El Diego y Miguel Hernández: una fecha, dos héroes populares

  • Imagen

El Diego y Miguel Hernández: una fecha, dos héroes populares

28 Octubre 2021

Por Daniel Garmendia

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

¿Quién ha puesto al huracán

jamás ni yugos ni trabas,

ni quién al rayo detuvo

prisionero en una jaula?

Miguel Hernández

Los botines desatados, la mirada profunda y un gesto desafiante como desnudando constantemente la hipocresía del poder. En cada jugada, en cada declaración o festejo, la llamarada de carisma ardiente quemando los imposibles y enarbolando la bandera de los que siempre han mirado desde la vidriera las mieles del triunfo. Simplemente Diego, “El Diego de la gente”. En cada paso de su vida los versos de Miguel Hernández parecen resonar como las ovaciones a cancha llena.

Miguel

El poeta español nació un 30 de octubre de 1910 en Orihuela, Alicante. Creció en el seno de una familia humilde, campesina, donde nunca sobraba nada. Asistió solo dos años al colegio jesuita de su pueblo porque su padre no quiso que aquella prodigiosa inteligencia opacara la vida de sus hermanos. Quería para Miguel un destino de pastor de cabras, igual que el de toda la familia. Para eso, nada de escuela, típico de una época donde padres recios y severos desconfiaban del poder del conocimiento. Sin embargo, el joven Miguel se internó en la biblioteca del pueblo y comenzó a leer y desarrollar su capacidad como autodidacta, al tiempo que trabajaba en el campo y aprendía de la experiencia de sus amigos cabreros y del paisaje, por supuesto. Ya a los 16 años empezó a escribir sus primeros poemas.

Claro que su vida no fue fácil. Vivió a los tumbos. Con privaciones y un amor caminado con paciencia, siempre escribió sin detenerse. En 1933 publicó su primer poemario y una vez empezada la guerra civil española, se alistó como combatiente en el bando republicano. Fue poeta de trinchera, soldado y recitador. Fue voz motivadora a través de sus versos pero también fue pecho en tierra, barro y hambre. Fue sangre. Fue pasión en sus cartas de amor a su mujer, Josefina Manresa. Fue la noticia de la muerte de su primer hijo a los diez meses de nacido mientras él se encontraba en el frente. Y tras la derrota, fue preso, fue liberado y nuevamente preso. Fue la desesperación por la tortura y las privaciones del calabozo, mientras su mujer y su segundo hijito no tenían nada para comer. Murió de tuberculosis en las cárceles de Franco, sin la menor atención, cuando apenas tenía 31 años, el 28 de marzo de 1942.

Sin escuela, sin dinero ni privilegios de intelectual vanguardista; con la cara tiznada y sentado sobre los muertos; entre el moho de los calabozos húmedos y oscuros. Miguel Hernández fue uno de los mejores poetas de la historia.

El 30 de octubre de 1960, esa poesía, apasionada y rebelde, se hizo rostro y apellido. Se hizo cuerpo entero, sólido, en un pibe pobre de los suburbios del mundo.

Diego

 A las 7.05 del domingo 30 de octubre de 1960 nació Diego Armando Maradona en el Policlínico Lanús. Su madre, doña Dalma Salvadora Franco, “La Tota”, y su padre, don Diego Maradona, “Chitoro”, habían llegado a Lanús desde Esquina, Corrientes, buscando mejores condiciones de vida para sus hijos.

Se trataba de otro más de los casos de migración interna, de las provincias a los suburbios de Buenos Aires, tratando de ganar el pan a fuerza de ayuno y compadreada con espíritu guaraní, en este caso. Como cuenta Diego en su libro “Yo soy el Diego de la gente”, su viejo, al igual que el padre de Miguel Hernández, era un tipo recio. Pobre, honrado y consejero a las cachetadas. Pero en el caso de Chitoro, las cachetadas venían porque quería que su hijo estudie. Que no tuviera que mulear como él. Había llegado a Fiorito por el año ’55 (primero había venido la Tota con la hija mayor, Ana, y en ese lapso, Don Diego se había quedado en esquina, con Rita, la otra hija, trabajando como lanchero, llevando animales a las islas cuando el río bajaba). Al llegar consiguió trabajo en la molienda Tritumol donde entraba a las 4 de la mañana.

Se instalaron como pudieron. Primero alquilaron una casilla y luego pudieron mudarse a una casita “con mucha chapa y madera y algunos ladrillos, cerca de la esquina de Azamor y Mario Bravo” como cuenta Diego en su libro. “Yo me acuerdo que en invierno hacía mucho frío y en verano mucho calor (…) Cuando llovía había que andar esquivando las goteras porque te mojabas más adentro que afuera”. En esa casita, de comedor y dos piezas chicas, una donde dormían los viejos y otra donde dormían los ocho hermanos, Diego empezó a hacerse luchador. “No teníamos agua. Así empecé a hacer pesas yo, con los tachos de veinte litros de aceite de YPF. Los usábamos para ir a buscar agua hasta la única canilla que había en la cuadra para que mi vieja pudiera lavar, cocinar, todo. Y para bañarnos también”.

El resto de la historia es ya conocida con lujo de detalles. Jugar a la pelota hasta que oscurecía en los potreros del barrio; la amistad con Goyo Carrizo y la prueba en Argentinos Juniors; los morlacos escasos para tomar dos colectivos, cruzar Puente Alsina como si fuera el puente de Manhattan y llegar a los entrenamientos; la magia inigualable en ese maridaje irrepetible de técnica y pasión, de habilidad y espíritu, de caudillo rebelde y compañero leal; la voz paternal de Francis Cornejo y los viajes en el rastrojero de don Yayo Trotta.

Cada momento de la vida de Diego, desde las 136 victorias consecutivas con los Cebollitas hasta su puño en alto tras los goles a los ingleses, es conocido. Y no sólo conocido, acordarse y pensar que físicamente ya no está es tocar las fibras más sensibles de cada uno. No puede existir otro ser humano que nos arranque lágrimas y sonrisas pese a que no se lo haya tratado personalmente. Eso es poesía. Esa es la suya.

Poemas, gambetas y el puño apretado

Desde aquel 20 de octubre de 1976 en que Diego debutó en primera con tan solo 15 años, pasando por su primera convocatoria a la selección nacional a principios de 1977 y el trago amargo de quedar afuera de la lista para el mundial 1978 -cuando confirmó que la bronca era el combustible que lo hacía superarse-, el pibe de Fiorito pasó meteóricamente del barro a la fama. “Tuve que madurar demasiado rápido. Conocí la envidia de los otros, no la entendía, me encerraba y me ponía a llorar (…) Me daba cuenta de que había dejado atrás una época de grandes esfuerzos, no sólo míos, sino también de mi familia. De mi viejo, de su sacrificio para acompañarme todos los días, cabeceando de sueño en el colectivo”. De la Tota y su dolor de panza a la hora de la comida para que comieran todos los hijos.

De allí en adelante el puño apretado del líder inigualable fue la huella de caracol que quedó cuando la gloria, pero también cuando las frustraciones y los errores. El éxito y la fama le acercaron la adulación fácil de los zánganos que han vivido a costa suya y la crítica mordaz y despótica de los caranchos que huelen sangre desde quién sabe qué torre de marfil, impoluta y ajena a las miserias humanas que todos tenemos. Ser el mejor del mundo con todos los flashes encima, de golpe, apenas salido de una comida por día y con un solo par de zapatillas, es una tarea inmanejable para cualquiera. Menos para Diego. Al menos la superficialidad del éxito y los buenos modales sucumbieron frente a la pulsión genuina del pelusa. En su pecho inflado que no niega el origen, que dice lo que piensa y siente y que pone la jeta por los demás, está la pócima invencible de su eterno resurgir, de su resurrección permanente como el fénix. Y por qué no, también, la poesía de Miguel. Aquella que habla de los vientos del pueblo, ese mismo pueblo que siempre lo quiso a Diego (porque lo entendió y sintió propio) y lo sacó en andas de la hoguera a la que los moralistas lo habían condenado. “Vientos del pueblo me llevan/ vientos del pueblo me arrastran,/ me esparcen el corazón/ y me aventan la garganta”.

El poeta español fue hombre de fusil en mano -del lado de los de abajo- y lápiz siempre dispuesto a plasmar emociones. Diego fue poeta también, a su manera. Con el ingenio popular de cada una de sus frases. Y también fue soldado. No en términos bélicos, pero sí soldado de una causa –también de los de abajo- con otras armas. El fútbol ha sido para los argentinos, y no sólo para los argentinos si pensamos como aman a Diego en África o Palestina, el arma más eficaz para desafiar a las patotas del mundo, para defender una identidad cultural o para ganar simbólicamente algunas batallas. En otras palabras, al pensar en alguna situación de alegría popular, con visos de épica donde el débil desafía al fuerte y lo vence, generando una especie de cierto orgullo nacional, es imposible que no aparezca la imagen de Diego y su puño apretado. Y ahí aparece otra vez Miguel. “Si yo salí de la tierra,/ si yo he nacido de un vientre/ desdichado y con pobreza,/ no fue sino para hacerme/ ruiseñor de las desdichas”.

Más allá de los golazos en Argentinos y en Boca; del campeonato en Japón y la consagración en el mundial juvenil. Más allá de la frustración de España 82 y el gusto a poco del Barcelona; de la revolución en Nápoli donde este sudaca fanfarrón logró algo inédito e impensado, hacerle comer todo su racismo al norte rico, ganando scudettos con un plantel acotado y una billetera chiquita. Más allá de todo el 86 con cada corrida memorable, vengando a tanto pibe muerto o estaqueado, haciendo abrazar a cualquiera con cualquiera, inundando de lágrimas de alegría a tanto laburante sin más capital que el vapor de alguna sopa; más allá del tobillo roto pero estoico en el 90; de las condenas por doping; de Havelange; del Sevilla; de Newells; de Mandiyú y Racing; de la cadena nacional cuando le cortaron las piernas; de la vuelta a Boca en el camión; y de las internaciones; de Cuba; de “la pelota no se mancha”; del “que la sigan mamando” previo a Sudáfrica y de los homenajes con Gimnasia. Más allá de todo lo que queda afuera de estas líneas pero no de la memoria y el corazón, Maradona es más que el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Maradona es cualquier verso de Miguel Hernández. “Fue una alegría de una sola vez,/ de esas que no son nunca más iguales./ El corazón, lleno de historias tristes,/ fue arrebatado por las claridades”.

30 de octubre es una fecha de esas que no se pueden olvidar. Por el Diego y por Miguel, dos héroes populares. Y pensando en que se va a cumplir un año en que el primero partió –aunque cueste creerlo todavía-, los versos del poeta son como la ofrenda de una vela prendida: “Entre todos los muertos de elegía,/ sin olvidar el eco de ninguno,/ por haber resonado más en el alma mía,/ la mano de mi llanto escoge uno”.