Crítica de nuestro quehacer militante kirchnerista (Parte I)

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    Trabajadores sindicalizados arriba de un camión, durante el paro general.
    Fotografía de Marcela Wolberg.
DEBATES EN LA MILITANCIA

Crítica de nuestro quehacer militante kirchnerista (Parte I)

21 Marzo 2024

"El pánico se genera cuando una masa de esta clase se descompone. Lo caracteriza el hecho de que ya no se presta oídos a orden alguna del jefe, y cada uno cuida por sí sin miramiento por los otros. Los lazos recíprocos han cesado, y se libera una angustia enorme, sin sentido."

Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud

Una introducción, desde la posición de la clase obrera, alrededor del gran debate de la militancia

El debate que nos convoca es refundacional. No sólo porque aspira a relevar presupuestos históricos asumidos como verdaderos, sino a retomar sendas abandonadas diez años atrás, entendiendo que todos (ellos, nosotros y aquellos) hemos hecho algo incorrecto. Algo que colaboró para que hoy nos gobierne una vertiente anarco libertaria del capitalismo internacional.

Desde luego que los gradientes de responsabilidad no son iguales para todos. Pero como este no es un texto que busque acusados, y tampoco pretende llevar adelante una pedagogía punitiva de los errores ajenos, no vamos a profundizar en esto.

Es auspicioso que, aunque sea en un contexto de retroceso, los problemas que nos llaman sean los márgenes de ganancia del capital, el nivel que debe alcanzar el salario en Argentina, si los trabajadores deben participar en las ganancias o en las mesas directivas de las empresas (estatales o privadas), si los gobiernos progresistas deben o no ser superavitarios, el precio que deben tener la energía y los alimentos para nuestros compatriotas, o el nivel de productividad de las empresas instaladas en el país, o preguntas como: ¿cuál es la forma tributaria más justa y progresiva?, ¿qué rol debe ocupar el campo en la industrialización?, ¿cómo acabar con la inflación? entre otros tópicos económicos. Es decir, un debate que, más allá de los nombres propios, que son siempre secundarios, ubica en el centro de la escena una planificación económica trazada sobre la base de un modelo político del movimiento nacional y popular que ponga el acento en el bien común y la igualdad social como ejes rectores.

Por otra parte, cabe resaltar que en la Agencia Paco Urondo nos hemos cansado de denunciar a quienes, habiendo hecho parte de un proyecto político transformador, mudan sus “cajas de herramientas teóricas” al campo de la opinologia “objetiva”, (cuando no directamente enemiga), muchas veces incluso vendiendo secretos adquiridos cuando formaban parte orgánica de espacios políticos a los cuales su giro posterior no solo traiciona, sino que expone maliciosamente.

Sostenemos que es justo reconocer desde donde uno escribe y milita. Entonces: ¿En qué fuerza social se apoya lo que escribo? En la de amplios sectores del movimiento obrero organizado argentino. Sumo una numerosa cantidad de años militando en la zona oeste del conurbano bonaerense, vinculado a los sindicatos industriales. En particular me refiero a la Juventud Sindical Peronista (en un primer momento) luego a la Corriente Federal de Trabajadores con un gran diálogo con el Frente Sindical para el Modelo Nacional, ambas facciones de la Confederación General del Trabajo (CGT).

Nos resulta llamativo (en términos positivos) que, en lo central, todos coincidimos. Hablamos de la necesidad de construir un programa que ofrezca a nuestro pueblo coordenadas espirituales y conquistas materiales para el futuro. De esta afirmación se desprende, naturalmente, que existe una crisis de valores, y también una ausencia de programa que ofrezca conquistas materiales para el futuro al interior de nuestro movimiento. Es por esto que hay que realizarlo. Primero diseñarlo, discutirlo, tensar, poner a trabajar a todas nuestras “facciones”, para luego sintetizar (no en un rejunte electoralista), sino en una fuerza política con una fuerte potencia transformadora, que exprese una opción de poder real.

Al menos para mí, resulta importante remarcar que, en el pasado reciente, las únicas dos personas que realizaron un proyecto de país inclusivo, con desarrollo industrial y tecnológico, con movilidad social ascendente y promoción de la organización común, fueron Néstor y Cristina Kirchner. Si tenemos que ir un poco más atrás el único nombre que aparece claro es el de Juan Domingo Perón. Ineluctablemente, esos dos procesos políticos son nuestras “estrellas polares”. 

En esta, mi lectura, se reconoce el rol de Cristina, su potencia y su inserción en importantes sectores de nuestra población. Esto es indudable. Ocurre que, si nos guiamos por nuestras experiencias históricas recientes, su figura no fue suficiente para ganar y tampoco logró ser la garantía de la realización programática de un plan de transformación social en el pasado gobierno. No se trata de una reedición capciosa de la frase albertista: “Sin Cristina no se puede, pero con ella sola no alcanza”. Está claro que esa frase solo movilizó a que ciertos sectores burocrático administrativos del Partido Justicialista de Ciudad de Buenos Aires, escalaran (sin base social que los sustenten) a posiciones de poder desde las cuales no hicieron absolutamente nada más que arrastrarnos a uno de los peores gobiernos peronistas de la historia argentina. El sentido de mi intervención va en otra dirección.

La propuesta es, entonces, ampliar nuestro marco de alianzas y descentrar determinados roles políticos. Esto no significa aniquilar (ni política, ni filosófica, ni materialmente) a nadie. Descentrar la responsabilidad de un dispositivo, y comenzar a abrir paso a otros dispositivos, implica, en sí mismo, una renovación y un diálogo entre actores preexistentes y actores nuevos que puede dotar de gran vitalidad y dinamismo a ideas y sectores sociales que se sienten identificados plenamente con el peronismo kirchnerista, pero que han tenido tumultuosas experiencias en el terreno de la materialidad política con la propia tradición que identitariamente han elegido asumir.

 Las organizaciones juveniles y los movimientos sociales son un pilar, deben serlo y son parte de aquello que pudimos construir en nuestro virtuoso período de acumulación (la serie 2003/2015). Pero la CGT, por ejemplo, que hoy atraviesa un proceso de recambio generacional sin precedentes en su historia reciente, debe tener un rol central en lo que viene. Tanto como lo tuvieron las organizaciones sociales y las juveniles. Una planificación económica centrada en la producción y el trabajo, necesariamente tiene que comprender, centralmente, al movimiento obrero organizado.

Para una propuesta de estas características significa un grave error entender que la apuesta por el sectarismo reforzaría la concreción de ese programa al que hacemos referencia.

Para quienes asumimos la identidad Kirchnerista, no se trata de disolver esa identidad, pero tampoco de proyectarla al infinito, negando profundamente todo lo que no sea exactamente eterna repetición de lo mismo. Sino del descentramiento y el surgimiento de nuevos dispositivos (que tal vez ya existan, y no sean tan nuevos), con la misma posibilidad de incidencia y de discusión que los espacios forjados en la experiencia 2003/2015.

En síntesis, diremos que, si lo que queremos evitar es la disolución de nuestra identidad política (empujada por sectores mal intencionados a la tan temida “corriente de pensamiento” en la que supieron transformarse el alfonsinismo y la coordinadora radical), lo que más colaboraría a esa tan temida liquidación del proyecto kirchnerista (junto con los operadores del streaming y los oportunistas de turno), es la política de facciones.

A la política de facciones cabe oponerle, desde luego, la certeza política, materialmente verificada en nuestra historia, que nos dice que un programa se realiza a partir de la unidad popular, conducida con el criterio programático acordado:

A los programas los sostienen y los concretan movimientos conducidos correctamente, junto a pueblos interpelados y movilizados. Nunca facciones, ni coaliciones que expongan una gran debilidad ideológica.

Las elecciones se ganan con frentes. Los gobiernos tienen éxito si responden, con acciones, a las demandas sociales que deben estar catalizadas en sus programas. Ejecutando políticas desde la centralidad de una conducción que comprenda el abigarrado, diverso y amplio entramado social nacional, con un criterio doctrinario, espiritual, o ideológico definido, con voluntad política de transformación.

Hegel, Sinécdoque e Ideología

En línea con lo anteriormente expuesto es que se vuelve importante, conocer, comprender y también debatir, algunos de los presupuestos ideológicos que fundaron la teoría práctica de nuestro pasado reciente. El populismo, como variante teórica aplicada del posestructuralismo, que conquistó la toma del poder (tal vez, desde el marxismo, la primera teoría política que logra tal objetivo luego de la caída del Muro), amerita una relectura crítica que colabore a leer nuestros errores prácticos y nuestras equivocaciones “abstractas” en el quehacer militante.

A través de comprender el campo discursivo como fundamento constitutivo de la acción social, Laclau pudo dar un marco lingüístico que explicó en gran medida como hacían sentido o no, determinadas formas de articulación de las demandas sociales, o como podía funcionar la ideología, por poner dos ejemplos.

Para ello Laclau utilizó de manera muy clara ciertas figuras retóricas que explicaban determinados fenómenos ideológicos. Para pensar la manera en la que el marxismo realizaba la operación ideológica de ubicar en la centralidad de lo social a la clase obrera, utilizó a la “sinécdoque”, una de las formas en que se presenta la metonimia. En la sinécdoque se toma "la parte" por "el todo". Para volver amable la explicación, ilustrémosla con un ejemplo. Si yo digo: “El hombre llegó a la luna”, en el ejemplo estoy igualando a “el hombre” a toda la “especie humana”. Es decir, tomo a uno de los géneros posibles, universalizándolo y dejando, por lo tanto, afuera a todos los demás. Aquello que Sartre llamó “totalizar desde una parcialidad”.

Donde la izquierda veía la centralidad de la clase obrera (determinada por su ubicación en la trama económica de la sociedad), en realidad, según Laclau, de lo que se trataba era de la primacía de una parte que operaba conduciendo y "manipulando" al resto del pueblo. Una forma de lectura esencialista, que no aceptaba la complejidad de lo social, y que imponía a una parte la centralidad y el manejo del Todo, así lo entendía el filósofo argentino. Esta es la base de su crítica a Lenin.

Los autores críticos de las nociones de ideología han sabido asociar aquella célebre frase de Karl Marx, en La Ideología Alemana: “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase que domina los medios materiales y espirituales de producción y reproducción de las ideas de esa época”, a la fórmula de Laclau. En una traducción rápida, podríamos decir que lo que conocemos como ideas consensuadas socialmente, o el famoso “sentido común”, son presupuestos que responden a los intereses de las clases que hegemonizan un proceso económico y político en un momento histórico determinado. Así, por ejemplo, en la época feudal, la naturalización social de la esclavitud era el correlato cultural necesario para que el régimen continuara vigente.

Pero: ¿Qué problemas políticos puede traer esta conclusión? Es sencillo, por ejemplo, si la concepción de la militancia que tenemos se reduce a la administración o legislación estatal como fin último, es altamente probable que al pensarla o practicarla caigamos en una concepción que ponga a una forma determinada de militancia, como “la” forma única y última de militancia posible (o, lo que es igual, la única verdaderamente válida).

En esta concepción, la militancia estatal, es decir, la que aspira a la legislación o administración estatal como fin último, opera el movimiento retórico propio de la sinécdoque. Nos encontramos frente a el fundamento hallado por Laclau, en la retórica, para explicar una operación ideológica. Es un presupuesto que se admite como verdadero, de entrada, y revela el ethos de un tipo de intervención política concreto.

Los problemas derivados de este tipo de marcos teóricos, si los aplicamos a un ejemplo concreto, pongamos por caso, pensar la economía desde la concepción productiva, nos forzarán a aclarar que cuando hablamos de trabajo y productividad, no estamos pensando a un promotor del servicio de seguridad social, atendiendo a más personas por día de las que hoy atiende en una dependencia de algún organismo estatal. Sino a las formas y al ritmo en que vamos a producir mercancías y proveer servicios para que la economía pueda ser sosteniblemente distributiva, a la vez que despliega su desarrollo. Vamos a estar pensando, exactamente, al sector privado y a la producción industrial (algo que, al menos en Argentina, a la fecha, no está integrado al funcionamiento del Estado).

Si bien el Estado es una formación política-ideológica-administrativa que ocupó la centralidad de las discusiones de la filosofía política de izquierda después de la caída del Muro de Berlín (¿qué debe hacer la militancia política que aspira a transformar el mundo, integrarlo o combatirlo? ¿debemos ser autónomos al respecto, o debemos mimetizarnos con la forma Estado a tal punto que lo dominemos, transformándolo en una máquina ideológica positiva para metamorfosear las demandas sociales en derechos populares?) a la fecha no ha habido un debate que pueda terminar de sintetizar las posiciones más infantiles del autonomismo (la belleza de lo pequeño, cambiar el mundo sin tomar el poder, etc.) con las concepciones más serias del estatalismo populista de izquierda (la realidad material que nos marca, por ejemplo, que en Argentina ésta lógica de construcción política logró crear 5 millones de puestos de trabajo registrados).

Lo que queda afuera de la concepción cuasi hegeliana que pone en el centro al Estado, como forma única y última, ese “absoluto” al que todo militante debe aspirar, justamente es la organización comunitaria y el rol del sector privado. Dos de los elementos con los que nuestro proceso populista chocó, debatió y se desencontró permanente y sistemáticamente (recordemos las dificultades para relacionarnos con el sector productivo, nuestra imposibilidad de trazar una agenda práctica y una relación fluida con el movimiento obrero organizado, o las tensiones permanentes alrededor de la relación que nuestros gobiernos y fuerzas políticas tuvieron con los movimientos sociales, para poner tres ejemplos ilustrativos).

Como vemos, las conclusiones de las concepciones ideológicas derivadas de las lecturas posestructuralistas de la política populista tienen consecuencias prácticas bien concretas en la economía y en la política. Han expresado límites. Deben ser revisadas, deben ser re planteadas y deben ser utilizadas, en su justa y precisa medida. Lo que nos obliga a reconsiderar la mayor parte de los preceptos que nos han llevado a rechazar la centralidad de lo económico en cualquier filosofía que aspire a resolver los conflictos sociales construyendo procesos de mayor igualdad. Ocurre, que el corazón de la economía, además, es el sector productivo privado, es decir, aquel al que alimentamos, haciendo ingresar a 5 millones de trabajadores en ese mercado durante la gestión kirchnerista. Lo que nos lleva a pensar, también, cuál es el tipo de relación política a construir allí (¿veremos en el sector privado solo a la burguesía nacional o transnacional, o a la clase obrera que de allí nace?).

Más allá del temor a caer en una filosofía que justifique un régimen totalitario, lo que debemos entender es que el dominio y la comprensión política de la economía nos llevarán a procesos de ordenamiento social superiores, donde el diálogo con nuestro pueblo y la construcción de alternativas al liberalismo en cualquiera de sus formas, se darán a través de la verificación empírica de transformaciones materiales incuestionables (acabar con la inflación, por ejemplo) y la conducción política del reparto de la riqueza con un marco de alianzas que nos permita discutir hasta donde y cuánto se puede repartir la riqueza en un país que elige la vía pacífico-democrática para desarrollar la lucha de clases.

Breves apuntes sobre la centralidad de la economía y el sujeto histórico de transformación social

Gran parte de estas discusiones nos conducen, desde luego, a redefinir el sujeto político vector de la transformación social. Es hora de que nos hagamos algunas preguntas: ¿no debemos desracializar al movimiento nacional y popular? ¿es posible que la mayoría de nuestros dirigentes expresen, representen y se presenten más parecidos a los sectores medios ilustrados, o directamente al empresariado progresista, no tanto a los sectores populares que, con sus medidas han beneficiado? No deja de hacer ruido que, a la fecha, la única presa política kirchnerista que continúa en esta situación sea la mujer, kolla y negra, Milagro Sala.

Retomando el argumento anterior, y argumentando en contra del faccionalismo o la concepción sectaria, lo que entendemos, es que la militancia debe aspirar a ser hegemónica. Por tanto, utilizando la retórica de Laclau, aspirar a convertirse en un significante vacío. Esto es, que sus planteos, a pesar de que puedan referir a un sector determinado de la sociedad (pongamos por caso, la clase obrera) puedan ser tomados como propios por el pueblo en su conjunto.

Y esto, sin duda se conecta con qué tipo de importancia tendrá la industria en nuestro modelo económico. ¿Vamos a privilegiar la lógica rentística, o vamos a orientar nuestro modelo económico hacia la producción industrial y el trabajo?

Si nuestro modelo es el de la producción y el trabajo, y no somos una desviación estatalista, de cierto corte progresiva pero anti industrial, entonces nuestro sujeto político será la clase obrera y la porción del sector industrial con la que podamos establecer una alianza para lograr este objetivo.

Nos quedará pendiente, para la próxima parte, analizar la concepción teórica desde la cual el peronismo histórico (en la obra escrita del General Peron), pensó y resolvió estos problemas.