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Opinión //// 11.09.2020
Los desbordes policiales

Las recientes movilizaciones de grupos de la Policía Bonaerense, que incluso llegaron a la residencia presidencial de Olivos, actualizan la urgencia de un debate en torno al rol de esa fuerza en democracia. La historia ofrece algunas claves de lo que falta.

Por Juan Carlos Martínez (*) | Ilustración de Silvia Lucero

Cuando integrantes de un organismo de seguridad, como es la policía, utilizan armas y vehículos para reclamar mejoras salariales, estamos frente a procedimientos absolutamente ilegales. Mucho más si esas manifestaciones se producen en las puertas de la residencia presidencial, como ocurrió en la quinta de Olivos.

Hablar de extorsión es el calificativo más suave que se nos ocurre, aunque hay quienes creen que los policías que participaron en esa y otras manifestaciones similares podrían estar incursos en delitos mucho más graves.

Aun cuando el eje de la demanda pudiera ser razonable, el método empleado se acerca a una asonada policial contra las instituciones de la república, con todo lo que ello significa para el sistema democrático.

Sin embargo, tanto el gobierno nacional como el provincial respondieron a la demanda con aumentos salariales y con el compromiso escrito de no hacer sumarios a los que participaron en esos hechos.

Lo ocurrido resulta propicio para analizar la historia de las instituciones policiales, particularmente la de la provincia de Buenos Aires, donde todavía sobreviven resabios de la escuela de los genocidas Ramón Camps y Miguel Etchecolatz.

Los pocos intentos que se han hecho para modificar la realidad, han fracasado. Uno de los más resonantes fueron las purgas que concretó el exministro de Seguridad provincial, León Carlos Arslanián.

El descabezamiento de las cúpulas no alcanzó para poner remedio al desquicio policial que ha sobrevivido a todos los gobiernos desde el fin de la dictadura hasta el presente. Ni los aumentos salariales ni la incorporación de diez mil agentes cambiarán la cultura de la bonaerense si no se producen cambios radicales en la formación de sus cuadros.

La buena policía no es la que reparte palos a troche y moche ni la que usa el gatillo fácil ni la que secuestra, tortura, mata y hace desaparecer a sus víctimas.

Los desbordes de la bonaerense son incompatibles con el Estado de derecho. Además de sentar un peligroso antecedente, pueden alentar a algún mesiánico a exigirle al Presidente algo más que un incremento salarial. La sombra golpista asoma en el horizonte. A ver si lo entendemos.

(*) Juan Carlos Martínez es escritor, periodista y director del periódico Lumbre. Sus columnas son publicadas regularmente por Radio Kermés, de Santa Rosa, La Pampa, y esta AGENCIA. Es autor de varios libros: La apropiadoraLa Abuela de hierroEl golpeador y La Pampa nostra.