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Relámpagos //// 06.02.2016
Elogio de la unidad

Por Adrián Dubinsky. “Esta vez, habiendo el peronismo perdido las elecciones, nos enfrentamos a la necesidad de recomponer el campo popular desde la unidad del peronismo”.

“Somos peronistas, nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio.”Néstor Kirchner
En estos tiempos, y desde que la intromisión de la retórica deslucida se apropió de las palabras para licuarlas, hablar de unidad, en abstracto, es bueno a priori. La unidad se ha transformado en un fetiche de lo que debería ser, y por lo tanto, ha quedado al margen de la verdadera unidad, deglutida en una lógica del poder que subsume cualquier atisbo de unidad real en la unanimidad del poderoso. No quedan lugares a matices de discordancia porque el verdadero dueño del poder matricero también le imprime su sello al signo, a la palabra.
Pero el panorama tampoco es tan oscuro, y prueba de ello es que aquí estamos, tratando de darle entidad a esa palabra que, reblandecida y apaleada por el orden imperante, se ha convertido en una panacea sin futuro, en un valor enteléquico que debería cohesionar a la sociedad por su solo nombramiento, el abracadabra de los tiempos de Ravi Shankar. No funciona así, estimadas y estimados bienintencionados. A la unidad no se la declama, se la practica.
Y aquí es donde nos metemos en una contradicción nacida de la definición. ¿Podríamos llegar a una unidad de criterio con respecto a una definición? Nadie es dueño de los alcances de la síntesis de lo que significa estar unidos. Entonces es cuando tenemos que determinar los valores de unidad; o, mejor dicho, encontrar -al revés de lo que recomienda Borges para los argentinos- aquellas diferencias que bajo ningún concepto podríamos saldar con otra persona, grupo o agente de cualquier tipo.
Por otro lado, cuando hablamos de encontrar la unidad, y luego de haber hecho todas las analogías posibles con hormigas y abejas, lo interesante es para qué queremos la igualdad. Ya teníamos la pregunta de con quién –y esperemos responderla hacia el final del artículo- y ahora se impone la del para qué. ¿Queremos unidad para armar un club de futbol?, ¿queremos la unidad para hacer un asado?, ¿para armar una biblioteca popular? Todos esos motivos tienen bastante fuerza propia como para convocar a la unidad, pero está claro que no se necesita de todo el país para ello, y partimos de la base de que la unidad absoluta es un imposible, pero sabiendo que sí podemos alcanzar un consenso social que se traduzca en votantes y que alcance niveles de legitimación popular indiscutidos y, me atrevería a decir, irreversibles.
En tiempos de antagonismo político, y aún más cuando existe un tercero en discordia que nace de nuestro riñón, es cuando tenemos que disipar la posibilidad de que ese tercero cobre protagonismo dentro de un segundo. Es decir y para ser claro. Cambiemos ganó las elecciones y detenta el poder político y, de enorme yapa, el poder fáctico (medios de comunicación incluidos). El FPV es la primera minoría en diputados, hasta ahora mantiene mayoría propia en el senado, y fue el contendiente en el ballotage, habiendo salido primero en la primera vuelta. Y el Massismo, con su discreto -pero no por ello menos poderoso- 20%, porcentaje que va a hacer valer y que ya parece haber encontrado quién lo cotice bien…
En ese ordenamiento, el juego que está haciendo el primero y el tercero radica en ubicar a ese tercero en una disputa interna del segundo. De esa forma, la Alianza Cambiemos se quita de encima el problema del kirchnerismo -Massa vociferó a quien le quisiera escuchar su voluntad de ser candidato en 2019 y es el interlocutor que prefiere Durán Barba- y, según la alianza cree, hacerse con el PJ vía Massa, mellar la potencia política del kirchnerismo y así salir a discutir directamente con el massismo, pero como único contendiente. Claro que para que toda esa maquiaveliqueada funcione debería disolverse el FPV.
Ayer se definió el calendario electoral del PJ, y si bien ya no existe un escenario en el cual el PJ o la UCR vayan solos a una elección, y los partidos tradicionales han servido de herramienta electoral-en el mejor de los casos- o en preservativos de rápido descarte –en el caso de la UCR en la Alianza Cambiemos-, no deja de ser importante para el futuro de la unidad del campo popular, y en ese caso pertinente a este artículo.
El PJ se enfrenta a un dilema único en su historia. Pero hagamos un breve repaso de las coyunturas políticas que atravesó el peronismo. Mientras Perón estuvo vivo fue el líder indiscutido, y si bien hubo un intento de peronismo sin Peróndurante el exilio del viejo -llevado a cabo por Vandor y sectores del peronismo sindical sobre todo-esas ideas acerca de lo que debía ser el peronismo solo prosperaron algo cuando Perón llegó a la presidencia en el 73 y tuvieron su momento de gloria una vez muerto el General.
Al regreso de la Democracia, la derrota sufrida a manos de Alfonsín y sus muchachos del Movimiento de Renovación y Cambio generó un peronismo en la oposición (no habiendo perdido las elecciones luego de gobernar, sino luego de un interregno producido por un golpe de Estado) que, como espejo, tuvo que buscar en la Renovación un lugar desde el que formar un entramado que permitiese dar respuestas electorales a las necesidades que subsistían en el pueblo argentino y ante la pésima gestión del radicalismo y sus problemas de gobernabilidad.
En aquel escenario sobresalió Antonio Cafiero, un peronista de la primera época que ostentaba el record de haber sido el ministro más joven de Perón (en la cartera de Comercio Exterior durante el segundo gobierno), haber estado preso un año luego del golpe del 55, luego exiliado, y haber sido un actor destacado durante la resistencia peronista. Cafiero recuperó la provincia de Bs. As para el justicialismo y parecía ser el indicado para llevar a cabo el camino hacia el gobierno. Pero hete aquí que gran parte de los sindicatos –las 62 organizaciones y Lorenzo Miguel-, algunos gobernadores, e históricos operadores del PJ lograron entronizar a Menem -que también había participado de la renovación peronista- en las elecciones internas. Recuerdo que ya en 1986, cuando Argentina salió campeona del mundo, al otro día la ciudad apareció empapelada con un afiche con la foto oficial de la selección y la firma del turco.
Luego del menemismo, y habiendo ganado participación en ese período aquellos dirigentes que provenían de la Unión del Centro Democrático de Alsogaray –que de centro no tenía nada-, como por ejemplo Massa, el país sufrió su crisis sistémica más grande y un tipo de crisis económica y política que ya no tenían que ver con el mundo del pasado, con el mundo anterior a la era digital. Iban a ser novedosas las nuevas las formas de reclamo y los actores que las protagonizaban, serían nuevas las maneras de nuclearse, serían nuevos los paradigmas que comenzaran a regir el mundo. No nos vamos a detener en la descripción de esta transmodernidad que nos atraviesa, pero sí dejar en claro que cuando el kirchnerismo llegó al poder, lo hizo en un mundo que se sentía obligado a interpelar a sus dirigentes; la cosa pública pasó a ser comidilla de todos los días, y cada uno tiene algo que decir, y quiere hacerlo.
Esta vez, habiendo el peronismo perdido las elecciones, nos enfrentamos a la necesidad de recomponer el campo popular desde la unidad del peronismo. Cuando el peronismo ejerce el poder, el PJ se alinea automáticamente bajo el poder ejecutivo, sea quien sea el presidente; cuando somos oposición, suele producirse una desbandada y una falta de liderazgo que esta vez será necesaria dirimir. Pero como decíamos al principio, la unidad va a tener sentido si tienen coligantes que sean fundamentales para todos y que obren, incluso, como barrera de protección ante aquello con lo queno podemos transar, y entre aquellas cosas con las que no podemos transar se halla convalidar el olvido y la desmemoria, permitir que baleen pibes, dar la anuencia para que se hambreé el pueblo, no ser el único actor que puede brindar gobernabilidad –ya que el auténtico hacedor de las condiciones de gobernabilidad debe ser el mismo gobierno-, en no aceptar condiciones de gobernabilidad que avasallen a los derechos básicos de alimentación, salud, vivienda, etc., etc. Eso en cuanto a aquello que no podemos dejar de sostener como nuestra posición ética frente a la política. En cuanto a aquello que debe oficiar como motor del quehacer político, debemos encontrar determinados valores que nos involucren como conjunto, una férrea voluntad de intervenir solidariamente en el ordenamiento institucional de los hechos políticosy profundizar en una agenda social que permita seguir avanzando en las reivindicaciones que se sintetizan en el grito de Tierra, Techo y Trabajo.
Por estas horas nos acabamos de enterar que un sector de la cámara de diputados ha conformado un nuevo bloque (se reunieron en el gremio de los taxistas, de Omar Viviani) y que el principal nombre de esa escisión es el de Diego Bossio. La novedad, es la incorporación a ese bloque de 13 diputados de Alberto Roberti, exjefe del bloque del Frente Renovador (aunque ya se había abandonado el massismo para integrar un FPV que vuelve a abandonar. Un abandónico, el hombre). Si hay algo que no precisa el campo popular, son rupturas de este tipo, ya que en principio no solo afectaría la Unidad del movimiento, sino que permitiría alcanzar el quórum para un eventual arreglo con los fondos buitres en el que lleva la batuta el mediador Pollock. Afortunadamente, los 80 diputados que se reunieron ayer en el Congreso, convocados por el jefe del bloque del FPV, Héctor Recalde, y teniendo a su lado a José Luis Gioja, es un signo de cohesión y de intención de seguir construyendo en pos de la tan mentada unidad. No sabemos hasta dónde será el desgajamiento, pero lo que sí sabemos, es que existe un capital político que siempre será importante a la hora de evaluar posibles conducciones, y que es el capital propio de Cristina Fernández de Kirchner, que ya descartó querer dirigir al PJ y prefiere dirigir el FPV. La clave será si el PJ, con intervención de sectores kirchneristas, logra mantener dentro del Frente a tanto caciques y díscolos juntos.
Parecen ser dos los sectores en pugna: el “gobernabilista”, que respondería a Juan Manuel Urtubey, y el filokirchnerista (con apoyo de La Cámpora), que responde a Capitanich, pero cuyo ideal de conducción en el PJ recaería en Scioli, quien hasta ahora parece desistir de participar de cualquier puja si no estuviere allanado el camino de la unidad y del reconocimiento unánime a su conducción. En ese escenario, surge la figura de Gioja, alguien capaz de concitar voluntades y apaciguar las aguas, al menos por un tiempo. El escenario real indica que esto se tiene que resolver antes del 8 de mayo. El estatuto del PJ dice que debe ser mediante elecciones directas, pero todos coinciden en lo oneroso que ello sería, y, sobre todo, lo costoso que sería para el campo popular entrar en una justa hoy, cuando el enemigo real sigue ejerciendo todo el poder, incluso el que necesita para intervenir al PJ si este no resolviese sus problemas según dicta su propia carta orgánica. Ya otras veces se pudo superar ese escollo mediante intervenciones, tratados y acuerdos, pero parece que esta vez vence el tiempo. Quien acecha no es bobo y sabe que interviniendo el PJ corre con muchas oportunidades de disolver el poder político del FPV, no así el capital propio del Kirchnerismo, como lo demostró la plaza histórica del 9 de diciembre pasado.
Son varios los que desean ver finiquitado al kirchnerismo, que quieren acomodarlo en el pasado y subsumirlo al lado del menemismo, como un ismo más dentro del peronismo (que tampoco cuentas con tantos “ismos”). El otro día, en el programa televisivo de un muy solicito Anguita, hablaron sobre peronismo (en un nivel más que interesante) Gustavo Marangoni (Hombre clave del Sciolismo) y Juan CarlosSchmid (Hombre clave de la CGT-Moyano), y ambos insistían en poner al Kirchnerismo en ese lugar del pasado, insistiendo en que si tenía que pasar al arcón de la historia, no iban a ser ellos quienes lo impidiesen. Y me parece clave que el kirchnerismo comprenda que necesita, como siempre necesito el campo nacional y popular, de una unidad con los trabajadores y con las centrales sindicales. También es cierto que hay un nuevo tipo de trabajador que no responde al estereotipo moyanista, y al que también hay que poder incluir en un frente popular a través de la concientización de su rol de laburante, pero el movimiento obrero, el peronismo más ortodoxo y el kirchnerismo en su totalidad, deben conformar un bloque homogéneo, sintético, que vuelva a levantar las banderas de Perón y de Evita; la doctrina según la escribió Perón, y tal cual la leyó Evita.
Es indudable que para ello va a ser necesaria una profunda discusión filosófica, política e histórica, en la que de una vez por todas los peronistas superemos falsas dicotomías que le han costado sangre al país y a los propios peronistas, que separe el trigo de la paja, que permita la existencia de un frente humanista que ponga al ser, siempre, por sobre cualquier otra cosa; la felicidad por sobre una visión economicista del mundo y el amor por el otro como línea doctrinaria que nos acerque a la auténtica unidad. En algún momento del artículo nos preguntábamos con quién y para qué es necesaria la unidad. La respuesta creo que fue dada a lo largo del texto, pero es indudable que de la letra de la marcha peronista se deduce la respuesta: únicamente todos unidos triunfaremos, estando al lado de cada uno que se sienta peronista y revisando juntos la doctrina, sin ortodoxia, con una exégesis actual que nos permita profundizar en los costados filosóficos que se traducen en posiciones morales frente al mundo actual. El para qué es más sencillo: “para que reine en el pueblo, el amor y la igualdad”.
RELAMPAGOS. Ensayos crónicos para un instante de peligro. Selección y producción de textos Negra Mala Testa y La bola sin Manija. Para la APU. Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs)