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Opinión //// 01.03.2018
Los cuevas: refugios, curvas y encerronas

Ante la fragmentación y la contrapartida de la agresividad del neoliberalismo hay un sector de la militancia nacional y popular que representa el 30 por ciento del electorado. Cecilia Beatriz Díaz y Cristian Secul Giusti reflexionan sobre el rol de los “cueveros” ante derrotas electorales.

Por Cecilia Beatriz Díaz* y Cristian Secul Giusti**

La pasión puede ser el impulso que nos lleve tanto al desvelamiento de lo desconocido como también a un enceguecimiento. En la política, la pasión encuentra su objeto de amor en la apuesta de la construcción de un nosotros que alcance emancipaciones para la igualdad y la libertad. De algún modo, la politización que generó el kirchnerismo alimentó el deseo de participación, formación y militancia. Al respecto, tanto propios como ajenos transformaron sus subjetividades ante la articulación y el antagonismo, con tal potencia que ya no seremos los mismos. 

Desde este plano, hay una identidad colectiva que se relata, se refuerza e intenta canalizarse, pero ante la fragmentación y la contrapartida de la agresividad del neoliberalismo, es necesario preguntarse ¿quién enuncia esa identidad? Hay un sector de la militancia nacional y popular que representa el 30 por ciento del electorado y opta por CFK, el FPV-K, sin dudar ni un momento y muchas veces en lugar de ampliar el movimiento y recuperar votos, son, lisa y llanamente, “cueveros”. Esta denominación no intenta descalificar, sino marcarles un llamado de atención acerca de qué estamos haciendo para forjar un regreso a la administración de gobierno. 

Los “cueveros” han quedado encerrados en alguna formación rocosa donde el tiempo, el espacio y el otro -ya sea enemigo, indiferentes, perezoso intelectual, etc.- se encuentran fosilizados. Esto ha desubicado al discurso del campo nacional popular que aún no reacciona estratégicamente a las derrotas electorales y no parece prepararse para la nueva configuración del Estado, la sociedad de mercado y las corporaciones agigantadas. 

A solo dos años de la asunción del macrismo, se continúa con la apuesta de “volver mejores” aunque el tablero ya no sea el mismo de 2003, 2008, 2010, ni 2011. El escenario actual duele porque los ajustes son abrasivos en los huecos y en las bases de la estructura donde la justicia social no selló ante las tormentas. Quizás ocurre que la doctrina peronista se concretó como pequeñas recompensas producto del impulso del resentimiento popular más que del despertar de la conciencia. 

Los denominados “cueveros” o, sintéticamente, “cueva” saben, pero no entienden que el sujeto a persuadir tal como lo indicaba la batalla cultural que inició Néstor Kirchner no existe. Explicar la crisis y sus agentes como una realidad económica determinante y obvia, ya no funciona en términos concretos ni es una variable determinante. Exigir conciencia ante los datos, atar cabos y comprender a quién votar, es casi imposible y refiere a una lectura errónea de contexto. 

Ante estas tensiones de la actualidad, resulta necesario pensar que quizás ese pueblo que se postulaba nunca existió. Ni siquiera en 2011, cuando el viento a favor se sentía a kilómetros. Tal vez ese público al que apelaba CFK en su cadenas era solo una primera minoría y no lo que se denominaba como pueblo. Al respecto, deberíamos contemplar una posibilidad latente: la ciudadanía no es tan racional o tiene un déficit de atención que no alcanza las expectativas generadas desde nuestros discursos. En este sentido, el empleo de conectores lógicos, contextos geopolíticos, explicaciones y la disputa del sentido, se dificulta e ingresa en zona de inestabilidad. Los caminos de la enunciación se alteran y las llanuras del lenguaje comienzan detenerse en otras instancias y lo real se percibe de un modo distintivo al que se solía creer. 

Siguiendo una línea de comprensión, quienes no comparten esa búsqueda en la representación política no pueden ser culpados por el desinterés. La ilusión y la esperanza no deberían ser objeto de descalificación, a menos que queramos responder a la derecha siendo más reaccionarios y sectarios. En este desafío de apostar a la unidad de un frente antineoliberal, es necesario pensar lo público como una arena sensible, pero no menos concreta para construir las bases de la vuelta. Esta noción exige dejar de pensar que nos encontramos en una escena similar a la de 2015 -o peor aún, 2011-; que la crisis económica todos la perciben de igual modo, que los DDHH son una agenda de la mayoría; que si volvemos mañana o en 10 años podremos hacer lo mismo que en 2003 o en 2009; que las traiciones habrá que comprenderlas en su complejidad, que hay que preguntar más y explicar menos; y que el latiguillo “Macri gato” no resuelve la ruina, sino que el proceso es global y es más seductor que la arenga de las luchas militantes. Por todo esto, y más también, hoy tampoco podemos ser los mismos. 

Este tiempo de complicidad perversa en traje democrático, la gestión de las emociones y de la percepción de la realidad es otra unidad de negocios de las corporaciones. Esto nos exige un esfuerzo extra para disputar con los pocos escarbadientes en mano. Para ejemplificar, es vital evitar la reproducción de noticias falsas en las redes sociales que se confunden con nuestros deseos más que con lo real y/o compartir memes agresivos incluso en grupos de Whatsapp sin advertir su peligrosidad para deslegitimarnos. También hay que distinguir que algunos dirigentes son grandes técnicos y hasta dicen lo que pensamos, pero no convencen porque confunden convicción con necedad. Y, en este aspecto, es necesario reconocer que otros son más leales con sus silencios que con las grandes declaraciones.

En estos términos, no hay una conducción política visible ni un discurso vector que nos despeje un camino contenedor. Estamos solos, pero aún así estamos. Y eso no es menos importante. Por lo pronto, nos queda la opción de aprender a leer más sobre el mundo de los managers, lo que se dice en los encuentros de Davos y revisar la agenda de ellos, focalizando en su verticalidad interna -donde ninguno disiente ni ventila diferencias-. 

Sin lugar a dudas, distinguir las curvas y las encerronas del discurso psicópata neoliberal es un trabajo duro. No comprender este tiempo significa encontrarse en una cueva, con más anteojeras que atenciones, y es también quedar confinado en un aislamiento que juega el juego del neoliberalismo. Si se continúa esa línea, habrá pocos que quieran escuchar nuestras explicaciones y estaremos más cerca de la espera de un crack económico que desespera, no llega y se demora tanto más que la reacción popular. La pasión ayuda a no bajar los brazos y profundiza también una idea de apuesta, pero es menester visualizar y entender su circunstancia. A partir de ahí, se podrá dar el encuentro, de lo contrario, la hondura de la cueva complejiza aún más nuestra existencia en este trayecto agresivo y neoliberal. 

* Doctoranda en Comunicación (UNLP) - Twitter: @cebediaz
** Doctor en Comunicación (UNLP) - Twitter: @cristianseculg