuve uno, creo que era de esas cosas muy caras y que no se podían, que con pena y dolor contestaba La Tota a casi todo.
Una vuelta de tuerca puso en mis manos un mecano que disparó todo esto, La Cuca y El Cuco que los conocí hace muy mucho, dando vueltas en las plazas y por las iglesias, ayer me regalaron un mecano, al rato de recibirlo estaba comparándolo con todos mis recuerdos ¿es más grande o más chico? ¿Es igual o diferente? No, no es igual tiene la avioneta, el helicóptero y la grúa móvil. 35 años después puedo armar solo los modelos del kit , extraño muchísimo a los fierreros de casa, que pusieron en mis manos las herramientas para seguir armando el juego de la vida.
Gracias Cu´s por poner en mis manos el juego de la MEMORIA. (Agencia Paco Urondo)

22.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en Tiempo Argentino, gentileza Sergio Pindo ) Poeta, periodista y militante, murió en junio de 1976 a manos de la represión en Mendoza. “La figura de mi viejo está intacta. Pero sobre todo está intacta la ausencia absurda”, dice su hijo Javier. El homenaje de su hija Ángela. Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa”. Con estas palabras Rodolfo Walsh recordaba al querido poeta, periodista y militante Francisco “Paco” Urondo, muerto por el terrorismo de Estado el 17 de junio de 1976, en Mendoza.
Pasaron 34 años desde aquel día, de la emboscada montada por los policías del Departamento de Informaciones –la temible D2–, de la persecución y la balacera por la calles de Guaymallén, de la muerte de Paco, de la desaparición de su mujer Alicia Raboy y el secuestro de su hija de 11 meses, Ángela, luego recuperada por su familia.

Fueron 34 años de espera, de luchar con una justicia tabicada por cómplices de la dictadura, pero el miércoles pasado al fin comenzó en Mendoza el juicio oral por el asesinato del escritor y varios otros casos. Hay diez represores imputados, entre ellos el ex general Luciano Benjamín Menéndez, acusados de haber participado en 32 casos de delitos de lesa humanidad, en su mayoría desapariciones.
“La figura de mi viejo está intacta. Pero sobre todo está intacta la ausencia. Lo más presente es la ausencia absurda”, explicó Javier Urondo, hijo de Paco y de su primera esposa, Graciela Murúa, con la que el poeta también tuvo una hija, Claudia Josefina, desaparecida el 3 de diciembre del ’76 junto a su marido, Mario Lorenzo Koncurat.
Javier es el querellante en la causa de Mendoza, con el patrocinio de los abogados Pablo Salinas y Alfredo Guevara (hijo). Acababa de volver a Buenos Aires de la primera jornada del juicio cuando recibió a Tiempo Argentino en Urondo Bar, el restaurante que tiene en el barrio de Caballito junto a su sobrino Sebastián Koncurat.
–¿Cómo fue ese primer día del juicio, después de tanto tiempo?
–La entrada a tribunales, la espera, el blíndex, los sistemas de cámaras, ver el escenario del debate: todo eso es medio raro. Era una sala muy chiquita, y estábamos divididos por nada con la mujer de quien entonces era el gobernador-interventor o el general de brigada de ese momento. Muy raro. Hubo muchas miradas. Es muy fuerte ver a estos tipos. Por momentos, parecía que estaban en un Casino de Oficiales, muy seguros de que todo siga como hasta ahora. Apuestan a eso y no hay ningún signo de arrepentimiento. Los que estuvieron directamente en la “parrilla”, ocupándose de violar y torturar, esos tipos tienen incluso miradas desafiantes. Les gustaba realmente el oficio, y lo volverían a hacer. Es muy difícil entender cómo funciona la cabeza de alguien para hacer esto, qué lo sostiene. Todo el tiempo trato de entender, pero no lo logro. Eugenio Zaffaroni habla de la construcción del enemigo. De cómo la doctrina de la seguridad interna siempre plantea la construcción de un enemigo al que atacar. Estos tipos son los que se hacen cargo. El Estado policial existe y es uno de los lugares menos tocados de las estructuras del Proceso.
–¿Cuál fue el proceso legal para llegar a este momento?
–Yo empecé todo esto apenas asumió Alfonsín. A mi viejo lo mataron en Guaymallén y lo llevaron a la morgue, Alicia quedó desaparecida y Ángela fue a la Casa Cuna. Mi tía Beatriz, quien ya murió, fue a buscar a Ángela, sabiendo que a Alicia no se la iban a dar. La tía se fue para allá, toda emperifollada, haciéndose la ricachona. Fue, y le entregaron el cadáver del viejo, como NN. Y viajó por Austral con un cadáver NN, salió del Aeroparque con un cadáver NN, lo llevó al cementerio de Merlo y lo dejó en la bóveda de la familia como NN. Una muestra del nivel de poder que tenían estos tipos, que si decidían que querían devolver un cadáver, lo podías llevar a pasear por donde quisieras.
–¿Por qué creés que les entregaron el cuerpo de tu padre?
–Creo que los mendocinos se querían sacar de encima el cadáver de mi viejo. Él ya había estado preso y las firmas a nivel internacional, pidiendo por su libertad, habían sido muy importantes. Creo que eso le dio mucho peso, porque fue rarísimo lo que pasó. A muy pocos les devolvieron el cuerpo de sus familiares. Después, ya en el ’83, para resolver el tema del NN, arrancamos por restituir la identidad de mi viejo. Era un proceso que había que hacer en Mendoza y como yo vivía en Buenos Aires, le di un poder a Alfredo Guevara padre.
–Después se toparon con jueces acusados de ser cómplices de la dictadura, como Luis Miret. ¿Cómo fue lidiar con esa justicia?
–Bueno, el “Gordo” Guevara, quien ya murió, era un obcecado que volvió loco a Miret. Le metía un escrito cada semana, y parte del prontuario de Miret quedó al descubierto por cómo tiraba abajo esos recursos, el ensañamiento que tenía en no avanzar nunca. Después vinieron las leyes de impunidad, pero el Gordo seguía insistiendo, buscando resquicios. Hoy hay muchas pruebas de lo de mi viejo por el laburo solitario que hizo el Gordo. Su hijo Alfredo y Pablo son de la misma escuela. Por persistencia lograron cosas que sorprendieron a organismos con estructuras técnicas de recursos muchos mayores.
–Por su compromiso como intelectual y militante, tu padre es un referente para muchos. Pero, ¿cuál es tu recuerdo personal?
–Creo que mi viejo fue alguien que estuvo en la búsqueda siempre, con una gran necesidad de responder preguntas. Cuando me dicen “tu viejo fue un héroe” o me hablan de la valentía, les digo que los héroes no son algo que me interese. Yo intento humanizarlo. En la historia de los grupos armados había de todo, había terribles intelectuales, a los que no les gustaban los tiros, y también había chicos “fierreritos”, con formación católica militar, que después tuvieron un proceso de formación, pero que de arranque tenían esa cosa del “valiente calzado”. Mi viejo no viene de esa veta.
–Quienes lo conocieron tienen la imagen de alguien entrañable.
–Era un tipo que todo el tiempo se cuestionaba lo que hacía; lleno de debilidades que lo volvían muy humano y creo también más poderoso, porque sabía convivir con ellas. Tenía cierta vergüenza de jactarse de las cosas, jactarse de ser un revolucionario. Creo que no decía ni que era poeta, y no por falsa humildad. Tenía grandes poetas a los que admiraba y le costaba decir “yo soy un poeta”. Como incursionaba en 2 millones de cosas, no se la creía. Para él, eran todos intentos. Por mi viejo, yo conocí a Cortázar y a Juan L. Ortiz, pero también lo conocía a Julio Lareu, que tiene una hija desaparecida y otra muerta en La Tablada, y para mí ese era su amigo. Todo el tiempo recibo a gente que lo quería mucho a mi viejo, pero los atorrantes con los que se iba a comer todos los martes ravioles al Rey del Agnolotti, en la calle Superí, eran Julio y Walter, un gordo grandote, de pelo blanco. (Agencia Paco Urondo)

 

19.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en SitioAndino.com.ar)
La hija de Francisco Paco Urondo estuvo presente en la primera jornada del juicio contra los represores acusados de asesinar a su padre y secuestrarla durante la última dictadura militar. "Es una mezcla de dolor y emoción", explicó. Cabe destacar que hoy se realizará una nueva jornada de la causa.
"Fue muy fuerte llegar y ver otra vez la cara de mis verdugos" fueron las primeras palabras que dijo Ángela Urondo a SITIO ANDINO.La joven es hija del reconocido periodista y escritor Francisco Paco Urondo, quien fue asesinado en nuestra provincia en 1976. La madre de Ángela permanece desaparecida, y ella tras ser secuestrada fue alojada en un asilo y después puesta en adopción."Es una mezcla de dolor y emoción este juicio. Lo que espero es que sea justo, lo demás son esperanzas: de encontrar, de saber, de recomponer, de sanar, de poder mirar al futuro sin el velo oscuro del duelo" explicó la joven.Ángela llegó a nuestra provincia desde Buenos Aires para presenciar la primera jornada del juicio contra represores acusados de matar a su padre y hacer desaparecer a su madre. En este debate, ella también será citada a declarar como testigo."Son heridas que nunca se han cerrado, pero estamos conformes porque a ellos les damos la oportunidad de un juicio justo, algo que ellos no les dieron a nuestra familia" dijo Urondo. "Cuando llegué y les vi la cara a los represores fue como revivir lo que ocurrió en esa época. Era muy chica, pero igual tengo presente muchas cosas" comentó.Con respecto a la vigilia cultural que se realizó ayer, Ángela dijo que "fue muy emocionante ver a tantos jóvenes con independencia de pensamiento que marcharan en esta especie de celebración. Es muy impactante ver cómo la ciudad de Mendoza se levantó para pedir Justicia y que esto no vuelva a ocurrir".Ángela fue secuestrada junto a su madre -a quien no volvió a ver- luego fue dada en adopción y recién cuando cumplió los 18 años conoció su verdadera identidad. Ahora espera que los culpables paguen sus delitos.
(Agencia Paco Urondo)

18.11.2010

Washington, EEUU (Agencia Paco Urondo) “Guantánamo va a seguir abierto en el futuro inmediato”, le dijo esta semana un funcionario no identificado de la Casa Blanca al Washington Post. Para tener un ejemplo de cómo proceder con la tristemente célebre base naval estadounidense en Cuba, el Presidente Barack Obama debería fijarse en un viejo edificio de la armada argentina en Buenos Aires.

Cuando Ana María Careaga tenía 16 años y estaba embarazada, matones de las Fuerzas Armadas argentinas la secuestraron en la calle, la llevaron a un centro clandestino de detención y la torturaron durante cuatro meses. Era el año 1977 y las Fuerzas Armadas acababan de dar un golpe de Estado en Argentina. Treinta mil personas fueron “desaparecidas” entre 1976 y 1983 por la brutal Junta Militar en Argentina. La Junta gozaba del apoyo entusiasta del entonces Secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, a quien se le atribuye haber autorizado la creación de una red de terrorismo de Estado integrada por varios gobiernos militares de la región y denominada “Plan Cóndor” que asesinó a 60.000 personas en América del Sur.
Décadas más tarde, Argentina salió de la dictadura y de la reciente debacle económica como una de las nuevas democracias progresistas de América Latina. Ana María Careaga, que ahora tiene 50 años, es la directora del Instituto Espacio para la Memoria en la vieja Escuela de Mécanica de la Armada en pleno Buenos Aires, donde 5.000 personas fueron detenidas, torturadas y, en su mayoría, luego fueron asesinadas. El objetivo del instituto es preservar la memoria de este capítulo nefasto de la historia argentina.
Ana temía perder a su bebé. Entre los horrores que tuvo que soportar se cuentan reiteradas descargas eléctricas con una picana en la vagina. Mientras estaba detenida, su madre, Esther Careaga, se unió a otras madres de jóvenes que habían sido desaparecidos. Se reunían en la Plaza de Mayo, llevando las fotografías de sus hijos desaparecidos y marchaban en círculo para concientizar, protestar y lograr apoyo internacional contra la violencia y el terrorismo de Estado argentino.
Luego de que Ana fue liberada y recibió asilo político en Suiza, Esther Careaga no dejó de marchar alrededor de la Plaza de Mayo. Estuve en Buenos Aires esta semana y le pregunté a Ana por qué: “Cuando yo salí en libertad, mi mamá volvió a la Plaza de Mayo y las madres le dijeron 'qué hacés acá si vos ya recuperaste a tu hija' y ella dijo 'yo voy a seguir hasta que aparezcan todos, porque todos los desaparecidos son mis hijos'. Eso mostraba que lo de ella no era una búsqueda individual, sino una búsqueda colectiva”.
Esther Careaga, otras dos Madres de la Plaza de Mayo y dos monjas francesas fueron desaparecidas, torturadas y asesinadas entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977. Fueron llevadas a la vieja Escuela de Mecánica de la Armada, donde con macabra sofisticación, el gobierno militar argentino llevaba adelante lo que se conoce como "vuelos de la muerte": luego de torturar a sus víctimas, las drogaban y, mientras estaban aún con vida, apilaban sus endebles cuerpos en aviones. Los aviones sobrevolaban las aguas costeras y lanzaban los cuerpos de las víctimas desde el avión. Tiempo después, un viento y una marea poco frecuentes arrastraron el cuerpo de Esther Careaga y de otras personas a la orilla, y finalmente fueron identificados.
Desde el lugar donde su madre fue vista con vida por última vez en el centro de tortura, Ana me mostró un libro que contiene un memorando diplomático de Estados Unidos, obtenido en virtud de la Ley de Libertad de Información. El documento demuestra que la embajada de Estados Unidos en Argentina sabía que su madre había sido asesinada y que su cuerpo había sido recuperado, cosa que Ana y su padre no supieron durante décadas.
En la actualidad, los sobrevivientes de los campos de detención y el gobierno argentino están juzgando, – y en la mayoría de los casos condenando–a muchos de los represores y torturadores (Kissinger aún no fue juzgado, y se dice que toma muchos recaudos antes de viajar al exterior para evitar ser arrestado). Ana asiste a dos juicios a la vez: los lunes, martes y miércoles asiste al juicio de quienes torturaron y asesinaron a su madre. El resto de la semana, en la misma sala de audiencias, asiste al juicio de sus propios torturadores. Ella es un testimonio viviente de la búsqueda paciente y disciplinada de justicia.
Lo que nos lleva de vuelta a Guantánamo. Mientras Estados Unidos sermonea a Cuba acerca de su falta de democracia y mantiene el bloqueo contra el país desde hace décadas, uno pensaría que debería dar un ejemplo de democracia en la parte de la Isla que está bajo su control. Sin embargo, instaló allí un campo de concentración que ha recibido un enérgico repudio a nivel internacional, un territorio kafkeano fuera del alcance de la ley.
El nuevo Relator Especial de la ONU sobre la Tortura está exhortando a Estados Unidos a que investigue y condene la tortura cometida durante el gobierno de George W. Bush. En la primera entrevista que brindó desde que asumió el cargo como nuevo Relator Especial de la ONU sobre la Tortura, Juan Ernesto Méndez dijo: “Estados Unidos tiene el deber de investigar todos los actos de tortura. Lamentablemente no hemos visto muchas señales de que asuman responsabilidad”. Méndez tiene planes de visitar Guantánamo. Él mismo fue víctima de tortura durante la dictadura argentina.
Hay todavía alrededor de 180 hombres detenidos en la Bahía de Guantánamo, con cada vez menos perspectivas de ser juzgados algún día por un tribunal real. Durante años fueron sometidos a interrogatorios y aislamiento prolongado, lo que se considera tortura tanto de hecho, como en términos legales. El Presidente Obama prometió cerrar la prisión de Guantánamo. Es poco probable que el Congreso financie ahora el cierre de Guantánamo y el traslado de los prisioneros, lo cual deja al presidente encadenado a Guantánamo, condena a los prisioneros allí a la detención y desesperación por tiempo indeterminado, y profundiza la indignación con la que muchos en el mundo miran a Estados Unidos.
Ana María Careaga es una sobreviviente de la tortura que trabaja en el mismo lugar en que su madre fue torturada y donde pasó sus últimas horas. Su consejo al Presidente Obama es simple: “Cierren Guantánamo”.
Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna. (Agencia Paco Urondo)

18.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Este martes 23 de noviembre a las 19 en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) Teatroxlaidentidad 2010 realizará la Fiesta de cierre de Teatroxlaidentidad 2010. Estarán Divididos y Los Pericos, además de Las Abuelas y sus nietos, con la conducción de Noralih Gago – Omar Calicchio – Vanesa Buttera.
Luego de las exitosas propuestas en el Teatro Nacional Cervantes en agosto y de las funciones en diferentes teatros durante septiembre, Teatroxlaidentidad cierra este ciclo de sus 10 años con una fiesta espectacular en Ciudad Cultural Konex con la presencia de Divididos, Los Pericos, y muchas figuras del quehacer cultural. 
Prensa: Walter Duche – Alejandro Zarate – 4522-2562 / 15-5808-1043 (Agencia Paco Urondo)

17.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en Prensa de Frente) Los gobiernos autoritarios en Guatemala fueron una constante que atravesó a su historia. El período más represivo dejó su huella durante los años 1975 y 1985, con 45.000 detenidos desaparecidos- el país no llegaba a los 10 millones de habitantes cuando esto ocurrió- y 155 mil asesinados, siendo el 83% de las víctimas maya, según los datos que estableció la Comisión Nacional para el Esclarecimiento Histórico. En una historia de impunidad vigente, el descubrimiento del archivo de la policía de este país en el año 2005 es un gran aporte para la memoria y la justicia de Guatemala y toda Latinoamérica.
En el marco de una conferencia organizada por la Comisión Provincial por la Memoria en La Plata, Gustavo Meoño, coordinador del ex archivo de la policía de Guatemala, explicó el valor de la existencia de este archivo en relación a la búsqueda de verdad en un país donde aún la violencia, la militarización y la polarización social continúan vigentes. A pesar de algunos cambios simbólicos como el paso de nombre de Policía Nacional a Policía Civil, el poder del Ejército aún se hace notorio en la organización de la sociedad, mientras las comunidades indígenas permanecen en condiciones de exclusión y pobreza. Hubo un lapso que interrumpió la continuidad de regímenes dictatoriales en la historia de Guatemala, cuando entre los años 1944 y 1954 se dio un giro democrático con los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz, donde se puso fin a la dictadura militar comandada por Jorge Ubico en 1944. En este proceso democrático se dieron los cambios a nivel social, político y económico más importantes del país, vigentes hasta hoy. “Casi podemos decir que lo que tenemos se debe a ese período 44’- 55’; reforma agraria, autonomía para la Universidad, Código de Trabajo, Seguro Social, autonomía para las municipalidades, etc.”, explica Gustavo Meoño. En 1954 se produjo la intervención directa de los Estados Unidos en el derrocamiento de la presidencia de Jacobo Arbenz. A partir de allí comienza un largo período de tres décadas bajo el control de gobiernos militares. Entre el año 1966 y 1970, la presidencia estuvo encabezada por un civil, pero bajo el mando de los militares. “La Comisión por el Esclarecimiento Histórico hizo público el documento que evidencia que los militares le obligaron a firmar un compromiso para obedecer lo que ellos decidieran”, afirma Meoño. En ese contexto, el 13 de noviembre de 1960 se produjo un levantamiento de jóvenes del Ejército en contra de la corrupción del gobierno militar de la época, sumado a la indignación de que el país estuviera siendo usado como campo de entrenamiento para la contra revolución cubana. “Había cierto orgullo de sentimiento militar, porque los sargentos del Ejército de los Estados Unidos, que entrenaban a los contra cubanos y a un grupo de mercenarios, tenían el mismo rango que los coroneles guatemaltecos, un sargento gringo terminaba mandando incluso más que un coronel guatemalteco”, expresa.Con la ayuda de pilotos y aviones norteamericanos, el gobierno militar sofocó al levantamiento rebelde. Sin embargo a partir de aquí, los jóvenes militares entraron en contacto con el Partido Comunista, y se formó el movimiento revolucionario armado en Guatemala, dando inicio a una larga historia de 36 años, que se denominó como “conflicto armado interno”, hasta 1996, año en que se firman los acuerdos de paz, entre el gobierno y la guerrilla (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca- URNG).“Este proceso revolucionario que desembocó en la firma de los acuerdos de paz, resultó frustrante. Los acuerdos constituyen un análisis de la realidad social en todos los ámbitos y establecen qué cambios se necesitan para resolver los problemas, pero hoy esos acuerdos son letra muerta, no se han puesto en práctica. Los militares, los partidos políticos tradicionales, la oligarquía guatemalteca encontraron la manera para ir dejando esa agenda de paz de lado”, interpreta Meoño.La importancia del archivoLa policía de Guatemala negó sistemáticamente hasta el 2005, la existencia de los archivos. “Fueron destruidos”, “la guerra”, “el conflicto armado”, “alguien los destruyó”, fueron éstos, entre otros argumentos, los que de alguna manera instalaron esa falsa convicción en la sociedad. Sin embargo, en el año 2005 se descubre de manera casual, entre roedores, insectos, y humedad, cientos de pilas de documentos que conforman al Archivo de la Policía de Guatemala, encontró en un predio de la Policía Nacional Civil, donde funcionan el Servicio de Desactivación de Explosivos y la Escuela de Formación de la Policía. Luego de la orden de una jueza, el archivo, que hasta ese momento seguía funcionando como tal, quedó intervenido. De esta manera hasta julio del año 2009 funcionó un equipo de trabajo junto a la Procuraduría de Derechos Humanos. Ahora depende del Ministerio de Cultura, bajo la rectoría del Archivo General de Centro América, mientras que el financiamiento se garantiza por el apoyo internacional. Este archivo es uno de los acervos documentales de la represión más grande de América Latina y cuenta con toda la historia de la policía desde su fundación. Pilas de unos 7900 metros lineales de paquetes de documentos, casi 8 kilómetros de papeles, 80 millones de folios y 115 años de historia de la policía fueron encontrados allí. De este modo, comenzó el proceso de trabajo donde lo primero que se debió hacer fue una intervención archivística clásica de conservación. En una primera instancia, se hicieron intercambios con las trabajadoras del ex archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA), hoy Archivo de la Comisión Provincial de La Memoria de la Argentina. En la actualidad hay 12 millones de documentos que han atravesado el proceso de limpieza, organización, preservación, digitalización y descripción de los documentos, colocados en cajas y estantes. El período de los documentos recuperados y trabajados data entre los años 1975 y 1985, momento en que de acuerdo a la Comisión para el Esclarecimiento Histórico se cometieron las mayores violaciones a los derechos humanos en Guatemala. “La gráfica se dispara a partir del año 1975, inherentes en todos los delitos del genocidio que se cometió en Guatemala: desaparición forzada; ejecuciones extrajudiciales; tortura; violación sexual de mujeres; sustracción de niños; masacres; etc. todo esto se concentra de una manera particular en esos años, y esta es la razón por la cual priorizamos ese período”, alude el coordinador del archivo.Hoy, como parte de una continuidad de los mecanismos de impunidad que corroen todas las estructuras jurídicas, policiales, políticas, etc., se encuentran grietas que están incidiendo cada vez más en la búsqueda de la verdad. Por eso la importancia que tiene un archivo como este, siendo una herramienta clave para la justicia, como así también por su valor histórico, político y social. “Es una lucha en contra de la impunidad que nunca se ha detenido. Es una lucha encabezada por los familiares de las víctimas como de las comunidades que no se han rendido, pese a los riesgos, durante años”.Hasta el momento se ha logrado el juicio y la sentencia de los comisionados militares que funcionaban como caciques rurales, quienes bajo mandato militar, señalaban a la gente que tenían que asesinar. Allí se juzgó por primera vez bajo la figura de desaparición forzada, un delito de naturaleza imprescriptible. Hubo un segundo juicio, contra un Coronel y un grupo de militares comisionados, donde también se juzgó en el marco del delito de desaparición forzada con agravantes, por violación sexual y torturas contra seis campesinos de una comunidad. El archivo está abierto a la consulta pública de manera irrestricta, amparado en una ley de acceso a la información que establece que cualquier documento posiblemente vinculado con la violación a los DDHH, no puede ser sujeto de reservas o censura. “El usuario firma un compromiso, y a partir de ahí es responsabilidad del usuario el uso que haga de la información. Hemos entregado unos 85.000 folios. Y así hemos podido contribuir de manera eficaz a los procesos judiciales”, explica Meoño y destaca la importancia de formarse en la pericia técnica para los juicios, en analizarlos e interpretarlos, no solo entregarlos a la Fiscalía. En eso están trabajando para el próximo juicio por desaparición forzada donde toda la defensa y la estrategia se basa en la los documentos aportados por el archivo.De este modo, en un país donde aún las consecuencias de más de tres décadas de Terrorismo de Estado atraviesan a la sociedad, la incidencia y la utilización de este archivo se constituye como un elemento más para dar batalla a la impunidad y al silencio que negocia con la justicia y corrompe la identidad y la dignidad de los pueblos. (Agencia Paco Urondo)

15.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, en Prensaanm.com.ar) A una semana del inicio de los alegatos en el juicio a Videla, Menéndez y otros 29 represores, Claudio Orosz, abogado de H.I.J.O.S. y de Familiares regional Córdoba, fue amenazado de muerte en forma anónima por vía postal. La misiva en letra mayúscula califica a los destinatarios de “Judíos bastardos y mal nacidos”, incluye una foto de Adolf Hitler haciendo el saludo nazi y la promesa de que “Tío Adi les hará justicia”. Orosz radicó la denuncia ante el fiscal Gustavo Vidal Lascano, que ordenó reforzar su seguridad. “Lo único que lograron es que hoy trabajáramos más horas de lo habitual –confió Orosz a Página/12–. Como dice Liliana Felipe: ‘Nos tienen miedo porque no les tenemos miedo’”.
Luego de dos juicios ejemplares, con amplia participación de la sociedad civil, los organismos de Córdoba viven desde julio un proceso histórico, con Menéndez en busca de su quinta condena, Videla en el banquillo tras un cuarto de siglo y el mayor número de imputados (31) desde la reapertura de las causas. Los mensajes de los represores variaron según las épocas. En 1984, cuando presentaron la primera denuncia por crímenes en La Perla, Emilio Mignone (CELS) y Adolfo Pérez Esquivel (Serpaj) apuntaron que “un grupo de criminales siniestros” que incluía a Menéndez & Bussi urdía un plan para desestabilizar al gobierno. En mayo de 1986, mientras los organismos luchaban por acelerar los procesos y los militares por una amnistía, la policía encontró un obús relleno de trotyl en el camino que debía recorrer Alfonsín, de visita en el Tercer Cuerpo. En abril de 1987, al autoacuartelarse en el Regimiento de Infantería 14 de La Calera, el mayor Ernesto Barreiro encendió la mecha que terminaría de detonar Aldo Rico en Campo de Mayo y que derivaría en la Ley de Obediencia Debida.En 2006, reabiertas las causas, el periodista Mariano Saravia, autor de un libro sobre el Departamento de Informaciones (D2) de la policía, recibió un correo electrónico dirigido a Orosz. Un supuesto ex policía contaba que lo habían contratado para asesinar al abogado y apuntaba datos precisos de direcciones, teléfonos y movimientos. A la semana fue amenazada de muerte la fiscal Graciela López de Filoñuk. El año pasado, durante el segundo juicio, el presidente del tribunal, Jaime Díaz Gavier, recibió en su casa una amenaza de muerte contra él y sus hijos.El 5 de julio un “alienado mental” llamó al padre de Orosz. “Menéndez debió haber matado a 30 mil más, entre ellos a su hijo. Tendría que estar viendo crecer las margaritas desde abajo”, le dijo. La Justicia rastreó el llamado y dio con un ingeniero de Carlos Paz de apellido Sonzini Astudillo, empleado de un instituto de la Fuerza Aérea. Imputado por amenazas agravadas, fue excarcelado por el juez Ricardo Bustos Fierro.El padre de Orosz recibió ayer un sobre papel madera, sin remitente, enviado a la “Flia. Orosz”. En el interior, una hoja blanca y una leyenda escrita con computadora: “Judíos bastardos y mal nacidos; tío Adi les hará justicia. Nunca se preguntaron de como era el olor del horno o de la carne podrida?”. Al lado, la foto de Hitler. “Me molesta que las manden a lo de mi viejo –explicó Orosz–. Es obvio que apuntan a amedrentarnos pues el 18 comenzamos los alegatos contra nuestro Hitler criollo (Videla) y nuestro propio Goebbels, llamado Luciano Benjamín Menéndez”. (Agencia Paco Urondo)

15.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Es uno de los juicios más esperado y también el que sufrió más complicaciones. Debieron pasar 34 años para que los acusados estén de cara ante los miembros del Tribunal y además frente a los familiares de las 32 víctimas mendocinas. Será el tercero que se realiza en Cuyo, uno de los cuales (en San Rafael) aún no tiene sentencia, mientras que el primero se concretó hace más de 2 años en la vecina provincia de San Luis. Allá por mayo de 2008, el juez federal Walter Bento elevó al Tribunal Oral N° 1 después de investigar la privación ilegítima de la libertad de Lidia De Marinis, de 26 años, madre de un bebé de cinco meses y empleada de comercio, que se había establecido con sus padres en un departamento de Catamarca y Montecaseros, cuando hombres encapuchados que integraban un grupo de tareas ingresó en forma violenta minutos después de la medianoche del 3 de junio de 1976 y la secuestró. Desde ese momento figura como desaparecida. Fue el primer expediente que transitó los brillantes pasillos del edificio de los Tribunales Federales. Después se le sumaron otros, pero en ese mismo lapso hubo planteamientos y pedidos de excarcelación. Unos fueron negados en primera instancia pero al final la Cámara accedió al reclamo. Hecho que llevó a un grupo de abogados mendocinos a que pidieran ante el Consejo de la Magistratura el juicio político de Alfredo López Cuitiño, Carlos Pereyra González y Julio Demetrio Petra, acusándolos de "mal desempeño". Sin embargo al día de hoy los procesados llegarán a este debate en libertad, aunque algunos tengan problemas de salud que obligarían a que se los ubique en una sala contigua al salón de debate, pero intercomunicados por medio de teleconferencia. Paralelamente, hubo recusaciones que postergaron la puesta en marcha del proceso. De manera simultánea, defensores oficiales pidieron el apartamiento del juez Bento con el argumento de que "la Justicia Federal carece de potestad para investigar delitos esencialmente militares", lo que fue desestimado. También hubo denuncias, concretadas por los camaristas Julio Petra y Otilio Romano, sobre que el Tribunal "demoraba" el inicio de las causas. Finalmente ese atraso, que dio lugar a reclamos, marchas y protestas, permitió que se unificaran más expedientes, en los que todos los imputados comparten las mismas responsabilidades penales, llegando a estas 18 causas con que, este miércoles comenzará el debate. Algunas historias En marzo de 2006, después de declarar ante la Justicia, quedaron detenidos los ex coroneles Tamer Yapur (mendocino) y Orlando Dopazo (fallecido en febrero en Capital Federal) y el ex comisario Juan Agustín Oyarzábal, del que se dijo era uno de los torturadores de aquellos años. Concretamente el ex efectivo de la Policía de Mendoza era el segundo responsable del centro clandestino de detención tristemente conocido como D2, que funcionaba en el Palacio Policial, junto a otros imputados como Armando Fernández Miranda -que tenía la jerarquía de comisario inspector- y el ex comisario Eduardo Smaha Borzuk. A todos ellos, en la elevación a juicio, se los responsabiliza por el homicidio del periodista y escritor "Paco" Urondo y la desaparición de su mujer Alicia Raboy, en un hecho concretado el 17 de junio de 1976, en Guaymallén, cuando el Renault 6 en que viajaban Urondo y su mujer fue "emboscado" en la esquina de Tucumán y Remedios de Escalada en Dorrego. Ahí fueron interceptados por móviles policiales, que los tirotearon y capturaron. Este hecho después fue ratificado por el testimonio de Renée Ahualli, conocida como "La Turca", que viajaba en el mismo automóvil y logró escapar de aquella redada. También están imputados por la desaparición de Salvador Daniel Moyano, ex agente de la policía, y Ricardo Luis Sánchez, dirigente sindical bancario, quienes fueron vistos por última vez en el Palacio Policial, donde funcionaba el D 2. Y de otras "desapariciones", como el caso de Adriana Bonaldi de Carrera (23), embarazada de dos meses y maestra de música, o el matrimonio compuesto por Antonia Campos y José Antonio Alcaraz -ambos trabajaban de noche en una imprenta y fueron secuestrados en diciembre de 1976, junto a Martín, un bebé de 10 meses que fue devuelto a sus abuelos paternos. Los mencionados son sólo una mínima parte de los casos que engrosan los expedientes acumulados en el primer piso de los tribunales federales, que desde este miércoles se irán develando a la luz del debate, para saber o conocer lo que pasó en aquellos años de dictadura.
Y la sociedad espera que ahora sí se satisfaga el derecho a la verdad y la justicia que impulsa desde hace 12.400 días a los familiares de las víctimas.(Agencia Paco Urondo)
 
 

11.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Celebro ese título de Página 12 de ayer. Condena sin atenuantes al ser humano, vivo y muerto: condena al alma de Massera. Que nunca vuelva de la descomposición de sus restos, que jamás pueda reproducirse, que si Dios existe no lo albergue ni en el retrete del cielo y ni el demonio lo acepte ni en el tercer infierno. Que no haya para él ni la prometida resurrección bíblica.Vale reflexionar. En su momento, Emilio Eduardo fue un niño, un adolescente, un hombre/mujer como vos y como yo. No nació hijo de puta. ¿Cuándo, cómo, porqué terminó siendo el abyecto sujeto de la maldad, de la degradación, de la perversidad, del crimen, del horror? ¿Cuándo dejó de ser una persona y pasó a ser el progenitor de la muerte? Veamos, ¿cómo fue que aquella sociedad de los 70, de la épica revolucionaria y el ápice de la ética de la igualdad y la solidaridad, pudo producir un sujeto tan execrable? Eran tiempos extremos. Y la vida del pueblo estaba regalada y desguarnecida ante la ilusión y la alegría, embarcada en la emoción y la utopía. Era el imperio del amor. Pero también, en el otro extremo, se afincaba y cultivaban el rencor, el odio de clase; y , peor, la codicia. Un lugar ignoto, inabordable, incomprensible para los compañeros: sentimientos que no alcanzarán jamás a seducir a las masas populares, generosas por naturaleza. No se si el que ideó el título que comento puede sospechar el imaginario prevaleciente en aquella sociedad, y por consiguiente, en la militancia de aquella época. ¿Condenar a muerte, asesinar arbitrariamente al opositor político? Era tan demencial, tan ilógico, e insensato como en el presente. ¿Quién puede hoy concebir que al que piensa diferente hay que matarlo?  Decimos, NO, igual que entonces, con toda convicción: vivimos en una sociedad civilizada. Porque los pueblos no conocen el odio ni la venganza.También entonces creíamos habitar una sociedad occidental y cristiana. Aparentemente, la Argentina era, en América y el mundo, una  sociedad avanzada, progresista, culta. Claro, nada de latinoamérica. Nada de barbarie. Pura civilización. En fin, los que venían de los barcos.Habían ocurrido asesinatos y masacres, como la de Juan José Valle y los fusilados del  9 de junio de 1956. Pero parecían  responder a fanatismos y odios políticos circunstanciales: un visceral antiperonismo. No era un método. Habíamos sufrido un  asesinato masivo como el de Trelew, pero no alcanzamos a entenderlo cuando vino el Golpe. ¿Cómo imaginar que ese asesinato se volvería costumbre con apoyo institucional? ¿Qué mente afiebrada era capaz de imaginar que esos crímenes políticos podría derivar en asesinatos genocidas?Creo que los argentinos mirábamos, ojo, miramos, a otra parte. Nos cuesta reconocernos. ¡Cuidado! Por irracional que parezca, fue posible. (Agencia Paco Urondo)

10.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo)
 
Ustedes que hace como doce mil días
que ya no están
a ustedes a los que desaparecieron
por luchar por la tierramadre
para que todos fueran
dueños de la tierra.
ustedes los más amados
los mejores
están quiensabedónde
algunos
los menos
descansan en la tierracunita
pero quedan tantos
perdidos desconocidos desabrigados
caídos en la tierrahueco
en la tierraausencia
en la tierra ene ene
algunos quizá hay acunados
por las olas
o duermen
un sueño obligado
en el fondo de un embalse.
pero
ustedes
todos
están vivos en la llama
de nuestra memoria infatigable
y en el nomeacuerdo
nomeimporta
de tantos indiferentes
pero
ustedes
todos
los luchadores
por la igualdad de la tierra
volarán algún día
en el viento semilla
crecerán en las flores Victoria
de la tierra liberada
 

(Agencia Paco Urondo)
 

09.11.2010

 
Bahía Blanca, Buenos Aires (Agencia Paco Urondo, publicado LITERALMENTE en el diario cómplice del genocidio La Nueva Provincia) No tendría sentido esbozar aquí una suerte de biografía en cifra del almirante Emilio Massera, fallecido ayer, a la edad de 85 años, en el Hospital Naval. No porque la figura en cuestión careciese de interés para legitimar un propósito semejante, sino porque no es éste el espacio y, mucho menos, la oportunidad. Llegará el día en que, si no acallados para siempre, cuando menos atemperados los odios y las pasiones que despertara en sus años de esplendor político --contemporáneos al así llamado Proceso de Reorganización Nacional del cual fue, por paradójico que resulte, uno de sus forjadores y, al propio tiempo, una de sus principales víctimas--, pueda acometerse dicha empresa con mesura e imparcialidad.
De lo que se trata y de lo que tratan estas líneas, escritas apenas conocida la noticia de su muerte, es de otra cosa. Por de pronto, de trazar siquiera sea a vuelo de pluma, una semblanza del personaje. Nacido en Paraná, el 19 de octubre de 1925, ingresó en la Armada, como cadete del Cuerpo General, en 1942 y tuvo una destacada carrera que lo llevaría a comandar distintas unidades de la Flota y la fragata "Libertad", en 1966; a cumplir funciones de profesor en la Escuela Naval Militar y la Escuela de Guerra Naval; a cargos de relevancia en puestos de gabinete del Comando en Jefe y, entre 1971 y 1976, a cubrir los cargos de Secretario General Naval y Comandante de Operaciones Navales.
Antes de marzo de ese año, su carácter enérgico y acentuada vocación política --nada común en la Armada--, lo situaron en lugares de relevancia, razón por la cual a nadie sorprendió cuando el mismísimo Juan Domingo Perón reparó en él para asumir la conducción de la Marina. No desentonó entonces, a pesar de tener que sortear innumerables dificultades, fruto de la tradicional enemistad que, desde antes de septiembre del '55, había caracterizado las relaciones del peronismo y la fuerza naval. Fue durante esa época cuando sus dotes de negociador y conductor político se solaparon y hasta por momentos opacaron a las propias del Almirantazgo. Fue entonces, también, que su apellido comenzó a dividir aguas en la fuerza: había nacido el "masserismo" y, obviamente, su oposición, fenómeno harto inusual en un arma tan celosa de sus tradiciones y tan refractaria a los liderazgos carismáticos con proyecciones políticas.
Analizada su figura desde esta perspectiva, la suya fue una personalidad atípica, acaso única en la historia de los hombres de mar, sólo comparable --aun cuando todas las comparaciones, según reza el adagio clásico, sean odiosas-- a la de Isaac Francisco Rojas. No en virtud de una inexistente comunidad de ideas o de una misma forma de concebir la acción política. Sólo en razón de este dato decisivo: han sido los dos únicos almirantes que, por distintos motivos, despertaron pasiones encendidas a favor o en contra --poco importa-- en el curso del siglo XX en la Argentina.
Massera, más osado que Rojas a la hora de ejercer el poder, tuvo especial protagonismo a partir del pronunciamiento militar del 24 de marzo de 1976 y hasta septiembre de 1978, período en el cual integró la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas. En ese año pasó a situación de retiro por propia voluntad, con la secreta esperanza de vertebrar un movimiento político capaz de llevarlo a la presidencia de la República. Quizá haya sido ésta la mayor ambición de su vida que, con todo, no pasó de ser un sueño fugaz y trunco por el final patético --con pena y sin gloria-- del Proceso de Reorganización Nacional.
No fue, demás está decirlo, la mezcla de Maquiavelo y asesino serial que han pintado sus enemigos, tan feroces a la hora de enjuiciarlo con la pluma, como lo habían enfrentado antes en esa tremenda guerra civil en la cual ellos llevaron la peor parte. Tampoco fue, mirado a la distancia, el clásico almirante forjado en el molde de Brown. Tuvo la descomunal y trágica potestad, a la vez, de ser --junto a los otros miembros de la Junta de Comandantes-- dueño de la vida y de la muerte de las personas, algo que nadie, ni siquiera Rosas, en el siglo XIX, y tampoco Perón, en el siguiente, tuvieron en esa escala.
Como no podía haber sido de otra manera, el ejercicio de tamaño poder lo signó para siempre. Que a veces ese poder se usó mal, no es, a esta altura, ningún descubrimiento. Pero salvo en las conflagraciones de fantasía o en las que se desarrollan en mesas de arena, todas las formas de guerra irregular terminan de la misma manera: al terror se le opone el contraterror.
A los principales responsables del Proceso --y el almirante Massera fue uno de ellos-- les tocó en suerte la decisión más difícil que haya debido enfrentar militar alguno en el último siglo y medio de historia argentina: ¿cómo tratar a un enemigo que había adoptado características criminales en la consecución de la lucha política? Si hicieron bien o mal en aplicar los métodos antiterroristas por todos conocidos, es algo que seguirá siendo materia de discusión por espacio de décadas. Mientras tanto, el flagelo subversivo fue cortado de raíz, ahorrándole males inimaginables al país.
Como quiera que haya sido, en el plano político el Proceso de Reorganización Nacional resultó, a la postre, un fracaso tanto más ostensible cuanto que nunca antes se habían dado entre nosotros las condiciones para que un gobierno sentase las bases de una Argentina distinta. En cambio, las rencillas absurdas entre los miembros de la primera Junta de Comandantes y la incapacidad para acometer los cambios de fondo que la Nación pedía a gritos, hicieron que la empresa política epilogara de manera lastimosa. En ese terreno, no lo que hizo la Junta --cualquiera sea el juicio que nos merezca-- sino lo que, con el enorme poder del gobierno militar, dejó de hacer, signará para siempre a sus integrantes.
La muerte del almirante Massera ha despertado la ira de quienes no saben perdonar y el odio de los que no pueden olvidar. Unos y otros parecen no darse cuenta que prolongan así la pasada guerra civil. Massera, cargado de años y con la experiencia de su derrota política a cuestas, hacía ya tiempo que había dado por terminada dicha contienda. En ello demostró un espíritu abierto a la reconciliación y ajeno a todo sectarismo, que lo honra. (Agencia Paco Urondo)
 

08.11.2010

 
Capital Federal (Agencia Paco Urondo) Estaba internado en el Hospital Naval. La muerte se produjo alrededor de las 16. Habría sido provocada por un accidente Cerebro Vascular. Ampliaremos.

(Agencia Paco Urondo)
 
 

04.11.2010

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en ARBIA) La titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, dijo en un homenaje al ex presidente Néstor Kirchner que "Cristina sabe que el pueblo la ama y que acá estamos todos para apoyarla y nos vamos a convertir en soldados kirchneristas, yo la primera". Por su parte, la directora del Espacio Cultural Nuestros Hijos, la cantante Teresa Parodi, afirmó estar “orgullosa por la reacción de la gente en defensa de sí mismo reconociendo a éste maravilloso político y compañero que fue Néstor”. Asimismo el Subsecretario de Obras Publicas Abel Fatala subrayó que “Kirchner apeló a las fuerzas populares para que movilizadas puedan generar un proceso de transformación” . (Agencia Paco Urondo)

01.11.2010

Después de la muerte, el periodista escribió este sentido pedido de disculpas a Néstor Kirchner.