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Relámpagos //// 03.12.2016
Deseamos revolución

Por María Pia López l “El movimiento feminista crece por la crueldad de sus antagonistas y por su respuesta sensible al estado de cosas. Crece en parte porque no cesa de aumentar la cuenta de las víctimas, pero también porque es capaz de nombrar y advertir todas las violencias, porque se reconoce profundamente político y convoca a la felicidad de la rebeldía”.

Un 25 de noviembre murió Fidel Castro. 2016. Una pregunta recorre nuestros cuerpos: ¿cuál es el signo contemporáneo de las rebeldías?, ¿qué es la revolución hoy? Después de las derrotas de los movimientos insurgentes en los setenta, Nicolás Casullo acuñó la imagen de la revolución como pasado. Ya no el horizonte teleológico que daba sentido a todos las luchas parciales, que justificaba los hechos armados y acciones violentas, sino un objeto de melancolía o de ademán estético. Estaba Cuba, es cierto, pero pura isla, desgajada de la potencia de prometer una expansión de sublevaciones. Pasado y, a la vez, persistencia. Por serlo, también promesa. La temporalidad del progreso se quiere lineal; las de las revoluciones deben asumirse encaracoladas, yuxtapuestas, mixtas. En ellas las huellas son promesas y en su hospitalidad con las esclavitudes anteriores está parte de su fuerza fundadora. Por eso, pasado no es pasado, sino potencia que aloja. Y Cuba estaba ahí, también para acompañar a modo de gobernabilidad popular en el siglo XXI, para definir estrategias contra la sumisión al imperialismo norteamericano y para alentar articulaciones regionales. Para decir No al ALCA. Y al mismo tiempo, mostrar que una sociedad podía no regirse por el tiempo de la mercancía. No era el caso del resto de los países que estaban buscando alternativas de gobierno por izquierda y que eligieron el camino de la distribución de bienes y la expansión desarrollista. Si desde estos países se seguía diciendo que la revolución era pasado es porque Fidel estaba ahí, como testimonio de un modo de ser de la revolución, una suerte de modelo o de tipo ideal. Muerto Fidel, un 25 de noviembre, los caminos se bifurcan entre declararla como pasado ya irrecuperable –es decir, ya ni persistencia, ni rescoldo, ni isla liberada que anida una promesa- y abrir la pregunta por cuál revolución sería la de nuestro presente.
El hombre que murió este 25 de noviembre había refundado Cuba un primero de enero de 1959, desalojando a un dictador oprobioso. El 25 de noviembre del año siguiente, un tirano semejante, mandaba a asesinar a tres hermanas que militaban contra él. Trujillo, como Batista, habita la galería del horror de la historia latinoamericana. El día que murieron las Mirabal, es efeméride de las luchas contra las violencias hacia las mujeres. Una fecha es también una célula dormida, una ocasión, una posibilidad. Este año fue, en muchas partes del mundo, el festejo y duelo callejero alrededor de la consigna Ni una menos y la maceración de una internacional feminista. Cada vez es más claro que si es la mano visible del femicida la que mata, detrás suyo está la mano invisible del patriarcado. Por eso, el reclamo no es punitivista sino rebelde, quiere fundar otros modos de vida, no encarcelar para reforzar los existentes. Quiere ser revolución y no puntilleo correctivo del orden. Lo decimos. Lo actuamos en las calles. Lo ponemos en juego con nuestros cuerpos. Sabemos que ahí se constituye una fuerza mítica. Muchos lo perciben. Pero no sabemos cómo hacerla devenir fundadora.
Así como la temporalidad de la sublevación es compleja, heterogénea e interrumpida –y por eso, siempre retorna la discusión sobre la comuna y el tiempo: si lo más viejo puede ser lo más nuevo y si habría novedad sin inscribirse en ese pasado que parece no pertenecerle-; las palabras de la rebelión están siempre advertidas de su riesgo de captura. A la fuerza que advertimos nacer, se le teme. Por eso, se intenta limar, banalizar y convertir en despojo o ropaje. Con las mismas palabras decir otras cosas. La potencia insinuada del movimiento de mujeres está pinzada por una doble amenaza: la reversión de sus enunciados en maquillajes de un liberalismo que se remoza deglutiendo, entusiastas de ONGs y fundaciones; y la disolución de sus enunciados en la jerga burocrática de las luchas congeladas, incapaces de pensar una novedad, de alojar una materialidad sintiente en sus lenguajes. Ambas presiones existen y cavan en lo hondo de lo que se dice, en los modos en que se conversa, en los pasos de las multitudes. Hay que sostener frente a ellas una fuerza festiva y peleadora, que resista los moldes, incluso los que va creando cuando deja de necesitarlos o cuando se le vuelven obstáculos. La potencia insinuada de esta sublevación, para desplegarse, debe ser cuidadosa de sus propios núcleos vitales y, a la vez, andar con ojos, oídos y piel abierta para encontrarse con otrxs en el camino.
El movimiento feminista crece por la crueldad de sus antagonistas y por su respuesta sensible al estado de cosas. Crece en parte porque no cesa de aumentar la cuenta de las víctimas, pero también porque es capaz de nombrar y advertir todas las violencias, porque se reconoce profundamente político y convoca a la felicidad de la rebeldía. En un mundo opaco, en el que gran parte de los desgarros y desazones se tramitan como furia reaccionaria, como lógicas de exclusión, como negación de derechos, en ese mundo en el que triunfan discursos que enaltecen las jerarquías y la inequidad; el feminismo también parte del dolor y la desazón pero para decir que sólo con más igualdad y más libertad que se puede salir de esa situación. De nuestro luto sale la fuerza. De nuestra alegría el pensamiento. De nuestros cuerpos la organización. No contra ellos, en nombre de alguna razón ordenadora o ideas preexistentes.
Para nosotras la revolución no puede ser pasado, sino necesidad. La revolución sin modelos ni programas ya dados. Apenas podríamos decir sobre ella: profundo cambio de los modos de vida y de las relaciones entre las personas. Podrá no ocurrir. Pero es necesaria. Podremos no saber hacerla, pero la deseamos. Y ese deseo es el horizonte interpretativo del presente. Ya no la nostalgia de una luz anterior, sino la opacidad de una coyuntura que exige y reclama, y nuestros cuerpos arrojados en ella, insomnes y ensoñados a la vez. La tarea es desenrollar del fondo de esa materia sensible que es nuestra experiencia una organización de nuevo tipo. Si lo hacemos, la palabra revolución dirá otra cosa que la que hoy nos viste de duelo.
RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs)