Lo viejo, lo nuevo, lo que funciona
Este miércoles 10 se cumplen 42 años del final de la dictadura y diez del reinicio de una senda económica de previsibles resultados, para ganadores y perdedores. La Década Perdida tiene brío todavía como para extender su rastro más allá del límite calendario.
Sólo admitiendo como reales sus intenciones de bienestar y progreso podría consentirse catalogar como fracasos a sus saldos. Más bien fueron diagramas exitosos, medidos por los beneficios de los grandes bonetes y los quebrantos de los sectores que por tercera vez en medio siglo pagaron la manteca al techo.
Sí cabría etiquetar como fracaso a la experiencia del Frente de Todos, que no logró consolidar las acepciones de desarrollo e igualdad sostenidas por sus disímiles afluentes. A ningún elemento externo puede adjudicarse mayor gravitación que a la impotencia propia en la derrota de noviembre de 2023, cuando inició el bienio más extravagante del electorado argentino.
El periodo previo al 10 de diciembre de 2015 merece un análisis separado, en estas líneas y en cualesquiera. Alcanza con decir que la única definición de política económica que no fue refutada es que a largo plazo todos estaremos muertos, lo que ofrecería mejor encuadre a los análisis en torno a una supuesta insostenibilidad de la salida del colapso de 2001 y la recuperación de parte del bienestar perdido desde las bombas de 1955 y la financiarización de la economía, dos décadas después.
John Maynard Keynes, autor de la repetida frase sobre el largo plazo, no tenía una inteligencia tan angosta como para reducir a eso su pensamiento económico. Hace más de diez años, Mario Rapoport lo clarificó en un artículo: Keynes rebatía de ese modo los cuestionamientos hacia su propuesta de salida de la crisis de 1929, pero no despreciaba el largo plazo si se trataba de medir la sustentación en el tiempo de un proyecto que no estuviera llamado a responder a una coyuntura específica.
Fue la etapa que dejó trunca la Argentina del siglo XXI, cuando se entregó al retorno al punto de partida. Es más que probable que el próximo turno de un gobierno popular deba solucionar nuevamente problemas críticos de generación reciente, postergando otra vez los debates con tiempos de estrategia. Buscada deliberadamente o no, es una gran victoria para el poder económico.
El enorme desafío pasará por encontrar un proyecto que supere esta década de fracasos reales y aparentes, siempre con retrocesos o insuficientes recuperaciones. Resulta difícil sustraerse, al alarmarse por el entusiasmo o la aceptación de las actuales condiciones laborales, de que el gobierno de Alberto Fernández sostuvo e hizo crecer el empleo formal sin un incremento acorde de los salarios.
El informe que publicó esta semana la Universidad de Buenos Aires calcula que un 72% de quienes aún tienen empleo percibe ingresos inferiores a la Canasta Básica Total. Como ese conjunto de bienes y servicios fija la línea de pobreza, lleva a concluir que trabajar no significa un horizonte de dignidad para 7 de cada 10 ocupados. Esos números describen por sí mismos la gravedad inusitada del escenario.
A la cuantía de salarios directos debe sumarse el peso que sobre ellos ejercen las porciones crecientes destinadas a servicios que antes subsidiaba en mayor medida el Estado o a asistencias que podían cubrir las obras sociales, desfinanciadas por la caída de los salarios que deben nutrirlas.
No es una matemática extraña, en el marco de un bienio de redistribución regresiva, pero interroga acerca de las tonalidades de las propuestas que deberán oponérsele primero y revertirla después. Los condicionamientos serán pesados, y el posibilismo amenazará latente, como lo demostró el periodo 2019-2023: un país sobreendeudado, con muchos de sus mejores resortes lesionados, deberá ofrecer respuestas a una población a la que desde el principio de los tiempos se le ha prometido un futuro idílico. Contadas veces ocurrió.
En la última década, el espiral de promesas ascendió con una aceleración frenética, fronteriza con el delirio. El gobierno del Frente de Todos careció de claridad para demostrar los condicionamientos heredados y de la audacia necesaria para intentar superarlos.
En paralelo, se consolidó una narrativa contradictoria entre lo nuevo y lo viejo. El mismo elenco estable que considera vetustas las experiencias redistributivas del peronismo, recupera figuras de un pasado aún más remoto, a las que en ocasiones no se priva de tergiversar. Tampoco renuncia a una narrativa propia de la Guerra Fría, que terminó hace tres décadas y media.
Los propios nombres de la actualidad deberían ser considerados, si primase una mínima lógica temporal, ejemplares de un tiempo que no admite nostalgias. La columna vertebral ha cambiado muy poco, incluso nominalmente, entre el antes y el después del paréntesis kirchnerista.
Acaso merezca explorarse la hipótesis de que este falso y difuso modernismo sea una moda deliberadamente impuesta, que torne culposa la mera búsqueda de raíces históricas allí donde suelen encontrarse.
No es extraño. En el pasado que nos invitan a despreciar o desconocer cuentan sus historias una diversidad de formas de organización hoy desarticuladas o en repliegue, y cada uno de los pisos perdidos y nunca recuperados del ingreso y el bienestar de los sectores mayoritarios de la población.