fbpx “Existe una debilidad estructural que tienen los Estados de Iberoamérica, tanto en términos económicos como de sus sistemas políticos” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Patria Grande //// 30.10.2020
“Existe una debilidad estructural que tienen los Estados de Iberoamérica, tanto en términos económicos como de sus sistemas políticos”

Andrés Berazategui es integrante del grupo académico Nomos. El espacio dedicado a estudios sobre intervención en problemas de filosofía, pensamiento estratégico y geopolítica desde un enfoque situado y multipolar. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, reflexiona desde una perspectiva geopolítica de la región.

Por Santiago Asorey

Andrés Berazategui es integrante del grupo académico Nomos, un espacio destinado a estudios sobre intervención en problemas de filosofía, pensamiento estratégico y geopolítica desde un enfoque situado y multipolar. En conversación con AGENCIA PACO URONDO indagó sobre la perspectiva geopolítica de la Patria Grande.

APU: El voto de la Argentina en la ONU sobre la situación de Venezuela causó mucho debate dentro de la coalición gobernante. A partir de esa discusión, ¿cómo ve la región en un sentido geopolítico? ¿En que medida el voto se puede pensar a partir de un orden geopolítico complejo, donde las posibilidades de la Argentina encuentran límites? ¿Qué mirada tiene sobre la discusión?

AB: La respuesta es harto complicada por tres motivos. En la polémica que se desarrolló por el voto argentino se mezclan realidades políticas, adhesiones ideológicas y reacciones básicamente emocionales. Otro motivo que complejiza más una respuesta es la ubicación de Argentina como actor debilitado por  4 años de macrismo, el escenario pandémico (lo que acota su libertad de acción tanto en política doméstica como exterior); y la circunstancia de que se halla cercana una elección en los Estados Unidos, país condicionante de la política americana en general, y donde se elegirá entre dos modelos diversos de concebir la política exterior, y que podemos sintetizar entre, por un lado, el tradicional intervencionismo (Partido Demócrata) y por otro el “neoaislacionismo” de Donald Trump –que por cierto no es contradictorio con una política exterior activa.

En este escenario de debilidad relativa, caída de la economía y una región desarticulada, el apoyar sin cortapisas a Venezuela, ¿redunda en un beneficio material, diplomático o simbólico de significación? Es decir, interpreto que el gobierno optó por “dar un gesto” a los poderes que adversan a Venezuela con objeto de sumar activos en materia financiera. Ténganse en cuenta que además Venezuela está profundizando activamente las alianzas con potencias extra continentales con objeto “de dar independencia en el sistema de Armas” (declaración de Nicolás Maduro), instituyendo oficialmente una asesoría en materia de defensa con Rusia, China, e Irán en un Consejo Militar Científico y Tecnológico. Teniendo en cuenta la conformación del actual gobierno argentino, era esperable que hubiera actores disconformes dentro de las propias fuerzas oficialistas.

APU: Y en ese sentido, si tuviese que comparar este momento histórico con los diez años de gobiernos progresistas de la región, ¿qué análisis puede realizar, pensando también sobre el rol de los Estados Unidos durante ese periodo y ahora?

AB: Claramente los momentos son muy distintos. Dejando de lado los reparos que genera la palabra “progresista” al momento de definir realidades geopolíticas, lo primero que salta a la vista es que en el periodo 2005-2015, varios gobiernos de América del Sur habían logrado generar un común denominador que proponía la unión continental suramericana definiendo, además, un principio de enemistad con respecto a los Estados Unidos, más o menos explícito según el caso. De este escenario derivaron decisiones como el rechazo al ALCA, la creación de la Unasur, una política exterior regional más o menos congruente. Además, esta situación se comenzó a construir con un entonces presidente Bush que estaba inmerso en una guerra contra el terrorismo e imprimió una fuerte impronta intervencionista, presionando a los demás actores del sistema internacional a ponerse taxativamente de su lado.

El contexto actual es muy diferente por, como mínimo, tres circunstancias que ya he mencionado brevemente en la anterior pregunta. Primero, el contexto devenido de la pandemia que ofició de catalizador de una crisis pre-existente que pone en cuestionamiento los valores e instituciones del orden liberal: se cuestiona la eficacia del multilateralismo; se revisa la idea de que las fronteras son innecesarias; se percibe cuán inútil es, en momentos de riesgo existencial, la retórica solidarista para la solución de controversias. Por el contrario, emergieron gobiernos fuertes y centralizados, se cuestionó el concepto de globalización, los Estados se volcaron a la búsqueda de autosuficiencia con relación al uso de sus recursos y se cerraron de modo casi total las fronteras.

En segundo lugar, a diferencia del escenario 2005-2015, América del Sur está conformada por gobiernos de distinto signo y algunos de ellos con muchos problemas internos. No hay en absoluto un discurso común, la unidad regional está en segundo plano, y varios gobiernos están haciendo grandes esfuerzos de cara a su sociedad para aflojar tensiones (como Chile o Brasil) y otros como Venezuela apenas pueden lograr un mínimo de estabilidad. Sin contar que Bolivia ahora está saliendo de un gobierno nacido de circunstancias muy inusuales. Y esto con objeto de ser sintético.

En tercer lugar, habrá que esperar qué pasa en las elecciones estadounidenses, pero de ser reelegido Trump, diferenciaría aún más la situación con la década mencionada, ya que este recupera –con matices, si se quiere–  una tradición que parecía perdida en la política exterior norteamericana: el aislacionismo. Hay que recordar que luego de la guerra contra España en 1898, los Estados Unidos se lanzaron a una política activa fuera de sus fronteras e intervinieron allí donde quisieron en una actitud de tradicional imperialismo. Trump, sin desmerecer, ni mucho menos, las políticas de seguridad nacional, no obstante y más allá de lo altisonante que es en sus declaraciones, no ha invadido ningún país; por el contrario, ha retirado tropas de algunos escenarios y las únicas acciones bélicas fueron limitadas y sin desembarcos.

APU: Usted ha recuperado el concepto de la doctrina peronista vinculado a la Tercera Posición. ¿Qué implicancias tiene recuperar ese concepto para las relaciones exteriores hoy?

AB: Creo que muy importante, teniendo en cuenta algunas reformulaciones que se han dado en términos ideológicos desde la caída de la Unión Soviética. Lo que sostengo es que la Tercera Posición no fue solo una búsqueda de neutralidad activa frente al escenario de la Guerra Fría (o mejor dicho, no fue solo eso), sino que también Perón hizo un aporte en términos doctrinarios ya que señaló una dialéctica entre las ideologías de la Modernidad, que planteó en términos de derecha-individualismo y de izquierda-colectivismo. Esta distinción la veo tensionada entre un liberalismo –en sus diversas reencarnaciones– que sostiene el discurso hasta hoy hegemónico de la globalización, con sus trípode normativo de democracia liberal, economía libre y derechos humanos en clave antropológicamente sesgada; y por otro lado una nueva izquierda que apela a la política de minorías a partir de nuevos colectivos identitarios que conformarían, según el lenguaje de Toni Negri, una “Multitud”, que sería el colectivo genérico que las catalizaría.

Si bien los discursos legitimadores que usan muchos militantes de esas minorías están enraizados en fundamentos claramente liberales (me refiero a esos reclamos desgajados de las grandes mayorías y que terminan en el propio ombligo a partir de exigencias sobre nuevos derechos siempre insatisfechos), lo cierto es que la principal teorización de esta acción social de cambio es una tradición de pensamiento colectivista y genérica propia del marxismo.  Ante esta situación, sostengo que la Tercera Posición tiene una gran vigencia en la búsqueda de armonizar y reconocer los derechos y deberes de la persona con los de la comunidad, atendiendo a que el ser humano es una realidad espiritual y material que debe buscar el perfeccionamiento de ambos aspectos en armonía, por lo que no puede ceñirse a reduccionismos individualistas o colectivistas.

APU: ¿Observa patrones en la inestabilidad política que sufren los países de la región? Pienso en el golpe de Estado a Evo Morales en Bolivia el año pasado, en la proscripción de Rafael Correa en Ecuador, en la represión en Chile y Colombia, la discusión por los derechos humanos en Venezuela. ¿Hay algunos problemas centrales que uno pueda pensar en común entre los países?

AB: Hay un patrón en común que es la debilidad estructural que tienen los Estados de la región, tanto en términos económicos como de sus sistemas políticos; y del peso poco significante en materia internacional que tiene América del Sur como actor unificado. Los gobiernos de nuestra América en general viven el “día a día”, no suelen tener capacidad para planificar y sostener estrategias a largo plazo. Solo Chile tal vez ha logrado eso, pero a partir de un sistema centralizado y estamental que, como se ve, ya hizo eclosión por injusto. Tradicionalmente Brasil tuvo en Itamaraty una política exterior coherente, pero sus problemas estructurales le dificultan transformarse en un actor relevante de alcance global y ahora con Bolsonaro además se ha dado un cambio notable en su política exterior. Todo esto sin contar con la presencia norteamericana que ha condicionado severamente la vida de nuestros países. Pero claro, es hora de dejar de echar culpas y tratar de entender la complejidad las relaciones internacionales comprendiendo que estas devienen de inevitables relaciones de poder. Solo así podremos partir del lugar correcto para la elaboración de un pensamiento estratégico y geopolítico acorde a nuestras necesidades. Luego, con dirigentes ilustrados en este sentido y convenientemente asesorados, recién después puede pensarse en traducir ese pensamiento fijando objetivos y disponiendo recursos para alcanzar metas acordes a lo único que deben tener como causa final los estadistas: la defensa del interés nacional.